El Silbón ya no trabaja en los Llanos.





EL SILBÓN  YA   NO  TRABAJA EN LOS LLANOS.
LA HISTORIA NUNCA CONTADA.





Por: Pedro Suárez Ochoa.


©Copyright 2015.
ISBN 978-980-12-8063-7
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PRÓLOGO.

         El silbón, un espanto.  Un espanto del llano venezolano, una leyenda; bueno… eso es lo que siempre he escuchado, algo que se cuenta para asustar a los niños y a los parranderos del campo. ¿Quién iba a imaginar que este espectro gigante de la noche, llegaría a ser mi mejor amigo y más leal que un canino? Pero permítanme hablarles un poco de la versión oficial de su origen y también de otra versión no contada por nadie, sino por el silbón mismo hacia mi propia persona. Perdónenme ustedes, porque sé que no perciben ningún miedo en mí y me notan totalmente relajado al hablar de un espanto, pero como dije antes, es mi amigo y así solemos hablar de nuestros amigos.
         Si queremos saber del Silbón instantáneamente, solo tenemos que entrar en la Internet y Wikipedia nos aporta algo de su origen, características físicas y de ataques. Distintas páginas web refieren  versiones diferentes, y algunas otras, parecidas a la popular página del saber.
         Pero entre tantas versiones resaltan dos. La primera es, que éste ser, cuando era niño, era muy malcriado y de carácter explosivo, le encantaba comer asadura, se podría decir que era adicto a esta comida. Una vez, cuando no había más asadura en casa, rogó fervorosamente con su peculiar malcriadez a su padre, que le consiguiera asadura. El padre salió a cazar un venado, pero no encontró nada y volvió con las manos vacías, el muchacho encolerizado mató a su padre y lo destripó, sacando sus vísceras y luego colocándolas en una gran tapara picada en la mitad, la llevó a su madre, ésta las tomó y las empezó a cocinar; pero notó que la asadura no se ablandaba, sospechó lo peor y descubrió todo, su madre lo maldijo para siempre.
         La otra versión y la menciono de manera muy resumida: El Silbón se había casado con una hermosa joven llanera, sumamente atractiva, el padre del Silbón la codiciaba día tras día, hasta que en un momento de desenfreno violó a su nuera, la muchacha contó todo a su joven esposo y éste, asesinó a su padre de la manera más horrenda. El abuelo del espanto lo amarró a un árbol y lo torturó a latigazos, echando agua ardiente en sus heridas y le soltó un perro rabioso llamado Tureco, para morderlo mientras estaba amarrado y lo maldijo para toda su vida. Pero existe otra versión, la verdadera, contada por el mismo Silbón, de la que no tengo razones para dudar y que más adelante les contaré.



I PARTE. Hacia San Fernando de Apure.
“Nadie ama al hombre al que le tiene miedo”. – Aristóteles
CAPÍTULO I.

         ¿Cómo conocí a este horrible y hermoso espanto? En primer lugar soy de Ciudad Bolívar, una ciudad de las más calientes y húmedas de Venezuela que nació con el privilegio de estar para siempre al lado del tercer río más caudaloso del mundo, no solo caudaloso sino quizás el más misterioso de todos, donde reina uno de los cocodrilos más imponente del planeta, al que nosotros llamamos “El Caimán del Orinoco”. También están los defines llamados “Toninas” y muchas más exóticas especies acuíferas.
         Un diciembre de esos que son muy aburridos donde la gente se vuelve frenética por comprar los estrenos de ropa, zapatos, juguetes y cualquier guarandinga que se les ocurra comprar con tal de gastar todo el dinero de su aguinaldo. Pues bien, me quería alejar de todo este bullicio y pasar un diciembre diferente, alejado de todos esos zombis que gastan todo su dinero en tela, goma, plásticos, cartón y etílicos. Así que tomé como destino el monte y no hay mejor monte y más mágico que el de Apure, vaya soberbia  tierra, tierra de los más feroces guerreros que ha tenido este país.
         Llegué a la Capital; San Fernando de Apure, a casa de un viejo amigo de la infancia que fue vecino y que nunca perdimos el contacto. Allí fui recibido con carne asada en vara, en cantidades industriales, con descomunales cachapas de maíz blanco del tamaño de un budare grande. Parece que nunca hubiera escasez de alimento en esta ciudad, a veces cuando caminas por sus calles perfectamente planas, puedes ver cabezas de ganado tiradas a las esquinas como basura, a flor de piel con sus cachos. Es que el llanero de esa tierra prefiere vender la carne fresca el mismo día de sacrificar al animal, a tener que meterla en refrigeradores. Y créanme, se vende ese mismo día.
         Mi amigo y hermano como le digo yo, tiene veintisiete años, dos años mayor que yo, es un pana alto que casi toca los un metro noventa, de piel trigueña, de rostro jovial con bastante cabello liso y negro, posee una moderada barriga cervecera que ganó con el paso de los años, se llama José Belisario, hijo de guayaneses y el menor de tres hermanos. Sus padres se mudaron al Apure cuando él tenía catorce años, todo gracias a un cargo fijo en la gobernación de ese estado que le consiguió el hermano mayor de su padre.
         José vive en una urbanización de gente trabajadora llamada “Tamarindo” y también tienen un humilde pero cómodo campito a unos veinticinco minutos en carro de la ciudad, donde suelen pasar la navidad, más no el año nuevo que generalmente lo pasan en Ciudad Bolívar donde está la mayoría de su familia, así que aparte de pasar yo la Navidad allí, no tendría que regresar a mi casa en autobús, sino que me iría cómodamente con ellos en su camioneta rústica, una vieja Toyota Samurái; pero bien conservada.
         Esa Navidad que pasaría allí, era la del 2009 y llegué a su casa un diez de Diciembre, a lo que tendría bastante tiempo para relajarme. Ese año había trabajado en una tienda de calzados casi once meses, donde había renunciado quizás por estar fastidiado por la rutina de trabajar ocho horas diarias de lunes a sábado, donde el turco dueño de la tienda no permite que los vendedores se sienten un instante, sino que hay que estar parados sonriendo e interrumpiendo a cada transeúnte que pase por la tienda diciendo la pregunta de disco rayado “¿Qué buscaba por allí hermano?” Y si fuese mujer “A la orden mi señora, ¿Que buscaba?”, ahora no sé porque todos preguntamos “¿Que buscaba?”, como si los posibles clientes dejaron de buscar, quizás es nuestro subconsciente que reconociendo que no queremos vender reconoce la negatividad implícita en la pregunta. Si no me creen pueden darse una vuelta por las tiendas del “Paseo Orinoco” de Ciudad Bolívar y casi cada muchacho o muchacha pregunta “¿Qué Buscaba?” y no un correcto “¿Qué Busca?”.
         Lo cierto es que renuncié, me dieron mi pequeña liquidación y me fui para el Apure, no me compré ningún estreno, quería cuidar mis tres lochitas para tomarme unas buenas vacaciones, tampoco quería dejar mi poquita plata en los mismos dueños de tiendas que nos explotan, no mi señor, que busquen otro bobo. Me fui al terminal antes que arreciara más la temporada de viaje de diciembre, donde no se consigue una pasajito y los “piratas” hacen su agosto, mejor dicho, su diciembre. Solo pasé unos días con mi familia antes de irme, ya ellos saben que busco monte siempre en diciembre o casi siempre cuando el bolsillo me lo permite.
         Retomando el tema de mi llegada, los Belisario me recibieron como siempre, como un hijo más. Mi pana José, ansioso por encontrarse conmigo después de dos años sin vernos, no veía la hora de salir a parrandear conmigo y conocer nuevas chicas (como me encanta una llanera, son lindas, trigueñas, llenas de vitalidad y todas son amables), en realidad nuevas para mí porque ya él las conocía.
         Pasé un gran día,  comí una extremada cantidad de carne de res, chorizo y morcillas de cochino, acompañado de cachapa, semejante comida solo tuvo un efecto… Noquearme de sueño, sumado al cansancio que traía del viaje, así que le pedí una hamaca a la señora Belisario y me ofrecieron fue un rico, cómodo y fresco chinchorro de moriche. José  me gritó desde el patio “Ay niña, ya te vas a dormir” y su madre le gritó también “déjalo chico que está cansado”.
          Me metí en el chinchorro en una habitación grande y fresca que tienen para la visita, me pusieron un ventilador poderoso sacado de película, tan poderoso que no necesité ponerle el mosquitero al chinchorro de moriche, me quité solo los zapatos y allí quedé, no supe más nada de mí sino al otro día.



CAPÍTULO II.

         Me levanté a las seis de la mañana del siguiente día, el ambiente estaba bien fresco, el clima de Apure es bastante caliente, quizás un poquito más que el de Ciudad Bolívar; pero por ser diciembre el clima se suaviza. Tenía una sed del carajo, mi cuerpo debió usar mucha  agua para digerir toda esa rica carnicería de anoche, quería tomar bastante agua fría, pero no sin antes botar un poco en el baño. Cuando me acerqué al baño venía saliendo José, al verme, me dijo:
         -- ¿Qué fue niña?, no vayas a irte a dormir temprano hoy, como ayer, que  hay una fiesta en “San Fernando 2000”,vas a conocer unas chamas que están bien bonitas.—Tranquilo Cheo, allí estaremos--, le respondí, quitándome lagañas y bostezando como hipopótamo. Ese Cheo, (solemos  llamarle Cheo a  José desde niño) no pierde tiempo cuando estoy aquí.
         Después de haber ido al baño y  asearme, me acerqué a la cocina para tomar agua fría, pero ya la mesa estaba servida. Le doy gracias a Dios por mandarme a Venezuela, en la mesa había arepas de maíz pilado, un bloque de queso llanero, mantequilla de verdad, no la margarina esa que sabe a jabón, aguacates picados en tajadas, revoltillo de huevos con la parrillada en picadillo que quedó del día anterior, café endulzado con papelón; aunque no tomo café, y jugo de guayaba.
         ¡Qué vacaciones! Me siento la persona más afortunada del mundo, sin preocupaciones y sin pensar que tengo que ir a trabajar al otro día y decir durante ocho horas “buenas qué deseaba, qué buscaba por allí”. Sin embargo, tengo que agregar que algo dentro de mí, me decía que no todo iba a salir bien aquí en Apure, tenía un presentimiento de esos que te dicen “cuidado que algo va a salir mal”, “¡Pendejadas!” Dije para mis adentros y me olvidé de eso, usando mi autonegación que todos llevamos internamente y que nos permite vivir la vida, impidiendo que caigamos en un estado de paranoia.
         Después de ese desayuno de llaneros, me activé ayudando a los Belisario en sus quehaceres del hogar, a pesar que ellos viven en una urbanización, tienen un patio de unos veinte por treinta metros, de tierra húmeda y sumamente fértil, no cometieron el triste  error de tirarle una placa de concreto sino que prefirieron sembrar árboles, donde destacan un par de gigantes matas de mango, matas de topocho y cambur, de lechosa, guanábana, níspero, limón y naranja.
         Sin mencionar que tienen gallinas, patos y guineos correteando por todo el patio, todo esto cuidado por un par de perros criollos grandes de pelajes negros y bien alimentados, casi me olvido de mencionar a una gata que está recién parida. Todo esto como verán, genera trabajo diario de mantenimiento, por esa razón muchas familias prefieren ponerle concreto y techo a sus patios y solo contar con algunas matas ornamentales, pero bien vale la pena contar con todos esos árboles, frutas y animales. El día que todas las familias del mundo decidan poner concreto a sus patios, ese mismo día se habrá extinguido la hermosa vida natural.
         Entre quehaceres del hogar y juegos de mesas se pasó el día. Al fin llegó la noche, Cheo logró conseguir la camioneta de su papá prestada, aunque si no se la hubiese prestado; no importaría mucho, porque todo queda cerca en San Fernando de Apure y los taxis cobran barato en comparación con otras ciudades del país, mucho más barato. Nos pusimos unas pintas modestas, blue jeans y camisas mangas cortas, con zapatos casuales, no muchos se visten a lo llanero de pura cepa en la capital.
          Mientras íbamos en la camioneta Cheo me daba el parte para esa noche, como si fuese un militar y me hablaba de un par de chicas que son de Biruaca, (ciudad de Apure que está al lado de San Fernando), las muchachas estaban estudiando Administración de Empresas Agropecuarias en la “Universidad Simón Rodríguez”, apenas terminando el segundo semestre.
 –Mira Carlos—me dijo Cheo mientras inclinaba un poco la cabeza de lado hacia mi sin perder la vista al frente del volante--Una de las chamas se llama María, tiene diecinueve años, es blanquita y tiene una cinturita bien linda ¡papá! Y ni hablar de sus pechugas, esa es mía pendejo; para que sepas, ni la veas, que está apartada y ya le puse el sello de envío.
 –Okey si va—Agregué, con cara de impaciencia para que me diera parte por la mía.
—La otra se llama Piedad—Siguió contándome con una ligera sonrisa en su rostro –es  alta, una pataruca de cabello lisito y bien largo, es trigueña tirando a negra, tiene un cuerpazo pero medio plana arriba, es bonita la “caraja”, tiene veintiún años, ya la vas a ver, le hablé de ti, le enseñé una foto y quedó partida.
         Cheo sabe que me matan las llaneras de piel trigueña o cobriza, no lo pudo hacer mejor mi hermano.
         Llegamos a la fiesta, mi persona llamaba la atención al entrar, lo pude notar por las miradas que se posaban en mí, se notaba que no era de allí. Aprovecho para hablar un poco de mis características físicas: Soy tan alto como Cheo, de piel clara, parezco el propio turco salido del Líbano, con cejas pobladas y nariz grande, velludo en los brazos (puedo entrar en top five de hombres  más velludos), tengo barba abundante, si me afeito la cara, me queda de un color gris tirando a verde, obviamente para esa fiesta me había afeitado la barba.
          María y Piedad no habían llegado, Cheo me introdujo a un grupo de sus ex compañeros de universidad, rápidamente hice empatía, gracias a que domino  cualquier tema trivial que se suele hablar en fiestas y reuniones. La música estaba sonando fuerte, la fiesta era en el estacionamiento de un grupo de casas y estaban celebrando una graduación universitaria, había muchas clases de bebidas y pasapalos. Yo con un refresco cola estaba bien, la música que se escuchaba era el buen merengue de los años ochenta y noventa. En fin, un gran ambiente se respiraba, muchos estudiantes universitarios bailando y otros hablando, nadie estaba apartado todos full integrado.
         Debo decir que me encanta bailar, aunque solo domino pasos sencillos, siempre me voy por lo seguro, así que saqué a bailar una muchacha del grupo donde estaba hablando. Bailamos solamente una pieza y  se  cansó o quizás no hubo química entre ambos o esperaba  un mejor bailador. Disimuladamente me reintegré al grupo y de repente siento un codazo en mi costilla, era Cheo para avisarme que las muchachas estaban entrando a la fiesta, fuimos a recibirlas.
–Hola muchachas—Dijo Cheo al acercarse a ellas—Este es Carlos de quien les hablé.
         Las chicas me vieron de pies a cabeza como solo las mujeres saben hacerlo
—Hola un placer—Dije y extendí mi mano cuan Quijote de la Mancha y tomé primero la de María, luego la de Piedad.
— El placer es de nosotras—Agregó Piedad con una dulce voz y brillo en sus ojos.
          Nos apartamos del grupo de los amigos de Cheo y nos sentamos a una de las mesas. María y Cheo se encerraron en su conversación, lo que me concedía el privilegio de concentrarme toda esa noche en Piedad.
         Después de hablar de nosotros y conocernos, nos fuimos a bailar, ya habían cambiado el merengue y pasaron a un vallenato bien movido. Piedad es una mujer de carácter seguro, jovencita pero  refleja madurez, dientes blanquitos y sanos que se les podía ver al sonreír, su cabello desprendía un aroma rico, donde se mezclaba el olor de champú y al aceite natural que desprende su pelo y su cintura era durita como un mango verde. Cheo exageró que era plana, realmente no lo era, lo que pasa es, que si él no ve tetas del tamaño de un melón para arriba no le para a las mujeres.
         Bailamos no sé cuántas piezas y los ritmos fueron cambiando, hasta el reggaetón que nunca falta. Hablábamos mientras bailábamos y teníamos que hacerlo acercando la boca al oído, porque la música estaba bien alta, me encanta eso de la música alta, porque es una excusa para hablar cerca, puedes sentir el aliento en tu oído de la chica que te gusta y ella el tuyo, de alguna forma eso es algo tierno. Es allí  donde puedes medir cuanto le gustas a una chica, claro, al menos que seas un Chayane bailando y ella solo esté contigo por el baile, pero como yo no soy un experto, eso dejaba para especular sobre una sola opción y es que LE ATRAIGO.
         Algo pasó de repente mientras bailaba, sentí una oscuridad y silencio absolutos, quizás duró un segundo, mi mirada se fue y Piedad me preguntó al oído: --¿Qué te pasa Carlos?—Y agregó—parece como si vistes un Espanto, mientras tocaba mi rostro con su tersa mano—.No vale—Respondí, con una cara media desorientada— creo que estoy un poco mareado. Ella me tomó de la mano y me invitó a sentarnos de nuevo a la mesa donde estábamos.
         Ya no hablábamos como antes y otra vez sentí un segundo de oscuridad y silencio absolutos, también sentía un fuerte olor a mastranto. Recordé el mal presentimiento de esta mañana. Piedad me acercó una botellita de agua y me dijo: --Toma corazón, tomate un poquito para que se te pase. No sé si me sentí mejor por el agua que tomé o por el cariño en sus palabras.
         Al rato, después de sentirme mejor, seguimos bailando, solo que esta vez cambiaron a balada, el mejor de todos los bailes, aunque dicen que la balada no es baile, para mi si lo es, es el baile perfecto, porque puedes acercarte a tu chica un poco más, pero sin caer en la vulgaridad. Sentí todos los olores de piedad,  ella estaba sudando leve, aunque la noche empezaba a refrescar, dicen que los olores naturales de las mujeres son mil veces mejor que los de cualquier fina colonia que pueda existir; de hecho, algunos agregan que  nos enamoramos de las mujeres es por su olor y no por su cara o cuerpo. Al rato dejé de sentir su fragancia natural y otra vez volvía el mastranto, aunque más leve y me dije que quizás es algunas de esas casas que tienen de esa planta silvestre en su patio y que llega el olor a través de una ráfaga de aire.

CAPÍTULO III.

         Eran las tres de la mañana, la fiesta estaba terminando y estábamos viendo un grupo en vivo de música llanera, que había empezado su presentación a la una y media am. Cantaba una mujer muy atractiva, de piel blanca, llevaba unos jeans negros, botas vaqueras de mujeres, una camisa de cuadros rojos y blancos, amarradita en sus puntas, dejando al descubierto su ombligo, en la cabeza llevaba un recio sombrero de pelo de guama, la mayoría de las canciones eran al amor, despecho y cachos, las otras canciones referían al folklore del Apure y su mágica geografía. Sus músicos eran nada más tres, porque no había bajista, así que solo era arpa, cuatro y maracas.
         Estábamos sentados a la misma mesa, Piedad estaba  apoyada en mí hombro, yo tenía tomada sus manos entre las mías, muchos seguían bailando joropo al ritmo del grupo (vaya energía tienen los llaneros, a plena madrugada y zapateando duro). Normalmente me lleva más tiempo lograr ese grado de intimidad con alguna chica, había una química fuerte creciendo entre nosotros; no había duda de eso, el primer beso no había llegado, “no todavía”, pero ya me quería ir para besarla en un lugar con al algo de privacidad. La cantante que llamaban la “La Brava de Apure” logró una empatía con el público, por mi parte me quería ir para estar  solo con Piedad.
         Se hicieron las tres y media y el grupo se despidió con una canción que llevaba por título: “Apure y el Silbón”. El olor a mastranto volvió,  fuerte como la primera vez, solté las manos de Piedad y disimuladamente con un pañuelo froté mi nariz dejando de sentir tan fuerte fragancia. Piedad me mencionó que en esta tierra sale El Silbón a los hombres parranderos, cuando están borrachos y vuelven solos a sus casas. Le respondí que entonces estaba inmune al Silbón, porque no había probado una gota de alcohol toda la noche y más importante aún, yo no estaba solo… estaba acompañado de la niña más linda del Apure --¡Gua!--dijo ella, volteando hacia mi cara y dejando de ver al grupo--¿Bonita yo? Tú estás ciego Carlos. Cuando dijo eso, nos quedamos viendo fijamente a los ojos como unos veinte segundos,  que pareció un día entero, sus ojos negros grandes, ligeramente humedecidos, brillaban como la luna de esa noche que servía de testigo ante la semilla del amor. Dejé de verla y dirigí mi mirada a la cantante, me decía a mí mismo “¿Qué te pasa Carlos? Tú no te enamoras, al menos no tan rápido y menos sin conocer a alguien bien”. Al instante, la Brava de Apure al terminar la canción gritó: “¡Hombres! Cuídense del Silbón” y fue dirigiendo su micrófono con su mano extendida, señalando todas las mesas y terminando en la mía, la atractiva cantante se me quedó viendo fijamente por solo un momento, los presentes me rodearon con su mirada, me sentía el mismo gafo,  así que no quedó más remedio  que pelar mis dientes y sonreír fingidamente.
         Seguro que el grupo ya sabía que no era de esos lares, Cheo siempre con sus vainas” lo más probable es que les habló de mí, o quizás es parte del espectáculo y aleatoriamente me tocó a mí,  “el más pendejo”. Bueno yo ya coroné con Piedad, eso es lo que importa y no me iba ir a dormir sin besarla y abrazarla, además confiaba en Cheo, ese es un avión Sukhoi, tiene que tener algo planeado para cuando salgamos de aquí.
         La fiesta terminó, calabaza calabaza, solo que esta vez nadie se va para su casa. Nos montamos en la Poderosa Samurái, quien era nuestra más conspiradora cómplice de esa noche o lo que quedaba de noche. Cheo mientras iba al volante rompió el silencio diciendo:
 – Muchachos, ¿qué tal si nos vamos ahorita para la orilla del Río Apure?, conozco un lugar bien fino y tranquilo, total, ya va amanecer.
 –Claro mi amor, vamos—Respondió María, acariciando el cabello de Cheo al mismo tiempo volteaba hacia atrás, donde estábamos Piedad y yo, tomados de la mano. 
--¿Ustedes quieren chicos?—Preguntó María.
 – ¡Por supuesto!—respondí, casi con los ademanes del  Chapulín Colorado.
 –Si tú quieres Carlos, Piedad también quiere—agregó Cheo con tono de travesura. Piedad solo me miró y sonrió agachando luego la cabeza con picardía e inocencia a la vez.
         Pasamos el hermoso puente de Apure que corona al suave e imponente río Apure, el cual da la impresión de noche que se puede caminar por encima de el.  San Fernando 2000 está al lado de San Fernando de Apure, solo los divide el puente. Cheo  pasó el puente, luego buscó el camino que él conoce para estar cerquita del Apure. Llegamos y nos sentamos a la orilla, no tan cerca al río en realidad. María y Cheo se apartaron un poco de nosotros pero quedaron a nuestra vista, antes de apartarse me lanzó un repelente de mosquitos en spray y me dijo: “Toma niña, por si los mosquitos te quieren llevar volando a Bolívar”.
         Era una playita linda y pequeñita con una arena suave y fresca, su textura no tenía nada que envidiar a una playa del Caribe. Nos quitamos los zapatos y nos sentamos viendo al horizonte y charlando a la vez llegamos a conocernos mejor, hablamos de nuestros intereses, hasta que ya no había nada que decir, le tomé una mano y se la besé, su mano era suave, parecía esculpida por algún artista del renacimiento, tenía su aroma, el de ella. Luego acerqué mi rostro hacia el suyo, nos mirábamos fijamente, la luz de la luna me permitía verla con claridad, bajé mi vista hacia sus carnosos labios, acerqué los míos y nos fundimos en un beso tierno, sentía la humedad de sus labios, que era agradable como la miel silvestre, luego coloqué mi espalda en la fresca arena y ella me siguió, quedando encima de mí, pero no con todo su cuerpo sino más bien de lado.
         Seguimos besándonos con tierno romance, de pronto ella deja de besarme y me susurra al oído:
--Te quiero dar algo, ¿Lo quieres?—le contesté sí.
         Ella empezó a dar tiernos besos en mi nariz después me pidió que abriera un poquito la boca, la abrí y ella me dijo –Recibe mi regalo—ella sopló ligeramente su aliento hacia dentro de mi boca y al instante sentí algo diferente dentro de mí, como una sutil energía que recorría cada parte de mi cuerpo y con su mano cerró mis ojos. Cundo los abrí vi a Cheo encima de nosotros diciendo –Están muy románticos ustedes, no ven que ya amaneció--. Lo quería matar, nadie como él para cortar la nota.



CAPÍTULO IV.

         Algunos días pasaron y misteriosamente perdí el contacto con Piedad, su amiga María, tampoco sabía mucho de ella, solo nos dijo por teléfono que Piedad se fue a su casa en Biruaca. Le llamé a su celular, le mandé mensajes y nada, ni una señal de humo, la busqué en el FACEBOOK, encontré muchas Piedad, pero ninguna era la mía. Al final desistí con la esperanza que se pusiera en contacto conmigo, ella tenía mi número así que no le di más vueltas al asunto, pero debo admitir que quedé atravesado no por una flecha sino por la Lanza del General Páez, esa que está en el Boulevard de San Fernando, sostenida en la mano derecha por el mismo aguerrido General.
         Los Belisario se preparaban para irse para su campito, un terreno modestamente grande, al menos grande para mí que solo tengo un pequeño patio en mi casa, tiene unas diez hectáreas eso sería alrededor de unos catorce campos de fútbol de terrero cultivable, tiene un morichal bien caudaloso cerca sus límites. Dentro del terreno tienen tres pozos o aljibes. Apure debe estar encima de un océano de agua dulce, por donde se haga un hueco profundo, allí sale agua de seguro, de hecho muchas de las casas de la capital tienen agua potable que suministra una empresa del gobierno regional, también cuentan con un pozo y una motobomba.
         El campito se llama “El Conuco de Apure”, tienen un par de caballos, pocas reses, lo suficiente para hacer queso, suero y mantequilla. Cuentan con  una moderada cochinera con cincuenta o más cochinos, todos bien alimentados. La mayoría del terreno  está sembrado de maíz, el resto está sembrado de pasto, árboles de naranja, limones y un robusto conuco donde tienen yuca, ñame, ocumo, tomates, ají y pimentón. La casa  del campo está rodeada por diferentes árboles frutales que le otorgan sombra por las cuatro esquinas y la mantiene fresca todo el día. La vivienda es amplia con  cinco cuartos y una sala pequeñita, la cocina, el comedor y el recibidor está afuera, como anexo a la casa, en un lateral, sin paredes solo bajo un techo de zinc, de modo que todo queda a aire libre, donde cada quien puede colgar su chinchorro, hamaca y campechana. Tienen televisión satelital  pero nadie le presta atención a la tv cuando se está allá, salvo para ver las noticias. La electricidad llega con comodidad por estar tan cerca de la capital, por eso cuentan con una línea blanca básica. Los baños están afuera, donde llega abundante agua fresca de uno de los aljibes por la fuerza de una motobomba.
         Aparte de los Belisario, en el campo vive el Señor Bartolomeo García con su esposa y un hijo de veinte años. Son los que hacen posible la prosperidad de ese campito, no tienen salario porque es su casa también. Bartolo (así le llaman), es socio del Señor Belisario, las ganancias están divididas en cincuenta y cincuenta, hay plena confianza entre ellos. Bartolo es de esos llaneros que tienen que vivir en el llano, en el monte, con su mujer, la campechana y su lata de chimó, él y su hijo Juan parecen llaneros de “Santos Luzardo”, atléticos, llenos de fibra muscular de albañil, de mediana estatura y piel tostada por el sol, son hombres que se paran a las tres de la madrugada para ordeñar las vacas, hacer queso, cosechar maíz y los tubérculos, llevan a pastar las reses y de vez en cuando salen a cazar con una vieja escopeta pero operativa y bien cuidada que heredó de su Abuelo Don Jacinto García  quién vivió todas las dictaduras de Venezuela  del siglo veinte.
         Ahora, ¿Qué hicimos esos días que estuvimos allá?, aparte  de ayudar con las faenas diarias, hicimos muchas hallacas de maíz blanco, en Ciudad Bolívar la hacen con maíz amarillo. Se mató un cochino y se apartaron los perniles para la Noche Buena, el resto se aprovechó todo, para hacer morcillas, chorizos y chicharrón del más exquisito del mundo, ese que sale con bastante carnita, la carne magra del cochino se usó para las hallacas y para comer frita con cachapa y queso de mano. La carne de res para este plato navideño se tomó del congelador, también se mataron cuatro pollos grandes. Hicimos seiscientas hallacas, de las cuales una parte se iba para Ciudad Bolívar para la reunión familiar del año nuevo de los Belisario.
         La zona donde estábamos se llama “El Morichalito”, existe un grupo de casitas todas dispersas y algunas haciendas, todas equidistantes. Hablamos de un promedio de dos kilómetros de distancias entre las casitas y haciendas. En una de las haciendas que se llama “La Encantada” dedicada a la cría de búfalos y porcinos, se hacían las fiestas de la comunidad. El dueño de la hacienda pedía una colaboración de cada familia de “El Morichalito” (Los Belisario colaboraron con cuatro cochinos) sumado a lo que La Encantada aportaba, se formaban tremendos parrandones, contrataban artistas locales para la música llanera. No faltaba nada, debido que no existía el egoísmo ni la viveza de la ciudad entre ellos.
         Así se fueron mis días allí, trabajo, diversión y comida de la buena. Pero un día, o mejor dicho “una noche” hizo la diferencia y marcó para siempre mi destino. Dos noches antes de Navidad, en una de esas parrandas, me quedé con un grupo de peones jugando dominó hasta tarde de la noche, (soy un asiduo jugador de dominó). Todos en la fiesta  se empezaron a ir, incluso los Belisario y los García ya se habían retirado.  Les dije que me quedaría, que quizás amanecería allí y me iría para la casa al salir el sol. De La Encantada a la casa de los Belisario había unos tres kilómetros de camino.
         Los peones con que jugaba, trabajaban para La Encantada  y ya era domingo, así que no trabajarían “al  cantar el gallo”. Todos los presentes estaban tomando un ron hecho por ellos mismos, a base de caña de azúcar. Eran las tres pasadas de la media noche. La luna estaba oculta por las nubes y la noche estaba fría, por mi parte no tenía sueño, no puedo decir lo mismo de los peones que ya el alcohol empezaba hacer su trabajo de masajear el cerebro y deprimir al máximo sus sistemas nerviosos.
         Finalmente todos se fueron excepto tres llaneros, entre ellos mi compañero de juego de toda esa noche, “Don Carlos”; mi tocayo, un señor de unos setenta años, lleno de vitalidad. Don Carlos, una noche antes, nos habló del Silbón a Cheo y a mí. Nos refirió que algunas noches, sobre todo en temporada de parranda salía ese “Espanto” por esos lugares. En sus propias palabras  y con su tono pausado de llanero nos advirtió lo siguiente: “No parrandeen mucho, váyanse temprano siempre, sobre todo antes de la una de la madrugada. Si  llegan a escuchar el silbido fuerte y claro, aprovechen y corran que el Espanto está bien lejos, deben ir pronunciado en la carrera todas las groserías que puedan contra él, griten que no le tienen miedo, (como decir que no le tienen miedo y estar corriendo a la vez, pensé y me causó mucha gracia), si empiezan a escuchar el silbido a lo lejos es porque ya lo tienen cerca, van a sentir el sonido de un saco con huesos arrastrándose, no dejen de gritarles insultos, recuérdenle su maldición y a su madre, no demuestren miedo y se irá por donde vino”.
         --Don Carlos—lo interrumpí para preguntarle. --¿Es verdad que le chupa el ombligo a los parranderos para beberle el ron de toda esa noche? (Eso me parecía sumamente gracioso). –Sí, toda la caña de esa noche—me respondió y agregó—Si El Silbón sabe que le fueron infieles a sus mujeres los descuartiza y los mete en su saco de huesos para toda la eternidad. Nos contó más acerca de Él, que también visita algunas casas como presagio a la muerte y si se sienta cerca de la casa a contar sus huesos que lleva en el saco, ya la muerte es inminente. Agregó otros detalles, yo en realidad lo escuchaba por respeto, ya esa leyenda me la sabía, cuando niño me asustó, sobre todo cuando escuché por primera vez esa canción con relato de un personaje  llamado “Juan Hilario”, recuerdo que el silbido si era espeluznante, realmente llegaba a la psiquis, era un sonido simulando las notas musicales de “do-re-mi-fa-so-la-si”.
Los llaneros y sus vainas, pero reconozco que sienten y viven sus mitos y leyendas como verdaderas”.
         Eran las tres y media  de la madrugada, Don Carlos y los otros peones se cansaron de jugar y estaban que se dormían. Me tocaba irme solo, lo preferí así porque todos ellos estaban muy tomados y no quería un volcamiento de camioneta. Total, solo eran tres kilómetros de caminata y la luna se había despejado, lo que agregaba excelente iluminación natural. Me despedí y los llaneros bromearon sobre El Silbón, pero Don Carlos estaba serio, viéndome con sus ojos profundos, solo me dijo: “Ya sabes qué hacer si te sale” –Claro no te preocupes Carlos—le dije con una leve sonrisa en mi rostro.
         Me fui alejando de la hacienda, el camino de tierra estaba lleno de pequeñas piedras, lo que producía un sonido singular que me encanta, al mezclarse con mis botas llaneras mientras camino. El ambiente estaba apacible y fresco. con una brisa moderada, solo el sonido de los insectos se escuchaba. con algunas aves nocturnas  que estaban cerca. Pero la luna de pronto empezó a ocultarse  con las nubes, la brisa empezó a pegar fuerte y los arboles alrededor del camino se sumaron al coro de sonidos con el empuje del viento en sus ramas y hojas. Empezaba a preocuparme, “no me voy a preocupar con toda esa psicología de terror que me metieron”, me dije a mi mismo y con eso me tranquilicé y empecé a disfrutar mi camino nuevamente.
         Cuando llegué a la mitad del recorrido dejé de escuchar todos los sonidos de mí alrededor; excepto el de mis pasos, de repente volví a sentir ese  fuerte olor a mastranto cuando estaba con Piedad, pero esta vez más intensificado, al punto que me lagrimearon los ojos y empecé a ver un poco borroso. Me froté los ojos y empecé a ver mejor, pero el olor no se iba. Me estaba asustando y fui acelerando el paso. Ya no pensaba en leyendas ni mitos, me dejé llevar por mi instinto, por mi cerebro primitivo, el cual me dictaba ¡HUIR! a la vez que inyectaba adrenalina a mi torrente sanguíneo, acelerando mi corazón. Algo nuevo se agregó a todo lo que sentía a mí alrededor y eso era… la oscuridad absoluta. Entré en pánico, pero no podía correr porque no veía nada, así que recorté el paso de la caminata, con mis manos adelante buscando tantear algo, no fuese que tropezara con algún obstáculo, me guiaba con el sonido que producía las suelas de mis botas al pisar la tierra y las piedras, sabía que si me mantenía así iría bien porque el camino era directo a la casa.
         Mientras caminaba poco a poco pero con la adrenalina a mil, sucedió algo que me paralizó por completo, me sentía perdido y totalmente desorientado, el sonido de mis botas se los había tragado el silencio. Hasta que…



CAPÍTULO V.

Escuché un fuerte silbido que me hizo estremecer, (era lo único que podía escuchar) seguía avanzando a ciegas, esta vez guiado por la sensación  de pisar tierra y piedras, pero ya no sabía a donde  iba, si de regreso o hacia la casa, el sonido era muy fuerte, como si penetrara todo mi ser, mis fuerzas se iban acabando, “no puedo rendirme, no quiero morir” me dije. Seguía avanzando y a veces no sentía el camino sino el monte, así que entre monte y camino me guiaba, entre esos dos contrastes. El silbido se hacía más leve, era unas de esas notas musicales (do-re-mi-fa-sol-la-si-do) que nos enseñan en las escuelas, pero aterradoras.
        
Mi vista empezaba a aclararse pero solo tenuemente, el silbido cada vez se alejaba de mis oídos y empezaba a escuchar el ambiente que me rodeaba, fui acelerando el paso pero sin energías, solo seguía caminando por mi instinto de supervivencia. Mientras iba caminando, el monte a mi lado derecho como a tres metros empezó a moverse, como si un animal salvaje estuviese allí, efectivamente, era un animal,  era un perro que se acercaba a mí,  mostrando sus feroces dientes, casi no podía moverme, pero pude retroceder poco a poco. El perro era bastante grande y su pelaje  estaba teñido en sangre descompuesta, salía una espuma rojiza de sus fauces, como si tuviese rabia. Se acercaba lentamente hacia mí, yo estaba en shock, no podía gritar ni correr, sus ojos estaban inyectados en fuego y cólera.
        
Logré moverme hacia atrás nuevamente, sin dejar de verlo, un paso…dos pasos…tres pasos, daría en total seis pasos, pero algo me impidió avanzar más hacia atrás, era la sensación  de que tropecé con una persona, sabía que alguien estaba detrás de mí, ya no sentía el olor a mastranto, sino un olor putrefacto, era el olor de la muerte. No quería voltear, el perro se acercaba más a mí, con su hocico lleno baba y espuma rojiza y su horrendo rugido. Dejé de sentir la persona atrás pero no el olor pútrido, el ensangrentado perro finalmente se detuvo pero esta vez con la pata derecha levantada, en posición para lanzarse al ataque. Me di la vuelta para huir… pero mis fuerzas se  fueron casi por completo al ver que a dos metros de mí, estaba un gigante de unos dos metros cuarenta, con un atuendo de peón pero de antaño, llevaba un sombrero de paja grande, no me miraba, su vista la dirigía al suelo, su piel era de un tono verdusco, estaba inflamado, como si estuviera descomponiéndose, me había olvidado por un instante del perro, toda mi atención estaba sobre esa cosa que parecía muerta, de pronto empezó a subir lentamente su cabeza, LO VÍ…era la cara de todas las fobias de nosotros, la de un cadáver que se mueve en una morgue, esa fobia que tenemos de niños que un cadáver pueda abrir los ojos y moverse en su urna. Sus ojos estaban blancos, (como volteados por una convulsión por fiebre alta) SE FUE ACERCANDO A MÍ, arrastrando un saco viejo y maltratado, que hacía  un sonido áspero, ME RENDÍ, sabía que no escaparía, me desmayé, era quizás el último recurso de mi cerebro que apagaba todo el sistema nervioso central  para no sentir el dolor que estaba a punto de experimentar.
        
Al rato estaba yo acostado boca arriba, viendo hacia la noche que estaba despejada y mostraba todas las estrellas. “Fue un sueño, fue una pesadilla, seguro me caí y perdí el conocimiento” pensé .Luego, me levanté, me sacudí la tierra de la ropa y cuando me disponía a irme tenía al mismo perro que me cortaba el paso, exponiendo sus salvajes colmillos con su mismo rugido, pero el perro ya no estaba ensangrentado, (era un perro blanco y musculoso, de pelaje corto), tampoco botaba ya esa repulsiva espuma rojiza. Al instante escuché una voz que provenía de mis espaldas, que expresó: —No le tengas miedo, no te hará daño sino corres, se llama Tureco—. Yo gire y estaba un hombre sentado en el tronco de un árbol caído a lado del camino — ¿Quién es usted?—le pregunté con tono de asombro. –Unos me dicen “Mandinga”, otros “El Espanto”, “algunos La Muerte” y en algún tiempo “El Salvaje”—respondió con acento llanero, mientras sacaba huesos del saco para contarlos y agregó—Soy EL SILBÓN.
        
El hombre tenía la piel normal, sus ojos estaban vivos, la ropa y el sombrero eran los mismos pero bien conservados, no me había fijado que tenía unas alpargatas de cuero. Era un hombre blanco de rostro agradable y ojos oscuros, con facciones afro; un mulato, de aspecto atlético como cualquier llanero de faena.  A pesar que estaba sentado, se veía que era muy alto, por sus piernas largas que se notaban. Mi persona había dejado de sentir aquel pánico que me invadió, sin embargo estaba débil. Me empecé a llenar de curiosidad “si existe, es verdad, no es un mito, pero ¿Cómo? y ¿Por qué?” pensé y me pregunté a mí mismo.

–Hay muchas preguntas que responder y habrá tiempo—expresó, como si me hubiese leído el pensamiento—siéntate—me ordenó con cortesía señalando el suelo. Yo aparté algunas piedras y me senté, no me importaba ensuciarme porque ya lo estaba. Tureco se había acercado a mí y por primera vez ya no revelaba sus colmillos, me olfateó y se acostó a un lado de mí, pero con su cabeza en mi dirección al igual que sus dos patas pero pegadas a su hocico.
        
El Silbón sacó un cuatro de su saco y me preguntó: — ¿Te gusta la música Carlos?, a los guayaneses les gusta mucho la música—me preguntó viéndome a los ojos y sonriendo levemente. “¿Cómo sabe mi nombre y de dónde vengo?”, pensé. —Yo sé muchas cosas Camarita—señaló, mientras afinaba su cuarto. Efectivamente este ser parecía leer los pensamientos o tenía una gran agudeza mental para adivinar el pensamiento leyendo la gestualidad de una persona. –Te dedico esta canción “Compa”—dijo, mientras tocaba el cuatro de manera recia y de un ritmo estimulante.
Y arrancó con su canción:

Aaahhhhhhh…
Óigame usted joven guayanés,
la canción que hoy,
tus pensamientos hará  mover.
Yo me llamo el Silbón
y muchas cosas malas oíste de mí,
pero lo que no sabes es,
que la justicia  siempre defendí.

Ay la justicia siempre defendí.
Hasta que una noche,
un gran error cometí.
Y a unos inocentes,
a sus vidas puse fin.
Ahora y para siempre,
mi felicidad yo mismo  extinguí.

Pero no por eso,
al inocente dejaré de asistir.
Porque la verdadera maldad,
no viene de un espanto.
La verdadera maldad,
viene de algunos humanos,
que por su codicia y envidia,
a muchos hacen daño.

Quizás por eso debo existir,
para que el amor y la honradez
Del corazón venezolano,
jamás tenga que partir.

Ahora te canto desde mi corazón
Y a pesar de mi maldición,
he venido a pedirte un favor,
para que me ayudes desde tu razón,
a llevar la justicia, a tu tierra y región.
Donde  muchos  necesitan protección,
de algunos seres humanos,
que se han dado a la tarea,
de llevar el miedo y esclavitud,
a los inocentes que se resisten,
a perder su virtud.

Mira joven Carlos,
tú más nunca me debes temer,
lo que hice hoy,
fue para que  pudieras entender,
Lo que a los malos y malas,
los hace de miedo estremecer
Y después de mi visita,
nunca  maldad, volverán a cometer.
tú resististe mi visita,
porque en tu corazón no hay maldad,
solo  justicia, amor y bondad.
Así que de ahora en adelante,
tú me vas a acompañar.

  

CAPÍTULO VI.

Después que terminó su canción tomó su saco, lo abrió y metió el cuatro,  luego se levantó y pude notar que en su aspecto no espectral, medía alrededor de dos metros de altura, al mismo tiempo Tureco se levantó y empezó a mover su cola acercándose a su amo para que este le acariciara la cabeza. Pude notar el amor que estas dos criaturas de la noche se tenían el uno al otro. También me levanté y al hacerlo El Silbón se acercó a mí y me preguntó en su tono llanero:
— ¿Te gustó la canción carajito?—mientras dirigía su mirada directamente a mis ojos y al mismo tiempo me mostraba una ligera sonrisa; casi una mueca diría yo.
 –Sí señor—respondí y agregué–toca usted muy bien el cuatro y tiene excelente voz.
 –No está mal para un Espanto, ¿Verdad?—adicionó, con su mueca otra vez, arqueando la ceja derecha y levantando un poquito la comisura de la boca. Pero yo no quise responder por temor a ofenderle porque  su comentario era  capcioso.
        
—Bueno ya va amanecer y despedirme no quisiera—me dijo, mientras extendía su gran mano derecha hacia mí, le estreché la mía y al unirse nuestras manos en un apretón, sentí recorrer la misma energía por todo mi cuerpo, como cuando Piedad sopló dentro de mi boca, así que acudió a mi mente un pensamiento: “Quizás entre Piedad y este hombre o criatura  exista alguna conexión”.  El Espanto, sin agregar más nada, se marchó, se metió monte adentro junto con su enorme perro y se fue perdiendo en la espesura del monte, hasta que ya no hubo movimiento. Empezaba la Señora Noche a desaparecer para darle el turno al Señor Día y entregarle la guardia del horizonte llanero.
        
Hasta que la noche se marchó por completo, mientras yo caminaba de regreso a casa, siendo ella testigo del más terrible pánico que había sentido en mi vida y a al mismo tiempo, testigo del encuentro más interesante que tuve jamás.
Al acercarme al portón del campito, divisé a Bartolo y a su hijo que empezaban a sacar el ganado hacia la parte del terreno que tenía pasto. Entré a la casa y todos estaban dormidos excepto la señora García y la señora Belisario que estaban preparando el desayuno. No tenía hambre, me acerqué a ellas y les dije que me iba al cuarto a dormir, que estaba muy cansado y les pedí disculpas, La señora Belisario me preguntó que si me había caído, porque estaba  sucio. –Tú no tomas Carlos, ¿Qué te pasó? No sabía que responder, si decía que había peleado ella averiguaría con quién peleé y se daría  cuenta que mi respuesta era falsa, así que dije la verdad con la esperanza que lo tomara como una broma. –Vi al Silbón y me desmayé. Le dije, con cara de ocultar otra cosa. Ella solo se puso a reír y me mandó a dormir. Había escuchado una vez de un famoso humorista venezolano, que cuando dices una verdad que quieres ocultar y que los demás no esperarían que la dijese, no te creerán, bueno funcionó, al menos en ese momento.
        
Me fui a dormir, solo me quité la ropa y me lancé a la cama, Cheo estaba con la boca abierta y roncando con singular estruendo en la cama contigua, pero estaba tan agotado y tenía tanto sueño que no le presté atención a ese León del Apure que haría que un tigre se orinara al escucharlo roncar. Me  quedé dormido al instante y mi mente solo se trasladó al encuentro que había tenido hacia algunos minutos. Piedad, El Silbón y Tureco eran los protagonistas de mi sueño, vaya elenco el que me gastaba yo. Lo cierto es que en un momento del sueño, el Silbón me relató su verdadero origen y como había llegado a ser lo que es. He de  decir, que en esa parte del sueño donde él me relataba todo acerca de su vida (antes de convertirse en un espectro maldito), se dibujó en mi mente de tal manera que no pude establecer si estaba soñando o viviendo su experiencia. Palpé su realidad, sus experiencias y sufrí con amargura sus desgracias. Con Piedad solo soñé al principio y la verdad casi no recuerdo nada, solo recuerdo el sentimiento que me producía su agradable compañía y el rico aroma de todo su ser.



CAPÍTULO VII.

A continuación relato el origen del Silbón:

Era el siglo XIX, Venezuela había logrado su independencia hace poco más de tres décadas. El país continuaba siendo un polvorín, solo que ya no se peleaba contra España sino que la Pequeña Venecia peleaba contra ella misma, ya no corría la sangre de los opresores españoles porque la opresión estaba dentro de la misma CASA. Existía una fiera lucha de clases, entre Conservadores y Liberales. Para esa época todavía existía la ESCLAVITUD, a pesar que  El Libertador luchó toda su vida por erradicarla. Bolívar había muerto en 1830, lejos de su Caracas querida; peor aún, lejos de su país, y lo paradójico de todo, es que Él consagró su vida a luchar contra los españoles, pero fue un ciudadano español que abrió las puertas de su hogar y le brindó cobijo, pan y amor hasta su último  día.
       
El esclavo de esos tiempos era una persona que valía bastante plata, aún desde el vientre de sus madres ya estaban vendidos y vale decir que fueron tratados como animales, se podía cambiar dos mulas por un buen esclavo, a veces una mula por dos esclavos (todo dependía del estado físico del esclavo). Los esclavos eran indígenas y negros, pero ya en pleno siglo XIX, los negros eran los únicos esclavos, sin embargos los indígenas no corrieron con suerte ya que  sus trabajos rayaban en la esclavitud.
        
El Silbón (no me ha revelado su verdadero nombre), creció en una prospera hacienda que estaba ubicada en la tierra de las eternas llanuras “San Juan de Payara”, cercana a los límites entre el estado Amazonas y el estado Bolívar. El dueño de la hacienda era un ciudadano irlandés  que peleó en la gesta independentista, pero que no fue muy conocido, “Teniente Nicolas  Brown” uno de los oficiales  que estuvo en La Legión Británica. Este hombre logró importantes riquezas gracias a sus méritos, pero no quiso regresar a su país; a su entender, no quería abandonar la tierra por la cual muchos de sus compañeros de armas sacrificaron sus vidas y en muchos momentos casi ofreció la de él. También aquí tenía la oportunidad de ser un hombre acaudalado, recién lograda la independencia de Venezuela. Míster Brown era un hombre sumamente culto, de finos modales, los mismos modales que exhiben los caballeros londinenses.
        
Aprendió amar a los negros, indios y mestizos, porque el peleó a su lado y en muchas ocasiones, fue salvado de la muerte gracias a la intervención de éstos. Logró comprar tierras, que luego fue extendiendo (su hacienda la bautizó con el nombre de “La Nueva Irlanda”), se dedicó a la ganadería y al comercio portuario. Los negros que trabajaban en sus tierras eran libres, solo decía que eran sus esclavos a los otros terratenientes, a fin de no levantar la envidia  y la  persecución. Míster Brown, además de los negros, contaba con trabajadores mestizos, mulatos, pardos, zambos y blancos de orilla. Tenía varios capataces pero solo uno era el principal, un hombre severo a la hora de castigar la injusticia y la desidia,   pero al mismo tiempo tenía que tener el amor de una madre para con cada trabajador de la hacienda, alguien que velara por la necesidades de cada uno de ellos y mantener informado de todo a Nicolas Brown.
        
Su principal capataz era un hombre mulato de treinta y nueve años, medía dos metros de altura, de espalda y hombros formados, de rostro cálido y agradable, excepto cuando se enojaba, cuando lo hacía su rostro parecía estar envuelto en llamas y su nadie podía sostenerle la mirada. Ese era El Silbón, el principal de sus capataces, el hombre que mantenía la armonía y la disciplina en la hacienda. Desde pequeño, El Silbón había sido educado bajo la tutela de Míster Brown, lo que lo convirtió en un hombre culto, pero formado en las duras faenas llaneras, un hombre de gran valor que siempre iba de primero entre todos sus trabajadores, lo que le otorgaba el poder de la moral sobre sus hombres.
        
La hacienda Nueva Irlanda era  la más próspera del Apure y quizás de Venezuela ¿Cuál era su secreto?, el secreto era que sus trabajadores eran felices allí, eran tan felices que la hacienda la consideraban parte de ellos, así que la cuidaban como su hogar, de hecho era su hogar. La política de Míster Brown era respetar el libre pensamiento, la libertad de culto, ofrecer el descanso necesario a sus trabajadores, ofrecerles incentivos extras, organizar las mejores fiestas patronales, darles una educación básica y conocer a cada uno de  las familias que estaban trabajando en sus tierras. Esto trajo como consecuencia una mayor productividad dentro de la hacienda, los trabajadores siempre contaban con energía emocional y físicas, para la ardua labor del llano. TODOS AMABAN A SU PATRÓN.
        
Sin embargo; esto inevitablemente, levantó el odio de otros terratenientes, que lo acusaban de cuanta injuria pudieran inventar. Hasta que llegó el año de 1854 y  el presidente para aquel periodo era el General José Gregorio Monagas, que el 23 de marzo y bajo mucha presión de los poderosos de aquel momento, abolió la esclavitud para siempre en Venezuela. Al final el presidente Monagas tuvo que recurrir a grandes indemnizaciones para los amos de esclavos, que argumentaban que perderían grandes cantidades de dinero si liberaban a sus esclavos.  Bajo grandes adversidades y conspiraciones, cuarenta y cuatro años después de la declaración de la independencia y veinticuatro años después de la muerte del Libertador se cumplía un viejo sueño, el de “que todos los hombres y mujeres fuesen libres para siempre”
        
Míster Brown pensó que con tal decreto presidencial, el odio y la envidia que se cernía sobre él, terminaría por disiparse. Pero sucedió todo lo contrario, la antipatía creció y se produjo el más fiero y encarnizado resentimiento, ya que los terratenientes echaban la culpa de la liberación de los esclavos a ese “maldito Inglés”; decían ellos. Cavilaban entre si, argumentando que el gobierno tomó como ejemplo a La Nueva Irlanda de que se podía ser prósperos trabajando con hombres libres.

Todo el odio del mundo se consumó una mañana del mes de Mayo del mismo año de la abolición de la esclavitud, cuando los peones más fuertes de la Nueva Irlanda estaban llevando doscientas cincuenta cabezas de ganado hacia San Fernando de Apure, bajo la dirección de su principal capataz El Silbón. Míster Brown fue envuelto en un ardid que planearon sus cercanos enemigos. Esa mañana un grupo de  quince vaqueros se dirigían a la Nueva Irlanda para negociar la compra de ciento veinte reses, diez mulas y tres caballos.
        
Cuando el irlandés sale de su hacienda con una escolta de diez vaqueros para cerrar el trato, fueron emboscados y se produjo una fiera batalla entre los dos grupos, la escolta de Nicolas se batió con arrojo y valentía, pero al final todos cayeron y el irlandés  quedó acorralado por seis de los hombres enemigos que pudieron quedar en pie. El Teniente Brown que tanto dio por la patria, fue asesinado y descuartizado a machetazos por venezolanos que alguna vez el defendió con el puño de su propia espada.

  

CAPÍTULO VIII.

La noticia de la tragedia corrió como centella por toda La Nueva Irlanda, “NICOLAS BROWN HABÍA SIDO ASESINADO”, el caos y el dolor reinó en toda la hacienda, la esposa y los hijos de Míster Brown cayeron en la más honda depresión y ni hablar de los trabajadores y sus familias, su amado patrón, su padrino, su protector había partido para siempre. Se corría el rumor que pronto una turba de hombres se acercaba a la hacienda para hacer estragos. Un par de peones habían salido de manera apresurada en sus caballos hacia San Fernando para dar la trágica noticia al Silbón y  a sus llaneros. Solo un peón pudo llegar a San Fernando, su compañero había sido asesinado en el camino y apenas pudo escapar él.
        
El Silbón había recibido la orden de su patrón que después de cerrar la venta del ganado en San Fernando, se tomara él y los demás llaneros, dos días libres en la capital, para que descansaran y se preparan para tan largo viaje de regreso. El peón logró encontrarlo, estaban todos en una taguara, tomando aguardiente y jugando a las cartas. Los llaneros se extrañaron de ver a Perucho dentro de la taguara, estaba jadeando y todo sudoroso con el polvo en su cara, que al mezclarse con el sudor se formaba una mugre pastosa.
 — ¿Qué te pasa Perucho? ¿No puedes vivir sin mí?—Preguntó El Silbón, mientras todos sus llaneros se reían.
 –No mi Señor, no es eso—respondió, mientras en su garganta se le atoraba la voz y agregó—mi…mi…
— ¡Mi qué CARAJO!—le gritó El Silbón y al mismo tiempo le daba un fuerte golpe a la mesa donde estaba jugando cartas,  presintiendo lo peor.
–Mi… Patrón  Don Nicolas; Señor, ¡lo han matado no jod...!—Perucho no aguantó más y se desplomó en llanto.
        
Todos los presentes quedaron estupefactos, atónitos ante tan terrible noticia y se percataron que los ojos de su capataz estaban rojos y lágrimas empezaban a recorrer su mejilla, nunca habían visto a su jefe llorar.
        
El Silbón se levanta de la mesa, se acomoda su machete y su pistola, sus ojos ardían con las llamas del mismo infierno, su semblante estaba marcado por el dolor, la frustración, la impotencia y el deseo de vengar a Don Nicolas. — ¡TODO EL MUNDO A ENSILLAR!— lanzó la orden y agregó una terrible frase “APURE ARDERÁ”. Sus llaneros ensillaron y se dirigieron hacia San Juan de Payara bajo su dirección. Llevaban el dolor a cuestas, iban sedientos de venganza, cabalgando a toda velocidad, exigiendo todo a sus caballos, fusionándose a sus bestias y convirtiéndose en los más TEMIBLES CENTAUROS del Apure, llevaban el mismo espíritu de los ciento cincuenta llaneros del General Páez que derrotaron a un ejército español de más de ocho mil hombres en “Las Queseras del Medio”. Al mismo tiempo El Silbón se encaminaba a un viaje sin retorno, donde el cumplimiento de su venganza saciaría su sed de sangre; pero le acarrearía una gran maldición.



CAPÍTULO IX.

Al llegar todos a Nueva Irlanda, no encontraron a nadie, la habían saqueado y quemado, el ganado no estaba, Nueva Irlanda era un desierto. Solo un perro blanco salía del monte, ladrando y moviendo la cola, pero andaba con dificultad, estaba herido con una profunda laceración en su muslo derecho y una parte de su pelaje estaba apelmazado de sangre vieja. Era Tureco, un perro que el Silbón había regalado a una de las hijas de Míster Brown. El can se acercó a los pies del Silbón luego que éste se bajó del Caballo.—¡Perucho!—dijo El Silbón con tono de urgencia—Encárgate del perro, cúrale las heridas, dale agua y comida. –Si mi Señor—expresó Perucho, cargando al perro y llevándoselo. Al momento también dio la orden a tres de sus llaneros que recorrieran toda la hacienda y sus caseríos para averiguar qué había pasado.
   
Al cabo de casi una hora volvieron, llevando la novedad a su capataz que ni un alma había en todas las casas de La Nueva Irlanda, solo encontraron a un indio en la parte pantanosa de las tierras. Lo interrogaron y el indio les informó que todos habían escapado en caravana hacia el Guárico, que fueron amenazados de muerte. A penas pudieron dar una digna Sepultura al Patrón. Con ellos huyó la familia de Nicolás Brown.
        
Desgraciados hijos de p… todos pagarán con sangre lo que han hecho, llevaré la muerte y el fuego a cada rincón de sus tierras. Pensó El Silbón.
        
Con él estaban quince llaneros, de los más fuertes y aguerridos de la hacienda, a los  cuales les pidió que lo acompañaran a vengar  la muerte de Nicolas Brown, los que no desearan emprender semejante empresa y quisieran irse y alcanzar a sus familias, que iban rumbo a los llanos del Guárico podían hacerlo, que él lo entendería. Todos los llaneros escupieron chimó en la tierra, sacaron sus machetes y lanzas, como en señal de que “aquí no se raja nadie” y uno de ellos, un indio de bigotes chorreados, de baja estatura, cabezón pero con piernas y brazos de toro, apretando la empuñadura de su afilado machete lanzó la siguiente frase: “Que Dios se encargue de nuestras familias y el Llano de nosotros”, mientras volvía a escupir chimó y se pasaba la mano en sus chorreados bigotes para limpiarse.
        
Emprendieron la carnicería más cruenta en más de veinte años, nunca pelearon todos de frente contra sus enemigos, que eran inmensamente más numerosos que ellos, usaron las tácticas de pelea del General Páez  contra los españoles, las cuales consistía en las emboscadas, en el acecho al enemigo,  pelearle en momentos que no se esperaban. Y así fueron diezmando las tierras de San Juan de Payara. Pero ya no mataban ni por venganza ni por justicia, se habían vuelto adictos a la sangre, la humanidad había huido de ellos, eran los más viles salvajes. Al Silbón le llamaban “El Salvaje”, “El Terror de Payara”. Fue tan terrible su venganza que el Gobierno Nacional tuvo que intervenir, poner precio a sus cabezas. Así que poco a poco todos fueron cayendo menos El Silbón. Que se había convertido en un asesino solitario, un asesino que había jurado acabar con todos los conspiradores de la muerte de su Patrón.
        
Hasta que una noche, en unos de sus terribles frenesí por matar, había incendiado una casa donde estaba uno de los vaqueros que descuartizó a su Patrón. El Silbón estaba cegado por el odio, lo manejaba los hilos de la LOCURA, en la casa estaba la mujer y los hijos de este hombre. No se percató hasta oír los llantos de terror y de dolor de niños y una mujer. Era como si había despertado de un oscuro trance, se había visto a si mismo en mucho tiempo, su conciencia había despertado nuevamente. De pronto se sintió perdido, trató de apagar las llamas, pero ya era enteramente tarde. El cólera se había extinguido de su ser, como una vela que acaba de consumirse y arrojar su último haz de luz.
        
Salió corriendo hacia el monte, como si quisiera correr hasta el infinito, el monte alto y las hierbas venenosas rasgaban su piel, pero su dolor dentro del alma era más fuerte que las tasajeadas de esos vejucos. Corrió casi toda la noche, corrió hasta llegar a La Nueva Irlanda, la hacienda estaba en ruina y la naturaleza con su maleza la había cubierto casi toda, reclamando su territorio que una vez le fue arrebatado. Se echó en el piso de un pequeño solar que todavía quedaba cerca de la casona de Míster Brown, lloró como un niño, lloró amargamente, se recordaba de los llantos de los niños y de la mujer, sentía que su alma ardía de calor, de una llama que no podía apaciguar. Mientras estaba en el piso se acercó un perro blanco hacia él, le lamió el rostro, enjugó sus lágrimas, en otro momento no hubiese permitido que un perro lamiese su cara, pero era el más tierno cariño que no había sentido en mucho tiempo. El Perro era Tureco, al que ya él había salvado en dos ocasiones, se preguntaba dónde estaría Perucho, “ojalá estuviese vivo y muy lejos”, pensó.
        
Pensó en ahorcarse, no aguantaba el dolor, no veía cómo podía vivir con ese dolor dentro de él. Tomó un viejo mecate y un pedazo de tronco,  amarró el mecate a una mata de mango, se subió al tronco y se lanzó, (Tureco no dejaba de ladrarle) pero el mecate se rompió, le había sollado la piel del cuello y tenía un fuerte dolor en su cervical. Tureco se le volvió a acercar y no paraba de lamerlo en su rostro mientras movía su cola desenfrenadamente.
        
Se levantó, hizo un nudo al mecate donde se había roto y se disponía nuevamente a intentarlo, sin embargo algo le apareció de repente, era un anciano encorvado, de piel cobriza y arrugadita, su cabello era el más blanco que había visto jamás, iba vestido con un liki liki de color crema que estaba desgastado, los pies del anciano estaban desnudos. — ¿Quién carajo es usted?—preguntó El Silbón, al mismo tiempo que sus ojos se parecían  dos tortas de casabe. –Yo soy el Llano—respondió el anciano, mirando fijamente a su interlocutor—Tú serás maldito por siempre, no podrás morir y llevarás perpetuamente  ese remordimiento de lo que hiciste hoy, además de esto, tú…
        
No logré alcanzar todo lo que dijo El Anciano. Cheo como siempre,  su especialidad es interrumpir todo en su mejor momento. Me había levantado con un almohadazo en la cabeza y exclamó — ¡Párate niña!, ¿hasta cuándo vas a dormir?

"Gracias por llegar hasta aquí, el capítulo 9,  restan 19 capítulos más".

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El Destripador Del Orinoco. (Asesino serial, suspenso, acción)