ATRAPADO.
I
*
El
calor era sofocante cuando los oficiales McNamara y Smithson apresaron a Andrew
Gómez, un traficante de antigüedades robadas quien era el más buscado por todo
el estado de Florida en relación con ese delito.
—Este
calor de mierda. Necesito ahora mismo una cerveza bien fría—comentó McNamara
mientras iba de copiloto en el vehículo policial asignado a él y a su
compañero. ¡Eh, compañero, te cuidado con el lagarto!—advirtió luego.
Smithson,
quien iba conduciendo, bajó la velocidad de la patrulla y luego frenó para
dejar pasar a un joven cocodrilo de al menos dos metros. El hermoso reptil,
luego de tomar el ardiente sol sobre la carretera, se disponía ahora a volver a
su pantano, haciéndolo de manera perezosa.
—Es
un gran animal—comentó Smithson mientras veía al cocodrilo avanzar.
—
¡Joder, tío! ¿Qué mierda son ustedes, Animal Planet?—exclamó Andrew Gómez quien
iba con las manos esposadas en la parte trasera de la patrulla.
Al
detenerse el vehículo, había dejado de entrar en éste, la corriente de aire que
refrescaba de alguna manera a los tripulantes. La alta humedad del ambiente con
la intensidad de los rayos solares, daba una sensación de ahogamiento. Andrew
sentía que las axilas le sudaban profusamente y ya empezaba a sentir sed.
—
¡Cállate, capullo!—le gritó McNamara dirigiéndose —. Ya vas a conocer a mi primo
que está en la cárcel a quién le dicen: Animal Planet.
Las
carcajadas de los oficiales se empezaron a escuchar y cuando finalizaron sus
risotadas, ya el cocodrilo se iba introduciendo entre la espesa maleza típica
de los lugares adyacentes a los pantanos de Florida. Inmediatamente, después
que el animal se perdió de vista, la patrulla siguió su camino rumbo a la jefatura
de la policía del pueblo La Colmena.
El
agente Smithson conducía con el mejor de los ánimos muy a pesar del intenso calor; el hombre
esposado que llevaba atrás de seguro le valdría su ascenso a sargento, así que tendría
un mejor salario y podría hacer frente a sus deudas con relativa comodidad. Por
otro lado, Andrew Gómez se sentía jodido, porque realmente lo estaba, ¿cuántos
años le darían?, ¿siete?, ¿diez? “Joder, diez años en una maldita prisión de
Florida, llevando una ropa de mierda color naranja, una pésima comida y tener
que cada día cuidarse el culo para que no te lo follen”, pensé Andrew.
Durante
seis años en el negocio de tráfico y robo de antigüedades, nadie le había
capturado, se había dado la gran vida por muchas islas y ciudades del mundo.
Río de Janeiro y su Copacabana, Venezuela y su isla Margarita, Ibiza, La Habana
y sus mulatas, La mágica Taití. Oh Taití, particularmente esta isla le había
fascinado al igual que una hermosa tahitiana. Y ahora iba esposado, metido en
una patrulla y capturado por dos oficiales mediocres comedores de rosquillas.
Los recuerdos de Andrew en sus viajes por el mundo le hicieron por un instante,
olvidarse del calor y del estrés mental que le producía el saber que pronto
sería sentenciado, en el mejor de los casos, a siete largos años de cárcel.
Entonces, una llanta de la patrulla sufrió un pinchazo. Smithson y McNamara
maldijeron casi al unísono.
—
Carajo. Un contratiempo—expresó el oficial Smithson.
—Tranquilo,
poli. Imagina que te has parado nuevamente para dejar pasar a otro de tus
amigos lagartos—dijo con ironía Andrew, quien ahora disfrutaba de la molestia
por la que estaban pasando los oficiales.
—Juro
que te daré una patada por el culo, cabrón de mierda—declaró Smithson viendo al
delincuente por el retrovisor.
“A
todas las unidades, favor acudir inmediatamente a la avenida Central Wood,
tenemos un 2- 11 en progreso (Manifestaciones violentas). Repito, a todas las
unidades, acudir a la avenida Central Wood, tenemos un 2-11 en progreso.
A
los agentes les pareció bien extraño que en La Colmena se estuviesen
desarrollando manifestaciones violentas. Era cierto que Donald Trump había
iniciado otro Vietnam, y que el país ardía en manifestaciones, pero eso era en
las grandes metrópolis del país, y de hecho no era en todas; pero…La Colmena,
¿qué carajos pudiera estar pasando ahora mismo en un pueblo que vivía de los
ingresos generados por el turismo de sus pantanos?
Los
oficiales mandaron al demonio a todo, no querían acudir a disolver esa
manifestación. Se tomarían su tiempo cambiando la llanta y también, y por qué
no, harían una parada en el restaurant de la carretera, llamado: “La Parada del
Lagarto”.
Andrew
volvía a sentirse sofocado, ahora lamentaba que aquella llanta se hubiese
pinchado. Espesas y pegajosas gotas de sudor chorreaban por su rostro, se miró
las axilas y aquello era un manantial, y pensar que hace un instante estaba en
su Mercedes gozando de un agradable aire acondicionado, una buena música y un
poco de tequila.
**
A
los quince minutos, luego de cambiar la
rueda, la patrulla donde iba Andrew se aparcaba frente a La Parada del Lagarto.
En el radio de la patrulla volvían hacer un llamado a acudir a la avenida
Central Wood.
—Ya
vamos a ir, compañero—dijo McNamara—, no te impacientes. Primero vamos a comer
algo y a refrescarnos. No sabemos cuándo volveremos a descansar un poco.
Smithson
consideró lo que le dijo su compañero y le pareció razonable su argumento,
además, en La Colmena había suficientes policías. “¿Qué tan violentos pueden
ser los habitantes de un pueblo turístico?, bahh”, concluyó Smithson y se
dispuso a seguir a su compañero.
—Hey,
McNamara, ¿qué vamos hacer con el capullo?—preguntó Smithson sintiendo lástima
por el criminal.
—Dejémoslo
un rato allí. No se va a morir. Lo hemos dejado bajo esa sombra.
—Sí,
pero debe estar sediento.
—No
te des la mala vida por ese pillo. Debes saber que, mientras nosotros estuvimos
rompiéndonos el culo para ganarnos algunos dólares, él estuvo en alguna isla del Caribe tomando
piña colada, fumando un habano y acostado en una hamaca bajo la sombra de una palmera.
—Sí,
tienes razón. Que se joda—dijo Smithson y al mismo tiempo entraba con su
compañero al restaurant.
Un
agradable ambiente climatizado envolvió a los agentes, llenándolos de frescor.
—
¡Ah! De esto te estaba hablando, compañero—comentó McNamara al sentir la
agradable temperatura que parecía primaveral y estaba librada de la sofocante
humedad del exterior.
Los
oficiales se sentaron a una de las mesas que daba con un cristal por dónde
podían vigilar a Andrew Gómez. Una hermosa camarera de muy estrecha cintura y
de aspecto venezolana o colombiana, por su singular belleza, se acercó a la
mesa de los policías para recoger el pedido.
—Hola,
primor, qué guapa estás, como siempre—McNamara halagó a la muchacha.
—Gracias,
precioso—comentó ella después—. ¿Qué van a pedir, los Bad Boys?
—Lo
mismo de siempre, querida—intervino Smithson quien gustaba sobremanera de la
camarera—. Dos hamburguesas con triple de chorreante queso y mucho bacon. Pero
primero nos traes nuestras “Bebidas Especiales”—Smithson le guiñó un ojo.
Esas
Bebidas Especiales consistían en cervezas heladas servidas en dos grandes vasos
de soda cola con el propósito de esconder las bebidas alcohólicas sin que el
público notase que dos oficiales estaban
tomando en horas de servicio.
Luego
de unos minutos, la atractiva camarera se acercó nuevamente a la mesa, pero
esta vez traía sobre una bandeja, las cervezas disfrazadas de refrescos cola.
—Gracias,
princesa—comentó McNamara y tomó su bebida.
Cuando
la camarera se alejó, McNamara le susurró a su compañero:
—Esa
chica tiene el mejor trasero de estos lugares. Y tú le atraes, compañero…y si
tú no la invitas a cenar, otro lo hará por ti.
—Uno
de estos días lo haré, compañero. Uno de estos días.
Los
Policías empezaron a tomar la cerveza helada a través del pitillo como si se
tratasen de una soda, entonces sintieron una gran frescura y el cansancio
producido mayormente por sofocante calor del exterior, empezó a alejarse de sus
cuerpos.
—Esto
es el paraíso. Lástima que no estemos libres—dijo Smithson refiriéndose al
restaurant, a las cervezas y a su ambiente climatizado.
—Sí,
es una lástima, solo podremos tomar dos rondas, si no, apestaríamos a licor—contestó
su compañero.
En
ese instante, el radio portátil de McNamara empezó a sonar, desde allí se
emitía la misma voz que hace rato solicitaba refuerzos para la avenida Central
Wood.
—Voy
a apagar este trasto—dijo McNamara refiriéndose a su radio.
—Tal
vez debamos pedir las hamburguesas para llevar e ir la Central Wood—sugirió Smithson.
—Tranquilo,
compañero. Cuando lleguemos todo estará en orden. Seguro son cuatro locos
protestando para que Trump retire las tropas.
—Pobre
diablo, debe estar muerto de la sed—comentó luego Smithson, viendo un instante
a través del cristal a Andrew Gómez.
—Te
preocupas por todo el mundo, compañero, pareces un santo. Déjalo que sufra, que
bastante daño ha hecho.
—Las
hamburguesas de los Bad Boys—dijo la camarera y, sobre su bandeja estaban dos
platos con humeantes hamburguesas, papas fritas y dos vasos gigantes de soda de
cola, que por supuesto eran cervezas escondidas.
II
Cuando
se está apresado, los detalles de la vida se empiezan a estimar inconmensurablemente.
Desde la parte trasera de la patrulla y con las manos esposadas a sus espaldas,
ya Andrew Gómez era un preso y por tal razón empezaba a estimar el poder entrar
con libertad a ese restaurant que estaba frente suyo, sentarse a la barra,
piropear a la camarera y pedir un agua mineral con hielo para hidratarse y
refrescarse. Era una maldita sed que sentía en ese momento y aun estando el
carro de la policía estacionado bajo la sombra de un arbusto, seguía sudando.
Veía como los mediocres policías comían sendas hamburguesas y tomaban soda de
unos gigantes vasos. Aquellos oficiales eran ambos unos desconsiderados e
infelices, al menos, por humanidad debían comprarle una botella de agua
mineral, pero de seguro no lo harían, él era un delincuente y tal vez si él
mismo fuese policía no tendría ninguna consideración con algún criminal tampoco.
“Debí
haber bebido agua antes de salir del motel, y también debí haber comido algo”,
pensaba Andrew y continuaba meditando: “Nunca se sabe cuándo vas a volver a
tomar agua y a comer, nunca se sabe”, recordó aquel robo en esa extraña y
gótica mansión de Los Ángeles, cuando luego de hurtar un cuadro de Arturo
Michelena, tuvo que esconderse en una alcantarilla dentro de la mansión por el
espacio de catorce largas horas. También sentía sed como en ese momento, no
tanto realmente, pero tal vez pronto sentiría tanta sed como aquella vez dentro
de esa apestosa y muy húmeda alcantarilla.
Andrew
Gómez era un sujeto delgado y con sus 1,85 metros lucía más delgado de lo que
era realmente, su tez era blanca y su cabello castaño claro, tenía ojos color
negro y su mirada era de un aspecto melancólica, mirada contraria a su forma de
ser, ya que era muy astuto. En todos sus robos siempre tuvo éxito ya que era un
metódico planificador. Después de cansarse de robar, se dedicó exclusivamente
al tráfico de mercancías antiquísimas y valiosas; y tal vez ese fue su error:
dedicarse exclusivamente a la compra y venta, porque terminó relajándose,
volviéndose lento y confiado.
—Esas
hamburguesas siempre están de coñas—dijo McNamara al bajar las pequeñas
escaleras de la entrada de La Parada del Lagarto.
—Y
las cervezas son las más frías, casi se me congela el cerebro allá adentro—añadió
Smithson quien venía caminando casi al lado de su compañero.
—Ves
compañero, ahora si podemos ir a atender el llamado de la justicia—comentó McNamara
y después chupó cerveza helada a través del pitillo del vaso grande de
soda-cola.
—A
lo mejor ya se dispersó esa manifestación.
—Sí,
eso creo yo también. Por cierto, este viernes estaremos libres. Te voy a
invitar a una barbacoa en mi casa. Habrá conejo también.
—Estupendo—dijo
Smithson y dio también una chupada al
pitillo de su fingida soda-cola.
Smithson
había tenido la gentileza de traerle a Andrew Gómez, una botellita de agua
mineral y además le había comprado una pequeña barra de chocolate con trozos de
maní y almendras, muy a disgusto de su compañero, quién le había dicho que no
era necesario comprarle nada porque en la celda de la jefatura le darían agua y
comida; pero a Smithson no le importó, aquel delincuente era un humano.
—Hola,
princesa. Te ves hecho una mierda—comentó McNamara a Andrew al abrir la puerta
delantera de la patrulla.
—Que
ten den por el culo, cabrón—le contestó Andrew.
—Ves
compañero, no debiste traerle esa mierda. Este hijo de puta no se merece nada—expresó
McNamara.
Smithson
no le importó el comentario de su compañero, tampoco le había importado el
comentario irónico que le dirigió Andrew
hace rato al pincharse la llanta. Igual abrió la puerta de atrás para ofrecerle
agua a su apresado.
—Le
van a dar el tetero a la marica—McNamara continuaba burlándose de Andrew.
Smithson
colocó su vaso de soda-cola sobre el
techo de la patrulla, destapó la botella de agua fría mineral, le puso un
pitillo y le ofreció a Andrew quién no podía creer lo que hacía ese policía.
Andrew, quién tenía las manos esposadas a sus espaldas, chupaba sin cesar agua
del pitillo y al mismo tiempo empezaba a sentir un gran alivio y frescor en
todo su cuerpo. En un instante había absorbido 500 ml de agua.
—Gracias—expresó
con sinceridad Andrew luego de beber.
—Descuida—contestó
Smithson.
A
los pocos segundos, luego que Andrew terminara de beber el agua, Smithson abrió
la barra de chocolate y la ofreció de igual manera al criminal. El oficial dejó
la barra en la boca de Andrew como si se tratase de un cigarro, después cerró
la puerta trasera y se dirigió a su puesto en la patrulla para conducirla hasta
el pueblo.
Smithson
era un norteamericano de origen irlandés. De ojos azules como el océano y era un
hombre de baja estatura, apenas rozaba los 1,67. Y su compañero era un hombre
de color, ligeramente obeso, con una respetable barriga cervecera, lo contrario
de su compañero quien era esbelto.
La
patrulla salió del estacionamiento del restaurant rumbo a La Colmena, estaban a solo diez
kilómetros de distancia. Los oficiales se sentían relajados por el par de cervezas
que tomaron y algo somnolientos debido a toda la grasa que ingirieron de
aquellas hamburguesas. Habían olvidado prender la radio de la patrulla y McNamara
no había encendido tampoco su radio portátil. Ya Andrew había devorado con
mucho placer la barra de chocolate. Se sentía bien, estaba hidratado y ahora
tenía energías adicionales, sumado a que el chocolate siempre hace sentir mejor.
—Oye,
malandrín. Sí que sabes chupar. Te chupaste toda esa agua y todo ese chocolate
en un segundo. Ya vas a conocer a mi primo, tal vez se la puedas chupar rápido
también—dijo McNamara a Andrew.
—Sí,
tal vez tu madre pueda venir con nosotros y hacer un trío. Tu padre me ha dicho
que la chupa muy bien—contestó Andrew.
McNamara
se llenó de ira cuando fue mencionada su madre y le dio un terrible golpe al
vidrio con maya metálica que impide a los detenidos hacer cualquier intento de
fuga o de ataque contra los policías.
—
¡Hey, hey, hey! Calma compañero, ignóralo. Él está jodido y tú tienes mucho que
perder. Además, deja de provocarlo—intervino Smithson alternado su vista entre
su compañero y el volante.
McNamara
intentó calmarse, pero en sus ojos aún estaba muy viva la ira, de pronto,
cuando estaban a cinco kilómetros del pueblo, una inusual cantidad de carros y
motos avanzaban a más de 100 km/h en sentido contrario, huían de la ciudad. Eso
era muy extraño. Smithson recordó que la radio estaba apagada, la encendió y
entonces se encontró con muchas voces desesperadas. Eran oficiales que
solicitaban refuerzos. La voz de la operadora también hablaba con
desesperación. “Mierda, ¿qué está ocurriendo?”, los oficiales se preguntaban lo
mismo. Súbditamente, un motorizado casi se estrella con la patrulla por
intentar rebasar a una furgoneta. Los policías no se detuvieron para dar la
vuelta y perseguir al motorizado, después de todo, la mayoría de los vehículos
iban a alta velocidad, no podrían perseguir a todos.
—
¿Qué diantre está ocurriendo en ese pueblo?—preguntó Andrew.
Los
oficiales no respondieron, ambos estaban dubitativos.
Cuando
entraron al pueblo, vieron que había una caravana de vehículos esperando salir de
La Colmena. La patrulla se detuvo en una improvisada alcabala de la policía
donde solo había tres oficiales, entonces uno de estos se dirigió a la patrulla de
Smithson:
—
¿Dónde demonios han estado, ustedes?—preguntó el sargento Brown.
—Es
una larga historia, señor—alcanzó a decir Smithson, estaba apenado.
—Sargento,
¿qué está ocurriendo?—preguntó luego, McNamara.
—Había
una manifestación en Central Wood, todo se salió de control. La gente está
agresiva, matándose unos a otros. Todo se ha vuelto un caos.
El
sargento Brown estaba hablando a Smithson
y a McNamara casi pegado a la puerta del piloto de la patrulla. Entonces se
empezaron a escuchar las cornetas de los vehículos, y también los gritos por
parte de los conductores que esperaban en la larga cola para salir del pueblo.
Brown
les hizo señas a los dos oficiales de la alcabala para que dejaran avanzar a
los vehículos en espera.
—Si
se quieren ir, váyanse a la mierda, cabrones—murmuró Brown. Se refería a los
vehículos en la caravana. — ¡Y ustedes, joder! Vayan a la Central Wood o a la
Jefatura, que hace falta personal.
—Claro,
señor. Allá vamos—contestó Smithson.
Antes
que Smithson pisara el acelerador para poner la patrulla a andar, una enorme
furgoneta de color negro arrolló por completo al sargento Brown, su cuerpo hizo un terrible sonido al ser
embestido por el vehículo, fue arrastrado y su carne iba siendo machacada, hasta
que quedó tendido en la carretera en una posición antinatural.
—
¡OH, Mierda!—gritó Andrew.
Smithson
y McNamara gritaron también, arrojando blasfemias al aire. Los dos oficiales de
la alcabala quedaron petrificados, acto seguido los demás vehículos se
arrojaron en masa como si estuvieses huyendo de un monstruo. El caos empezó a
reinar, los vehículos se abrían paso por la carretera a como dé lugar, otros se
salieron de la vía y se introdujeron por dentro de la maleza. La confusión y la
impotencia se apropió de los oficiales.
III.
Smithson
y McNamara, por fuerzas mayores, tuvieron que abandonar el lugar de la
alcabala. No pudieron en absoluto detener la avalancha de vehículos que huía
del pueblo. Los otros oficiales abordaron su vehículo y se largaron del lugar
también, y el cuerpo del desgraciado sargento Brown era una horripilante carne
molida luego que empezaron a machacarlo centenares de llantas. Todo se había
convertido en un: “sálvese quien pueda”.
Andrew
se sentía horrorizado. Algo muy terrible estaba pasando en La Colmena, tan
terrible que a la gente no le importó pasar por encima de un oficial con tal de
huir; pero, ¿de qué huían? Andrew maldijo su situación, estaba esposado y
encerrado en esa patrulla, de no haber sido capturado estaría ahora mismo en
Orlando para tomar un jet privado con destino a Los Roques.
Mientras
tanto, Smithson y McNamara iban directo a lo que parecía ser el foco de los
extraños acontecimientos que se estaban desarrollando. La patrulla de la
policía finalmente llegó a la avenida Central Wood e iban avanzando a muy baja
velocidad. Aquello ya no era la bella y turística avenida Central Wood, era por
el contrario un ambiente desolador, había algunos focos de incendios, carros
estrellados contra arbustos o poster de electricidad, centros comerciales
saqueados y patrullas de la policía abandonadas con sus puertas abiertas.
—Tío,
esto no tiene buena pinta. Larguémonos de aquí—sugirió Andrew, pero los
policías no le prestaron atención. — ¡Joder, tío! Que esto no tiene buena pinta—volvió
a añadir.
La
patrulla se había detenido, ya en la radio policial no se escuchaba nada.
Entonces, como de la nada, venían corriendo hacia la patrulla un grupo de
personas que tenían las ropas destrozadas y sucias, no eran más de ochos
personas, entre ellos había dos oficiales de la policía que tenían partes de su
uniforme desgarrado.
—
¡Que mierda les está pasando!—preguntó McNamara.
—
¡Smithson, pisa ese puto acelerador, tío! Es obvio que tenemos que largarnos.
Cualquier persona sabría que hay que irse de esta mierda—expresó Andrew.
—
¡Cierra la puta boca, ladrón del demonio! ¡O juro que te meto un tiro!—exclamó
McNamara.
Entonces,
Smithson murmuró:
—Son
zombis, son putos zombis. De eso está huyendo la gente.
El
puñado de personas estaba muy cerca de la patrulla, corrían de una forma
antinatural y Smithson no se quedaría para confirmar su teoría. Así que pisó el
acelerador, pero a su derecha, dos espelúznate personas con los ojos opacos en
un color blanquecino, se habían agarrado del brazo de su compañero, lo arañaron
y luego lo mordieron. McNamara vociferó a todo pulmón, ya que no solo lo
mordieron sino que también le desgarraron un pedazo de carne.
Smithson
únicamente mantenía pisado el acelerador. Uno de los extraños humanos había conseguido
meter una parte de su cuerpo en el vehículo. McNamara, a pesar de su
desesperación y de su dolor, pudo sacar su pistola automática y luego la
disparó en todo el cráneo de aquella
bestial persona quien se desplomó hacia la calle, arrastrando con él a otro
terrible zombi.
—
¡Maldito, hijo de puta!—exclamó McNamara, observando la gravedad de su herida
en el brazo derecho.
“Te
lo dije, policía cabrón. Yo te lo dije”, pensó Andrew, quién en realidad quería
gritarle aquellas palabras al oficial de color, pero también podría recibir un
tiro. Por otra parte, Smithson iba sorteando obstáculos, pero dos personas se le atravesaron y él, por
el reflejo de no arrollarlos, viró todo el volante hacia la derecha metiéndose
contra un obstáculo en forma de rampla que hizo que la patrulla se voltease,
quedando totalmente de techo sobre el piso. Los tripulantes quedaron aturdidos
debido al volcamiento, pero quién quedó en peor estado había sido Andrew quien
había perdido el conocimiento. Los oficiales, haciendo un gran esfuerzo para
volver en si, trataron de salir del vehículo pero fueron rápidamente rodeados
por un grupo de ciudadanos salvajes. Smithson no podía sacar su pistola con su
mano derecha, fue allí que se dio cuenta que su brazo izquierdo estaba fracturado,
le dolía mil demonios y si no fuese por los zombis que trataban de devorarlo ya
se habría desmayado a causa del dolor. McNamara estaba en una posición muy
incómoda, y su arma la había perdido por alguna parte.
IV.
Andrew
iba abriendo sus ojos poco a poco, distinguía figuras muy borrosas y sentía movimientos, eran como movimientos de animales.
De pronto lo empezó a recordar todo, la patrulla se había volcado. Ahora le
dolía el cuello y la cabeza, aun veía borroso y estaba acostado sobre el techo
del vehículo, posado sobre sus manos que desde luego seguían estando esposadas.
Entonces empezó a ver con nitidez. El movimiento que el sintió eran los zombis,
los putos zombis. Estaba rodeado.
Casi
vomitó cuando vio que algunos zombis que habían logrado entrar a la patrulla, devoraban
las vísceras de los oficiales, el olor a intestinos, sangre y excremento era
insoportable. El buen oficial Smithson estaba siendo engullido por unos zombis
cabrones; Andrew empezó a recordar hace rato que ese agente había tenido la gentileza
de darle un poco de agua y una golosina. De repente, empezaron a aporrear los vidrios de la parte
trasera de la patrulla e inmediatamente Andrew se puso muy nervioso, aquellos
engendros no se iban a conformar solo con los oficiales, sino que también irían
a por la carne de él. Se sintió jodido, no podía hacer nada, estaba esposado,
atrapado en la parte trasera de un vehículo policial de dónde era muy difícil
escapar y, finalmente, estaba rodeado por una horda de zombis hambrientos.
“Cabrones
policías, si tan solo me hubiesen hecho caso, ahora moriré como ellos”, pensó
Andrew, su cuello le seguía doliendo, eran como punzadas. Le preocupó que
estuviese botando sangre, pero no había sangre por ninguna parte, excepto
claro, en la cabina de los oficiales, donde todo era una sangría. Había al menos unos cinco zombis
de lado a lado aporreando los vidrios. Sus caras eran como de un color violáceo
y sus ojos estaban cristalizados con ramificaciones de vasos capilares brotados
en rojo vivo; vaya que inspiraban miedo. Andrew se preguntaba cuánto podrían
resistir esos vidrios que tal vez eran vidrios de alta resistencia para evitar
el escape de algún detenido. Al frente de él, estaba protegido por un vidrio
con orificios y una maya metálica que de seguro resistiría mucho más.
Andrew,
en medio de su profundo miedo empezó a gritar, a pedir ayuda a alguien que
estuviese cerca, tal vez otros oficiales.
—
¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Hay alguien allí!—pero en esa avenida no había nadie más,
salvo esos siniestros zombis de color violáceo.
Andrew
estaba muy incómodo, si al menos pudiese liberarse de esas esposas tal vez todo
sería más fácil.
—Malditas
esposas del carajo—susurró Andrew y luego expresó. —Espero que no se coman las
llaves. ¡Me oyeron, cabrones! ¡No se coman las putas llaves!
Andrew
había gritado a todo pulmón, cosa que lo hizo sentirse mucho mejor. Entonces se
quedó mirando hacia arriba, ahora su techo era el asiento; deseó que el
vehículo no hubiese quedado ruedas arriba, de ser así estaría sentado sobre ese
cómodo cojín, era lo único cómodo de aquella patrulla. Por otra parte, el calor
seguía siendo sofocante como lo fue en la carretera y como lo es en las zonas
pantanosas de Florida. Andrew hacía un gran esfuerzo por ignorar los sonidos de
carnes desgarradas al otro lado de la cabina y también los intensos olores,
olores que irían aumentando hasta llegar a la total putrefacción. Sabía que una
zona calurosa y húmeda, aceleraba sobremanera la descomposición ya que las
bacterias trabajaban muy rápidos en climas subtropicales.
Su
única esperanza de salir de allí era que fuese rescatado por algún grupo
armado. Al parecer la policía había sido diezmada y los ciudadanos huían del
pueblo como si fuesen ratas. Tal vez el
Ejercito o la Guardia Nacional; sí eso era, podía ser rescatado por las Fuerzas
Armadas de Los Estados Unidos. Tenían que estar en camino, una situación como
la que estaba viviendo La Colmena, inevitablemente prendería todas las alarmas
de la seguridad de la nación. Aunque también el lugar podía ser bombardeado,
sería más fácil y menos arriesgado, entonces recordó que la ciudad de Raccon
City de Residente Evil había sido borrada de la faz de la Tierra con una bomba
nuclear: “No mierda, eso no, eso pasa solo en las pelis y los videos juegos”, meditó,
“Además, tiene que haber muchos sobrevivientes atrapados en esta pequeña
ciudad”, “pero si esto es un brote de algún virus, entonces tendrían que
matarlos a todos. En una mente que actuara por la lógica, era mejor que
muriesen cientos de personas, a que fuesen
infectados trescientos millones de estadounidenses”, “maldita sea, estoy
jodido”, concluyó.
Andrew
pensaba muchas cosas, sus pensamientos lo ayudaban a despegarse un poco de su muy
oscura realidad. De pronto se escuchó el tintineo de unas llaves:
—No,
las llaves no—le rogaba a una mujer zombi que llevaba un ensangrentado uniforme
de cajera de supermercado— no baby, las llaves no, te lo ruego. Bota eso, no te
las comas.
La
mujer zombis se quedaba viendo las llaves de las esposas, luego las agarró y
las movía, el tintineo parecía distraerla, ladeaba la cabeza como un perro
cuando está frente al sonido de algo novedoso y después se la llevó a la boca
para tragárselas como si fuese un trozo de carne.
—
¡No, maldita perra! ¡Qué has hecho! Debería meterte un tiro en la cabeza—expresó
Andrew Gómez, quien ahora se sentía doblemente jodido.
V
Estaba
amaneciendo cuando los golpes a los vidrios despertaron a Andrew. Había podido
dormir algo. Ahora sentía que todo le dolía, su cervical, la cabeza, sus
muñecas, sus brazos y su espalda. Ya empezaba a oler muy feo y las moscas
estaban de visita. A esos zombis parecía que no les gustaba la carne putrefacta
sino fresca, porque no seguían comiendo.
El
clima de la mañana estaba fresco, pero con seguridad cambiaría después de las
ocho. Andrew agudizaba su oído para ver si escuchaba sonidos de motores o
alguna otra cosa relacionada con humanos sanos; pero no escuchaba nada, solo el
aporreo incesante en los vidrios de la cabina trasera. Los zombis estaban echados
al piso para poder quedar al ras con Andrew. Le observaban con esos ojos
vidriosos y brotados en vasos capilares reventados. Cuatro zombis estaban
adelante, apretujados en el interior de la cabina y el resto de los zombis lo
rodeaban, aporreando los vidrios. Mostraban
sus asquerosas bocas llenas de sangre coagulada. Deseaban morderlo,
desgarrarlo, para saciarse en su carne fresca.
Cuando
se hicieron las diez de la mañana, el sol era inclemente y la humedad en el
ambiente se había incrementado, lo que ayudaba a acelerar la descomposición de
los restos de los oficiales. Andrew Gómez empezaba a sentir sed y hambre, pero
sobre todo sed. El interior de la cabina donde él se encontraba se había
convertido en una especie de invernadero. Sudaba profusamente, sabía que de
seguir así se deshidrataría en poco tiempo, al menos no estaba recibiendo
directamente los rayos del sol. Miraba por las ventanas para ver si distinguía
algo distinto a los zombis, pero nada, casi todo lo que observaba era
asquerosas bocas con sangre corrupta. El olor a putrefacción se hacía más
intenso, lo que hizo que se sintiese mareado. Grandes moscas, de esas de las
más grotescas con un color mezclado entre verde y azulado, hacían acto de
presencia. Andrew sería testigo en primera fila de cómo un par de cadáveres eran
limpiados de manera muy lenta por la naturaleza. Muy pronto aparecerían las
larvas de las moscas que se alimentarían de la carne podrida. Estas larvas o
gusanos comerían sin parar hasta triplicar su tamaño y su peso, después se
convertirían en moscas y a su vez depositarían más larvas, un ciclo eterno,
siempre y cuando hubiese más putrefacción que consumir.
Llegó
la una de la tarde y el calor estaba arribando a su pico. Andrew empezó a
entrar en una somnolencia, pero no se dormía. Los gases de la putrefacción eran
muy fuertes, entonces sintió deseos de orinar, intentaba reprimir esa
necesidad, la había reprimido en la mañana; pero ya era hora que la naturaleza
siguiese su curso, tenía que hacerlo en sus ropas; así que lo hizo, se empezó a
orinar en sus pantalones, sentía la orina caliente, pero a la vez iba sintiendo
alivio. Cuando Andrew terminó de orinar, tuvo conciencia de que estaba acabado.
Tal vez hubiese sido mejor morir devorado por los zombis y no de manera lenta
como empezaba a morir él. La deshidratación y la inanición estaban allí como
depredadores implacables con la mayor paciencia del mundo. Él también se iba a
convertir en alimento de las moscas y de otras alimañas como las ratas. “¡Oh,
las ratas, las malditas ratas!”, pensó. Por alguna extraña razón aún no habían
llegado las ratas, pero llegarían, y esos animales si que son de lo peor; son mamíferos
resistentes a casi cualquier ambiente extremo, están llenas de estupendos
anticuerpos capaces de protegerlas de las peores bacterias, soportan caídas y
golpes, y además comen cualquier cosa, y era eso lo que más temía Andrew sabía
que las ratas podían comer carne putrefacta pero también podían comerse a un
animal a una persona viva, solo se tenían que asegurar de que ese animal o
persona, que se fuesen a comer, estuviese indefenso, inmovilizado o agonizando.
Y él estaba indefenso, y en breve, si nadie lo rescataba, estaría agonizando.
Pensó en los afilados dientes roedores de las ratas, esos diminutos pero muy
eficientes dientes. Pero él estaba fuerte, resistiría además, de llegar las
ratas no podrían acceder a él, aunque esas alimañas siempre encuentran la forma
de acceder al lugar donde desean.
Cuando
el sol se estaba poniendo, Andrew se sentía muy agotado, estaba sediento y
tenía mucha hambre. Empezó a recordar el último bocado que tuvo y el poco de
agua mineral que bebió, de no haber sido por ese generoso policía de seguro
estaría en peores condiciones; era una lástima que ese oficial terminase así. Andrew
empezaba a quedarse dormido cuando eran las ocho de la noche, entonces escuchó
chillidos, los malditos chillidos de las ratas, habían llegado.
VI
Debido
al susto provocado por la llegada de las ratas, Andrew no pudo dormirse. Él no
se dormiría con ellas allí royendo los restos putrefactos de los policías.
Cuando una persona se queda dormida, lo primero que muerden son las
extremidades descubiertas. Él al menos tenía sus zapatos, pero quedaban sus
manos, y también pensó en la posibilidad que arrancaran pedazos de su rostro.
“No me van a comer, no lo harán”, pensó y luego grito: — ¡Me oyen bien!, no me
comerán, ¡no me comerán, malditas!
Ratas,
zombis, moscas, larvas, gases putrefactos, un calor del demonio, más una
posición que maltrataba las articulaciones del cuerpo de Andrew, hizo que él
empezara a hablar en voz alta, ya no sabía si estaba pensando o hablando en voz
alta. Decía cosas sin sentido. Les hablaba a las ratas, a los zombis y en
especial al oficial Smithson.
—Amigo
Smithson, me alegro de que estés bien. Lamento lo de tu compañero. Pero seamos
sinceros, el muy hijo de puta se lo merecía.
Andrew
veía con claridad al oficial Smithson, estaba a su lado. Le brindaba ánimos y
le contaba más que una experiencia de peligro que tuvo como policía, también le
contó que estuvo en la invasión de Irak en el primer contingente que envió Bush
hijo. Andrew se perdía en sus historias, las disfrutaba. Smithson hablaba con
mucha claridad. El oficial estaba allí, con él. Smithson le contó que cuando la
cosa se puso realmente fea en Irak, ya a él le habían dado la baja médica por
una herida en el glúteo, le mencionó que era la herida del millón de dólares y
que no le impidió para nada entrar al cuerpo de policía. Su padre y su abuelo
fueron policías, así que él siguió el llamado de su sangre.
—Verás,
yo robo por placer, por la adrenalina—dijo Andrew cuando Smithson le preguntó por
qué había decidido ser ladrón—y no soy de esos tíos que fueron maltratados en
sus hogares. Yo tuve buenos padres y tuve una infancia feliz. Además, yo robo a
los ricos, esos cabrones viven bien. ¿Smithson, no te molesta el chillidos de
esas malditas ratas?—le preguntó al oficial quien le respondió que no le
molestaban en absoluto, pero si le incomodan los lamentos de los zombis. —Bueno,
a mí no me importa los podridos, siempre y cuando no los tenga encima.
La
conversación se fue prolongando, otros temas salieron a flote. Entonces empezó
a amanecer y Andrew abría los ojos. No supo si se había quedado dormido un
instante o si solo había pestañado. No hacía tanto calor. Vio a su alrededor, y
allí estaban los zombis, implacables, no mostraban señal de que estuviesen
cansados. El olor a putrefacción era el doble más fuerte que el día anterior.
Sus ojos le ardían debido a los gases, así que pestañaba con frecuencia. Volteó
a su izquierda y no estaban las ratas. Era extraño, él las había sentido llegar
en la noche y ahora no estaban. Recordó que estuvo en vela toda la noche
hablando con el oficial Smithson, lo recordaba con nitidez, pero ahora no
estaba. Empezó a dudar si uno de los restos de esos cadáveres era de Smithson.
“Estoy alucinando, joder que lo estoy”, pensó o habló, ya no había diferencia.
Cuando
se hicieron las nueve de la mañana el calor ya era sofocante y no solamente
tenía sed, se sentía seco, su garganta estaba seca, casi no sentía su saliva y
también tenía mucha hambre.
—Hoy
llegan los soldados y me van a rescatar. Claro, estoy jodido. Porque me tendrán
como criminal y me meterán a una celda. Pero no me importa, me darán agua,
comida y una colchoneta para dormir, cualquier cosa es mejor que estar así—dijo
Andrew.
Le
dolían las articulaciones, sus rodillas, su espalda, en especial las muñecas,
pero le dolían menos que ayer.
Andrew
había empezado a ponerle nombres a los zombis.
—Tú
fuiste médico, te llamaré Doc—le dijo a un zombi que tenía una bata blanca—, y
tú fuiste enfermera, eres la señorita Miller. Hey, Doc, seguro te follabas a la
señorita Miller en tu consultorio, vamos, dime la verdad, tío. Okey, okey, no
haré más mención de ello, tú esposa te puede descubrir. Ah, y tú, tú eras
abogado, eres el señor Andrade, vaya que tienes cara de abogado, seguro que
cobrabas muy caro a tus clientes, puedes ser mi abogado si lo deseas, mira que
necesito un buen abogado que me saque de este embrollo.
Así
Andrew fue colocando nombres a los zombis, hablaba con ellos y bromeaba. A la
mujer que se había tragado las llaves de las esposas, le puso por nombre:
Susana.
—Hey,
tía—se dirigió a Susana que no dejaba de verlo—. Tienes pinta de que te
clavabas las cosas en el supermercado, lo sé, tú cara me lo dice. Claro, yo no
tengo moral para decirte nada, yo me he clavado muchas cosas durante casi toda
mi vida. ¿Pero unas llaves, que ganas con clavarte unas llaves y luego
comértelas?, seguro pescarás una indigestión.
Al
llegar las dos de la tarde el sol era muy fuerte y por ende el calor más
intenso y más asfixiante. Andrew había empezado a llorar, lloraba como niño.
Estaba muy débil, sediento y con un hambre más intensa. Entonces a su lado
estaba una botella de agua fría y una barra de chocolate con trozos de
almendra, no podía alcanzar el agua y el chocolate, pero tenía que hacerlo.
Tendría que agarrar la botella con sus dientes y morder el plástico hasta
perforar y luego chupar el agua. Arrimó su cuerpo a la botella lo más que pudo
hasta que pudo rozarla con su boca, estaba cerca, un esfuerzo más y la lograría
morder. Hasta que consiguió llegar a ella, la había tumbado sin querer pero la
tapa quedó a solo un centímetro de su boca y luego pudo asirla con sus dientes.
Estaba feliz, ahora sería cuestión de morder con precisión y luego tendría que
chupar; pero la botella desapareció al igual que la barra de chocolate.
—Hey,
Susana, te has clavado la botella y el chocolate. Sé que fuiste tú, tía. Sé que
fuiste tú. Te juro que si no me la das. ¡Sí perra, sé que fuiste tú, joder,
fuiste tú, cabrona! ¡Hey, Doc!, dile que me la devuelva o juro que la
demandaré, esta tía solo quiere acabar con mi vida. ¡Joder!!!, ¡que me des mis
cosas! Dame mi agua, por favor, Susana, dame mi agua, tengo mucha sed. Me estoy
muriendo.
Andrew
volvió a llorar como un niño, el llanto le ayudaba a aliviar su dolor y su
estrés. Así estuvo por unos diez minutos más; entonces, cuando se hicieron las
cuatro de la tarde, empezó a escuchar ruido, eran helicópteros. Los soldados
habían llegado y Andrew sintió alegría, sus esperanzas estaban renovadas.
Capítulo VII
Pero
Andrew comprendió que las posibilidades de que lo descubriesen desde arriba
eran muy remotas. Él no había colocado señales ni letreros, no podía salir de
la patrulla policial por las razones que se han descrito antes. Entonces, ¿qué
podía hacer? Pues no podía hacer nada, le quedaba como último recurso gritar,
pero no le escucharían, el fuerte sonido de los motores de los helicópteros
ahogarían su grito de auxilio; no obstante, Andrew se aferró a ese él último
recurso: gritar, y lo hacía a todo pulmón. Gritó auxilio en español y también
lo hizo en inglés, varias veces solamente gritó sin emitir una palabra en específico.
Vociferaba con todas sus fuerzas, su rostro se volvía rojo debido a la sangre
extra subiendo a su cabeza por el esfuerzo. Luego de cinco minutos los
helicópteros se marcharon y Andrew había quedado tan exhausto que ni siquiera
pudo llorar, solo cerró sus ojos y se hundió en su aflicción. Había dormitado
unos minutos, luego se puso a hablar con Doc.
—Sí
Doc, creo que estoy deshidratado y me duele todo el cuerpo, creo que me duele
hasta la vida…Gracias Doc, sí, sí, eso intentaré pero no prometo nada.
Andrew
se mantenía hablando con varios zombis, excepto con Susana, estaba molesto con
ella. Cuando llegó la noche, las energías de Andrew habían mermado
considerablemente. Había cerrado sus ojos para tal vez no despertarse más,
entonces aparecieron las ratas con espeluznante chillidos. Andrew abrió sus
ojos y dijo:
—
¡RATAS!
Su
corazón aumentó en latidos, Andrew estaba asustado. Las ratas lo habían perdonado una vez, pero estaba
convencido que esa noche no lo iban a perdonar otra vez, pero él no tenía casi
fuerza para luchar, entonces su lucha tenía que consistir en no quedarse
dormido.
Andrew
Gómez estaba alerta, sentía que las ratas se iban a colar en cualquier momento
por alguna rendija, ellas eran seres increíblemente adaptables a casi cualquier
orificio, su anatomía era impresionantemente flexible y resistente a la vez.
Luego de dos horas en estado de alerta, empezó a sucumbir al cansancio, sus
ojos se le cerraban. Pero apareció de repente su amigo a hacerle compañía
nuevamente, el oficial Smithson. Estaba acostado a su lado, entonces empezaron
a tener una agradable conversación. Hablaron de deportes, de la familia, de las
mujeres, pero nunca hablaron de sus trabajos, ya no eran policía y ladrón, eran
simplemente: amigos.
Cuando
Smithson visitaba a Andrew él no se sentía tan débil, se envolvía en un extraño
pero interesante frescor, y su hambre se calmaba un poco. Andrew y Smithson se
habían empezado a reír de las experiencias graciosas que se relataban ambos
sobre cuando eran adolescentes y estaban en la preparatoria.
—Sí
tío—dijo Andrew—había quedado en el baile con la más gorda de toda la
preparatoria, entonces yo me había ido con ella detrás de salón del baile. Ella
me quería besar en privado. Yo había accedido, no tenía mucha suerte con las
chicas que digamos y además, era virgen. Y bueno, tío. Fue allí cuando…
Smithson
reía y reía, no podía parar y su carcajada a la vez contagió a Andrew. Así
estuvieron ambos hasta que se hicieron las dos de la mañana, hasta que Andrew
se había quedado dormido.
Llegó
el amanecer y cuando Andrew se despertó las ratas no estaban, llegó a pensar
que tal vez eran ratas con hábitos nocturnos: “ratas vampiros”, bromeó para sí
mismo y se alegró que aún le quedase sentido del humor, pero le preocupó que ya
sus articulaciones no le doliesen tanto. Saludó a sus amigos zombis, llamando a
cada uno por su nombre. Todo iba bien hasta que llegó el calor, esta vez más
intenso. El hedor de la putrefacción de los restos de los policías había
disminuido, o tal vez ya Andrew estaba acostumbrado;
pero al calor no lo estaba y menos con un cuerpo que estaba afectado por la
deshidratación.
Ese
día no hubo helicópteros ni tampoco algún vehículo terrestre de la Fuerza
Armada. Después de las doce del mediodía, Andrew ya no hablaba con nadie, solo
mantenía sus ojos cerrados, a veces los abría cuando Doc le gritaba para darle
ánimos. Cuando arribó la noche, las ratas no llegaron, pero si llegó Smithson,
estaba acostado al lado de él. Ellos no hablaban, solo se veían, a veces
Smithson le daba una palmadita en el hombro cuando Andrew se iba a quedar
dormido. Y eso era todo, no hubo ninguna conversación; pero Smithson permanecía
a su lado de manera fiel. Andrew sintió el agradable frescor como cada noche
cuando Smithson le visitaba.
VIII
A
la mañana siguiente, Andrew no se despertaba, su respiración era muy leve y su
corazón apenas latía. Sobre él, sobrevolaba un Halcón Negro de la Guardia
Nacional de US. El teniente Proctor observaba un grupo de zombis alrededor de
una patrulla policial que estaba volteada. Le causó curiosidad que aquellos
zombis estaban sobre el piso, y no de pie como suelen estarlo.
“Tiene
que haber sobrevivientes dentro de ese carro”, pensó, era lógico que así fuese.
Proctor dio la orden de que arrojaran sobre esos zombis “el Agente Violeta”, un
gas de color violáceo que creaba un colapso casi inmediato en los cuerpos de
los zombis. Luego se comunicó con una de las unidades terrestres de rescate y
neutralización de zombis. Ya un Humvee iba en camino al lugar descrito.
—Vamos
a aterrizar, barra la zona con el gas—ordenó el capitán Proctor al sargento
Miller.
Cuando
el Halcón Negro estaba aterrizando ya la unidad terrestre estaba cerca de la
patrulla. El capitán Proctor descendió del helicóptero con una escuadra de
siete guardias nacionales. Los zombis ya habían colapsado y yacían inertes
sobre el caliente asfalto de la avenida Central Wood. Proctor se agachó para
ver a través del vehículo volteado, allí dentro, estaban dos sobrevivientes que
de seguro estaban a un paso de la muerte si ellos no actuaban rápido. El Humvee
que estaba acondicionado como ambulancia había llegado. Proctor dio las
indicaciones y luego abordó con su escuadra el Halcón Negro, estaba recibiendo
un llamado de emergencia para que fuese a la escuela local, en donde había
niños y maestros rodeados por infectados.
La
unidad de rescate sin perder un segundo, extrajeron del carro de la policía a
Andrew Gómez, quien no abría los ojos pero aún tenía signos vitales, pero ya su
cuerpo y su espíritu no resistían más.
Cuarenta
y ocho horas después, Andrew Gómez abría los ojos. Escuchaba voces y había
mucho movimiento de personas vestidas de uniforme camuflados. Comprendió que
estaba en un hospital militar de campaña. Luego volvió a cerrar los ojos,
estaba muy débil. Durmió todo el día, su cuerpo recibía suero vital
intravenoso. Cuando llegó la mañana del día siguiente, se sentía mejor, el
ajetreo del hospital de campaña era menor, entonces un hombre alto de color y
complexión atlética se acercó a él, era el capitán Proctor de la Guardia
Nacional.
—
¿Cómo se siente, señor Gómez?—le preguntó el capitán.
—Me
siento bien—respondió con debilidad, Andrew, quien aún no sabía que estaba
hablando con su salvador.
—Me
alegra que esté bien. Señor Gómez, vine solo un segundo para hacerle una
pregunta.
—Adelante.
—Verá,
cuando yo me acerqué a esa patrulla donde se encontraba usted esposado—Andrew
sintió vergüenza que aquel hombre, que por lo visto le había rescatado, lo haya
encontrado esposado, como un delincuente, como lo que era. —Bien, señor Gómez,
con usted estaba un oficial caucásico, estaba acostado a su lado. Pero los
paramédicos me han confirmado que usted estaba solo. Pero yo vi a ese oficial
con claridad. Era un hombre rubio que apenas llegaría a los treinta.
Andrew
pensó inmediatamente en el oficial Smithson, ahora sabía que no estaba loco ni
que era una alucinación.
—Era
el oficial Smithson, señor. Él y su compañero me arrestaron.
—Pero
encontramos los restos de unos cuerpos que se identificaban como el agente McNamara
y el agente Smithson.
—Entonces
fue su alma, señor—dijo Andrew—él, cada noche me visitaba, ahuyentaba a las
ratas, me traía aire fresco y conversaba conmigo.
—Bien,
gracias, Señor Gómez—dijo con seriedad el capitán. —Debo irme, espero siga
mejorando. Adiós señor, Gómez.
—Adiós—Andrew
intentaba leer el apellido del capitán pegado a su guerrera, pero veía borroso.
—Capitán
Proctor—dijo el oficial de guardia nacional al ver que Andrew quería llamarle
por su apellido.
—Gracias
por salvarme la vida, capitán Proctor.
—No
ha sido nada, señor. Yo que usted le daría las gracias a ese oficial. A quién
la gente le está llamando “El Ángel Azul”. Hay muchos testimonios de
sobrevivientes que un oficial rubio siempre estuvo con ellos.
El
capitán Proctor se marchó del hospital de campaña para seguir en el
cumplimiento del deber.
Andrew
Gómez lloró y dio las gracias a Smithson, después intentó mover su mano
derecha, pero no pudo, estaba esposado. Entonces recordó que Smithson lo había
arrestado.
—Maldito
agente Smithson, que te den por el…—dijo Andrew en voz alta, luego se puso a
reír, su risa era llena de gratitud. Andrew estaba en paz consigo mismo.
Fin.
"POR FAVOR, si te gustó esta historia, déjame un comentario y comparte en tus redes sociales con tus amigos, es muy valioso para mí tu ayuda. GRACIAS, Pedro Suárez Ocho".
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