domingo, 30 de julio de 2017

LLAMAS PROHIBIDAS








LLAMAS PROHIBIDAS.



I

Mientras en Caracas ardía Troya, María, una hermosa morena de Oposición, se había escapado junto a Carlos—un hombre rubio que pasaba de los cuarenta años—hacia la terraza de un edificio residencial en plena manifestación contra la propuesta de Constituyente del Presidente Nicolás Maduro
Carlos era chavista, de convicción, era un hombre que estaba a punto de entrar al club de los divorciados, lo contrario de María quién estaba comprometida con un joven médico egresado de la Universidad Central de Venezuela. Ella estaba por cumplir veinte y dos años de edad y se puede decir que ya su vida estaba decidida, pero decidida por sus padres y también por la fuerza de la sociedad que la rodeaba a ella.
— ¿Crees que siempre vamos a estar así?—preguntó María con tristeza, quien estaba al lado de Carlos mirando a través de la baranda de la terraza del edificio donde estaban.
Abajo del edificio, en las calles, opositores lanzaban bombas molotov y piedras, a la Guardia Nacional, y esta a su vez respondía con perdigones, gas lacrimógeno y agua a fuerte presión. Rodeado por ese clima, Carlos meditó un poco su respuesta.
—No sé si siempre estaremos así—contestó Carlos y luego con sus fuertes y velludos brazos la rodeó a ella  por sus hermosas caderas—. Por ahora—Carlos siguió respondiendo—me preocupa más, si nosotros siempre vamos a estar así. Tenemos todo en contra, yo te doblo en edad, tú estás comprometida, yo casado, bueno casi casado.
—Será casi divorciado—interrumpió ella besando su pecho desnudo y luego arrojó una breve y muy deliciosa carcajada.
—Exacto, casi divorciado—repitió él y luego rió—. Sin mencionar que tú eres millonaria, hija de Gustavo Sarmiento y yo me gano la vida como mecánico.
María pegó su cuerpo al de él, solo tenía puesto un jean y una muy estrecha franela blanca de algodón.
—Se te ha olvidado algo—le dijo ella con su cálido aliento.
— ¿Qué?
—Que usted, hermoso caballero, es “rojo rojito”, y yo soy opositora.
—Me había olvidado de eso. Pero también hay que sumarlo a la lista de imposibles.
El cielo en el Este de Caracas—donde ellos se encontraban—estaba nublado, hace solo un par de horas había llovido y la temperatura era de 23 °C. 
—Tú, últimamente te olvidas de las cosas—le comentó ella volviendo al pecho desnudo de Carlos, el cual era abundante en vellos de un color rojizo.
—Parece que me olvido de lo que me conviene—dijo él y descansó sus manos en el duro trasero de su joven amante, luego lo apretó con fuerza.
Posteriormente, ella introdujo su mano por dentro del pantalón de él, en la parte de atrás, pudiendo palpar los finos vellos de sus nalgas. Luego vino el beso, un beso tan intenso como las llamas que ardían debajo del edificio. El viento empezaba a llevar el gas lacrimógeno hacia donde se encontraban ellos.






II


Marcos Torres era apuesto y alto, su tono de piel era claro, además era joven, contaba con solo veinte tres años de edad y ya era médico cirujano. Era ambicioso como nadie, estaba decidido a ser el mejor médico de Caracas, pero primero tenía que obtener esa beca a como dé lugar para estudiar en Harvard, solo serían años; pero por ahora solo era médico residente en el Hospital Universitario y atendía consultas de medicina general en la Clínica Metropolitana. Amaba a María, pero sabía que no le dedicaba mucho tiempo, deseaba estar con ella ahora mismo luchando contra la Guardia Nacional allá en el Este de Caracas, extrañaba esos tiempos de estudiante universitario cuando arrojaban piedras y bombas molotov a las fuerzas del sistema del cual él estaba en contra. Pero él ahora era médico y muchas vidas dependían de él; además, no tenía el tiempo para tales actividades.
—Doctor, tenemos una paciente que acaba de recibir un fuerte golpe en la cabeza con un objeto contundente—comunicó una enfermera  al doctor Marcos Torres.
—Ya voy para allá, dame dos minutos.
—Entendido, doctor—la enfermera fue rápidamente hacia donde se encontraba la mujer del golpe en la cabeza y Marcos Torres se disponía a terminar de curar la herida con prontitud del paciente que tenía frente a él en ese momento.






III


—Cuidado con su mano, señorita—advirtió Carlos en tono de broma.
— ¿Sí? ¿Y por qué?—preguntó María, masajeando las fuertes y velludas nalgas de Carlos.
—Mmm, no sé. Es que pudiera tomar otro camino.
María desabrochó el botón del Jean de Carlos y bajó su cremallera, luego su mano tomó otro camino, hasta que llegó al frente, debajo del ombligo del rubio mecánico.
— ¿Te refieres a un camino cómo este?—preguntó ella, tomando su sexo que estaba grande y duro.
—A ese camino me refiero, yo. Precisamente a ese. 
El ambiente debajo del edificio seguía acalorado. La Guardia Nacional empezaba a retroceder cuando desde el grupo de manifestantes empezaron a lanzar cohetes de fuegos artificiales dirigidos de manera horizontal hacia los uniformados. Los manifestantes aumentaron sus gritos y euforia, y la Guardia tuvo que cerrar más sus filas. Mientras tanto, Carlos desabrochó el pantalón de María y también bajo su cremallera.
—Yo también puedo tomar un camino parecido al tuyo—comentó Carlos y su enorme mano derecha fue entrando debajo del jean de ella. Él sintió su ropa interior, la cual se empezaba a humedecer.
—Cuidado con ese camino—dijo ella—es peligroso y muy resbaladizo.
— ¿Ah sí? Pues entonces hay solo una forma de saberlo.






IV

Dentro de la enorme sala de Emergencia del Hospital Universitario de Caracas, se vivía una constante agitación las veinticuatro horas durante los siete días de la semana. La presión laboral era alta, se demandaba el máximo del personal médico y de enfermeros. Los tiempos para dormir durante la noche, en el mejor de los casos, eran de tres escasas horas; pero al joven doctor Marcos Torres le encantaba ese ambiente de duro fragor, tenía casi siempre a su lado un vasito desechable de café, el cual no todo el tiempo estaba caliente. Ese era su medio, le gustaba, lo único que lo podía apartar de allí eran sus dos codiciados años de especialización en Harvard, siempre y cuando lograse su anhelada beca, aunque también podría optar por una financiación directa de parte de su futuro suegro, siendo esta última, mucho más fácil de obtener que la misma beca; pero él era orgulloso, quería obtener las cosas por su cuenta y no por el hecho de ser el prometido de la hija de un millonario.
Marcos Torres había terminado de curar una herida cuando ya se disponía a ver su próxima paciente, una abogado que trabajaba directamente con la Fiscalía General de la República.
Mientras Marcos Torres iba caminando por uno de los pasillos, los camilleros y paramédicos pasaban volando muy cerca de él llevando pacientes al borde de la muerte. Él deseaba pronto poder atender esos casos graves pero por ahora había sido asignado a atender los casos de menos complejidad: una fractura menor, un esguince, una cortada, alguna que otra intoxicación, fiebres altas, entre otros casos.
La doctora Castañeda estaba acostada sobre una muy estrecha camilla cuando el doctor abrió las cortinas del cubículo donde se hallaba ella. “Por fin”, dijo la doctora para si misma cuando vio al doctor entrar.
—Buenas tardes, disculpe la demora—dijo el doctor Torres revisando de una vez a la abogada.
La doctora Castañeda estaba muy adolorida y a la vez molesta por el largo tiempo en espera.
— ¿Qué le ha pasado, cómo se hizo esto?—preguntó Torres detallando el golpe en donde había una aguda inflamación y una leve laceración.
—Fue en la sede de la Fiscalía General, soy fiscal. Soy la que lleva el caso de los jóvenes chavistas quemados en la manifestación opositora. Y también llevo el caso del adolescente muerto a golpes por funcionarios de la Guardia Nacional.
—Okey—dijo el doctor mientras seguía detallando el golpe ubicado en la parte posterior de la cabeza.
—Bueno—siguió la doctora relatando lo ocurrido—.  Entonces alguien cubierto en una turba que estaba protestando me arrojó una botella la cual vino a parar en mi cabeza.
—Tiene usted la cabeza bien dura, ¿Doctora…?
—Doctora Castañera. Y sí, soy cabeza dura y hay que tenerla para seguir en este trabajo.
—Bueno, te pondré un analgésico y desinflamatorio intravenoso. No creo que haya conmoción cerebral, se ve usted muy dueña de sus sentidos—el doctor chequeaba las pupilas de los ojos de la abogada con su pequeña linterna, los cuales no arrojaron signos de conmoción. —Pero vamos a tomarte una placa y de ser necesario una tomografía para descartar cualquier daño.
— ¿Y puedo seguir trabajando?—solicitó saber Castañeda.
—Vaya, y yo que pensaba que era el único adicto al trabajo por aquí—contestó Torres. —Pues no doctora Castañeda, no podrá trabajar al menos en setenta y dos horas. Tiene que tomarse un pequeño reposo.
—Pero es que setenta y dos horas es demasiado, doctor. Yo llevo esos casos, el país se nos está viniendo abajo y…
—Ah, ah, sin peros. Le entiendo, doctora. Hagamos una cosa, le voy a reducir el reposo a cuarenta y ocho horas con la condición de que yo la pueda ver en mi consultorio en la Clínica Metropolitana, entonces la examinaré nuevamente y le diré si puede seguir trabajando; siempre y cuando la radiografía de ahorita no arroje alguna anormalidad.
Castañeda lo meditó un instante, era de sentido común aceptar la propuesta del doctor, después de todo, era una mejor opción. La enfermera ya había colocado el analgésico y desinflamatorio a través de una solución fisiológica. Ella tendría que esperar una hora sobre la camilla hasta que la droga colocada hiciese su efecto completo. Entonces en ese momento entró al cubículo un hombre con un termo de café y unos vasos desechables. El hombre se llamaba Néstor y era un camillero que realmente se encargaba detener siempre café caliente a la mano y de que los surtidores de agua fría estuviesen provistos, además de otras actividades que realizaba como comunicar mensajes y comprar golosinas.
— ¿Quiere café, doctor Torres?—preguntó Néstor.
—Por supuesto, estimado Néstor. No le pregunte al águila si desea volar. — ¿Quiere usted un poco de café, doctora Castañeda?
— ¿Puedo tomarlo?—preguntó la doctora.
—Desde luego, la cafeína es un buen analgésico. Lo tienen casi todas las pastillas para el dolor de cabeza.
—Claro, por qué no—contestó Castañeda.
—Un café para nuestra amiga fiscal, amigo Néstor—pidió Torres.
A la doctora Castañeda le empezó a parecer muy simpático el joven doctor, tenía tanto carisma y estaba lleno de vida. Además era muy apuesto, parecía uno de esos doctores galanes de esa serie televisiva “E. R. Sala de Emergencia”. Llevaba tiempo sin mirar a un hombre así. Recordó que la última vez que vio a un hombre de esa manera había sido hace doce años y de ese hombre se estaba divorciando.
—Bien doctora, debo marcharme. Pero regreso en una hora y ya entonces las placas deben estar listas. Por ahora esperemos que baje la inflamación.
—Okey, doctor. Gracias por el café.
—De nada. Y gracias a Néstor también, él nos mantiene despiertos a todos por aquí.



V

— ¡Abajo, malditos!—gritó un manifestante encapuchado a todo pulmón y luego arrojó con todas sus fuerzas una bomba molotov a las filas apertrechadas de la Guardia Nacional.
La bomba molotov estalló en el casco de un sargento, para luego cubrir  de gasolina  ardiente a varios efectivos del orden público los cuales entraron en pánico, pero un compañero encargado de sostener un cilindro de extinción pudo en poco tiempo neutralizar las llamas.
Pero otras llamas se empezaban a avivar en la azotea de unos de los edificios residenciales que rodeaban a la manifestación.
María gimió cuando ....

(Capítulo censurado, si lo deseas leer solicítalo por chat en mi Face y te lo enviaré a tu correo)



VI

Carlos estaba encargado de reparar y hacer mantenimientos a algunos ascensores en el Este de Caracas. Él era un mecánico de maquinarias pesadas, especializado en todo tipo de ascensor, además tenía conocimientos fundamentales en electricidad y electrónica, los necesarios para poner a andar un ascensor. Vivía en El Valle, y era un gran activista político en su comunidad. Durante los primeros meses del 2017 no le agradaba para nada tener que ir al Este de Caracas, ya que ciertos sectores de manifestantes se habían vuelto muy violentos y de ser él descubierto que era un activista del chavismo, le podía ir mal. Pero tenía que trabajar y la paga en ese sector de la ciudad era muy buena; el riesgo valía la pena. Conoció a María en una manifestación donde la Guardia Nacional usó una enorme cantidad de gas lacrimógeno, en donde María se asfixiaba y de no ser por Carlos tal vez ya estaría muerta, convirtiéndose en una víctima más desde que comenzaron las protestas durante el 2017 en Venezuela.
La cargó hasta el edificio, el mismo donde se veían al menos dos veces por semana. María le pareció sumamente hermosa, y cuando estaba dormida a causa del desfallecimiento se veía aún más bella. Él esperó hasta que se despertara, pudo haberla llevado a un hospital, pero su carro, como se dijo antes, había sido robado, y tampoco podía usar el transporte público en ese sector de Caracas ya que todas las calles estaban trancadas con improvisados parapetos.
Eran una fresca tarde cuando María abrió los ojos, el sol brillaba de manera agradable y le daba directamente a la vista, ella vio borroso, no sabía dónde estaba y, sus últimos acontecimientos los fue recordando poco a poco; entonces un hombre rubio de barba y ojos verdes, se acercó a ella y le ofreció una botella de agua y un pañuelo humedecido en vinagre.
—Toma—le dijo él con mucha amabilidad, ofreciendo la botella y el pañuelo húmedo.
— ¿Quién es usted, dónde estoy?— preguntó ella luego.
—Yo soy Carlos y trabajo en este edificio. Hace una hora te estabas asfixiando por el gas lacrimógeno y luego te desmayaste, te traje hasta aquí porque el gas no llega por completo a esta terraza.
Carlos encendió un cigarrillo y luego se dedicó a contemplar a María mientras bebía agua, estaba sedienta. Luego ella se empezó a limpiar el rostro con el pañuelo humedecido en vinagre.
— ¿He estado inconsciente por una hora?—solicitó saber María. Ella se había sentado en un banquito azul de plástico y Carlos estaba sentado en una pequeña aglomeración de ladrillos rojos.
—Así es, señorita. Por cierto, se ve muy bonita cuando está dormida. Disculpe usted si la ofendo—Después de aquel halago, Calor exhaló humo de su cigarrillo.
—Descuide, no me ofende. ¿No estoy secuestrada ni nada por estilo, verdad?
—No señorita, puede irse cuando lo desee. Pero le sugiero que espere unos minutos hasta que todo se pueda calmar un poco.
—Está bien—dijo ella, aquel hombre desconocido le inspiraba confianza. Ella se sentía un poco mareada. — ¿Me da un cigarro, por favor?
— ¿Fuma usted siendo tan bonita?
—Pues sí, fumo desde hace dos años.
Carlos quiso decirle que el cigarrillo es muy dañino y adictivo y que estaba a tiempo de dejarlo, pero bah, no quería parecer una especie de padre sermonero. Así que le extendió la caja de cigarros y su yesquero para que ella misma se sirviese.
— ¿De qué trabaja usted aquí?—preguntó ella.
—Soy mecánico de profesión, y bueno, soy el que repara los ascensores de este edificio y de otros por aquí cerca.
María se empezaba a sentir mejor, la conversación se hacía cada vez más agradable. Ella se había presentado como María Sarmiento. Ese apellido le había sonado mucho a  Carlos en las últimas semanas, especialmente después del robo de su carro.
—Bueno, señor Carlos, ya debo irme. Gracias por salvarme la vida y por su hospitalidad—dijo María luego de fumar un segundo cigarrillo, después se levantó del banquito azul de plástico.
—Claro, María. Aunque es una lástima que se vaya. No suelo hablar con jóvenes tan bellas como tú.
—Usted es un hombre muy apuesto, señor Carlos. Seguro habrá más de una joven suspirando por usted.
Cuando María caminaba hacia la salida de la terraza, para retirarse, tuvo un resbalón con una pequeña charca, y cayó de bruces hacia el piso, ensuciándose con el charco y también con excremento de palomas.
—Hoy no es mi día—comentó María boca abajo, mirando el piso.
Carlos se movió rápidamente para ayudarla a reincorporarse y luego añadió.
—Sí, María. Definitivamente hoy no es tu día. Mira cómo te has ensuciado.
—Sí y ahora estoy llena de caca de paloma. ¡Hey, de qué te ríes!
Carlos se empezaba a privar de la risa. Sus ojos se humedecían de tanto reírse.
—Es que, es que…—Carlos no podía hablar, seguía en un estado de carcajadas y su rostro se había puesto muy rojo.
—Ah sí, ahora sí me acomodé yo. Estoy salada[1] y ahora te burlas de mí. Mira cómo me he puesto. Me he llenado de mierda.
De pronto algunas palomas volaron por encima de María y una de ellas le arrojó excremento blanco, viscoso y abundante sobre su cabello. Ella de manera lenta se tocó el cabello y su mano se llenó de suciedad.
— ¡Mierda, no joda!—gritó María, el color de la rabia subió a sus mejillas y Carlos esta vez se rió más duro, luego ella empezó a sonreír, y de la sonrisa pasó prontamente a la carcajada.
Ya Carlos no se reía en solitario, María se había unido a él y cuando ambos se calmaron él sacó su caja de cigarrillo y expresó:
—Bueno, esto hay que celebrarlo con dos buenos cigarrillos.
—Sí, hay que celebrarlo. Hay que celebrar que estoy echa una mierda. Literalmente hablando, claro.
Ambos empezaron a fumar nuevamente.
—Tranquila, hermosa, tanta mala suerte significa que te viene una racha de muy buena suerte.
— ¡Hey palomas!—gritó María viendo al cielo—. ¡Sigan cagándome! Aprovechen hoy, hijas de puta, que necesito mucha suerte.
—No es tan grave. Te puedes duchar en el baño de los trabajadores. Y podemos lavar tu ropa en el departamento de la conserje. Así que no hay problema. Además, podemos seguir hablando. Yo cargo una botellita de ron en mi bolso y…
— ¿Intentas seducirme, Carlos?—preguntó María de manera sorpresiva. Carlos se quedó pensando.
—Un viejo como yo no podría seducir a la joven más bella que mis ojos han visto por estos lugares.
—Ah, poeta. Aparte mecánico eres poeta.
—No, soy mecánico. Vente, vamos a lavarte. No pretenderás irte llena de mierda.
—Desde luego que no.
Cuatro minutos después, María estaba tomando una agradable ducha con agua tibia. Tenía sus ojos cerrados mientras la abundante agua de la regadera caía sobre su cabeza.
— ¡Hey, María! Aquí hay una muda de ropa limpia mientras se lava la tuya—comunicó Carlos, deseando en el fondo ver a María desnuda. Pero su deseo era solo una fantasía.
— ¡Gracias, Carlos!—contestó ella y tenía deseos de que el mecánico la viese sin ropa alguna. Rápidamente desechó ese pensamiento, ella estaba comprometida.






VII

La doctora Castañera había llegado a su departamento en El Valle. Ya no le dolía la cabeza a causa del analgésico intravenoso que le habían inyectado en el hospital. Carlos estaba en el departamento cuando ella llegó, veía el canal deportivo en la sala y estaba bebiendo una cerveza. Él no sabía nada sobre que su esposa había recibido un botellazo en la cabeza, ella nunca se lo comunicó, hace tiempo que no le comunicaba incidentes a su esposo, ya no lo soportaba de hecho, no lo quería ver más en el departamento, solo esperaba el divorcio y listo.
—Hola—saludó Susana a su esposo de manera fría.
—Hola—contestó él de manera seca. —Tienes cena en el microondas—le comunicó luego, dando un sorbo a su cerveza y sin despegar la vista del televisor.
Susana y Carlos a pesar de estar fuertemente distanciados, se procuraban un bienestar básico para ambos, como por ejemplo, si uno de ellos llegaba primero a la casa, hacía la cena y guardaba para que el otro comiese.
—Gracias—contestó ella— ¿Qué preparaste?
—Unos sándwiches con queso guayanés. Caliéntalos.
—Okey.
Susana o la doctora Castañera, lo que más deseaba no era cenar, sino que quería darse una ducha, tomar un par de analgésicos que le había recetado el doctor Torres y luego acostarse a dormir.
Mientras Susana se duchaba, Carlos cambió el canal de deportes y colocó el de noticias, en donde se mostraba justamente las protestas cerca del edificio donde siempre se veía con María. Entonces, en otra noticia, se informaba que la fiscal Susana Castañeda  había sido golpeada en la cabeza con una botella. Se mostraban las imágenes de su esposa recibiendo el botellazo y luego era rodeada por policías que la resguardaron. Carlos se sintió abatido, a su esposa casi la habían asesinado y él al parecer era el último en enterarse, pero también sintió rabia, porque ella no se había molestado en llamar para avisarle. Susana por su parte, no quería que él supiese que le habían hecho daño a fin de que no se preocupase; no obstante, también se lo ocultó por simple y mero orgullo.
Susana salió de baño vestida con una cómoda ropa para andar en casa, tenía el cabello mojado y aún se lo secaba con una toalla cuando pasó por el frente de Carlos mientras él seguía viendo el noticiero. Ella se dirigía hacia la cocina para cenar, tomarse los analgésicos y luego irse a dormir. Cuando ella terminó de calentar los sándwiches, Carlos se acercó a la nevera para sacar otra cerveza.
—Hoy casi te matan de un botellazo y no supe nada. Sino hasta ahorita que lo vi en las noticias—dijo su esposo sin mirarla  mientras destapaba la cerveza.
—No ha sido nada, Carlos. Además, ¿desde cuando te preocupas por mí?
—No, tienes razón. Yo nunca me preocupo por ti y nunca lo he hecho.
— ¡Carajos, Carlos! ¿Ya vamos a empezar a pelear?
—Yo no quiero pelear. Descuida, come tranquila y discúlpame.
Carlos se acercó hasta ella y le preguntó:
— ¿Dónde fue?
—Aquí atrás—dijo ella y señaló donde había recibido el golpe.
—Se ve feo, está inflamado.
—Estaba mucho peor—dijo ella y dio un mordisco a uno de su sándwiches.
—Fanáticos de mierda—comentó él—luego piden la paz del país. ¿Cómo te sientes, te duele?
—Ahorita no, estoy sedada con un analgésico que me pusieron en el hospital.
—Bueno, descansa. Seguro te mandaron reposo. Guárdalo, que yo te conozco.
—Sí, lo guardaré. Haré el intento.
Sin agregar más nada, Carlos se fue otra vez a la sala para seguir viendo televisión. Susana se sintió mejor cuando su esposo le preguntó cómo se sentía. Ella misma no se lograba entender, ya no quería a Carlos y no soportaba su presencia en el apartamento, pero se sintió aliviada cuando el mostró sincera preocupación por ella. Lo único que pudo colocar en su mente para no sentirse más confundida, es que Carlos era como un amigo, solo eso, una amistad que se preocupa por ella, más nada. Ella comió solo un sándwich de los dos que le había dejado su esposo y luego se fue a dormir, o al menos intentar hacerlo, ya que sus pensamientos sobre los casos de agresión que llevaba siempre la terminaban desvelando. Pero tenía que cumplir su promesa de no trabajar por cuarenta y ocho horas, se lo había prometido a aquel joven doctor, y pensar en la cama sobre esos casos era igual a trabajar. “Interesante el doctorcito ese”, pensó ella recordando al carismático y guapo doctor, luego se fue a  su habitación para dormir, dejando un frío saludo de buenas noches a su esposo y éste correspondió con la misma frialdad.





VIII

*

Continuación del día en que Carlos y María se conocieron:

— ¿Y cómo se llama, la señorita?—preguntó Celestina (este era el nombre de la conserje que estaba lavando la ropa de María).
—Me dijo que se llama, María Sarmiento—contestó Carlos.
Celestina era una mujer obesa y de color, de rostro bonachón y con treinta y siete años de edad. Ella era de suma confianza para Carlos, además de ser siempre su mejor apoyo en ese edificio.
—Ay Carlos, ¿María Sarmiento?
— ¿Qué, pasa algo?
— ¿No será ella la hija de Gustavo Sarmiento, el empresario?
Carlos recordó entonces el porqué ese apellido le había sonado mucho últimamente.
—No lo sé, Celestina.
—Ay Carlos, yo creo que sí es. Me dijiste que es estudiante y además es una manifestante opositora. Ella ha salido hasta en la televisión. Cuando la vea yo te digo sí es o no es.
—Buenas, con permiso—dijo María, estaba parada en la entrada del departamento de Celestina.
—Adelante—contestó Carlos.
La conserje no dijo nada, sus ojos eran como platos, en su hogar estaba nada menos que la hija de Gustavo Sarmiento.
—Saluda, Celestina—le indicó Carlos a la conserje, y luego le dio un golpecito con el codo a la corpulenta mujer.
—Disculpa. Adelante señorita—habló la conserje. —Es que no puedo creer que usted esté aquí en mi apartamento.
María estaba algo confundida, después recordó que ella había recibido cierta atención en los medios de comunicación, y además ella era la hija de Gustavo Sarmiento.
—Siéntese aquí—Celestina le ofreció sentarse en los muebles de la muy pequeña sala de estar de su apartamento asignado como conserje del edificio. —Ya voy a preparar un café bien cerrero para usted.
— ¿Y para mí?—preguntó Carlos.
—Para ti también, mi catire[2] hermoso.
—Ay papá, ahora soy tu catire hermoso—contestó Carlos en tono de broma y se fue a sentar en uno de los muebles de la sala para acompañar a María.
María estaba sonriendo a causa del último comentario de Celestina.
— ¿De qué se ríe usted, señorita?
—De ti—contestó ella—te das cuenta, que sí eres un catire hermoso.
—Para Celestina todos los catires son hermosos. Y por cierto—Carlos hizo una pausa, subió su pierna derecha y la reposó elegantemente sobre su rodilla izquierda, sacó su caja de cigarrillo y luego continuó: —No me había dicho usted que era la mismísima hija de Gustavo Sarmiento.
—Tampoco me lo preguntaste, Carlos.
—Bueno, es un honor estar con una celebridad.
—Bah, déjate de vainas. Qué celebridad y qué ocho cuartos, yo solo soy una estudiante que lucha por los derechos de todo un país, una más entre tantos estudiantes.
María notaba que cada vez que ella hacía referencia a su lucha política, Carlos cambiaba de semblante, como si se sintiese incómodo.
—Aquí está el cafecito, señorita Sarmiento—dijo Celestina dando una taza de café para María y otra para Carlos, después ella fue por otra taza para acompañar a sus huéspedes.
—Señorita Sarmiento, le felicito por toda esa lucha que está dando por nuestro país—comentó Celestina dando un pequeño sorbo a su café caliente y cerrero, después completó: —Este gobierno y estos chavistas nos piensan matar de hambre—cuando Celestina dijo la palabra “chavista”, señaló con su vista a Carlos con la finalidad de dar a conocer la ideología política de su amigo.
María se quedó mirando a Carlos quien había quedado un poco taciturno luego del comentario de la negra Celestina.
— ¿Eres chavista, Carlos?—le preguntó María.
Celestina intervino.
— ¿Chavista? Ja. Ese es rojo rojito hasta los huesos.
Carlos no respondió, solo dio una aspirada a su cigarrillo y después cambió su pierna de lugar, colocando ahora la izquierda sobre la derecha.
—Interesante—contestó María. —Un chavista me ha salvado la vida hoy. Quién iba a imaginarlo.
—Solo cumplía con mi deber, María—comentó Carlos sin ver a los ojos de la muchacha.
María hizo silencio, sentía repulsión por los chavistas, y ahora su mente estaba algo enredada.
—Bueno, pero no hablemos de política—dijo Celestina, además Carlos es clase aparte de esos rojos rojitos. Yo lo conozco, la casa de mi madre está en El Valle, donde él vive. Y siempre ha sido todo un caballero.
María tenía muchas ganas de preguntarle sobre la constituyente y sobre el plan que tenía el presidente Maduro de eternizarse en el poder. Quería preguntar sobre la corrupción, la delincuencia desbordada, la hiperinflación y cualquier otro grave problema que afectaba ahora mismo la vida de los venezolanos; pero algo dentro de ella la instaba a no preguntar nada, a hacer una especie de tregua ante su salvador.
—Sí, Celestina, no hablemos de política, es suficiente por hoy—expresó María viendo a Carlos. —Y bien Carlos, ¿dónde está esa botellita de ron que me ofreciste?—preguntó la muchacha y luego dio un sorbo a su café.
— ¿Y usted toma, señorita Sarmiento?—preguntó Celestina haciéndose la sorprendida.
—Yo tomo hasta consejos, Celestina. Siempre y cuando sean buenos consejos.
Celestina emitió una risa pícara y cómplice ante el ocurrente comentario de María.
—Ya lo busco—intervino Carlos refiriéndose a la botella de ron—. Está en mi bolso y la dejé arriba en la azotea—Seguidamente Carlos se dirigió a la terraza a buscar la botella.
Cuando María y Celestina se quedaron solas, esta última dijo:
—Bueno, si vamos a tomar, hay que poner un poquito de música. Por cierto, señorita Sarmiento, su ropa ya está a punto de salir de la lavadora y después la pondré en la secadora. No tardará mucho tiempo.
—Descuida, Celestina. Es mejor esperar que irse llena con la ropa llena de caca y de charco.
Si fuese por María, su ropa podía tardar en lavarse y secarse, todo el resto de la tarde y de la noche, ya que sentía un interesante y prohibida atracción por ese apuesto hombre maduro que ha sido tan atento y especial con ella.


 CONTINUARÁ...
















[1] Salado o salada se le dice a una persona con muy mala suerte en Venezuela y otros países del Caribe.
[2] Catire  y catira se les dice a las personas rubias y caucásicas en Venezuela.

viernes, 14 de julio de 2017

ATRAPADOS Z






ATRAPADO.

I
*
El calor era sofocante cuando los oficiales McNamara y Smithson apresaron a Andrew Gómez, un traficante de antigüedades robadas quien era el más buscado por todo el estado de Florida en relación con ese delito.
—Este calor de mierda. Necesito ahora mismo una cerveza bien fría—comentó McNamara mientras iba de copiloto en el vehículo policial asignado a él y a su compañero. ¡Eh, compañero, te cuidado con el lagarto!—advirtió luego.
Smithson, quien iba conduciendo, bajó la velocidad de la patrulla y luego frenó para dejar pasar a un joven cocodrilo de al menos dos metros. El hermoso reptil, luego de tomar el ardiente sol sobre la carretera, se disponía ahora a volver a su pantano, haciéndolo de manera perezosa.
—Es un gran animal—comentó Smithson mientras veía al cocodrilo avanzar.
— ¡Joder, tío! ¿Qué mierda son ustedes, Animal Planet?—exclamó Andrew Gómez quien iba con las manos esposadas en la parte trasera de la patrulla.
Al detenerse el vehículo, había dejado de entrar en éste, la corriente de aire que refrescaba de alguna manera a los tripulantes. La alta humedad del ambiente con la intensidad de los rayos solares, daba una sensación de ahogamiento. Andrew sentía que las axilas le sudaban profusamente y ya empezaba a sentir sed.
— ¡Cállate, capullo!—le gritó McNamara dirigiéndose —. Ya vas a conocer a mi primo que está en la cárcel a quién le dicen: Animal Planet.
Las carcajadas de los oficiales se empezaron a escuchar y cuando finalizaron sus risotadas, ya el cocodrilo se iba introduciendo entre la espesa maleza típica de los lugares adyacentes a los pantanos de Florida. Inmediatamente, después que el animal se perdió de vista, la patrulla siguió su camino rumbo a la jefatura de la policía del pueblo La Colmena.
El agente Smithson conducía con el mejor de los ánimos  muy a pesar del intenso calor; el hombre esposado que llevaba atrás de seguro le valdría su ascenso a sargento, así que tendría un mejor salario y podría hacer frente a sus deudas con relativa comodidad. Por otro lado, Andrew Gómez se sentía jodido, porque realmente lo estaba, ¿cuántos años le darían?, ¿siete?, ¿diez? “Joder, diez años en una maldita prisión de Florida, llevando una ropa de mierda color naranja, una pésima comida y tener que cada día cuidarse el culo para que no te lo follen”, pensé Andrew.
Durante seis años en el negocio de tráfico y robo de antigüedades, nadie le había capturado, se había dado la gran vida por muchas islas y ciudades del mundo. Río de Janeiro y su Copacabana, Venezuela y su isla Margarita, Ibiza, La Habana y sus mulatas, La mágica Taití. Oh Taití, particularmente esta isla le había fascinado al igual que una hermosa tahitiana. Y ahora iba esposado, metido en una patrulla y capturado por dos oficiales mediocres comedores de rosquillas. Los recuerdos de Andrew en sus viajes por el mundo le hicieron por un instante, olvidarse del calor y del estrés mental que le producía el saber que pronto sería sentenciado, en el mejor de los casos, a siete largos años de cárcel. Entonces, una llanta de la patrulla sufrió un pinchazo. Smithson y McNamara maldijeron casi al unísono.
— Carajo. Un contratiempo—expresó el oficial Smithson.
—Tranquilo, poli. Imagina que te has parado nuevamente para dejar pasar a otro de tus amigos lagartos—dijo con ironía Andrew, quien ahora disfrutaba de la molestia por la que estaban pasando los oficiales.
—Juro que te daré una patada por el culo, cabrón de mierda—declaró Smithson viendo al delincuente por el retrovisor.
“A todas las unidades, favor acudir inmediatamente a la avenida Central Wood, tenemos un 2- 11 en progreso (Manifestaciones violentas). Repito, a todas las unidades, acudir a la avenida Central Wood, tenemos un 2-11 en progreso.
A los agentes les pareció bien extraño que en La Colmena se estuviesen desarrollando manifestaciones violentas. Era cierto que Donald Trump había iniciado otro Vietnam, y que el país ardía en manifestaciones, pero eso era en las grandes metrópolis del país, y de hecho no era en todas; pero…La Colmena, ¿qué carajos pudiera estar pasando ahora mismo en un pueblo que vivía de los ingresos generados por el turismo de sus pantanos?
Los oficiales mandaron al demonio a todo, no querían acudir a disolver esa manifestación. Se tomarían su tiempo cambiando la llanta y también, y por qué no, harían una parada en el restaurant de la carretera, llamado: “La Parada del Lagarto”.
Andrew volvía a sentirse sofocado, ahora lamentaba que aquella llanta se hubiese pinchado. Espesas y pegajosas gotas de sudor chorreaban por su rostro, se miró las axilas y aquello era un manantial, y pensar que hace un instante estaba en su Mercedes gozando de un agradable aire acondicionado, una buena música y un poco de tequila.

**
A los quince  minutos, luego de cambiar la rueda, la patrulla donde iba Andrew se aparcaba frente a La Parada del Lagarto. En el radio de la patrulla volvían hacer un llamado a acudir a la avenida Central Wood.
—Ya vamos a ir, compañero—dijo McNamara—, no te impacientes. Primero vamos a comer algo y a refrescarnos. No sabemos cuándo volveremos a descansar un poco.
Smithson consideró lo que le dijo su compañero y le pareció razonable su argumento, además, en La Colmena había suficientes policías. “¿Qué tan violentos pueden ser los habitantes de un pueblo turístico?, bahh”, concluyó Smithson y se dispuso a seguir a su compañero.
—Hey, McNamara, ¿qué vamos hacer con el capullo?—preguntó Smithson sintiendo lástima por el criminal.
—Dejémoslo un rato allí. No se va a morir. Lo hemos dejado bajo esa sombra.
—Sí, pero debe estar sediento.
—No te des la mala vida por ese pillo. Debes saber que, mientras nosotros estuvimos rompiéndonos el culo para ganarnos algunos dólares,  él estuvo en alguna isla del Caribe tomando piña colada, fumando un habano y acostado en una hamaca bajo la sombra de una palmera.
—Sí, tienes razón. Que se joda—dijo Smithson y al mismo tiempo entraba con su compañero al restaurant.
Un agradable ambiente climatizado envolvió a los agentes, llenándolos de frescor.
— ¡Ah! De esto te estaba hablando, compañero—comentó McNamara al sentir la agradable temperatura que parecía primaveral y estaba librada de la sofocante humedad del exterior.
Los oficiales se sentaron a una de las mesas que daba con un cristal por dónde podían vigilar a Andrew Gómez. Una hermosa camarera de muy estrecha cintura y de aspecto venezolana o colombiana, por su singular belleza, se acercó a la mesa de los policías para recoger el pedido.
—Hola, primor, qué guapa estás, como siempre—McNamara halagó a la muchacha.
—Gracias, precioso—comentó ella después—. ¿Qué van a pedir, los Bad Boys?
—Lo mismo de siempre, querida—intervino Smithson quien gustaba sobremanera de la camarera—. Dos hamburguesas con triple de chorreante queso y mucho bacon. Pero primero nos traes nuestras “Bebidas Especiales”—Smithson le guiñó un ojo.
Esas Bebidas Especiales consistían en cervezas heladas servidas en dos grandes vasos de soda cola con el propósito de esconder las bebidas alcohólicas sin que el público  notase que dos oficiales estaban tomando en horas de servicio.
Luego de unos minutos, la atractiva camarera se acercó nuevamente a la mesa, pero esta vez traía sobre una bandeja, las cervezas disfrazadas de refrescos cola.
—Gracias, princesa—comentó McNamara y tomó su bebida.
Cuando la camarera se alejó, McNamara le susurró a su compañero:
—Esa chica tiene el mejor trasero de estos lugares. Y tú le atraes, compañero…y si tú no la invitas a cenar, otro lo hará por ti.
—Uno de estos días lo haré, compañero. Uno de estos días.
Los Policías empezaron a tomar la cerveza helada a través del pitillo como si se tratasen de una soda, entonces sintieron una gran frescura y el cansancio producido mayormente por sofocante calor del exterior, empezó a alejarse de sus cuerpos.
—Esto es el paraíso. Lástima que no estemos libres—dijo Smithson refiriéndose al restaurant, a las cervezas y a su ambiente climatizado.
—Sí, es una lástima, solo podremos tomar dos rondas, si no, apestaríamos a licor—contestó su compañero.
En ese instante, el radio portátil de McNamara empezó a sonar, desde allí se emitía la misma voz que hace rato solicitaba refuerzos para la avenida Central Wood.
—Voy a apagar este trasto—dijo McNamara refiriéndose a su radio.
—Tal vez debamos pedir las hamburguesas para llevar e ir  la Central Wood—sugirió Smithson.
—Tranquilo, compañero. Cuando lleguemos todo estará en orden. Seguro son cuatro locos protestando para que Trump retire las tropas.
—Pobre diablo, debe estar muerto de la sed—comentó luego Smithson, viendo un instante a través del cristal a Andrew Gómez.
—Te preocupas por todo el mundo, compañero, pareces un santo. Déjalo que sufra, que bastante daño ha hecho.
—Las hamburguesas de los Bad Boys—dijo la camarera y, sobre su bandeja estaban dos platos con humeantes hamburguesas, papas fritas y dos vasos gigantes de soda de cola, que por supuesto eran cervezas escondidas.



  


II

Cuando se está apresado, los detalles de la vida se empiezan a estimar inconmensurablemente. Desde la parte trasera de la patrulla y con las manos esposadas a sus espaldas, ya Andrew Gómez era un preso y por tal razón empezaba a estimar el poder entrar con libertad a ese restaurant que estaba frente suyo, sentarse a la barra, piropear a la camarera y pedir un agua mineral con hielo para hidratarse y refrescarse. Era una maldita sed que sentía en ese momento y aun estando el carro de la policía estacionado bajo la sombra de un arbusto, seguía sudando. Veía como los mediocres policías comían sendas hamburguesas y tomaban soda de unos gigantes vasos. Aquellos oficiales eran ambos unos desconsiderados e infelices, al menos, por humanidad debían comprarle una botella de agua mineral, pero de seguro no lo harían, él era un delincuente y tal vez si él mismo fuese policía no tendría ninguna consideración con algún criminal tampoco.
“Debí haber bebido agua antes de salir del motel, y también debí haber comido algo”, pensaba Andrew y continuaba meditando: “Nunca se sabe cuándo vas a volver a tomar agua y a comer, nunca se sabe”, recordó aquel robo en esa extraña y gótica mansión de Los Ángeles, cuando luego de hurtar un cuadro de Arturo Michelena, tuvo que esconderse en una alcantarilla dentro de la mansión por el espacio de catorce largas horas. También sentía sed como en ese momento, no tanto realmente, pero tal vez pronto sentiría tanta sed como aquella vez dentro de esa apestosa y muy húmeda alcantarilla.
Andrew Gómez era un sujeto delgado y con sus 1,85 metros lucía más delgado de lo que era realmente, su tez era blanca y su cabello castaño claro, tenía ojos color negro y su mirada era de un aspecto melancólica, mirada contraria a su forma de ser, ya que era muy astuto. En todos sus robos siempre tuvo éxito ya que era un metódico planificador. Después de cansarse de robar, se dedicó exclusivamente al tráfico de mercancías antiquísimas y valiosas; y tal vez ese fue su error: dedicarse exclusivamente a la compra y venta, porque terminó relajándose, volviéndose lento y confiado.
—Esas hamburguesas siempre están de coñas—dijo McNamara al bajar las pequeñas escaleras de la entrada de La Parada del Lagarto.
—Y las cervezas son las más frías, casi se me congela el cerebro allá adentro—añadió Smithson quien venía caminando casi al lado de su compañero.
—Ves compañero, ahora si podemos ir a atender el llamado de la justicia—comentó McNamara y después chupó cerveza helada a través del pitillo del vaso grande de soda-cola.
—A lo mejor ya se dispersó esa manifestación.
—Sí, eso creo yo también. Por cierto, este viernes estaremos libres. Te voy a invitar a una barbacoa en mi casa. Habrá conejo también.
—Estupendo—dijo Smithson y dio también  una chupada al pitillo de su fingida soda-cola.
Smithson había tenido la gentileza de traerle a Andrew Gómez, una botellita de agua mineral y además le había comprado una pequeña barra de chocolate con trozos de maní y almendras, muy a disgusto de su compañero, quién le había dicho que no era necesario comprarle nada porque en la celda de la jefatura le darían agua y comida; pero a Smithson no le importó, aquel delincuente era un humano.
—Hola, princesa. Te ves hecho una mierda—comentó McNamara a Andrew al abrir la puerta delantera de la patrulla.
—Que ten den por el culo, cabrón—le contestó Andrew.
—Ves compañero, no debiste traerle esa mierda. Este hijo de puta no se merece nada—expresó McNamara.
Smithson no le importó el comentario de su compañero, tampoco le había importado el comentario irónico que le dirigió  Andrew hace rato al pincharse la llanta. Igual abrió la puerta de atrás para ofrecerle agua a su apresado.
—Le van a dar el tetero a la marica—McNamara continuaba burlándose de Andrew.
Smithson colocó su vaso de soda-cola  sobre el techo de la patrulla, destapó la botella de agua fría mineral, le puso un pitillo y le ofreció a Andrew quién no podía creer lo que hacía ese policía. Andrew, quién tenía las manos esposadas a sus espaldas, chupaba sin cesar agua del pitillo y al mismo tiempo empezaba a sentir un gran alivio y frescor en todo su cuerpo. En un instante había absorbido 500 ml de agua.
—Gracias—expresó con sinceridad Andrew luego de beber.
—Descuida—contestó Smithson.
A los pocos segundos, luego que Andrew terminara de beber el agua, Smithson abrió la barra de chocolate y la ofreció de igual manera al criminal. El oficial dejó la barra en la boca de Andrew como si se tratase de un cigarro, después cerró la puerta trasera y se dirigió a su puesto en la patrulla para conducirla hasta el pueblo.
Smithson era un norteamericano de origen irlandés. De ojos azules como el océano y era un hombre de baja estatura, apenas rozaba los 1,67. Y su compañero era un hombre de color, ligeramente obeso, con una respetable barriga cervecera, lo contrario de su compañero quien era esbelto.
La patrulla salió del estacionamiento del restaurant  rumbo a La Colmena, estaban a solo diez kilómetros de distancia. Los oficiales se sentían relajados por el par de cervezas que tomaron y algo somnolientos debido a toda la grasa que ingirieron de aquellas hamburguesas. Habían olvidado prender la radio de la patrulla y McNamara no había encendido tampoco su radio portátil. Ya Andrew había devorado con mucho placer la barra de chocolate. Se sentía bien, estaba hidratado y ahora tenía energías adicionales, sumado a que el chocolate siempre  hace sentir mejor.
—Oye, malandrín. Sí que sabes chupar. Te chupaste toda esa agua y todo ese chocolate en un segundo. Ya vas a conocer a mi primo, tal vez se la puedas chupar rápido también—dijo McNamara a Andrew.
—Sí, tal vez tu madre pueda venir con nosotros y hacer un trío. Tu padre me ha dicho que la chupa muy bien—contestó Andrew.
McNamara se llenó de ira cuando fue mencionada su madre y le dio un terrible golpe al vidrio con maya metálica que impide a los detenidos hacer cualquier intento de fuga o de ataque contra los policías.
— ¡Hey, hey, hey! Calma compañero, ignóralo. Él está jodido y tú tienes mucho que perder. Además, deja de provocarlo—intervino Smithson alternado su vista entre su compañero y el volante.
McNamara intentó calmarse, pero en sus ojos aún estaba muy viva la ira, de pronto, cuando estaban a cinco kilómetros del pueblo, una inusual cantidad de carros y motos avanzaban a más de 100 km/h en sentido contrario, huían de la ciudad. Eso era muy extraño. Smithson recordó que la radio estaba apagada, la encendió y entonces se encontró con muchas voces desesperadas. Eran oficiales que solicitaban refuerzos. La voz de la operadora también hablaba con desesperación. “Mierda, ¿qué está ocurriendo?”, los oficiales se preguntaban lo mismo. Súbditamente, un motorizado casi se estrella con la patrulla por intentar rebasar a una furgoneta. Los policías no se detuvieron para dar la vuelta y perseguir al motorizado, después de todo, la mayoría de los vehículos iban a alta velocidad, no podrían perseguir a todos.
— ¿Qué diantre está ocurriendo en ese pueblo?—preguntó Andrew.
Los oficiales no respondieron, ambos estaban dubitativos.
Cuando entraron al pueblo, vieron que había una caravana de vehículos esperando salir de La Colmena. La patrulla se detuvo en una improvisada alcabala de la policía donde solo había tres oficiales, entonces  uno de estos se dirigió a la patrulla de Smithson:
— ¿Dónde demonios han estado, ustedes?—preguntó el sargento Brown.
—Es una larga historia, señor—alcanzó a decir Smithson, estaba apenado.
—Sargento, ¿qué está ocurriendo?—preguntó luego, McNamara.
—Había una manifestación en Central Wood, todo se salió de control. La gente está agresiva, matándose unos a otros. Todo se ha vuelto un caos.
El sargento Brown estaba  hablando a Smithson y a McNamara casi pegado a la puerta del piloto de la patrulla. Entonces se empezaron a escuchar las cornetas de los vehículos, y también los gritos por parte de los conductores que esperaban en la larga cola para salir del pueblo.
Brown les hizo señas a los dos oficiales de la alcabala para que dejaran avanzar a los vehículos en espera.
—Si se quieren ir, váyanse a la mierda, cabrones—murmuró Brown. Se refería a los vehículos en la caravana. — ¡Y ustedes, joder! Vayan a la Central Wood o a la Jefatura, que hace falta personal.
—Claro, señor. Allá vamos—contestó Smithson.
Antes que Smithson pisara el acelerador para poner la patrulla a andar, una enorme furgoneta de color negro arrolló por completo al sargento Brown,  su cuerpo hizo un terrible sonido al ser embestido por el vehículo, fue arrastrado y su carne iba siendo machacada, hasta que quedó tendido en la carretera en una posición antinatural.
— ¡OH, Mierda!—gritó Andrew.
Smithson y McNamara gritaron también, arrojando blasfemias al aire. Los dos oficiales de la alcabala quedaron petrificados, acto seguido los demás vehículos se arrojaron en masa como si estuvieses huyendo de un monstruo. El caos empezó a reinar, los vehículos se abrían paso por la carretera a como dé lugar, otros se salieron de la vía y se introdujeron por dentro de la maleza. La confusión y la impotencia se apropió de los oficiales.

 




III.

Smithson y McNamara, por fuerzas mayores, tuvieron que abandonar el lugar de la alcabala. No pudieron en absoluto detener la avalancha de vehículos que huía del pueblo. Los otros oficiales abordaron su vehículo y se largaron del lugar también, y el cuerpo del desgraciado sargento Brown era una horripilante carne molida luego que empezaron a machacarlo centenares de llantas. Todo se había convertido en un: “sálvese quien pueda”.
Andrew se sentía horrorizado. Algo muy terrible estaba pasando en La Colmena, tan terrible que a la gente no le importó pasar por encima de un oficial con tal de huir; pero, ¿de qué huían? Andrew maldijo su situación, estaba esposado y encerrado en esa patrulla, de no haber sido capturado estaría ahora mismo en Orlando para tomar un jet privado con destino a Los Roques.
Mientras tanto, Smithson y McNamara iban directo a lo que parecía ser el foco de los extraños acontecimientos que se estaban desarrollando. La patrulla de la policía finalmente llegó a la avenida Central Wood e iban avanzando a muy baja velocidad. Aquello ya no era la bella y turística avenida Central Wood, era por el contrario un ambiente desolador, había algunos focos de incendios, carros estrellados contra arbustos o poster de electricidad, centros comerciales saqueados y patrullas de la policía abandonadas  con sus puertas abiertas.
—Tío, esto no tiene buena pinta. Larguémonos de aquí—sugirió Andrew, pero los policías no le prestaron atención. — ¡Joder, tío! Que esto no tiene buena pinta—volvió a añadir.
La patrulla se había detenido, ya en la radio policial no se escuchaba nada. Entonces, como de la nada, venían corriendo hacia la patrulla un grupo de personas que tenían las ropas destrozadas y sucias, no eran más de ochos personas, entre ellos había dos oficiales de la policía que tenían partes de su uniforme desgarrado.
— ¡Que mierda les está pasando!—preguntó McNamara.
— ¡Smithson, pisa ese puto acelerador, tío! Es obvio que tenemos que largarnos. Cualquier persona sabría que hay que irse de esta mierda—expresó Andrew.
— ¡Cierra la puta boca, ladrón del demonio! ¡O juro que te meto un tiro!—exclamó McNamara.
Entonces, Smithson murmuró:
—Son zombis, son putos zombis. De eso está huyendo la gente.
El puñado de personas estaba muy cerca de la patrulla, corrían de una forma antinatural y Smithson no se quedaría para confirmar su teoría. Así que pisó el acelerador, pero a su derecha, dos espelúznate personas con los ojos opacos en un color blanquecino, se habían agarrado del brazo de su compañero, lo arañaron y luego lo mordieron. McNamara vociferó a todo pulmón, ya que no solo lo mordieron sino que también le desgarraron un pedazo de carne.
Smithson únicamente mantenía pisado el acelerador. Uno de los extraños humanos había conseguido meter una parte de su cuerpo en el vehículo. McNamara, a pesar de su desesperación y de su dolor, pudo sacar su pistola automática y luego la disparó en  todo el cráneo de aquella bestial persona quien se desplomó hacia la calle, arrastrando con él a otro terrible zombi.
— ¡Maldito, hijo de puta!—exclamó McNamara, observando la gravedad de su herida en el brazo derecho.
“Te lo dije, policía cabrón. Yo te lo dije”, pensó Andrew, quién en realidad quería gritarle aquellas palabras al oficial de color, pero también podría recibir un tiro. Por otra parte, Smithson iba sorteando obstáculos,  pero dos personas se le atravesaron y él, por el reflejo de no arrollarlos, viró todo el volante hacia la derecha metiéndose contra un obstáculo en forma de rampla que hizo que la patrulla se voltease, quedando totalmente de techo sobre el piso. Los tripulantes quedaron aturdidos debido al volcamiento, pero quién quedó en peor estado había sido Andrew quien había perdido el conocimiento. Los oficiales, haciendo un gran esfuerzo para volver en si, trataron de salir del vehículo pero fueron rápidamente rodeados por un grupo de ciudadanos salvajes. Smithson no podía sacar su pistola con su mano derecha, fue allí que se dio cuenta que su brazo izquierdo estaba fracturado, le dolía mil demonios y si no fuese por los zombis que trataban de devorarlo ya se habría desmayado a causa del dolor. McNamara estaba en una posición muy incómoda, y su arma la había perdido por alguna parte.






 IV.

Andrew iba abriendo sus ojos poco a poco, distinguía figuras muy borrosas y sentía  movimientos, eran como movimientos de animales. De pronto lo empezó a recordar todo, la patrulla se había volcado. Ahora le dolía el cuello y la cabeza, aun veía borroso y estaba acostado sobre el techo del vehículo, posado sobre sus manos que desde luego seguían estando esposadas. Entonces empezó a ver con nitidez. El movimiento que el sintió eran los zombis, los putos zombis. Estaba rodeado.
Casi vomitó cuando vio que algunos zombis que habían logrado entrar a la patrulla, devoraban las vísceras de los oficiales, el olor a intestinos, sangre y excremento era insoportable. El buen oficial Smithson estaba siendo engullido por unos zombis cabrones; Andrew empezó a recordar hace rato que ese agente había tenido la gentileza de darle un poco de agua y una golosina. De repente,  empezaron a aporrear los vidrios de la parte trasera de la patrulla e inmediatamente Andrew se puso muy nervioso, aquellos engendros no se iban a conformar solo con los oficiales, sino que también irían a por la carne de él. Se sintió jodido, no podía hacer nada, estaba esposado, atrapado en la parte trasera de un vehículo policial de dónde era muy difícil escapar y, finalmente, estaba rodeado por una horda de zombis hambrientos.
“Cabrones policías, si tan solo me hubiesen hecho caso, ahora moriré como ellos”, pensó Andrew, su cuello le seguía doliendo, eran como punzadas. Le preocupó que estuviese botando sangre, pero no había sangre por ninguna parte, excepto claro, en la cabina de los oficiales, donde  todo era  una sangría. Había al menos unos cinco zombis de lado a lado aporreando los vidrios. Sus caras eran como de un color violáceo y sus ojos estaban cristalizados con ramificaciones de vasos capilares brotados en rojo vivo; vaya que inspiraban miedo. Andrew se preguntaba cuánto podrían resistir esos vidrios que tal vez eran vidrios de alta resistencia para evitar el escape de algún detenido. Al frente de él, estaba protegido por un vidrio con orificios y una maya metálica que de seguro resistiría mucho más.
Andrew, en medio de su profundo miedo empezó a gritar, a pedir ayuda a alguien que estuviese cerca, tal vez otros oficiales.
— ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Hay alguien allí!—pero en esa avenida no había nadie más, salvo esos siniestros zombis de color violáceo.
Andrew estaba muy incómodo, si al menos pudiese liberarse de esas esposas tal vez todo sería más fácil.
—Malditas esposas del carajo—susurró Andrew y luego expresó. —Espero que no se coman las llaves. ¡Me oyeron, cabrones! ¡No se coman las putas llaves!
Andrew había gritado a todo pulmón, cosa que lo hizo sentirse mucho mejor. Entonces se quedó mirando hacia arriba, ahora su techo era el asiento; deseó que el vehículo no hubiese quedado ruedas arriba, de ser así estaría sentado sobre ese cómodo cojín, era lo único cómodo de aquella patrulla. Por otra parte, el calor seguía siendo sofocante como lo fue en la carretera y como lo es en las zonas pantanosas de Florida. Andrew hacía un gran esfuerzo por ignorar los sonidos de carnes desgarradas al otro lado de la cabina y también los intensos olores, olores que irían aumentando hasta llegar a la total putrefacción. Sabía que una zona calurosa y húmeda, aceleraba sobremanera la descomposición ya que las bacterias trabajaban muy rápidos en climas subtropicales.
Su única esperanza de salir de allí era que fuese rescatado por algún grupo armado. Al parecer la policía había sido diezmada y los ciudadanos huían del pueblo como si fuesen  ratas. Tal vez el Ejercito o la Guardia Nacional; sí eso era, podía ser rescatado por las Fuerzas Armadas de Los Estados Unidos. Tenían que estar en camino, una situación como la que estaba viviendo La Colmena, inevitablemente prendería todas las alarmas de la seguridad de la nación. Aunque también el lugar podía ser bombardeado, sería más fácil y menos arriesgado, entonces recordó que la ciudad de Raccon City de Residente Evil había sido borrada de la faz de la Tierra con una bomba nuclear: “No mierda, eso no, eso pasa solo en las pelis y los videos juegos”, meditó, “Además, tiene que haber muchos sobrevivientes atrapados en esta pequeña ciudad”, “pero si esto es un brote de algún virus, entonces tendrían que matarlos a todos. En una mente que actuara por la lógica, era mejor que muriesen cientos de personas,  a que fuesen infectados trescientos millones de estadounidenses”, “maldita sea, estoy jodido”, concluyó.
Andrew pensaba muchas cosas, sus pensamientos lo ayudaban a despegarse un poco de su muy oscura realidad. De pronto se escuchó el tintineo de unas llaves:
—No, las llaves no—le rogaba a una mujer zombi que llevaba un ensangrentado uniforme de cajera de supermercado— no baby, las llaves no, te lo ruego. Bota eso, no te las comas.
La mujer zombis se quedaba viendo las llaves de las esposas, luego las agarró y las movía, el tintineo parecía distraerla, ladeaba la cabeza como un perro cuando está frente al sonido de algo novedoso y después se la llevó a la boca para tragárselas como si fuese un trozo de carne.
— ¡No, maldita perra! ¡Qué has hecho! Debería meterte un tiro en la cabeza—expresó Andrew Gómez, quien ahora se sentía doblemente jodido.






V

Estaba amaneciendo cuando los golpes a los vidrios despertaron a Andrew. Había podido dormir algo. Ahora sentía que todo le dolía, su cervical, la cabeza, sus muñecas, sus brazos y su espalda. Ya empezaba a oler muy feo y las moscas estaban de visita. A esos zombis parecía que no les gustaba la carne putrefacta sino fresca, porque no seguían comiendo.  
El clima de la mañana estaba fresco, pero con seguridad cambiaría después de las ocho. Andrew agudizaba su oído para ver si escuchaba sonidos de motores o alguna otra cosa relacionada con humanos sanos; pero no escuchaba nada, solo el aporreo incesante en los vidrios de la cabina trasera. Los zombis estaban echados al piso para poder quedar al ras con Andrew. Le observaban con esos ojos vidriosos y brotados en vasos capilares reventados. Cuatro zombis estaban adelante, apretujados en el interior de la cabina y el resto de los zombis lo rodeaban, aporreando los vidrios. Mostraban  sus asquerosas bocas llenas de sangre coagulada. Deseaban morderlo, desgarrarlo, para saciarse en su carne fresca.
Cuando se hicieron las diez de la mañana, el sol era inclemente y la humedad en el ambiente se había incrementado, lo que ayudaba a acelerar la descomposición de los restos de los oficiales. Andrew Gómez empezaba a sentir sed y hambre, pero sobre todo sed. El interior de la cabina donde él se encontraba se había convertido en una especie de invernadero. Sudaba profusamente, sabía que de seguir así se deshidrataría en poco tiempo, al menos no estaba recibiendo directamente los rayos del sol. Miraba por las ventanas para ver si distinguía algo distinto a los zombis, pero nada, casi todo lo que observaba era asquerosas bocas con sangre corrupta. El olor a putrefacción se hacía más intenso, lo que hizo que se sintiese mareado. Grandes moscas, de esas de las más grotescas con un color mezclado entre verde y azulado, hacían acto de presencia. Andrew sería testigo en primera fila de cómo un par de cadáveres eran limpiados de manera muy lenta por la naturaleza. Muy pronto aparecerían las larvas de las moscas que se alimentarían de la carne podrida. Estas larvas o gusanos comerían sin parar hasta triplicar su tamaño y su peso, después se convertirían en moscas y a su vez depositarían más larvas, un ciclo eterno, siempre y cuando hubiese más putrefacción que consumir.
Llegó la una de la tarde y el calor estaba arribando a su pico. Andrew empezó a entrar en una somnolencia, pero no se dormía. Los gases de la putrefacción eran muy fuertes, entonces sintió deseos de orinar, intentaba reprimir esa necesidad, la había reprimido en la mañana; pero ya era hora que la naturaleza siguiese su curso, tenía que hacerlo en sus ropas; así que lo hizo, se empezó a orinar en sus pantalones, sentía la orina caliente, pero a la vez iba sintiendo alivio. Cuando Andrew terminó de orinar, tuvo conciencia de que estaba acabado. Tal vez hubiese sido mejor morir devorado por los zombis y no de manera lenta como empezaba a morir él. La deshidratación y la inanición estaban allí como depredadores implacables con la mayor paciencia del mundo. Él también se iba a convertir en alimento de las moscas y de otras alimañas como las ratas. “¡Oh, las ratas, las malditas ratas!”, pensó. Por alguna extraña razón aún no habían llegado las ratas, pero llegarían, y esos animales si que son de lo peor; son mamíferos resistentes a casi cualquier ambiente extremo, están llenas de estupendos anticuerpos capaces de protegerlas de las peores bacterias, soportan caídas y golpes, y además comen cualquier cosa, y era eso lo que más temía Andrew sabía que las ratas podían comer carne putrefacta pero también podían comerse a un animal a una persona viva, solo se tenían que asegurar de que ese animal o persona, que se fuesen a comer, estuviese indefenso, inmovilizado o agonizando. Y él estaba indefenso, y en breve, si nadie lo rescataba, estaría agonizando. Pensó en los afilados dientes roedores de las ratas, esos diminutos pero muy eficientes dientes. Pero él estaba fuerte, resistiría además, de llegar las ratas no podrían acceder a él, aunque esas alimañas siempre encuentran la forma de acceder al lugar donde desean.
Cuando el sol se estaba poniendo, Andrew se sentía muy agotado, estaba sediento y tenía mucha hambre. Empezó a recordar el último bocado que tuvo y el poco de agua mineral que bebió, de no haber sido por ese generoso policía de seguro estaría en peores condiciones; era una lástima que ese oficial terminase así. Andrew empezaba a quedarse dormido cuando eran las ocho de la noche, entonces escuchó chillidos, los malditos chillidos de las ratas, habían llegado.







VI

Debido al susto provocado por la llegada de las ratas, Andrew no pudo dormirse. Él no se dormiría con ellas allí royendo los restos putrefactos de los policías. Cuando una persona se queda dormida, lo primero que muerden son las extremidades descubiertas. Él al menos tenía sus zapatos, pero quedaban sus manos, y también pensó en la posibilidad que arrancaran pedazos de su rostro. “No me van a comer, no lo harán”, pensó y luego grito: — ¡Me oyen bien!, no me comerán, ¡no me comerán, malditas!
Ratas, zombis, moscas, larvas, gases putrefactos, un calor del demonio, más una posición que maltrataba las articulaciones del cuerpo de Andrew, hizo que él empezara a hablar en voz alta, ya no sabía si estaba pensando o hablando en voz alta. Decía cosas sin sentido. Les hablaba a las ratas, a los zombis y en especial al oficial Smithson.
—Amigo Smithson, me alegro de que estés bien. Lamento lo de tu compañero. Pero seamos sinceros, el muy hijo de puta se lo merecía.
Andrew veía con claridad al oficial Smithson, estaba a su lado. Le brindaba ánimos y le contaba más que una experiencia de peligro que tuvo como policía, también le contó que estuvo en la invasión de Irak en el primer contingente que envió Bush hijo. Andrew se perdía en sus historias, las disfrutaba. Smithson hablaba con mucha claridad. El oficial estaba allí, con él. Smithson le contó que cuando la cosa se puso realmente fea en Irak, ya a él le habían dado la baja médica por una herida en el glúteo, le mencionó que era la herida del millón de dólares y que no le impidió para nada entrar al cuerpo de policía. Su padre y su abuelo fueron policías, así que él siguió el llamado de su sangre.
—Verás, yo robo por placer, por la adrenalina—dijo Andrew cuando Smithson le preguntó por qué había decidido ser ladrón—y no soy de esos tíos que fueron maltratados en sus hogares. Yo tuve buenos padres y tuve una infancia feliz. Además, yo robo a los ricos, esos cabrones viven bien. ¿Smithson, no te molesta el chillidos de esas malditas ratas?—le preguntó al oficial quien le respondió que no le molestaban en absoluto, pero si le incomodan los lamentos de los zombis. —Bueno, a mí no me importa los podridos, siempre y cuando no los tenga encima.
La conversación se fue prolongando, otros temas salieron a flote. Entonces empezó a amanecer y Andrew abría los ojos. No supo si se había quedado dormido un instante o si solo había pestañado. No hacía tanto calor. Vio a su alrededor, y allí estaban los zombis, implacables, no mostraban señal de que estuviesen cansados. El olor a putrefacción era el doble más fuerte que el día anterior. Sus ojos le ardían debido a los gases, así que pestañaba con frecuencia. Volteó a su izquierda y no estaban las ratas. Era extraño, él las había sentido llegar en la noche y ahora no estaban. Recordó que estuvo en vela toda la noche hablando con el oficial Smithson, lo recordaba con nitidez, pero ahora no estaba. Empezó a dudar si uno de los restos de esos cadáveres era de Smithson. “Estoy alucinando, joder que lo estoy”, pensó o habló, ya no había diferencia.
Cuando se hicieron las nueve de la mañana el calor ya era sofocante y no solamente tenía sed, se sentía seco, su garganta estaba seca, casi no sentía su saliva y también tenía mucha hambre.
—Hoy llegan los soldados y me van a rescatar. Claro, estoy jodido. Porque me tendrán como criminal y me meterán a una celda. Pero no me importa, me darán agua, comida y una colchoneta para dormir, cualquier cosa es mejor que estar así—dijo Andrew.
Le dolían las articulaciones, sus rodillas, su espalda, en especial las muñecas, pero le dolían menos que ayer.
Andrew había empezado a ponerle nombres a los zombis.
—Tú fuiste médico, te llamaré Doc—le dijo a un zombi que tenía una bata blanca—, y tú fuiste enfermera, eres la señorita Miller. Hey, Doc, seguro te follabas a la señorita Miller en tu consultorio, vamos, dime la verdad, tío. Okey, okey, no haré más mención de ello, tú esposa te puede descubrir. Ah, y tú, tú eras abogado, eres el señor Andrade, vaya que tienes cara de abogado, seguro que cobrabas muy caro a tus clientes, puedes ser mi abogado si lo deseas, mira que necesito un buen abogado que me saque de este embrollo.
Así Andrew fue colocando nombres a los zombis, hablaba con ellos y bromeaba. A la mujer que se había tragado las llaves de las esposas, le puso por nombre: Susana.
—Hey, tía—se dirigió a Susana que no dejaba de verlo—. Tienes pinta de que te clavabas las cosas en el supermercado, lo sé, tú cara me lo dice. Claro, yo no tengo moral para decirte nada, yo me he clavado muchas cosas durante casi toda mi vida. ¿Pero unas llaves, que ganas con clavarte unas llaves y luego comértelas?, seguro pescarás una indigestión.
Al llegar las dos de la tarde el sol era muy fuerte y por ende el calor más intenso y más asfixiante. Andrew había empezado a llorar, lloraba como niño. Estaba muy débil, sediento y con un hambre más intensa. Entonces a su lado estaba una botella de agua fría y una barra de chocolate con trozos de almendra, no podía alcanzar el agua y el chocolate, pero tenía que hacerlo. Tendría que agarrar la botella con sus dientes y morder el plástico hasta perforar y luego chupar el agua. Arrimó su cuerpo a la botella lo más que pudo hasta que pudo rozarla con su boca, estaba cerca, un esfuerzo más y la lograría morder. Hasta que consiguió llegar a ella, la había tumbado sin querer pero la tapa quedó a solo un centímetro de su boca y luego pudo asirla con sus dientes. Estaba feliz, ahora sería cuestión de morder con precisión y luego tendría que chupar; pero la botella desapareció al igual que la barra de chocolate.
—Hey, Susana, te has clavado la botella y el chocolate. Sé que fuiste tú, tía. Sé que fuiste tú. Te juro que si no me la das. ¡Sí perra, sé que fuiste tú, joder, fuiste tú, cabrona! ¡Hey, Doc!, dile que me la devuelva o juro que la demandaré, esta tía solo quiere acabar con mi vida. ¡Joder!!!, ¡que me des mis cosas! Dame mi agua, por favor, Susana, dame mi agua, tengo mucha sed. Me estoy muriendo.
Andrew volvió a llorar como un niño, el llanto le ayudaba a aliviar su dolor y su estrés. Así estuvo por unos diez minutos más; entonces, cuando se hicieron las cuatro de la tarde, empezó a escuchar ruido, eran helicópteros. Los soldados habían llegado y Andrew sintió alegría, sus esperanzas estaban renovadas.






Capítulo VII

Pero Andrew comprendió que las posibilidades de que lo descubriesen desde arriba eran muy remotas. Él no había colocado señales ni letreros, no podía salir de la patrulla policial por las razones que se han descrito antes. Entonces, ¿qué podía hacer? Pues no podía hacer nada, le quedaba como último recurso gritar, pero no le escucharían, el fuerte sonido de los motores de los helicópteros ahogarían su grito de auxilio; no obstante, Andrew se aferró a ese él último recurso: gritar, y lo hacía a todo pulmón. Gritó auxilio en español y también lo hizo en inglés, varias veces solamente gritó sin emitir una palabra en específico. Vociferaba con todas sus fuerzas, su rostro se volvía rojo debido a la sangre extra subiendo a su cabeza por el esfuerzo. Luego de cinco minutos los helicópteros se marcharon y Andrew había quedado tan exhausto que ni siquiera pudo llorar, solo cerró sus ojos y se hundió en su aflicción. Había dormitado unos minutos, luego se puso a hablar con Doc.
—Sí Doc, creo que estoy deshidratado y me duele todo el cuerpo, creo que me duele hasta la vida…Gracias Doc, sí, sí, eso intentaré pero no prometo nada.
Andrew se mantenía hablando con varios zombis, excepto con Susana, estaba molesto con ella. Cuando llegó la noche, las energías de Andrew habían mermado considerablemente. Había cerrado sus ojos para tal vez no despertarse más, entonces aparecieron las ratas con espeluznante chillidos. Andrew abrió sus ojos y dijo:
— ¡RATAS!
Su corazón aumentó en latidos, Andrew estaba asustado. Las  ratas lo habían perdonado una vez, pero estaba convencido que esa noche no lo iban a perdonar otra vez, pero él no tenía casi fuerza para luchar, entonces su lucha tenía que consistir en no quedarse dormido.
Andrew Gómez estaba alerta, sentía que las ratas se iban a colar en cualquier momento por alguna rendija, ellas eran seres increíblemente adaptables a casi cualquier orificio, su anatomía era impresionantemente flexible y resistente a la vez. Luego de dos horas en estado de alerta, empezó a sucumbir al cansancio, sus ojos se le cerraban. Pero apareció de repente su amigo a hacerle compañía nuevamente, el oficial Smithson. Estaba acostado a su lado, entonces empezaron a tener una agradable conversación. Hablaron de deportes, de la familia, de las mujeres, pero nunca hablaron de sus trabajos, ya no eran policía y ladrón, eran simplemente: amigos.
Cuando Smithson visitaba a Andrew él no se sentía tan débil, se envolvía en un extraño pero interesante frescor, y su hambre se calmaba un poco. Andrew y Smithson se habían empezado a reír de las experiencias graciosas que se relataban ambos sobre cuando eran adolescentes y estaban en la preparatoria.
—Sí tío—dijo Andrew—había quedado en el baile con la más gorda de toda la preparatoria, entonces yo me había ido con ella detrás de salón del baile. Ella me quería besar en privado. Yo había accedido, no tenía mucha suerte con las chicas que digamos y además, era virgen. Y bueno, tío. Fue allí cuando…
Smithson reía y reía, no podía parar y su carcajada a la vez contagió a Andrew. Así estuvieron ambos hasta que se hicieron las dos de la mañana, hasta que Andrew se había quedado dormido.
Llegó el amanecer y cuando Andrew se despertó las ratas no estaban, llegó a pensar que tal vez eran ratas con hábitos nocturnos: “ratas vampiros”, bromeó para sí mismo y se alegró que aún le quedase sentido del humor, pero le preocupó que ya sus articulaciones no le doliesen tanto. Saludó a sus amigos zombis, llamando a cada uno por su nombre. Todo iba bien hasta que llegó el calor, esta vez más intenso. El hedor de la putrefacción de los restos de los policías había disminuido, o tal  vez ya Andrew estaba acostumbrado; pero al calor no lo estaba y menos con un cuerpo que estaba afectado por la deshidratación.
Ese día no hubo helicópteros ni tampoco algún vehículo terrestre de la Fuerza Armada. Después de las doce del mediodía, Andrew ya no hablaba con nadie, solo mantenía sus ojos cerrados, a veces los abría cuando Doc le gritaba para darle ánimos. Cuando arribó la noche, las ratas no llegaron, pero si llegó Smithson, estaba acostado al lado de él. Ellos no hablaban, solo se veían, a veces Smithson le daba una palmadita en el hombro cuando Andrew se iba a quedar dormido. Y eso era todo, no hubo ninguna conversación; pero Smithson permanecía a su lado de manera fiel. Andrew sintió el agradable frescor como cada noche cuando Smithson le visitaba.






VIII

A la mañana siguiente, Andrew no se despertaba, su respiración era muy leve y su corazón apenas latía. Sobre él, sobrevolaba un Halcón Negro de la Guardia Nacional de US. El teniente Proctor observaba un grupo de zombis alrededor de una patrulla policial que estaba volteada. Le causó curiosidad que aquellos zombis estaban sobre el piso, y no de pie como suelen estarlo.
“Tiene que haber sobrevivientes dentro de ese carro”, pensó, era lógico que así fuese. Proctor dio la orden de que arrojaran sobre esos zombis “el Agente Violeta”, un gas de color violáceo que creaba un colapso casi inmediato en los cuerpos de los zombis. Luego se comunicó con una de las unidades terrestres de rescate y neutralización de zombis. Ya un Humvee iba en camino al lugar descrito.
—Vamos a aterrizar, barra la zona con el gas—ordenó el capitán Proctor al sargento Miller.
Cuando el Halcón Negro estaba aterrizando ya la unidad terrestre estaba cerca de la patrulla. El capitán Proctor descendió del helicóptero con una escuadra de siete guardias nacionales. Los zombis ya habían colapsado y yacían inertes sobre el caliente asfalto de la avenida Central Wood. Proctor se agachó para ver a través del vehículo volteado, allí dentro, estaban dos sobrevivientes que de seguro estaban a un paso de la muerte si ellos no actuaban rápido. El Humvee que estaba acondicionado como ambulancia había llegado. Proctor dio las indicaciones y luego abordó con su escuadra el Halcón Negro, estaba recibiendo un llamado de emergencia para que fuese a la escuela local, en donde había niños y maestros rodeados por infectados.
La unidad de rescate sin perder un segundo, extrajeron del carro de la policía a Andrew Gómez, quien no abría los ojos pero aún tenía signos vitales, pero ya su cuerpo y su espíritu no resistían más.
Cuarenta y ocho horas después, Andrew Gómez abría los ojos. Escuchaba voces y había mucho movimiento de personas vestidas de uniforme camuflados. Comprendió que estaba en un hospital militar de campaña. Luego volvió a cerrar los ojos, estaba muy débil. Durmió todo el día, su cuerpo recibía suero vital intravenoso. Cuando llegó la mañana del día siguiente, se sentía mejor, el ajetreo del hospital de campaña era menor, entonces un hombre alto de color y complexión atlética se acercó a él, era el capitán Proctor de la Guardia Nacional.
— ¿Cómo se siente, señor Gómez?—le preguntó el capitán.
—Me siento bien—respondió con debilidad, Andrew, quien aún no sabía que estaba hablando con su salvador.
—Me alegra que esté bien. Señor Gómez, vine solo un segundo para hacerle una pregunta.
—Adelante.
—Verá, cuando yo me acerqué a esa patrulla donde se encontraba usted esposado—Andrew sintió vergüenza que aquel hombre, que por lo visto le había rescatado, lo haya encontrado esposado, como un delincuente, como lo que era. —Bien, señor Gómez, con usted estaba un oficial caucásico, estaba acostado a su lado. Pero los paramédicos me han confirmado que usted estaba solo. Pero yo vi a ese oficial con claridad. Era un hombre rubio que apenas llegaría a los treinta.
Andrew pensó inmediatamente en el oficial Smithson, ahora sabía que no estaba loco ni que era una alucinación.
—Era el oficial Smithson, señor. Él y su compañero me arrestaron.
—Pero encontramos los restos de unos cuerpos que se identificaban como el agente McNamara y el agente Smithson.
—Entonces fue su alma, señor—dijo Andrew—él, cada noche me visitaba, ahuyentaba a las ratas, me traía aire fresco y conversaba conmigo.
—Bien, gracias, Señor Gómez—dijo con seriedad el capitán. —Debo irme, espero siga mejorando. Adiós señor, Gómez.
—Adiós—Andrew intentaba leer el apellido del capitán pegado a su guerrera, pero veía borroso.
—Capitán Proctor—dijo el oficial de guardia nacional al ver que Andrew quería llamarle por su apellido.
—Gracias por salvarme la vida, capitán Proctor.
—No ha sido nada, señor. Yo que usted le daría las gracias a ese oficial. A quién la gente le está llamando “El Ángel Azul”. Hay muchos testimonios de sobrevivientes que un oficial rubio siempre estuvo con ellos.
El capitán Proctor se marchó del hospital de campaña para seguir en el cumplimiento del deber.
Andrew Gómez lloró y dio las gracias a Smithson, después intentó mover su mano derecha, pero no pudo, estaba esposado. Entonces recordó que Smithson lo había arrestado.
—Maldito agente Smithson, que te den por el…—dijo Andrew en voz alta, luego se puso a reír, su risa era llena de gratitud. Andrew estaba en paz consigo mismo.

Fin.


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