martes, 5 de enero de 2016

SOMBRAS DE UN DIARIO (Zombies)

       



SOMBRAS DE UN DIARIO
"Los Días Postreros".


Por: Pedro Suárez Ochoa.


Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida en cualquier forma o por ningún medio electrónico o mecánico, incluyendo fotocopiado, grabado, o por cualquier almacenamiento de importación o sistema de recuperación sin permiso escrito del autor.



I.

La vida se compone de luces y sombras, pero hoy después de cuatro años quizás no pueda afirmar lo mismo. Solo veo sombras por todas partes, los agonizantes destellos de luz que le quedaban a la humanidad, se los ha tragado las espesas tinieblas de este inesperado Apocalipsis que ha devorado a los hijos de Dios.

Hoy 14 de diciembre del 2020, a solo dos días de mi cumpleaños, solo tengo a dos seres que están a mi lado, las páginas de este diario y a Pelusa, un cariñoso y peculiar ratón de tamaño mediano con pelaje gris. Si la humanidad fuese como antes, seguro yo sería catalogado de loco por tener a una rata de mascota; pero la verdad es que, gracias al Pelusa yo no me he vuelto loco. Tengo a alguien a quien amar, a quien atender y proteger.

Hoy comimos arepa y una sardina enlatada, Pelusa se dio un gustazo, nunca le había visto tan contento. Creo que nunca había probado en su vida pescado. Le guardé varias raciones, o mejor dicho varios pedacitos de sardina. Nuestra harina de maíz escasea. Pronto tendremos que salir a las tinieblas de afuera nuevamente y procurar no ser devorados por ellos.



II.

16/12/2020.
*
Hoy celebré mi cumpleaños treinta y cinco junto a Pelusa, hice una arepa e imaginé que era una torta con sus velitas, le di un trocito a mi pequeño amigo, acompañado del último pedacito de sardina que le guardé. Me canté cumpleaños, preferiría que me hubiesen cantado mis amigos y mis padres; pero ya no están… como les extraño, cada vez que logro dormir les veo en mis sueños. Si existe un cielo, espero reunirme con ellos.

A veces quiero pegarme un tiro para estar con ellos, para no estar más solo, para no llevar esta zozobra que me desgarra el pecho cada día. No me vuelo la tapa de los sesos quizás, por la tonta idea que tal vez el suicidio sea un pecado que me impida estar nuevamente con mis padres y amigos. No soy muy creyente, no puedo afirmar que Dios exista y, todo el cuento aquel de un paraíso y la resurrección, aunque tampoco puedo afirmar que es falso. El amor hacia mis padres y a mis amigos me hace tener un poco de lo que llaman fe. Tengo que resistir, no permitiré que esos engendros me coman o me conviertan en uno de ellos.

Por otro lado, ya solo me queda harina de maíz para dos días, necesito salir y encontrar algo de comer para mí y para Pelusa. Mañana es el día de la búsqueda, ojalá pueda encontrar un mejor refugio también. Al menos mi dotación de papel para escribir está bien y tengo tres bolígrafos, unos en uso que le queda un cuarto de tinta y el resto están nuevos, también tengo un par de lápices grafito, ambos a medio uso.

Actualmente estoy en una oficina abandonada de un viejo edificio que fue del Ministerio de Energía y Minas en Ciudad Bolívar.

Soy de Soledad, una urbe en crecimiento antes del día terrible y que solo está separada de Ciudad Bolívar por un río llamado Orinoco. Quisiera poder volver a mi Soledad, pero el Puente Angostura está derrumbado. Conseguir algún pequeño bote o curiara y cruzar el río a remo sería una obra épica, sin mencionar que más épico sería conseguir la mencionada curiara.

**
Hoy noté a Pelusa algo alterado y preocupado. He aprendido a leer sus chillidos, se cuándo es de alegría y sé cuándo son de alerta o de pánico. Él los puede sentir, deben estar cerca, eso es con seguridad; mi Pelusa no se equivoca. Ayer solo dormí entre tres o dos horas. Tengo mucho miedo de salir a las tinieblas de afuera. Nunca puedo dejar de sentir ese miedo, imagino que debe ser bueno sentirlo, seguro es lo que me protege, lo que me hace ser precavido.

El miedo me empuja a hacerle mantenimiento a mis armas. Hoy pasé una buena parte del día afilando mi machete y un pequeño pero sólido cuchillo. También lubriqué mi pequeña escopeta cañón corto de un solo tiro, solo me quedan cuatro cartuchos calibre 12, espero no tener que usarlos.

He ordenado todas mis cosas, no son muchas, pero me ayudan a tener algo de comodidad. Tengo una mochila de montañista, no muy grande y está remendada por todas partes; en ella guardo un recipiente de cloro con un litro de capacidad, aunque solo le queda menos de la mitad. Tengo una pequeña olla de aluminio y un vaso de acero inoxidable, un plato plástico y una cucharilla del mismo material, un trozo de lienzo, un pequeñito recipiente con gasolina adentro, un yesquero, una gruesa cobija de lana que uso como colchón para dormir y una delgada sábana para arroparme. Tengo un recipiente de refresco cola de dos litros y uno pequeño de 600 mililitros, ambos para colocar el agua que logro potabilizar.

Estoy pensando mucho si salir mañana, porque Pelusa sigue estando algo inquieto, si aumenta la intensidad de sus chillidos tendré que posponer mi salida un día más, el problema es, que no quiero morir de hambre, ni tampoco tener que salir con debilidad en extrema en mi cuerpo.



III.

17/12/2020.

Finalmente logré salir al otro día. Pelusa se calmó, lo que me dio confianza para salir de la oficina. A mi pequeño amigo le hice una especie de bolsito koala con una media vieja y unas cabuyas. Su bolsito de viaje queda ajustado entre mi cuello y mi cuerpo, quedando a la altura de mi pecho. Mi Pelusa parece un bebecito… ¡Carajo! Cuánto le quiero.

Antes de salir de la vieja oficina, verifiqué todas mis cosas por última vez. Me ajusté mi machete a mi cintura en una especie de vaina que hice con tela de jean, mi cuchillo lo coloqué a mi pantorrilla, en una vieja vaina de cuero, cerca de mi tobillo. La escopeta la puse a un lado izquierdo exterior de mi mochila. Desayuné una arepa, le di un pedacito a Pelusa, tomamos algo de agua y salimos a las tinieblas de afuera.

Recorrí parte del barrio Virgen del Valle y me topé con un Iglesia grande abandonada que fue de los denominados mormones. La cerca estaba tumbada en una de sus esquinas, así que entré con facilidad. Tenía que entrar en esa iglesia que se componía de dos naves adyacentes. Esperaba encontrar agua en algunos de sus tanques, algo de papel y cualquier otra cosa que me fuese útil. Pero me preocupaba mucho toparme con alguno de ellos, quizás hubiesen tomado el sitio como guarida; igual tenía que tomar el riesgo. Pelusa estaba calmado… buen indicador.

Llegué a las entradas principales de las dos edificaciones, uno de los lados parecía ser donde se reunían en su especie de misa o algo así. La puerta estaba cerrada, pero había una abertura en una de sus amplias ventanas, decidí entrar por allí, saqué mi escopeta y empecé a recorrer el lugar con mucha cautela. Eran dos grandes salones, estaban llenos de polvo y telarañas, casi no tenía nada, había sido saqueado. En uno de sus salones yacía un gran banco de madera, era el único y, en el púlpito había restos de cables. La madera del banco me permitiría cocinar y hervir agua, el cojín de ese gran asiento había sido desgarrado en su totalidad. Pero tenía un inconveniente, yo sólo no podría cargar con ese banco por allí, tendría que arrastrarlo y haría mucha bulla por las calles. Si me quedaba a picar una parte con el machete haría mucho ruido también y agotaría las escazas fuerzas que tengo, sumado a que me deshidrataría. Por ahora desistí, solo tomé un puñado del poco cable que quedaba en el púlpito.

Salí de ese edificio y me dirigí hacia la otra nave, me acerqué a la puerta y estaba violentada. La abrí, el lugar también estaba lleno de polvo y tenía un gran pasillo que conectaba a un conjunto de lo aparentaban ser salones de clase. Pelusa estaba tranquilo, pero aun así no me confiaba. Ese lado de la iglesia estaba totalmente saqueado, solo paredes y piso, más nada. Edificaciones como estas tienen los tanques de agua en algún lugar no visible, o estaba de manera subterránea o estaba en la parte superior, entre el techo raso y el exterior.

— ¡Bingo!—dije. Allí estaba el tanque, en la parte superior. Subí por una escalerilla, quité la tapa y alumbré con mi yesquero. Nada, seco cómo los médanos de Coro. Qué decepción.

Finalmente salí de esa iglesia. Me fui con un puñado de cable y con el conocimiento de que allí había madera. Tomé la avenida Libertador, ya me empezaba a cansar y a deshidratar. Hice una pausa, tomé la botella grande de cola y bebí dos sorbos de agua, puse agua en la tapita de Pelusa y éste tomó a placer.

—Con calma torito, con calma, que no tenemos mucha—le dije a mi compañerito, acariciando su peludita cabecita, él estaba dentro de su pequeña bolsa de media, pero con su cabeza descubierta.

“CHILLIDOS DE PELUSA”… Fueron muy fuertes, saqué mi pequeña escopeta y le monté el martillo, lista para disparar. A mi lado estaba una vieja y larga cerca de alambres de ciclón. Era la vieja cerca que en un tiempo delineaba la zona militar de la ciudad. A mi frente la avenida y, lo que fue la urbanización Vista Hermosa. Al menos la cerca protegía mis espaldas, o también significaría quedar acorralado.

Seguí avanzando con mucha precaución, me dirigía hacia la parte baja de la ciudad. Después de caminar unos cuarenta metros los pude ver, estaban a unos doscientos metros de mí. Eran menos de diez, parecía que devoraban algo, una persona o un perro quizás. Pelusa empezó a chillar más fuerte, así que me vi obligado a meterlo completo en su bolsa y la cerré con un viejo cordón de zapato. Vi hacia atrás de la avenida; nada en esa parte, luego me dirigí con rapidez hacia Vista Hermosa, por la parte de los pequeños edificios de cuatro pisos. Pelusa se calmó tan solo un poco.

Aproveché para revisar uno de los edificios y refugiarme allí. Escogí el que estaba más próximo a la avenida, tenía la intención de usarlo también como una torre de vigilancia, así podría ver si había más infectados cerca de esa zona.

La entrada de ese edificio no tenía puerta. Les oré y pedí a mis difuntos padres que el lugar estuviese vacío. Entré, estaba parcialmente oscuro, por algunas ventanas se filtraba algo de luz solar. Empecé a subir las escaleras muy despacio, había guardado la escopeta y saqué el machete. Pelusa paró de chillar, fue reconfortante no escucharle. Las puertas de algunos departamentos estaban abiertas, revisé algunos de ellos, en uno encontré un viejo colchón y una mesita de noche, pero no los tomé. Seguí revisando otros departamentos y en uno de ellos encontré una lata de caraotas, estaba en la cocina, la lata estaba parcialmente oxidada y su fecha de vencimiento, decía 5/mar/2019. Vaya suerte que tengo, la sardina que nos comimos Pelusa y yo se había vencido en el 2018—estamos mejorando, supongo—Que gran felicidad fue haber encontrado comida.


Luego de revisar los departamentos que pude, decidí subir a la azotea, allí estaba la escalerilla, oxidada y podrida en algunos de sus peldaños, pero se podía subir por ella. Revisé la azotea, estaba vacía, tenía algunas poncheras y tobos para recolectar agua de la lluvia. Los recipientes tenían una tercera parte de agua, estaban llenas de larvas de mosquito, pero era agua. Alguien estuvo aquí y si todavía es su refugio, espero no ser recibido a tiros o a machetazos.




IV


18/12/2020.
*
         Fue una gran bendición encontrar ayer este edificio, pero aun así tenía que estar seguro de que ninguna persona, ni ellos, pudiesen acceder fácilmente a mí. Así que tenía que buscar la manera de asegurar la entrada de la azotea o crear un sistema de alarma; o mejor aún, tener ambos a la vez. Revisé algunos departamentos más, solo encontré un pedazo rasgado de sábana que estaba manchado de sangre seca, llevaría mucho tiempo así. Luego fui en busca del viejo colchón y por la mesita de noche. Los subí uno por uno a la azotea. Esa actividad de subir y bajar me había agotado un poco, sumado al cansancio que ya traía de ese día.

         Tuve una idea para asegurar la pequeña puerta, así que desgarré la sábana manchada en dos partes, coloqué un cable en el interior de uno de los trozos de tela y le fui dando vuelta hasta tensarlo, haciendo un fuerte torniquete. El resto de los cables eran pequeños pedazos, no iba a poder hacer lo mismo con el otro trozo de sábana, pero aun así le di vuelta y la tensé de igual manera. En la pequeña puerta, del lado exterior, tenía un par argollas de metal soldadas a la lámina, así que até ambos trozos de tela a ellas, quedando asegurada la puerta como si se tratara de una cadena con candado. Lo sé, no es lo más seguro, pero es mejor que nada.

—Bien, dormiremos tranquilos Pelusa—le hablé a mi compañerito luego de hacer bien los nudos de los torniquetes de tela.
— [Leve chillido].
—Sí, yo también tengo sed.

         Tomé un tobo de hierro, vacié su contenido de agua en otro y lo usé como silla, me senté allí  y saqué mi botella grande de agua y pude tomar a placer, sin preocupación. Mi cuerpo sintió un gran frescor, tomé bastante, casi vacié el contenido. Después le di a Pelusa en su tapita.

—Mucho supervisar cansa, ¿eh Pelusa?

Sé que fui  algo irresponsable al tomar tanta agua, pero llevaba días fantaseando con hacerlo; además, tenía bastante agua a mi alrededor, solo tenía que tratarla para hacerla potable. Cuando de pronto: “CHILLIDOS”.

—Están muy cerca—pensé.

        Saqué mi escopeta. La azotea del edificio no tenía ningún tipo de barandas, había que tener cuidado con acercarse al borde, un resbalón o un ligero tropiezo, y listo, caería al vacío. Guardé a Pelusa en la mochila, en su mismo koala de media y lo dejé cerca de la puerta. Luego me arrastré hasta el borde de la azotea para asomarme, tenía que hacerlo con mucho cuidado, asomaría solamente un poco mi cabeza, no quería que me vieran. Llegué hasta el borde que daba con la avenida. Allí estaban ellos, “son los mismo que vi hace rato”, pensé. Tenían sangre en sus rostros. Sentí mucho miedo y adrenalina, mi corazón latía rápido. Deseé que no entrasen al edificio; si daban conmigo no tendría escapatoria, solo saltar al vacío o darme un tiro en la cabeza.

Entraron. Habían entrado al edificio dónde estaba. Al menos había reforzado la puerta. Me preparé para lo peor. Me acerqué a la entrada de la azotea, apuntando hacia abajo con mi arma. Si lograban romper el torniquete de seguridad que apliqué, entonces los recibiría con un disparo.

         Habían pasado quizás unos tres minutos, yo permanecía allí cómo una estatua, apuntando hacia abajo. Alejé la de la entrada a mi pequeño amigo, no quería que escucharan a Pelusa, ni menos quería que le hicieran daño. El tiempo pasaba…nada. Levemente escuchaba los chillidos de Pelusa, muy a pesar que estaba dentro de la mochila y alejado de mí.

Los había contado, eran ocho de ellos, - y yo solo tengo cuatro cartuchos -. Si lograban abrir la puerta, tendría que cargar muy rápido luego del primer disparo. Mi única ventaja era, que la entrada admitía espacio para una sola persona a la vez, al igual que la escalerilla. Eso me daría un instante para recargar y, mi radio de tiro era seguro, no podía fallar.

         Grandes gotas de sudor recorrieron mi frente. El sol estaba inclemente, lo sabía por el brillo, más no sentía su calor por toda la adrenalina recorriendo mi cuerpo. [RUIDOS MUY CERCA] Me tensé, intenté calmar mi respiración. Si llegaba a sentir movimientos en la escalerilla, todo sería cuestión de segundos, con suerte minutos. Mi respiración era intensa.

No subieron, dejé de sentir el sonido que hacían con sus pasos desesperados, produciendo un pequeño eco con sus talones contra el piso.

         Aun así, esperé un poco más en el mismo lugar, sin dejar de apuntar hacia abajo. Pude relajarme un poco cuando ya no sentí a Pelusa chillar. Tomé el tobo de hierro y me senté sobre él. Bebí el poco de agua que había dejado en la botella; pero seguía estando cerca de la puerta. Después decidí echar un vistazo hacia abajo, me arrastré de igual manera como lo hice hace  instantes. No los vi más, al menos por ahora. Mi respiración se había normalizado.

**
         Luego de este trance que pasé, me dispuse a preparar todo para comer, hervir agua y hacer una pequeña carpa…bueno, no creo que se deba llamar carpa a lo que hice. Gracias a las ruinas de un tanque de concreto que está arriba del edificio, pude extender mi cobija entre dos paredes perpendiculares entre sí, formando así un techo.
Dentro de estas ruinas, coloqué el colchón que encontré, extendí mi sábana sobre éste y me refugié del sol. La altura de estas dos paredes era de aproximadamente 1,60 metros, y yo mido 1,90 metros, así que tenía que mantenerme sentado en el colchón o en el tobo que había tomado como silla.

         Cerca de las ruinas de este tanque había grandes pedazos de pared, como si alguien hubiese derrumbado la estructura con mandarria. Con eso trozos de concreto fue que pude sostener la cobija que me servía de techo, y también tomé tres estos pedazos para hacerme un pequeño fogón, así que corté trozos de madera de la mesita de noche para usarlos como leña, y me dediqué a hervir agua para potabilizarla.
Cuando el sol ya se estaba poniendo, aproveché algo de esa agua hirviendo y coloqué la lata de caraotas en la olla, se calentó con “baño de maría”. Apagué rápidamente mi pequeño fogón antes que la noche llegase por completo. No quería ser la antorcha olímpica  desde la azotea de un edificio en plena apocalipsis. 

      Abrí la lata con mi cuchillo, y la sostuve con mi pedazo de lienzo para no quemarme (uso el lienzo como filtro de agua). Cuando la lata estaba abierta, un humeante aroma de caraotas penetró por completo todos mis sentidos, me transporté a aquellos días cuando mi madre nos preparaba pabellón, mis ojos se aguaron, no lo pude evitar. Gracias a los leves chillidos de Pelusa por querer comer, es que pude salir de mi profunda nostalgia.

         Serví la mitad del contenido de la lata en mi planto, mi boca se hacía agua, le puse un poquito a Pelusa en el piso, el cual devoró en menos de cinco segundos. Luego con mi cucharilla probé, sentí de una vez que la energía recorría mi cuerpo, cerré mis ojos y disfruté por completo su sabor exquisito. Comí lo más lento que pude, le di otro tanto a Pelusa y éste dejó dos granitos.

—Bueno amigo, hay que guardar estos granitos para tu desayuno—le comuniqué a Pelusa.

         Luego de comer, me dediqué a vigilar un poco. Recorrí con mi mirada los cuatro puntos de vista que me ofrecía mi nuevo refugio. Después me fui a mi nueva cama, un colchón viejo con sus resortes saliéndose, “pero era más suave que el piso”. Retiré mi cobija que servía de techo y me dediqué a mirar a las estrellas. El firmamento estaba despejado, y todos esos pequeños luceros más la luna, me hacían sentir el hijo del Universo. El sueño se fue apoderando de mí, el cansancio iba inmovilizando mis músculos para prepararme para dormir. Hice un esfuerzo y me levanté, puse los tobos vacíos encima de la entrada de la azotea, los puse de tal manera, que cualquier movimiento en la lámina, harían ruido, sería mi sistema de alarma.

         Pelusa es mi mejor alarma, pero ante los humanos él no chilla, y los humanos para estos días no son muy amistosos que digamos.

         Me volví a acostar, inmediatamente me dormí, un pesado sueño se apoderó de todo mi sistema nervioso. La cena que tuve, el colchón, más mi agotamiento, hizo que me entregase por completo en los brazos de “Morfeo”.

—Mañana es otro día Pelusita—Fue lo último que comenté ese día. Pelusa estaba en su koala y a mi lado…él también quedó rendido.


V.

21/12/2020
      
    No tengo buenas nuevas, apenas puedo escribir, y mis energías se están extinguiendo. Pelusa se me está apagando. Ya no estoy en el edificio, tuve que salir de allí. Ahora escribo desde el suelo, con la tierra que me sirve de colchón. Estoy escondido en una pequeña cueva dónde apenas puedo entrar, parece ser la madriguera de algún animal. “Ellos” me están buscando, solo espero que no den conmigo.

         Estos fueron los eventos que me llevaron hasta aquí:

         El día 19/12/2020, luego de haber tenido otro agradable y profundo descanso, cuando empezaba a rayar el alba, sentí ligeros chillidos de Pelusa, no me quería despertar, supuse que él solo quería desayunar. “Diez minutos más amigo”, le dije y luego me volteé en el colchón, enrollándome más en mi cobija, él dormí a mi lado, a la altura de mi cabeza,  metido en su pequeño koala que le brinda calor durante el frío de la noche. Quizás pasaron dos minutos, tal vez menos, lo cierto es que tenía el frío cañón de un revólver “38” puesto en mi mejilla y una voz de mujer que me dijo “levántate”. Abrí los ojos y me giré para ver quién era.

      Quién me apuntaba era una mujer, llevaba jeans recortados a la altura de sus rodillas, el color de sus piernas era moreno como la canela, y pude distinguir que su piel estaba limpia, había finos vellos en sus piernas. Tenía una gastada franela deportiva de un equipo de fútbol y su rostro estaba parcialmente tapado por un pañuelo que le llegaba hasta la nariz, sus ojos eran hermosos, de un marrón claro como dulce miel que destila dentro de una colmena. Llevaba mucho tiempo sin ver a una mujer, tanto era mi embelesamiento que su arma no me asustaba.

         Pude salir de ese estado emocional, gracias a una fuerte patada que recibí en mis costillas derechas,  el golpe me privó de aire por unos segundos. Era otra persona, un hombre, el cual llevaba una braga roja y muy corroída, tenía las siglas de alguna empresa en la parte superior de esta. También me apuntaba con un arma, una larga escopeta de un tiro, de esas que se usan para cazar aves. “¡Te dijeron que te levantaras!”, gruñó el hombre, su rostro estaba cubierto por una vieja máscara de gas, de esas tal vez de la Segunda Guerra Mundial, lo que lo hacía aterrador. Tomé a Pelusa y me levanté, empezaba a aterrarme, “estoy muerto”, dije para mis adentros. Al pararme me fijé que la puerta de la azotea no había sido violentada. Aun no sé por dónde carajo entraron.

—Vacía esa mochila—me ordenó el hombre de la máscara, que era tan alto como yo.

—. Y deja esa maldita rata en el piso.

         Hice caso, coloqué a Pelusa en el piso y vacié todo el contenido de la mochila. La mujer empezó a hurgar entre mis cosas de la manera menos delicada.

— ¿Quién eres tú? ¿Y qué haces en nuestra zona? ¿Eres de los Pirañas?—me preguntó el hombre de la máscara, mostrando nerviosismo y agresividad al mismo tiempo.

—Solo soy un hombre que sobrevive, no soy de esos Pirañas que tú nombras—respondí.

— ¿Y esa rata?—me cuestionó nuevamente el enmascarado.

—Es mi mascota.

— ¡Maldito mundo! Cada vez más loco—añadió el enmascarado, su voz era gruesa y a la vez era opacada por la máscara.
         
Después de revisar todas mis cosas, la hermosa morena intervino:

—Nos llevamos estos cables, parte de tu papel, uno de estos  bolígrafos y uno de estos lápices.

— ¡De mí no te llevas nada! –le Contesté con fuerza a la mujer, y en ese instante recibí un fuerte culetazo que me hizo ver las estrellas de nuestra Vía Láctea, lo que hizo que cayera al piso.

—Es un cambio justo, has tomado nuestra agua, has encontrado comida y madera en nuestra zona—espetó la mujer. – Y También nos llevamos tu arma.
         
          Me levanté nuevamente, noté que botaba sangre desde mi frente.

— ¡Pues mátame, mátame! Prefiero morir aquí, ahora mismo, antes que ser arrojado a ellos sin un arma—expresé directamente a la mujer, colocando mi ensangrentada frente en el cañón de su revólver.

           Recibí otro culetazo, en la parte de atrás de mi cráneo, esta vez más fuerte que el primero, que me hizo desmayar.

        Cuando me levanté, estaba frente al edifico dónde me había refugiado y muy cerca de la avenida. Tenía mi mochila a mi lado, mi escopeta estaba arriba de mí, mi machete y el cuchillo estaban en sus vainas. No vi a Pelusa, el pecho se me llenó de angustia y me levanté rápidamente. Abrí mi mochila, con la esperanza que estuviese allí. Al abrirla…allí estaba él, con sus profundos ojos negros brillando, me dio un chillido de saludo. En el koala de Pelusa estaba una nota que decía así: “No vuelvas nunca a estos edificios, sino serás hombre muerto. Te vas de aquí con tu maldita rata. Allí tienes agua en tu mochila y tus armas. Nuestros hombres te están vigilando en este momento, sí regresas, ellos no serán tan buenos como mi hermano y yo”.
         
        Así que emprendí nuevamente mi viaje entre las tinieblas de afuera…

         …Un momento…Pelusa está chillando…


22/12/2020

“Continuó lo que no puede terminar del día anterior a éste”.
         
        Ayer ellos casi me encontraron otra vez. Su olfato es igual al nuestro, no está muy desarrollado; pero su sentido del oído es altamente sensible. No sé qué sería de mí sin Pelusa.

        Los ochos espectros que llevo días observando, dieron conmigo el día que aquella mujer y ese misterioso hombre de la máscara me corrieron del refugio. Yo estaba caminando junto a la cerca de la zona militar que había descrito anteriormente. Pelusa había empezado a chillar, pero yo aún no los veía, parecía que se preparaban para cazarme, como si hubiesen desarrollado algo de inteligencia durante estos cuatro años. Saqué mi escopeta y me quedé estático, buscaba con desesperación verles. Pelusa seguía chillando, mis nervios  se empeñaron  en a tomar el control total de mi cuerpo. Nunca les vi primero, pero ellos siempre estuvieron observándome. Hasta que logré divisarlos, estaban  a unos escasos ciento cincuenta metros de mí. Mi cerebro solo me gritó “¡HUYE!”.

         Tomé a Pelusa y lo guardé en la mochila. Saqué mi sábana de arroparme y con ella cubrí los alambres púas arriba de la cerca, luego lancé la mochila al otro lado de la alambrada. Sentí la avalancha de esos ocho muy cerca de mí. Me metí la escopeta detrás de mí pantalón y brinqué el cerco. Me faltaba solo pasar una pierna para el otro lado, cundo de repente sentí que algo me sujetó. Era una de esas malditas manos de piel agrietada y escoriada, de un color pálido. El que me agarró había sido el primero en llegar hasta mí, el resto solo estaba a unos veinte metros o más, el infectado que me tomó de la pierna intentaba morderme; una maldita mordida de esas y, era mi fin. Saqué mi arma, apunté a su cabeza, y disparé. La potencia y los tres grandes perdigones de acero del cartucho calibre 12 le voló la mitad del cráneo, la sangre y los sesos salpicaron al resto de ellos que estaban por agarrarme. Terminé de pasar mi otra pierna y solo me dejé caer al piso, cayendo casi de cabeza.
         
        Agarré la mochila y me la coloqué a mis espaldas. Corrí con todas mi ímpetu. Volteé a ver la cerca, y allí estaban ellos, tratando de tumbar el obstáculo entre ellos y yo. Mi sábana quedó allí. Había hecho varios doblajes para que las púas no llegaran hasta mi piel. Ellos empezaron a desgarrar la manta, cómo si se tratara de un trofeo. Yo ya estaba a unos doscientos metros de ellos o más; trataba de agarrar aire, mi respiración era acelerada, de pronto, sucedió algo que no me lo esperé de ningún modo. Ellos empezaron a intentar brincar la cerca, ya no tuve duda, estaban evolucionando en inteligencia. Uno de ellos logró saltar la cerca, yo cargué mi escopeta rápidamente, solo me quedaban tres cartuchos.
Preferí correr una vez más, no miré atrás, no sé cuántos lograron saltar, yo solo corrí, intentando llegar a algún lugar dónde pudiese esconderme. Corrí y corrí, solo había una planicie cubierta por monte que me llegaba a la altura de mi rodilla.
          
        Llegué a un pequeño riachuelo que estaba al final de un pequeño barranco, me deslicé por este. Pensé por un instante que habría perdido al infectado. Yo estaba muy agotado, mis piernas empezaron a temblar, no se sí era por los nervios o por el gran esfuerzo en correr tanto.

         A los pocos segundos, sentí movimientos por el monte, y también los chillidos de Pelusa. Tenía que ser uno o varios de ellos.
       
      Crucé el riachuelo rápidamente y fue allí que me di cuenta de un agujero al comienzo del otro barranco frente a mí, el agujero era como una cueva. Ese orificio era mi única esperanza. Decidí adentrarme por la pequeña cueva, apenas podía entrar. Puse la mochila dentro del agujero, luego me fui arrastrando por allí, era la única forma de entrar, pero lo hice al revés, de manera que mis pies quedaran hacia dentro, y mi cabeza hacia afuera, al arrastrarme, empujaba al mismo tiempo la mochila hacia dentro con mis pies,  “Ojalá no sea la guarida de algún animal”, pensé.

         Allí me quedé, sin hacer ningún ruido. Sí el resto de los infectados logró saltar la carca y daban conmigo, al menos solo podría entrar de uno a la vez, el problema iba a ser que si intentaban acceder todos, yo quedaría tapiado de alguna forma.


       Solamente  quedaba esperar, no hacer ningún movimiento, quedar con mi escopeta apuntando hacia fuera, tener mi cuchillo listo, y comer la última ración de la poquita harina de maíz que nos queda. 



VI.


24/12/2020.

Salí de la madriguera, me encuentro cerca de unas instalaciones abandonadas del Ejército, parecen ser un conjunto de barracas. Ya no tengo comida. Ellos me siguen buscando. Frente a mí, a unos cien metros de distancia, se encuentra un árbol de mangos con pocos frutos, algunos de ellos maduros. También están un par de matas de coco, las cuales están cargadas; pero no puedo acercarme, o no debo hacerlo, porque es muy arriesgado.

Ya casi no hay árboles en Ciudad Bolívar, fueron arrasados casi todos por sus habitantes al principio del apocalipsis. Eran cuatrocientas mil personas que sintieron desesperación cuando el gas doméstico dejó de ser suministrado a la ciudad, volcándose todos hacia la leña para cocinar. Las pocas matas que quedan, siempre son de alguna tribu o algún grupo de supervivientes, muchas veces son señuelos para cazar a los humanos. Nuestra carne es muy codiciada en estos estos días por los caníbales o por ellos.

Llevo horas sin moverme, estoy acostado entre el monte, mi vista se mantiene en dirección de esos cocos y mangos, mi boca se hace agua, siento que caigo en el delirio. Pero debo esperar, seguir observando para ver si hay movimiento de alguna de estas tribus urbanas. No obstante, la debilidad por falta de calorías me está derrotando.          
Al menos estamos bien de agua, pude recargar en el riachuelo y tratarla con cloro, pero no la he filtrado con el lienzo, así que estoy tomando agua turbia.

Dentro de un par de horas va a oscurecer, y hay algunos mangos que han caído al piso. Me jugaré la lotería al buscarlos cuando llegue la noche. Tengo mucho sueño mientras escribo, no sé si es el hambre o el cansancio. Intentaré tomar una siesta. “Pronto vamos a comer querido amigo”, le comento a Pelusita, sus ojitos negros me ruegan por alimento.

Lamento mucho que ya en pocas horas será navidad y trato de no pensar en ello para evitar deprimirme, porque es inevitable no pensar en todos tus seres amados que se han ido. También recuerdo la cena que preparaba mi madre, cuanto daría por comer una hallaca con pan de jamón. Mis ojos están humedecidos por mis recuerdos navideños en familia. “Maldita sea, ¿por qué?”.

Intentaré descansar algo, luego iré por esos mangos.


25/12/2020.

Voy avanzando hacia el río Orinoco. He recuperado mis fuerzas. Decidí no ir por los mangos ni por los cocos, pero recibí otro alimento de regalo, quizás fue la navidad o, mis padres desde arriba. 

Ayer, no tenía más fuerzas, recordé ese sueño que se apodera de las personas cuando ya no tienen más energías en su cuerpo a causa de la hambruna, es un dulce sueño que se va apoderando de ellos hasta unirlos con la muerte. Yo estaba así, sumergiéndome en ese oscuro descanso. A Pelusa lo tenía en mi pecho, el pobre estaba como yo, con ganas de dormir. Había decidido, como escribí anteriormente, dejar que la oscuridad llegara para ir por aquellos mangos que estaban en el suelo, con la esperanza de que esos frutos no fuesen una trampa para ser casado por una tribu de caníbales. 

Me había quedado profundamente dormido, como si me hubiesen dado en un interruptor con la palabra “off”. Mis instintos de supervivencia dejaron de estar alerta. Empecé a soñar con cosas que no tenían sentido, en mundos surrealistas y, en medio de esos sueños empecé a sentir los fuertes chillidos de Pelusa. No me podía levantar, estaba totalmente paralizado, los empecé a ver; a ellos. Pensé al principio que se trataba de una pesadilla más de la que no me podía levantar.

Mientras me esforzaba por despertarme, me vi a mi mismo acostado con los ojos abiertos, siendo devorado por ellos. Los chillidos de Pelusa aumentaron en intensidad. Grité, grité muy fuerte, “¡Ahhhhhhh!”, y no sé si grité en mi mente o en la realidad, lo cierto fue que, tomé las pocas energías que me quedaban y abrí mis ojos, sentí que algo empezaba a recorrer mi pierna. Era una gran serpiente, di un gran respingo y ella me mordió en la pierna, causándome un agudo dolor. La luz de la luna me permitió visualizarla, era una gran tragavenado de unos dos metros de longitud. Me impresionó que la boa no huyera de mí, sino que se enrolló y emitió un rugido aterrador que me hizo helar. Su cabeza estaba en mi dirección. Tomé mi machete y lo levanté para cortar su cabeza, pero con impresionante rapidez intentó morderme otra vez, pero mi filosa arma le había hecho una moderada cortada cerca de su cabeza. Había Quedado herida, pero aún seguía defendiéndose, más no con la misma intensidad, hasta que en un segundo intento logré cercenar su cabeza, su cuerpo alargado siguió moviéndose por los impulsos recorriendo todo su sistema nervioso. 

Tomé la tragavenado y me fui de ese lugar. Me adentré más al desolado monte, intentando así alejarme de los peligros. Llegué a un conjunto de enormes piedras de color oscuro. En ese lugar, saqué de mi mochila, la madera de la mesita de noche, hice una fogata y empecé a hervir agua, allí cocinaría la boa. También lavé la herida de mi pierna con una solución de agua y cloro.

Desollé al animal. Saqué sus vísceras y las enterré para evitar que las alimañas vinieran a mí. La piel la froté con abundante tierra del lado interior para quitarle restos de carne y sangre, necesitaba lavarla pero no podía gastar mi agua. Luego rebané la carne blanca y maciza de la serpiente. Devoré dos grandes pedazos crudos y, sentí inmediatamente como las energías volvían a mí, cerré los ojos de placer por comer un alimento cargado de calorías y vitaminas, sentí su sabor agradable. Pelusa también devoró un pedazo crudo de carne blanca. En estos días no se consiguen suplementos vitamínicos y mucho menos hortalizas, la única forma de conseguir vitaminas es comiendo la carne cruda, para así obtener la vitamina c y evitar la enfermedad del escorbuto. Esto lo saben los pocos sobrevivientes que quedan en la ciudad, y esto fue lo que descubrieron los legendarios esquimales, donde su dieta mayormente consiste en carne cruda de pescado, focas, ballenas y otras especies, de hecho, suelen comer el hígado crudo de sus presas, para obtener la mayor cantidad de vitaminas y minerales, los cuales se perderían por completo si se cocieran las carnes.

Calculo que saqué entre quince o dieciocho kilos de carne de la tragavenado. Pero tengo un problema, necesito asarla, para deshidratarla y lograr que el humo penetre por toda ella, así lograría conservarla por mucho más tiempo. Me queda solo un puñado de madera, así que debo encontrar por lo menos un arbusto de chaparro para asar la carne, la cual llevo conmigo en una especie de bolsa que hice con mi sábana. No puedo permitir que se descomponga, porque esto representa muchos días de alimento para mí y para Pelusita. Al menos con la cantidad que comí ayer y con el poco que logré sancochar tengo suficientes energías para encontrar una mata de chaparro. También debo encontrar más agua, porque el cuerpo humano usa mucha para poder digerir las carnes. El Orinoco tiene toda el agua que necesito, sin embargo es una zona de tribus caníbales, estaré obligado a ser muy cauteloso. Mi única ventaja es que es una zona muy amplia. 

Pelusa recuperó el brillo de sus ojos, no paro de hablar con él mientras seguimos avanzando. 


VII.


26/12/2020.

Por la posición del sol, deben ser las nueve de la mañana. Ahora mismo me encuentro asando la carne blanca de la boa.

Encontré un pequeño oasis de árboles de chaparro, su sombra es escasa debido que no tienen un gran follaje de hojas, y son arboles pequeños; pero me sirven para descansar y usar sus ramas como leña. Recuerdo que estas matas eran abundantes, si viajabas de Ciudad Bolívar a Puerto Ordaz, podías ver miles y miles de estos arbustos que crecían como la mala hierba, aunque francamente tengo que mencionar que para estos días ya no debe existir tal cosa como “mala hierba”.

La carne de la serpiente se empezaba a descomponer, he encontrado estos arbustos a tiempo. Estoy asando la carne como los llaneros de Apure. Ellos introducen unas improvisadas varas de algún árbol en los pedazos de carne y luego los entierran alrededor  de la fogata con una ligera inclinación hacia la candela. La carne no debe recibir la llama directa, solo el intenso calor y el humo. En mi caso va a ser más rápido la cocción porque es una carne blanca de pequeños trozos, en comparación con los grandes cortes de res que los llaneros hacen. Quiero lograr la mayor cantidad de ahumado y de deshidratación posible de la boa. Con eso lograré que la carne tenga larga duración. De los quince kilos que tomé, se convertirán en unos seis o siete kilos de carne maciza. Sería genial si contara con sal, pero aun así, el ahumado le aportará un sabor exquisito y una buena preservación.

Pelusa está haciendo ejercicio, correteando alrededor de una de las matas de chaparro, lo mantengo atado con su cordón al arbusto. Él es tan curioso como un gato y se me puede alejar demasiado de mi radio de protección, por eso nunca me confío y lo ato.
El muy manipulador se para en sus  dos patas traseras, y las patas delanteras las lleva a su boca, dándome una señal  de que quiere comer, lo hace con tanta gracia, que sus dos patitas delanteras parecen unos bracitos.

Es un gran placer ver una gran fogata arder con carne alrededor. Ya se me hace agua la boca. Creo que tomaré algunos pedazos de boa para desayunar antes que logre la cocción que deseo.

Con respecto a la herida que me hizo la tragavenado, está algo inflamada, rojiza y muy sensible. Me duele. Haré un cataplasma de hojas de chaparro y me lo pondré directamente en la mordida. No sé si me hará bien, pero los viejos de mi pueblo solían decir que estas hojas tienen muchas propiedades medicinales, solo espero que no empeore la herida, porque no cuento con antibióticos, una infección y, creo que no viviré para contarla.

Bueno, vamos a desayunar, Pelusa ya no aguanta la espera, creo que si aguardo más por el desayuno, podría hacer una nueva pirueta para manipularme todavía más.

27/12/2020.

*
Ayer, antes de dormirme, percibí el sonido de un  motor de camión o de una camioneta. Lo sentí como a medio kilómetro de dónde estoy. La zona dónde me encuentro, es la zona de Marhuanta, un lugar semi rural con grandes extensiones de terrenos. Llevo dos años sin escuchar algún vehículo. Ese sonido me produjo renovadas esperanzas, porque debo estar cerca de una pequeña civilización de sobrevivientes, muy capacitados y preparados. Quizás sean ex miembros de las Fuerzas Armadas o personas civiles con grandes conocimientos y recursos a su disposición. Voy a buscar el lugar dónde se encuentran y les ofreceré mis servicios. Aunque realmente solía ganarme la vida como profesor de ciencias sociales, con conocimientos de castellano, inglés y matemáticas. Después de todo, la humanidad debe tener maestros para que los hijos de las nuevas generaciones sean educados en las ciencias básicas y la preservación de la lengua. Creo que esta es la razón principal por la cual llevo un diario, para mantener el idioma, mantenerlo significa: no degenerar en el barbarismo, además que me ayuda a dialogar conmigo mismo y saber en qué fecha del año me encuentro.

Sé que no debo confiarme demasiado con respecto a ese grupo de personas que tienen vehículos. Pudiesen ser simples bandoleros, aunque no lo creo, porque mantener vehículos de pie requiere de un grupo organizado con conocimientos de mecánica y electricidad. También deben tener plantaciones agrícolas y una considerable reserva de combustible.

Pues bien, “quien no arriesga, ni pierde, ni gana”. Así que voy preparar todo, e ir en busca de esas personas. Solo espero que no odien a las ratas.

—Tranquilo Pelusa nos irá bien, además, quién sabe si encuentras una novia—le comento a mi amiguito, él cual parece encantarle la idea de una novia. A mí tampoco me vendría mal una novia.

Bueno, manos y piernas a la obra.

**
Estoy cerca de algo parecido a una hacienda, no veo cultivos ni ganado, solo veo grandes tanques que parecen de combustible. También está un molino de viento y un pequeño camión “350”. Hay algunas personas vigilando la entrada, sin duda están armados. Esto tiene muy mala pinta…un momento, viene llegando otra camioneta.

***
No me puedo creer lo que acabo de ver. Al lugar mencionado, entró una camioneta tipo pick up ranchera bastante descolorida. Atrás venían tres hombres armados y traían con las manos atadas a los hermanos que me corrieron de aquel edificio que yo había tomado como refugio. La mujer morena cargaba la pañoleta en el cuello, le pude ver la cara, parecía haber sido golpeada. Su acompañante no llevaba la máscara de gas puesta, pude saber que era él por la misma braga roja descolorida. También había sido golpeado. ¡Carajo, qué es todo esto!

Mejor me voy de aquí. Además, ellos me corrieron del refugio y me robaron algunas de mis pertenencias. Ese es su problema, que lo solucionen. Nos vamos Pelusa.

28/12/2020.

*
¡Demonios! Anoche casi no pude dormir, tenía clavada en mi mente las caras de esa mujer y la de su hermano. Creo haber tenido una crisis de conciencia. Pelusa no me dirige ni un chillido, parece estar molesto conmigo.

En mi mente estoy librando una batalla contra mí mismo, ir por esos hermanos o, seguir mi camino hacia el Orinoco.

**
Lo he decidido, voy por esas personas, después de todo, ellos me pudieron haber matado y no lo hicieron, eso se considera haberme salvado la vida; por otro lado, no le hicieron daño a Pelusa y no me robaron mi escopeta y, sin ella no me hubiese podido soltar de aquel infectado que me atenazó con su mano cuando salté la cerca de la zona militar para huir.

29/12/2020.

¡Maldita sea! Estos hombres de la hacienda,  son los Pirañas, con seguridad son los mismos que me mencionaron los hermanos.

Lo que he visto dentro de la hacienda supera en monstruosidad a los infectados.

Detrás de una gran casona, tienen humanos atrapados en un corral hecho de cerca de púas y alambrada de ciclón. Hay cómo unas treinta personas. Están desnudos y la mayoría tiene por lo menos dos miembros mutilados, sumando a que ninguno de ellos parece tener energías, es como si todos están a punto de desmayarse. El olor que proviene de ese corral es repugnante, las personas atrapadas allí emiten sonidos de lamentaciones indescifrables. Sin duda alguna, Los Pirañas se están alimentando de ellos como si fuesen un ganado.

Estos Pirañas parecen muy confiados en la seguridad de su hacienda, quizá debe ser porque todo ser que sabe de su existencia les tiene terror. Los muy hijos de perra parecen estar orgullosos del nombre que los identifica como tribu. En la entrada principal y en la entrada posterior tiene dos grandes carteles de madera con las palabras “LOS PIRAÑAS”, que parece que usaron sangre humana como tinta para escribirlas.

Los hombres que vigilan alrededor de la hacienda son cinco, cerca del corral de humanos están dos hombres, todos estos están armados con armas de fuego o machetes. Aun no sé cuántos están en la gran casona de la hacienda, estimo que entre doce a dieciséis personas. A la muchacha morena y a su hermano no los he visto más, están encerrados en esa casona. Solo el Creador sabe que le habrán hecho.

Tendré que esperar la noche para intentar rescatarles, solo me quedan tres cartuchos de escopeta, el cuchillo y mi machete. Dejaré mi mochila entre el monte con Pelusa dentro de ella. Estoy ubicado en la parte de atrás de la hacienda, por fortuna no tienen perros.

Al parecer estos tipos salen con frecuencia en el día y en la noche para cazar humanos. De salir ellos esta noche, contarían con menos personas en su seguridad, lo que me facilitaría las cosas.

Mi plan es tratar de infiltrarme por la casona, la cual tiene muchas puertas y ventanas, y la mayoría de las ventanas están sin protectores, ni nada. Sí me atrapan me pegaré un tiro, así que tendré que guardar un cartucho. Sí tengo éxito rescatando a los hermanos, será un milagro; pero también tendré a estos caníbales tras de mí.

Me despido por si acaso no regreso. Si no sobrevivo, Pelusa tampoco lo logrará, pero ojalá este diario de alguna manera pueda sobrevivir, para que sirva de testimonio que, muy a pesar de nuestra avanzada degeneración como humanidad, hubo un humilde hombre que apostó a la vida de otros seres humanos, porque cómo dijo el mayor y más humilde de todos los reyes: “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos”.

Voy a despedirme de Pelusa.

—Tranquilo amigo, volveré. Además, no te puedes quejar, esto fue idea tuya. Te quiero mucho Pelusa.


Que esto se mantenga en un “hasta luego”, y no en un “Adiós”.




VIII.



Los acontecimientos desde el día 27/12/2016.
        
Desde que sacamos a las patadas de nuestro edificio, a aquel extraño hombre que tenía como mascota a un ratón, nuestra vida tomó un giro inesperado. Mi hermano y yo, somos quizás las personas más precavidas durante estos peligrosos tiempos, y tenemos como norma no fiarnos de nadie en absoluto. Cualquier persona viva es un potencial enemigo, un potencial traidor, que no dudará en clavarnos un cuchillo por la espalda con tal de mantenerse vivo y a salvo. Sin embargo, aquel día cuando corrimos a ese hombre y a su singular mascota, yo sentí un extraño vacío en mi corazón, me cuestioné muchas veces si mi hermano y yo habríamos tomado la decisión correcta. La mirada de ese hombre era muy diferente a las pocas personas que hemos llegado a ver durante estos años, tenía un singular brillo en sus ojos, ese brillo que tienen los humanos genuinos. El tono de su voz era diferente. Por mi mente pasó sumarlo a nuestras fuerzas. Con él íbamos a ser tres en lugar de dos, porque siempre fuimos solamente dos, mi hermano mayor y yo. Nunca fuimos un grupo numeroso como le hicimos creer a él. Tal vez, si hubiésemos sido tres personas no nos hubiesen capturado Los Pirañas.

Ese día 27/12/2016, cuando mi hermano y yo nos disponíamos a cazar serpientes  o cualquier tipo de reptil, con el fin de conseguir algo de proteína  para nuestros cuerpos, divisamos en la lejanía una camioneta llena de personas, que dedujimos inmediatamente que eran Los Pirañas. Abortamos nuestra cacería y nos regresamos inmediatamente hacia nuestro refugio. Pero al llegar al edificio fuimos recibidos a tiros por otro grupo de personas. Cuando intentamos escapar, ya teníamos a nuestra retaguardia, a esa camioneta. Habíamos sido rodeados y capturados por Los Pirañas. Ellos llevarían días estudiando nuestros hábitos. Todo había sido una trampa, la camioneta solo fue una distracción.

—Suelten sus armas—nos ordenó un hombre desde la camioneta, era obeso, de piel clara y sucia, con una boca deforme y dientes espantosamente afilados como los de una piraña. Su aspecto aterraba.

Todos los hombres de la camioneta empezaron a reírse y mostraban sus repugnantes bocas con dientes puntiagudos. Los otros miembros de ese aterrador grupo que nos había recibido a tiros, se acercaron a nosotros, eran tres hombres armados con pistolas automáticas y uno de ellos tenía un fusil largo. El repugnante obeso se acercó hasta mí, una vez que mi hermano y yo tiramos las armas al piso. Con él venían dos hombres muy altos, de piel oscura.

—Una mujer, “la cosa más escasa del mundo”—expresó el obeso con dientes de piraña, y se acercó a mí oliendo mi rostro y mi cabello, yo estaba paralizada de miedo, con muchas ganas de llorar, mis piernas temblaban sin control.

Mi hermano golpeó a ese cerdo maldito, lo golpeó tan fuerte que lo tiró al suelo. En eso, mi hermano recibió una tunda de golpes por todas partes de su cuerpo, que lo hicieron retorcerse de dolor en el piso. Su máscara había caído a los pies de uno de los hombres que lo golpeaban y éste la tomó para si.

—Te atreves a golpearme. Serás una rica sopa, y tu esposita será la mujer y madre de nuestra tribu—habló el obeso, dirigiéndose a mi hermano, y se limpiaba la sangre de su deformada boca en dónde había recibido el golpe.

— ¡Es mi hermano desgraciado! No le harás nada—grité y al mismo tiempo me arrojé hacia el asqueroso obeso; pero recibí una gran bofetada por parte de él que me hizo desmayar.

No sé cuantos minutos pasaron, pero cuando logré despertar, ya estábamos en la camioneta, amarrados con cuerdas en las manos y en los pies. Íbamos rumbo hacia Marhuanta. Mi hermano estaba hecho un fiambre, lo que me hizo estremecer de dolor por él. “Tanto cuidarnos, tanto ser cautelosos, para que al final cayéramos en manos de estos cochinos caníbales”. Estábamos perdidos, seríamos la sopa de ellos. Yo temía mucho por la vida de mi hermano y, no quería ser violada y ultrajada.
        
La camioneta tomó rumbo hacia un lugar dónde ya no habían calles asfaltadas, sino de tierra. Llegamos a una hacienda que estaba custodiada por más de estos infelices. En el centro de esta hacienda había una gran casa muy vieja y de aspecto sombrío. Nos metieron allí y nos sentaron y amarraron  a unas sillas de barberos, que eran muy viejas y estaban atornilladas al piso. Dentro del lugar se respiraba un olor a cobre y hierro, acompañado con un fuerte olor a sudor de personas que llevan días sin asearse. Aquellas siniestras sillas estaban frente a un conjunto de camillas de acero, teñidas en sangre. Al lado de estas camillas había una mesa rectangular con muchas herramientas de quirófano y otras que parecían de carniceros.

De pronto, a mi hermano y a mí, nos inyectaron algo que nos hizo dormir inmediatamente. Cada vez que nos despertábamos, nos volvían a inyectar con ese extraño sedante. No comprendí porque nos mantenían así, durmiendo en esas sillas de barberos. Solo sé que teníamos mucha hambre al tercer día luego de despertar. También teníamos mucha sed.

—No tengan miedo, y sean bienvenidos a nuestro hogar. Soy el Doctor Lugo—expresó un hombre que se acercó a nosotros. Era alguien de mediana edad, cabello blanco y de baja estatura. Tenía un mandil lleno de sangre vieja y llevaba puesto unos lentes que le daban un aspecto de intelectual y psicópata a la vez. — Señorita, me han dicho que ustedes son hermanos. Quiero darles mi palabra que no les pondremos un dedo encima, si se unen a nuestra familia. Queremos hijos, y eso solo lo puede hacer posible usted, señorita.

—Eso nunca, ¡maldito loco!—vociferó mi hermano y al instante recibió un fuerte golpe en el rostro por parte del obeso de la boca deformada.

—Joven, sepa usted que le dejaremos vivir, si permite de buena gana que su hermana se case conmigo, y comprenderá también que tengo que compartirla con mis hombres. Además, seguiremos buscando mujeres, y podemos conseguir una para usted; al menos claro, que quiera usted cometer incesto.

Mi hermano lanzó un escupitajo sobre la cara del hombre de cabello blanco y lentes. Éste tomó la saliva que cayó en su rostro y la llevó a su boca.

—La saliva, uno de los más importantes fluidos de los humanos y otros seres, aunque yo prefiero la sangre, tibia y fresca—agregó el doctor, quien sin duda alguna era el líder de Los Pirañas. — ¿Han probado ustedes la carne humana? Seguro que no; pero ya lo harán, además no estamos apurados… el hambre siempre gana.

No teníamos escapatoria. Seguro mi hermano estaba pensando lo mismo que yo. En cualquier oportunidad daríamos lucha, con el fin de que nos mataran de manera rápida, sería mejor morir que pasar por todas esas aberraciones que querían que cometiéramos. Nos necesitaban y, harían todo lo imposible por convertirnos en unos de ellos. Nos obligarían a perder nuestra humanidad.

Cuando cayó la noche, sentimos que una de las camionetas partió de la hacienda, de seguro irían a la caza de más humanos. Mientras tanto, a nosotros nos tocó presenciar lo más bajo de la humanidad. Ante nuestros ojos, en una de las camillas de acero, habían traído a una infortunada persona que le faltaba un brazo y una pierna. Era un hombre de unos cuarenta años, estaba desnudo y sumamente flaco, su mirada…pues en realidad no había tal mirada, solo vacío y muerte. Lo acostaron y lo ataron a la camilla. Luego el diabólico doctor, tomó una jeringa y la inyectó en la pierna restante de la pobre víctima.

—Tienes suerte Juan, hoy te he puesto anestesia—dijo Lugo, y se aseguró que escucháramos ese comentario. No había duda que nos iban a torturar visualmente para quebrar nuestro espíritu.

Con uno de esos instrumentos quirúrgico, el pequeño hombre le amputó la pierna. Luego sus ayudantes, con un frasco de vidrio, depositaban la sangre que salía de las venas abiertas del corte recién hecho. Luego, el desgraciado hombrecito cerró el corte que había hecho. Estos desgraciados, conservaban vivas a sus víctimas, para sacar el mayor provecho de ellos. Porque si los mantenían vivos no necesitarían conservarlos en refrigeración.

Los presentes se fueron de la sala dónde estábamos, solo se quedó el pequeño psicópata de lentes, con el frasco de vidrio lleno de sangre en su mano izquierda.

—Hoy probarán la sangre humana…perdón, la sangre humana “de otra persona”. Porque todos hemos probado nuestra propia sangre en algún momento—comentó el psicópata, y al instante empezó a beber sangre del frasco. Luego le ofreció a mi hermano. —Amigo, tienes dos opciones, o te bebes esta sangre, o llamo a mis ayudantes para violar a tu hermana en frente de ti.

— ¡Vete al carajo, hijo de las mil perras!—exclamó con mucha energía mi hermano.

—Como quieras.

—No te muevas, no grites; o tú mismo beberás tu propia sangre—dijo un hombre alto, quien le había llegado por atrás de manera sigilosa al pequeño caníbal, colocándole el cañón de su arma en la cabeza.

Era el hombre del ratón, a quien nosotros habíamos corrido, y ahora se convertía en nuestro salvador. Me emocioné de esperanza y a la vez sentí vergüenza.

Nuestro salvador, luego de agregar esas palabras que hicieron paralizar de miedo al pequeño psicópata, le dio un fuerte golpe en la cabeza con la cacha de su escopeta.  El doctor se desplomó y dejó caer el frasco de vidrio con sangre en el piso, este se quebró e emitió  un gran sonido que, en breve haría volver a sus ayudantes. Nuestro salvador cortó rápidamente nuestras ataduras con su cuchillo, en eso se escuchó una voz desde el exterior.


— ¡Doctor! ¿Está bien? ¡Doctor!




 IX.


**

Los ayudantes del doctor venían en camino. Nuestro salvador nos desató rápidamente.

— ¿Dónde les pusieron sus armas?—preguntó el hombre del ratón.

—Están en la otra sala, con nuestras cosas—respondió mi hermano, que al igual que yo estaba aturdido todavía por el sedante y el tiempo que llevábamos amarrados a esas aterradoras sillas.

Fuimos a buscar nuestras cosas en la sala contigua. Allí estaban nuestras mochilas y nuestras armas. La adrenalina que producía nuestros cuerpos empezaba a desplazar los efectos del sedante. Nos colocamos nuestras mochilas y cargamos nuestras armar inmediatamente.

— ¡Qué está pasando aquí!—exclamó uno de los ayudantes e hizo un movimiento para sacar algo de su pantalón, mi hermano disparó su escopeta. El desgraciado caníbal estaba a unos cinco metros de nosotros, y al recibir el disparo en su cuerpo fue empujado hacia atrás con violencia. De pronto se empezó a escuchar el sonido de algo como si fuese una campana, era la alarma de ellos.

Nuestro nuevo amigo nos indicó por dónde íbamos a escapar. Al salir afuera por una de las ventanas se empezaron a escuchar tiros, todos iban dirigidos hacia nosotros. Corrimos lo más rápido que pudimos y no fuimos a resguardar detrás de unas rocas. La balacera se prendió. Nuestro amigo se colocó su mochila y a la vez que se los escucharon chillidos de ratón. Era su mascota quien se alegraba de que estuviera allí nuevamente.

—Sí nos quedamos aquí, nos van a rodear—comunicó el valiente hombre.

—Tienes razón, pero no podemos salir de aquí—agregué.

—Yo los voy a cubrir, dame tu revolver y tus balas. Yo le cubriré, después ustedes me cubren a mí.

—Está bien.

Hicimos el cambio de armas; pero en ese momento, uno de los Pirañas salió entre el monte disparando por nuestro flanco izquierdo…y…y nuestro amigo recibió un disparo en su cuerpo, él devolvió los disparos y alcanzó al caníbal en el pecho. Sentí una aflicción que recorrió inmediatamente todo mi ser. Nuestro salvador y amigo había sido herido, tal vez de muerte.

— ¡Estoy bien! Seguimos con el plan—expresó nuestro valiente hombre.

—Nos quedamos contigo—añadí, mientras mi hermano devolvía los disparos al resto de nuestros enemigos.

—La bala entró y salió, creo que agarró solamente carne. No te preocupes.

         No me hizo caso, volteó y empezó a disparar con mi revolver.

—Toma, llévate mi mochila y cuidad a Pelusa, mi ratón. Me esperan en el Orinoco, por los lados de La Carioca, yo los alcanzo.

Tomé su mochila, mi hermano seguía disparando con su escopeta. Yo sentí que aquel hombre inevitablemente iba a morir.

– ¡Huid! ¡Qué esperan carajo!—nos ordenó nuestro amigo. –Si no se van, yo mismo los mato.

Mi hermano dejó de disparar, puso su mano en el hombro de nuestro salvador y dijo un “gracias hermano”. Luego empezamos a correr hacia atrás, con toda la rapidez con que podíamos. Yo iba sollozando. Me sentía indigna. Mi hermano me tenía agarrada muy fuerte en mi brazo izquierdo. No iba a permitir que me devolviera.

Los disparos se seguían escuchando, nosotros nos habíamos alejado unos doscientos metros, y en eso se escuchó una enorme explosión. Volteamos, y vimos como una bola de fuego envolvía aquella hacienda. Nuestro amigo seguramente había volado el gran tanque de combustible de ellos. A los pocos segundos se escuchó otra explosión, pero con menos intensidad que la anterior. La hacienda estaba totalmente alumbrada por la enorme llamarada, la frecuencia de los disparos había disminuido más no cesado.


30/12/2020.

Han pasado dos días y nuestro amigo no ha vuelto. Durante todo este tiempo he leído su diario. Es un gran hombre. Si puede llegar a amar un ratón, imagino como debió haber sido en su vida anterior, antes de este apocalipsis. Cuanto amó y ama a sus padres. Yo me he tomado la libertad de continuar escribiendo su diario. Esto tiene que quedar como testimonio sobre la vida de un gran y humilde hombre, quien se sacrificó por nosotros, quienes lo corrimos a la patada aquel día.

Aún tengo la esperanza de que vuelva, tal como había prometido. Mi hermano dice que tenemos que marcharnos a otro lugar, y agrega que nuestro amigo no lo logró. Que si no lo mataron esos caníbales, lo haría la hemorragia de su herida.

Su mascotica Pelusa no quiere comer, y eso me parte más el corazón…un momento (pausa) …estoy llorando, es que no es justo, no lo es ¿Cómo es posible que alguien desconocido haya dado su vida por nosotros? Debe haber muerto y Pelusa lo sabe, por eso no quiere probar ni un bocado. Tengo que ser fuerte, este legado debe continuar, no puedo ahora dejar que este diario deje de existir, quizás este sea el nuevo propósito de mi vida.

         Vamos a esperar hasta mañana. Tendremos que partir nuevamente. Adiós amigo. Espero te hayas reunido con tu familia en el cielo. Seguro habrás encontrado el descanso y la felicidad que tanto te mereces.


31/12/2020.

—Vamos Pelusa, debes comer. Tienes que hacerlo por tu amigo y hermano, el no querría que murieses de hambre y menos después de todo lo que hizo para mantenerte vivo. Vamos Pelusa come.

— ¡Vamos Pelusa, come hermanito!—dijo alguien que estaba parado detrás de mí. Pelusa se me soltó de las manos y fue corriendo hasta la persona que había pronunciado esas palabras. Era nuestro amigo… estaba hecho un desastre, pero estaba vivo. Mi hermano lo sostenía porque estaba muy débil. Pelusa empezó a chillar de alegría mientras su amo lo llevaba a su rostro y al mismo tiempo lo acariciaba.

Yo empecé a llorar de alegría, me emocioné mucho, creo que nunca había estado tan feliz de ver a una persona. El hombre se acercó a mí con el apoyo de mi hermano. Extendió su mano derecha hacia mí, y me dijo:

—Por cierto bonita, soy Pedro.

Yo no extendí mi mano, sino que lo abracé de manera muy fuerte y puse mi rostro en su pecho y seguí llorando.

— ¡Cuidado bonita, cuidado! Me duele mucho.

—Disculpa—dije, y dejé de abrazarlo. –Yo soy Cristina, y él es mi hermano Lázaro.

—Pues un placer. Espero no me vayan a correr nuevamente.

— ¡Jamás!—comenté con mucha energía y reí por su sentido del humor.

—Bueno, dejémonos de pendejadas, hoy va ser año nuevo. Hay que celebrar—intervino mi hermano con una gran sonrisa de oreja a oreja.

—Por cierto Lázaro, creo que esto te pertenece—dijo Pedro y, sacó de una bolsa de tela, la máscara de gas de mi hermano. Y esto es tuyo bonita, extendió hacia mí, mi pañoleta.

Ese día fue fantástico. No pudo ser mejor. Gracias DIOS.

“Fin”.


Epílogo.


07/01/2021.

         Soy Pedro, y hoy vuelvo a escribir en las páginas de mi diario. “Ellos” están cerca, Pelusa nos dio su alarma con su singular chillido; pero ahora somos tres…





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