domingo, 30 de julio de 2017

LLAMAS PROHIBIDAS








LLAMAS PROHIBIDAS.



I

Mientras en Caracas ardía Troya, María, una hermosa morena de Oposición, se había escapado junto a Carlos—un hombre rubio que pasaba de los cuarenta años—hacia la terraza de un edificio residencial en plena manifestación contra la propuesta de Constituyente del Presidente Nicolás Maduro
Carlos era chavista, de convicción, era un hombre que estaba a punto de entrar al club de los divorciados, lo contrario de María quién estaba comprometida con un joven médico egresado de la Universidad Central de Venezuela. Ella estaba por cumplir veinte y dos años de edad y se puede decir que ya su vida estaba decidida, pero decidida por sus padres y también por la fuerza de la sociedad que la rodeaba a ella.
— ¿Crees que siempre vamos a estar así?—preguntó María con tristeza, quien estaba al lado de Carlos mirando a través de la baranda de la terraza del edificio donde estaban.
Abajo del edificio, en las calles, opositores lanzaban bombas molotov y piedras, a la Guardia Nacional, y esta a su vez respondía con perdigones, gas lacrimógeno y agua a fuerte presión. Rodeado por ese clima, Carlos meditó un poco su respuesta.
—No sé si siempre estaremos así—contestó Carlos y luego con sus fuertes y velludos brazos la rodeó a ella  por sus hermosas caderas—. Por ahora—Carlos siguió respondiendo—me preocupa más, si nosotros siempre vamos a estar así. Tenemos todo en contra, yo te doblo en edad, tú estás comprometida, yo casado, bueno casi casado.
—Será casi divorciado—interrumpió ella besando su pecho desnudo y luego arrojó una breve y muy deliciosa carcajada.
—Exacto, casi divorciado—repitió él y luego rió—. Sin mencionar que tú eres millonaria, hija de Gustavo Sarmiento y yo me gano la vida como mecánico.
María pegó su cuerpo al de él, solo tenía puesto un jean y una muy estrecha franela blanca de algodón.
—Se te ha olvidado algo—le dijo ella con su cálido aliento.
— ¿Qué?
—Que usted, hermoso caballero, es “rojo rojito”, y yo soy opositora.
—Me había olvidado de eso. Pero también hay que sumarlo a la lista de imposibles.
El cielo en el Este de Caracas—donde ellos se encontraban—estaba nublado, hace solo un par de horas había llovido y la temperatura era de 23 °C. 
—Tú, últimamente te olvidas de las cosas—le comentó ella volviendo al pecho desnudo de Carlos, el cual era abundante en vellos de un color rojizo.
—Parece que me olvido de lo que me conviene—dijo él y descansó sus manos en el duro trasero de su joven amante, luego lo apretó con fuerza.
Posteriormente, ella introdujo su mano por dentro del pantalón de él, en la parte de atrás, pudiendo palpar los finos vellos de sus nalgas. Luego vino el beso, un beso tan intenso como las llamas que ardían debajo del edificio. El viento empezaba a llevar el gas lacrimógeno hacia donde se encontraban ellos.






II


Marcos Torres era apuesto y alto, su tono de piel era claro, además era joven, contaba con solo veinte tres años de edad y ya era médico cirujano. Era ambicioso como nadie, estaba decidido a ser el mejor médico de Caracas, pero primero tenía que obtener esa beca a como dé lugar para estudiar en Harvard, solo serían años; pero por ahora solo era médico residente en el Hospital Universitario y atendía consultas de medicina general en la Clínica Metropolitana. Amaba a María, pero sabía que no le dedicaba mucho tiempo, deseaba estar con ella ahora mismo luchando contra la Guardia Nacional allá en el Este de Caracas, extrañaba esos tiempos de estudiante universitario cuando arrojaban piedras y bombas molotov a las fuerzas del sistema del cual él estaba en contra. Pero él ahora era médico y muchas vidas dependían de él; además, no tenía el tiempo para tales actividades.
—Doctor, tenemos una paciente que acaba de recibir un fuerte golpe en la cabeza con un objeto contundente—comunicó una enfermera  al doctor Marcos Torres.
—Ya voy para allá, dame dos minutos.
—Entendido, doctor—la enfermera fue rápidamente hacia donde se encontraba la mujer del golpe en la cabeza y Marcos Torres se disponía a terminar de curar la herida con prontitud del paciente que tenía frente a él en ese momento.






III


—Cuidado con su mano, señorita—advirtió Carlos en tono de broma.
— ¿Sí? ¿Y por qué?—preguntó María, masajeando las fuertes y velludas nalgas de Carlos.
—Mmm, no sé. Es que pudiera tomar otro camino.
María desabrochó el botón del Jean de Carlos y bajó su cremallera, luego su mano tomó otro camino, hasta que llegó al frente, debajo del ombligo del rubio mecánico.
— ¿Te refieres a un camino cómo este?—preguntó ella, tomando su sexo que estaba grande y duro.
—A ese camino me refiero, yo. Precisamente a ese. 
El ambiente debajo del edificio seguía acalorado. La Guardia Nacional empezaba a retroceder cuando desde el grupo de manifestantes empezaron a lanzar cohetes de fuegos artificiales dirigidos de manera horizontal hacia los uniformados. Los manifestantes aumentaron sus gritos y euforia, y la Guardia tuvo que cerrar más sus filas. Mientras tanto, Carlos desabrochó el pantalón de María y también bajo su cremallera.
—Yo también puedo tomar un camino parecido al tuyo—comentó Carlos y su enorme mano derecha fue entrando debajo del jean de ella. Él sintió su ropa interior, la cual se empezaba a humedecer.
—Cuidado con ese camino—dijo ella—es peligroso y muy resbaladizo.
— ¿Ah sí? Pues entonces hay solo una forma de saberlo.






IV

Dentro de la enorme sala de Emergencia del Hospital Universitario de Caracas, se vivía una constante agitación las veinticuatro horas durante los siete días de la semana. La presión laboral era alta, se demandaba el máximo del personal médico y de enfermeros. Los tiempos para dormir durante la noche, en el mejor de los casos, eran de tres escasas horas; pero al joven doctor Marcos Torres le encantaba ese ambiente de duro fragor, tenía casi siempre a su lado un vasito desechable de café, el cual no todo el tiempo estaba caliente. Ese era su medio, le gustaba, lo único que lo podía apartar de allí eran sus dos codiciados años de especialización en Harvard, siempre y cuando lograse su anhelada beca, aunque también podría optar por una financiación directa de parte de su futuro suegro, siendo esta última, mucho más fácil de obtener que la misma beca; pero él era orgulloso, quería obtener las cosas por su cuenta y no por el hecho de ser el prometido de la hija de un millonario.
Marcos Torres había terminado de curar una herida cuando ya se disponía a ver su próxima paciente, una abogado que trabajaba directamente con la Fiscalía General de la República.
Mientras Marcos Torres iba caminando por uno de los pasillos, los camilleros y paramédicos pasaban volando muy cerca de él llevando pacientes al borde de la muerte. Él deseaba pronto poder atender esos casos graves pero por ahora había sido asignado a atender los casos de menos complejidad: una fractura menor, un esguince, una cortada, alguna que otra intoxicación, fiebres altas, entre otros casos.
La doctora Castañeda estaba acostada sobre una muy estrecha camilla cuando el doctor abrió las cortinas del cubículo donde se hallaba ella. “Por fin”, dijo la doctora para si misma cuando vio al doctor entrar.
—Buenas tardes, disculpe la demora—dijo el doctor Torres revisando de una vez a la abogada.
La doctora Castañeda estaba muy adolorida y a la vez molesta por el largo tiempo en espera.
— ¿Qué le ha pasado, cómo se hizo esto?—preguntó Torres detallando el golpe en donde había una aguda inflamación y una leve laceración.
—Fue en la sede de la Fiscalía General, soy fiscal. Soy la que lleva el caso de los jóvenes chavistas quemados en la manifestación opositora. Y también llevo el caso del adolescente muerto a golpes por funcionarios de la Guardia Nacional.
—Okey—dijo el doctor mientras seguía detallando el golpe ubicado en la parte posterior de la cabeza.
—Bueno—siguió la doctora relatando lo ocurrido—.  Entonces alguien cubierto en una turba que estaba protestando me arrojó una botella la cual vino a parar en mi cabeza.
—Tiene usted la cabeza bien dura, ¿Doctora…?
—Doctora Castañera. Y sí, soy cabeza dura y hay que tenerla para seguir en este trabajo.
—Bueno, te pondré un analgésico y desinflamatorio intravenoso. No creo que haya conmoción cerebral, se ve usted muy dueña de sus sentidos—el doctor chequeaba las pupilas de los ojos de la abogada con su pequeña linterna, los cuales no arrojaron signos de conmoción. —Pero vamos a tomarte una placa y de ser necesario una tomografía para descartar cualquier daño.
— ¿Y puedo seguir trabajando?—solicitó saber Castañeda.
—Vaya, y yo que pensaba que era el único adicto al trabajo por aquí—contestó Torres. —Pues no doctora Castañeda, no podrá trabajar al menos en setenta y dos horas. Tiene que tomarse un pequeño reposo.
—Pero es que setenta y dos horas es demasiado, doctor. Yo llevo esos casos, el país se nos está viniendo abajo y…
—Ah, ah, sin peros. Le entiendo, doctora. Hagamos una cosa, le voy a reducir el reposo a cuarenta y ocho horas con la condición de que yo la pueda ver en mi consultorio en la Clínica Metropolitana, entonces la examinaré nuevamente y le diré si puede seguir trabajando; siempre y cuando la radiografía de ahorita no arroje alguna anormalidad.
Castañeda lo meditó un instante, era de sentido común aceptar la propuesta del doctor, después de todo, era una mejor opción. La enfermera ya había colocado el analgésico y desinflamatorio a través de una solución fisiológica. Ella tendría que esperar una hora sobre la camilla hasta que la droga colocada hiciese su efecto completo. Entonces en ese momento entró al cubículo un hombre con un termo de café y unos vasos desechables. El hombre se llamaba Néstor y era un camillero que realmente se encargaba detener siempre café caliente a la mano y de que los surtidores de agua fría estuviesen provistos, además de otras actividades que realizaba como comunicar mensajes y comprar golosinas.
— ¿Quiere café, doctor Torres?—preguntó Néstor.
—Por supuesto, estimado Néstor. No le pregunte al águila si desea volar. — ¿Quiere usted un poco de café, doctora Castañeda?
— ¿Puedo tomarlo?—preguntó la doctora.
—Desde luego, la cafeína es un buen analgésico. Lo tienen casi todas las pastillas para el dolor de cabeza.
—Claro, por qué no—contestó Castañeda.
—Un café para nuestra amiga fiscal, amigo Néstor—pidió Torres.
A la doctora Castañeda le empezó a parecer muy simpático el joven doctor, tenía tanto carisma y estaba lleno de vida. Además era muy apuesto, parecía uno de esos doctores galanes de esa serie televisiva “E. R. Sala de Emergencia”. Llevaba tiempo sin mirar a un hombre así. Recordó que la última vez que vio a un hombre de esa manera había sido hace doce años y de ese hombre se estaba divorciando.
—Bien doctora, debo marcharme. Pero regreso en una hora y ya entonces las placas deben estar listas. Por ahora esperemos que baje la inflamación.
—Okey, doctor. Gracias por el café.
—De nada. Y gracias a Néstor también, él nos mantiene despiertos a todos por aquí.



V

— ¡Abajo, malditos!—gritó un manifestante encapuchado a todo pulmón y luego arrojó con todas sus fuerzas una bomba molotov a las filas apertrechadas de la Guardia Nacional.
La bomba molotov estalló en el casco de un sargento, para luego cubrir  de gasolina  ardiente a varios efectivos del orden público los cuales entraron en pánico, pero un compañero encargado de sostener un cilindro de extinción pudo en poco tiempo neutralizar las llamas.
Pero otras llamas se empezaban a avivar en la azotea de unos de los edificios residenciales que rodeaban a la manifestación.
María gimió cuando ....

(Capítulo censurado, si lo deseas leer solicítalo por chat en mi Face y te lo enviaré a tu correo)



VI

Carlos estaba encargado de reparar y hacer mantenimientos a algunos ascensores en el Este de Caracas. Él era un mecánico de maquinarias pesadas, especializado en todo tipo de ascensor, además tenía conocimientos fundamentales en electricidad y electrónica, los necesarios para poner a andar un ascensor. Vivía en El Valle, y era un gran activista político en su comunidad. Durante los primeros meses del 2017 no le agradaba para nada tener que ir al Este de Caracas, ya que ciertos sectores de manifestantes se habían vuelto muy violentos y de ser él descubierto que era un activista del chavismo, le podía ir mal. Pero tenía que trabajar y la paga en ese sector de la ciudad era muy buena; el riesgo valía la pena. Conoció a María en una manifestación donde la Guardia Nacional usó una enorme cantidad de gas lacrimógeno, en donde María se asfixiaba y de no ser por Carlos tal vez ya estaría muerta, convirtiéndose en una víctima más desde que comenzaron las protestas durante el 2017 en Venezuela.
La cargó hasta el edificio, el mismo donde se veían al menos dos veces por semana. María le pareció sumamente hermosa, y cuando estaba dormida a causa del desfallecimiento se veía aún más bella. Él esperó hasta que se despertara, pudo haberla llevado a un hospital, pero su carro, como se dijo antes, había sido robado, y tampoco podía usar el transporte público en ese sector de Caracas ya que todas las calles estaban trancadas con improvisados parapetos.
Eran una fresca tarde cuando María abrió los ojos, el sol brillaba de manera agradable y le daba directamente a la vista, ella vio borroso, no sabía dónde estaba y, sus últimos acontecimientos los fue recordando poco a poco; entonces un hombre rubio de barba y ojos verdes, se acercó a ella y le ofreció una botella de agua y un pañuelo humedecido en vinagre.
—Toma—le dijo él con mucha amabilidad, ofreciendo la botella y el pañuelo húmedo.
— ¿Quién es usted, dónde estoy?— preguntó ella luego.
—Yo soy Carlos y trabajo en este edificio. Hace una hora te estabas asfixiando por el gas lacrimógeno y luego te desmayaste, te traje hasta aquí porque el gas no llega por completo a esta terraza.
Carlos encendió un cigarrillo y luego se dedicó a contemplar a María mientras bebía agua, estaba sedienta. Luego ella se empezó a limpiar el rostro con el pañuelo humedecido en vinagre.
— ¿He estado inconsciente por una hora?—solicitó saber María. Ella se había sentado en un banquito azul de plástico y Carlos estaba sentado en una pequeña aglomeración de ladrillos rojos.
—Así es, señorita. Por cierto, se ve muy bonita cuando está dormida. Disculpe usted si la ofendo—Después de aquel halago, Calor exhaló humo de su cigarrillo.
—Descuide, no me ofende. ¿No estoy secuestrada ni nada por estilo, verdad?
—No señorita, puede irse cuando lo desee. Pero le sugiero que espere unos minutos hasta que todo se pueda calmar un poco.
—Está bien—dijo ella, aquel hombre desconocido le inspiraba confianza. Ella se sentía un poco mareada. — ¿Me da un cigarro, por favor?
— ¿Fuma usted siendo tan bonita?
—Pues sí, fumo desde hace dos años.
Carlos quiso decirle que el cigarrillo es muy dañino y adictivo y que estaba a tiempo de dejarlo, pero bah, no quería parecer una especie de padre sermonero. Así que le extendió la caja de cigarros y su yesquero para que ella misma se sirviese.
— ¿De qué trabaja usted aquí?—preguntó ella.
—Soy mecánico de profesión, y bueno, soy el que repara los ascensores de este edificio y de otros por aquí cerca.
María se empezaba a sentir mejor, la conversación se hacía cada vez más agradable. Ella se había presentado como María Sarmiento. Ese apellido le había sonado mucho a  Carlos en las últimas semanas, especialmente después del robo de su carro.
—Bueno, señor Carlos, ya debo irme. Gracias por salvarme la vida y por su hospitalidad—dijo María luego de fumar un segundo cigarrillo, después se levantó del banquito azul de plástico.
—Claro, María. Aunque es una lástima que se vaya. No suelo hablar con jóvenes tan bellas como tú.
—Usted es un hombre muy apuesto, señor Carlos. Seguro habrá más de una joven suspirando por usted.
Cuando María caminaba hacia la salida de la terraza, para retirarse, tuvo un resbalón con una pequeña charca, y cayó de bruces hacia el piso, ensuciándose con el charco y también con excremento de palomas.
—Hoy no es mi día—comentó María boca abajo, mirando el piso.
Carlos se movió rápidamente para ayudarla a reincorporarse y luego añadió.
—Sí, María. Definitivamente hoy no es tu día. Mira cómo te has ensuciado.
—Sí y ahora estoy llena de caca de paloma. ¡Hey, de qué te ríes!
Carlos se empezaba a privar de la risa. Sus ojos se humedecían de tanto reírse.
—Es que, es que…—Carlos no podía hablar, seguía en un estado de carcajadas y su rostro se había puesto muy rojo.
—Ah sí, ahora sí me acomodé yo. Estoy salada[1] y ahora te burlas de mí. Mira cómo me he puesto. Me he llenado de mierda.
De pronto algunas palomas volaron por encima de María y una de ellas le arrojó excremento blanco, viscoso y abundante sobre su cabello. Ella de manera lenta se tocó el cabello y su mano se llenó de suciedad.
— ¡Mierda, no joda!—gritó María, el color de la rabia subió a sus mejillas y Carlos esta vez se rió más duro, luego ella empezó a sonreír, y de la sonrisa pasó prontamente a la carcajada.
Ya Carlos no se reía en solitario, María se había unido a él y cuando ambos se calmaron él sacó su caja de cigarrillo y expresó:
—Bueno, esto hay que celebrarlo con dos buenos cigarrillos.
—Sí, hay que celebrarlo. Hay que celebrar que estoy echa una mierda. Literalmente hablando, claro.
Ambos empezaron a fumar nuevamente.
—Tranquila, hermosa, tanta mala suerte significa que te viene una racha de muy buena suerte.
— ¡Hey palomas!—gritó María viendo al cielo—. ¡Sigan cagándome! Aprovechen hoy, hijas de puta, que necesito mucha suerte.
—No es tan grave. Te puedes duchar en el baño de los trabajadores. Y podemos lavar tu ropa en el departamento de la conserje. Así que no hay problema. Además, podemos seguir hablando. Yo cargo una botellita de ron en mi bolso y…
— ¿Intentas seducirme, Carlos?—preguntó María de manera sorpresiva. Carlos se quedó pensando.
—Un viejo como yo no podría seducir a la joven más bella que mis ojos han visto por estos lugares.
—Ah, poeta. Aparte mecánico eres poeta.
—No, soy mecánico. Vente, vamos a lavarte. No pretenderás irte llena de mierda.
—Desde luego que no.
Cuatro minutos después, María estaba tomando una agradable ducha con agua tibia. Tenía sus ojos cerrados mientras la abundante agua de la regadera caía sobre su cabeza.
— ¡Hey, María! Aquí hay una muda de ropa limpia mientras se lava la tuya—comunicó Carlos, deseando en el fondo ver a María desnuda. Pero su deseo era solo una fantasía.
— ¡Gracias, Carlos!—contestó ella y tenía deseos de que el mecánico la viese sin ropa alguna. Rápidamente desechó ese pensamiento, ella estaba comprometida.






VII

La doctora Castañera había llegado a su departamento en El Valle. Ya no le dolía la cabeza a causa del analgésico intravenoso que le habían inyectado en el hospital. Carlos estaba en el departamento cuando ella llegó, veía el canal deportivo en la sala y estaba bebiendo una cerveza. Él no sabía nada sobre que su esposa había recibido un botellazo en la cabeza, ella nunca se lo comunicó, hace tiempo que no le comunicaba incidentes a su esposo, ya no lo soportaba de hecho, no lo quería ver más en el departamento, solo esperaba el divorcio y listo.
—Hola—saludó Susana a su esposo de manera fría.
—Hola—contestó él de manera seca. —Tienes cena en el microondas—le comunicó luego, dando un sorbo a su cerveza y sin despegar la vista del televisor.
Susana y Carlos a pesar de estar fuertemente distanciados, se procuraban un bienestar básico para ambos, como por ejemplo, si uno de ellos llegaba primero a la casa, hacía la cena y guardaba para que el otro comiese.
—Gracias—contestó ella— ¿Qué preparaste?
—Unos sándwiches con queso guayanés. Caliéntalos.
—Okey.
Susana o la doctora Castañera, lo que más deseaba no era cenar, sino que quería darse una ducha, tomar un par de analgésicos que le había recetado el doctor Torres y luego acostarse a dormir.
Mientras Susana se duchaba, Carlos cambió el canal de deportes y colocó el de noticias, en donde se mostraba justamente las protestas cerca del edificio donde siempre se veía con María. Entonces, en otra noticia, se informaba que la fiscal Susana Castañeda  había sido golpeada en la cabeza con una botella. Se mostraban las imágenes de su esposa recibiendo el botellazo y luego era rodeada por policías que la resguardaron. Carlos se sintió abatido, a su esposa casi la habían asesinado y él al parecer era el último en enterarse, pero también sintió rabia, porque ella no se había molestado en llamar para avisarle. Susana por su parte, no quería que él supiese que le habían hecho daño a fin de que no se preocupase; no obstante, también se lo ocultó por simple y mero orgullo.
Susana salió de baño vestida con una cómoda ropa para andar en casa, tenía el cabello mojado y aún se lo secaba con una toalla cuando pasó por el frente de Carlos mientras él seguía viendo el noticiero. Ella se dirigía hacia la cocina para cenar, tomarse los analgésicos y luego irse a dormir. Cuando ella terminó de calentar los sándwiches, Carlos se acercó a la nevera para sacar otra cerveza.
—Hoy casi te matan de un botellazo y no supe nada. Sino hasta ahorita que lo vi en las noticias—dijo su esposo sin mirarla  mientras destapaba la cerveza.
—No ha sido nada, Carlos. Además, ¿desde cuando te preocupas por mí?
—No, tienes razón. Yo nunca me preocupo por ti y nunca lo he hecho.
— ¡Carajos, Carlos! ¿Ya vamos a empezar a pelear?
—Yo no quiero pelear. Descuida, come tranquila y discúlpame.
Carlos se acercó hasta ella y le preguntó:
— ¿Dónde fue?
—Aquí atrás—dijo ella y señaló donde había recibido el golpe.
—Se ve feo, está inflamado.
—Estaba mucho peor—dijo ella y dio un mordisco a uno de su sándwiches.
—Fanáticos de mierda—comentó él—luego piden la paz del país. ¿Cómo te sientes, te duele?
—Ahorita no, estoy sedada con un analgésico que me pusieron en el hospital.
—Bueno, descansa. Seguro te mandaron reposo. Guárdalo, que yo te conozco.
—Sí, lo guardaré. Haré el intento.
Sin agregar más nada, Carlos se fue otra vez a la sala para seguir viendo televisión. Susana se sintió mejor cuando su esposo le preguntó cómo se sentía. Ella misma no se lograba entender, ya no quería a Carlos y no soportaba su presencia en el apartamento, pero se sintió aliviada cuando el mostró sincera preocupación por ella. Lo único que pudo colocar en su mente para no sentirse más confundida, es que Carlos era como un amigo, solo eso, una amistad que se preocupa por ella, más nada. Ella comió solo un sándwich de los dos que le había dejado su esposo y luego se fue a dormir, o al menos intentar hacerlo, ya que sus pensamientos sobre los casos de agresión que llevaba siempre la terminaban desvelando. Pero tenía que cumplir su promesa de no trabajar por cuarenta y ocho horas, se lo había prometido a aquel joven doctor, y pensar en la cama sobre esos casos era igual a trabajar. “Interesante el doctorcito ese”, pensó ella recordando al carismático y guapo doctor, luego se fue a  su habitación para dormir, dejando un frío saludo de buenas noches a su esposo y éste correspondió con la misma frialdad.





VIII

*

Continuación del día en que Carlos y María se conocieron:

— ¿Y cómo se llama, la señorita?—preguntó Celestina (este era el nombre de la conserje que estaba lavando la ropa de María).
—Me dijo que se llama, María Sarmiento—contestó Carlos.
Celestina era una mujer obesa y de color, de rostro bonachón y con treinta y siete años de edad. Ella era de suma confianza para Carlos, además de ser siempre su mejor apoyo en ese edificio.
—Ay Carlos, ¿María Sarmiento?
— ¿Qué, pasa algo?
— ¿No será ella la hija de Gustavo Sarmiento, el empresario?
Carlos recordó entonces el porqué ese apellido le había sonado mucho últimamente.
—No lo sé, Celestina.
—Ay Carlos, yo creo que sí es. Me dijiste que es estudiante y además es una manifestante opositora. Ella ha salido hasta en la televisión. Cuando la vea yo te digo sí es o no es.
—Buenas, con permiso—dijo María, estaba parada en la entrada del departamento de Celestina.
—Adelante—contestó Carlos.
La conserje no dijo nada, sus ojos eran como platos, en su hogar estaba nada menos que la hija de Gustavo Sarmiento.
—Saluda, Celestina—le indicó Carlos a la conserje, y luego le dio un golpecito con el codo a la corpulenta mujer.
—Disculpa. Adelante señorita—habló la conserje. —Es que no puedo creer que usted esté aquí en mi apartamento.
María estaba algo confundida, después recordó que ella había recibido cierta atención en los medios de comunicación, y además ella era la hija de Gustavo Sarmiento.
—Siéntese aquí—Celestina le ofreció sentarse en los muebles de la muy pequeña sala de estar de su apartamento asignado como conserje del edificio. —Ya voy a preparar un café bien cerrero para usted.
— ¿Y para mí?—preguntó Carlos.
—Para ti también, mi catire[2] hermoso.
—Ay papá, ahora soy tu catire hermoso—contestó Carlos en tono de broma y se fue a sentar en uno de los muebles de la sala para acompañar a María.
María estaba sonriendo a causa del último comentario de Celestina.
— ¿De qué se ríe usted, señorita?
—De ti—contestó ella—te das cuenta, que sí eres un catire hermoso.
—Para Celestina todos los catires son hermosos. Y por cierto—Carlos hizo una pausa, subió su pierna derecha y la reposó elegantemente sobre su rodilla izquierda, sacó su caja de cigarrillo y luego continuó: —No me había dicho usted que era la mismísima hija de Gustavo Sarmiento.
—Tampoco me lo preguntaste, Carlos.
—Bueno, es un honor estar con una celebridad.
—Bah, déjate de vainas. Qué celebridad y qué ocho cuartos, yo solo soy una estudiante que lucha por los derechos de todo un país, una más entre tantos estudiantes.
María notaba que cada vez que ella hacía referencia a su lucha política, Carlos cambiaba de semblante, como si se sintiese incómodo.
—Aquí está el cafecito, señorita Sarmiento—dijo Celestina dando una taza de café para María y otra para Carlos, después ella fue por otra taza para acompañar a sus huéspedes.
—Señorita Sarmiento, le felicito por toda esa lucha que está dando por nuestro país—comentó Celestina dando un pequeño sorbo a su café caliente y cerrero, después completó: —Este gobierno y estos chavistas nos piensan matar de hambre—cuando Celestina dijo la palabra “chavista”, señaló con su vista a Carlos con la finalidad de dar a conocer la ideología política de su amigo.
María se quedó mirando a Carlos quien había quedado un poco taciturno luego del comentario de la negra Celestina.
— ¿Eres chavista, Carlos?—le preguntó María.
Celestina intervino.
— ¿Chavista? Ja. Ese es rojo rojito hasta los huesos.
Carlos no respondió, solo dio una aspirada a su cigarrillo y después cambió su pierna de lugar, colocando ahora la izquierda sobre la derecha.
—Interesante—contestó María. —Un chavista me ha salvado la vida hoy. Quién iba a imaginarlo.
—Solo cumplía con mi deber, María—comentó Carlos sin ver a los ojos de la muchacha.
María hizo silencio, sentía repulsión por los chavistas, y ahora su mente estaba algo enredada.
—Bueno, pero no hablemos de política—dijo Celestina, además Carlos es clase aparte de esos rojos rojitos. Yo lo conozco, la casa de mi madre está en El Valle, donde él vive. Y siempre ha sido todo un caballero.
María tenía muchas ganas de preguntarle sobre la constituyente y sobre el plan que tenía el presidente Maduro de eternizarse en el poder. Quería preguntar sobre la corrupción, la delincuencia desbordada, la hiperinflación y cualquier otro grave problema que afectaba ahora mismo la vida de los venezolanos; pero algo dentro de ella la instaba a no preguntar nada, a hacer una especie de tregua ante su salvador.
—Sí, Celestina, no hablemos de política, es suficiente por hoy—expresó María viendo a Carlos. —Y bien Carlos, ¿dónde está esa botellita de ron que me ofreciste?—preguntó la muchacha y luego dio un sorbo a su café.
— ¿Y usted toma, señorita Sarmiento?—preguntó Celestina haciéndose la sorprendida.
—Yo tomo hasta consejos, Celestina. Siempre y cuando sean buenos consejos.
Celestina emitió una risa pícara y cómplice ante el ocurrente comentario de María.
—Ya lo busco—intervino Carlos refiriéndose a la botella de ron—. Está en mi bolso y la dejé arriba en la azotea—Seguidamente Carlos se dirigió a la terraza a buscar la botella.
Cuando María y Celestina se quedaron solas, esta última dijo:
—Bueno, si vamos a tomar, hay que poner un poquito de música. Por cierto, señorita Sarmiento, su ropa ya está a punto de salir de la lavadora y después la pondré en la secadora. No tardará mucho tiempo.
—Descuida, Celestina. Es mejor esperar que irse llena con la ropa llena de caca y de charco.
Si fuese por María, su ropa podía tardar en lavarse y secarse, todo el resto de la tarde y de la noche, ya que sentía un interesante y prohibida atracción por ese apuesto hombre maduro que ha sido tan atento y especial con ella.


 CONTINUARÁ...
















[1] Salado o salada se le dice a una persona con muy mala suerte en Venezuela y otros países del Caribe.
[2] Catire  y catira se les dice a las personas rubias y caucásicas en Venezuela.