LIBERTADORES Y ZOMBIS




Libertadores y Zombis


"La guerra de los tres mundos".



Hace varios siglos el imperio español se había apoderado de “La Peste Eterna”, pero ningún monarca hispano la invocaría como arma secreta para hacer que su poderío se extendiera, a excepción del rey Fernando VII, un tirano tan despiadado como su ineptitud misma para dirigir a la gran Hispania. Era el rey no amado por  sus súbditos, pero adorado por los desangradores de la América. Y él no hubiese invocado tal poder, de no haber sido por el general Simón Bolívar, el hombre que hizo llenar de miedo a todos los imperios existentes de aquel momento. Pero se necesitaría un loco maldito que estuviese dispuesto a comandar a las huestes de la Peste Eterna; ese hombre…otro español, José Tomás Boves, un guerrero entrenado por el mismo Mandinga para ser el mejor siervo que la Muerte tuvo jamás, por estas tierras llenas de sol, nieve, humedad y selva.


Capítulo I.

Yo, Emilio Zaragoza, un blanco criollo de orilla, tan pobre como los esclavos negros, pero que tuvo como fortuna aprender a leer de las manos del mismo Don Simón Rodríguez, maestro amado de Bolívar. Y quien se deja enseñar por Simón Rodríguez, tarde o temprano termina seducido por los ideales de una república y una sociedad de hombres libres.

Para aquella época, cuando Venezuela ardía en una efervescencia por el sueño de una patria libre, el pan y la arepa eran abundantes, pero tenías que trabajar para los mantuanos largas jornadas a fin de  tener acceso a las tres comidas. Y no era la arepa y el pan, lo que precisamente me interesaba, era desde luego sus libros, los cuales me dediqué a robárselos poco a poco, en especial aquellos que eran prohibidos por la Santa Inquisición, y quién iba a sospechar de Zaragoza, si Zaragoza era simplemente un campesino jornalero, un “pata en el suelo”, un blanco de orilla tan despreciado como los negros y los indios. Pero les robé su conocimiento, y con ese conocimiento me hice patriota, y con ese conocimiento llegué a ser guardia de honor del Libertador. Ahora estoy aquí, frente a estas hojas y con esta pluma, hoy 4 de Marzo de 1831, para contar los hechos que de seguro pasará a los anales de la historia de manera clandestina, como un rumor o como una mitología más en el mundo, pero yo doy testimonio que la historia que relataré es fidedigna, tan fidedigna como la valentía del Centauro de Apure y sus Bravos.




Capítulo II.

En algún lugar del gran Sahara. Mediados del siglo XV.

*

La temperatura era tan caliente como el infierno de Dantes, 45 grados centígrados hacen que casi cualquier ser humano derrita primeramente su carácter mucho antes que derrita su piel; pero los soldados de Isabel la Católica estaban dispuestos a viajar dentro de las llamas del mismo sol si fuese una orden directa de su amada reina, escogida por Dios para gobernarlos ¿Y cómo no seguir sus órdenes, si su palabra era la voluntad misma del Creador? Así pensaban ellos, al menos los que eran realmente fieles, los otros en cambio los movía la sed insaciable por encontrar riquezas, y más si esas riquezas eran de color dorado.

Fue por la codicia de algunos soldados exploradores que se tocó la puerta del mismo Diablo, invitándole a salir con sus huestes de demonios hacia la superficie de la Tierra. La Maldición Oscura, La Peste Eterna, La Venganza de los Demonios y El Despertar de los Engendros, son solo algunos de los nombres con lo que los antiguos habitantes del Sahara conocían a esa maldición que hacía que los muertos volvieran a la vida. Los egipcios la conocían muy bien, al igual que los babilonios, los asirios y los persas; todos ellos lograron forjar sus bastos imperios gracias al terrible ejército que se levantaba de donde quiera que estuviesen enterrados, o abandonados en cualquier lugar.

El Capitán Hernández había dado la orden hace varias semanas de dejar los yelmos y armaduras en el barco, era inútil llevar semejante indumentaria en el lugar más caliente que ellos hayan conocido jamás. Prefirió pues la indumentaria de los moros, sus terribles enemigos. Solo la tela de lino cubría sus cuerpos. Los camellos adquiridos le costaron muchas piezas de plata, pero su plan era revenderlos una vez cumplida sus exploraciones. Un puñado de sus hombres, delincuentes y mercenarios en su mayoría le acompañaban. Según el mapa en sus manos, los árabes habían ocultado un cuantioso tesoro en las fronteras de Trípolis. Los consejeros de Isabel desde luego afirmaron que aquello era un mito de los mismos árabes; pero Don Carlos de Málaga, un aventurero pariente de la reina, muerto por la neumonía, jamás lo creyó así. Su reino estaba ávido de oro, así que no tenía nada que perder con intentarlo.

Eran cerca de las tres de la tarde. Ante el capitán solo estaban las ruinas de un pozo, pero esas ruinas no le produjeron a él ninguna desesperanza, todo lo contrario, era el pozo, el punto que tenía que encontrar. Su corazón latía fuerte al igual que el de sus doce hombres que le acompañaban. Solo había una forma de saber si aquello era un mito. Adentrarse allí con toda una fierra voluntad.
Las herramientas de excavación fueron bajadas de los camellos, sus hombres murmuraban porque sabían  que más manos se iban a necesitar, para ellos el capitán Hernández era un tacaño—así como compró los camellos pudo haber contratado más hombres—pensaron ellos, pero no era la tacañería que llevó a Hernández a trabajar con sólo doce hombres, sino su prudencia. De existir tal tesoro no quería en absoluto que, los moros se enterasen. Cualquier sangre árabe trabajando entre los suyos sabía que representaba la traición.



**

Si hay algo que encontraron Hernández y sus hombres, fue arena y más arena. De sus bocas salía solo eso, arena. Dos agotadores días y ni siquiera encontraron agua, elemento que para ellos empezaba a escasear. El motín ya era un hecho, la mayoría de sus hombres se iban a revelar. Hernández solo tendría dos opciones, la muerte o dejarse apresar y ser llevado hasta el barco. Pero no les sería tan fácil apresar o dar muerte a tan gallardo y hábil guerrero y que además era fiel a sus reyes y su dios.

— ¡Diantre! Capitán, aquí no hay ningún maldito tesoro—expresó Salazar, uno de los mercenarios embarcados en la exploración a quien se le había dado el rango de sargento.
—De aquí no nos vamos sin ese tesoro, sargento—le contestó Hernández acercándose hacia él y desafiándolo con su mirada de acero—. O al menos hasta estar seguros que allí no hay nada.
Salazar se intimidó y bajó el tono de su voz.
—Pues lo que digo, capitán, es que allí no hay nada, solo arena y, nuestra agua se agota.
—Dos días más sargento, dos días más y nos vamos—expresó Hernández, y a la vez estrelló su redoma de agua en el pecho del sargento. —Tome sargento, en mi camello hay más ¡Sólo dos días!—gritó a todos los presentes quienes se desilusionaron al ver que el más valiente de ellos, el sargento Salazar, fue intimidado tal como un niño ante el regaño de su maestro.

Al siguiente día fue lo mismo, arena y más arena. Por parte de los hombres de Hernández solo quedaba esperar un día más y se irían de aquel lugar abandonado por los cielos.
Hernández había tomado uno de los picos y una pala, él sería el primero en seguir avanzando al rayar el alba durante el segundo día que había fijado como plazo. Cuando sus hombres apenas se levantaban dentro de la tienda, lo primero que notaron fue que su superior no estaba. Sánchez maldijo al ser el primero en darse cuenta que el capitán español ya estaba trabajando primero que los demás, se maldijo él mismo y maldijo la infinita energía de Hernández.

— ¡Ahhhhhhh!—se escuchó  un grito vacío desde el pozo.
—Ha sido un derrumbe sargento—comentó uno de los mercenarios.
Salazar sintió regocijo. Hernández había muerto, el destino le había ahorrado el trabajo de matarlo el mismo. Todos fueron con prisa a asomarse al pozo. No había rastros del capitán.
—Hay que ayudarlo a salir—comentó Garbajoza,  un fiel soldado de la corona.
—No arriesgaré a nadie soldado—sentenció Salazar.
— ¡Pues qué le ocurre sargento¡ Es el capitán—replicó Garbajoza
—Sálvelo usted soldado—contestó Salazar, arrojándole una soga a sus pies.
El fiel soldado no le importó el riesgo, era un hombre de honor, iría a por su capitán.
— ¡Diantre! ¡Que estoy vivo, ¡Joder!—gritó Hernández desde el fondo dónde había caído. Había quedado privado del aire y aturdido, al caer de espalda a una distancia de unos cuatro metros.
Garbajoza arrojó una mirada de indignación al sargento y dijo.
—Ya escuchó sargento, está vivo.
Salazar murmuró algunas palabras que sólo él entendió. El grupo rápidamente iría al rescate de su capitán.
— ¡Salazar! ¡Baje usted con cinco hombres! ¡Traiga las antorchas!—volvió a gritar Hernández que no podía ver nada a su alrededor debido a una espesa oscuridad.
El piso debajo de los pies de Hernández era firme y el clima contrariamente al de arriba era fresco con un olor a humedad. Si no encontraban el tesoro, con seguridad al menos encontrarían agua. Garbajoza fue el primero en bajar a través de una soga que habían extendido hasta el fondo y con él llevaba dos antorchas.

Cuando Garbajoza llegó hasta el fondo, el lugar se iluminó. Aquello tenía un aspecto de catatumba. Era una cámara amplia de aspecto ovalado y en las paredes, en una especie de lechos empotrados, había lo que parecía ser cadáveres cubiertos con sudarios de color negro.

—Es una catatumba, capitán. Un maldito cementerio—expresó Garbajoza con desilusión.

Al instante fueron bajando el resto de los hombres, siendo el último en descender Salazar. Más antorchas se sumaron a la cámara ovalada, hasta que el secreto lugar quedó completamente iluminado. 
Doce cadáveres habían alrededor de ellos, con una distancia igual entre cada uno, bordeando el óvalo en forma de reloj.

— ¡Que diantre es esto!—dijo visiblemente sorprendido Salazar.
—Es un cementerio, sargento—respondió Garbajoza.

La cámara tenía una pequeña salida en forma de arco, tal vez solo tenía un metro y medio de altura y medio metro de ancho. Hernández se asomó a aquella salida, el olor a agua era más agudo desde allí.

—Pues señores, sin no encontramos oro, al menos encontraremos agua—comunicó Hernández, que al solo decir la palabra agua, el deprimente estado de ánimo de sus hombre cambió a regocijo. —Salazar y Garbajoza vienen conmigo. El resto espere aquí—ordenó Hernández para adentrarse en las entrañas de aquel pasadizo.

A Salazar no le gustó mucho la idea, siempre había escuchado que lugares como esos estaban llenos de mortales  trampas. De modo que él no sería el que tomaría la vanguardia al avanzar. Hernández quien era un hombre de 1,90 metros de altura y de robusto cuerpo, era quien estaba más incómodo al recorrer el estrecho pasadizo. El estrecho y hermético túnel estaba bien trabajado pero aun así producía una sensación de ansiedad y claustrofobia. A pesar de las antorchas daba la sensación marchar hacia una oscuridad interminable.

— ¿Escuchan eso?—preguntó Hernández quien iba de primero, colocando su mano en su oído derecho, como para amplificar el sonido que le llegaba.
— ¡Por las barbas de Zeus! Es agua—se expresó en tono de júbilo Garbajoza.

Levemente llegaba el susurro de un riachuelo subterráneo, y con éste llegaba también el camino de no retorno. La historia de Venezuela comenzaría en las entrañas de gran Sahara.


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