CONVERSIÓN DE UN VAMPIRO



CONVERSIÓN DE UN VAMPIRO
El poder de dos amores.



Por: Pedro Suárez Ochoa.

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Prólogo.


                  Dicen que los vampiros son esto y lo otro, que el ajo, que la estaca de madera,  el crucifijo y por allí sigue la lista, hasta llegar al espejo. Lo cierto es que, los vampiros sí existimos y somos  tan mortales como los seres humanos, tenemos casi las mismas debilidades; solo nos diferencia algunas cosas de ellos, una es sin duda, nuestro gusto por la sangre y, otra es, que ellos buscan edificar el reino de su Padre Creador en la tierra; y por el contrario nosotros buscamos edificar el Reino de Zeor, nuestro Salvador y nuestro Dios, al que dedicamos nuestras vidas para lograr resucitarlo, por arrancarlo de esa dimensión entre la muerte y la vida, esa a la que muchos llaman “El Limbo” o “La Nada”, pero que realmente es una prisión, donde Lucifer coloca a sus más temidos adversarios, aquellos que osan con pretender sacarlo de su reinado actual, porque  él es quién reina en la actualidad. Así que nosotros luchamos contra dos bandos, uno, el del Creador Celestial y el otro, el de Lucifer.

        Hay sin embargo otros seres que luchan por establecerse, pero son la minoría, aunque no se les puede subestimar, ya que muchas veces suman sus fuerzas a algún otro bando de nuestra competencia. Entre ellos están los hombres lobos, que lo único que tienen de lobos es su maldita mala educación y su cerebro que raya en lo primitivo. También está un legendario grupo de guerreros humanos que tienen su origen en el imperio romano y están establecidos en Inglaterra, ellos se hacen llamar “La Orden de la Luz”. Estos últimos tienen como misión acabar con los vampiros y con todo el legado de Zeor.

        Nosotros sin embargo somos finos en nuestros modales, somos grandes empresarios, y durante siglos y siglos de historia hemos amasado una fortuna tan grade como cualquier religión antiquísima. Nos hacemos pasar por humanos comunes y corrientes, pero ostentamos poder y mucho prestigio social.

        Nuestro Padre Zeor es nuestro verdadero creador. Éste fue un Marqués español durante la colonización hispana en el Nuevo Mundo, y no fue una especie de “Conde Drácula” como el personaje de ficción creado por el novelista Bram Stoker, quien se inspiró en la vida del verdadero Drácula, el príncipe rumano “Vlad Draculea” (1431-1476), conocido como EL EMPALDOR, quien gobernó con mano de hierro, llegando a beber la sangre de sus enemigos, y quien al momento de comer, mandaba a empalar a sus adversarios frente a su presencia, en donde el olor a excremento se mezclaba con el olor a cobre de la sangre. Aquel gobernante podía seguir comiendo su banquete tranquilamente en presencia de uno de los más terribles métodos de tortura y ejecución, como lo fue el empalamiento.

        Pero nuestro Padre Zeor no poseía tales métodos bárbaros, incluso, nos enseñó a cuidar a los humanos, a mantenerlos vivos, porque así son una fuente inagotable de sangre, el fluido vital para nosotros. También nos enseñó a no solo mantener vivos a los humanos, sino que además nos enseñó el mejor método para esclavizarlos y tenerlos a nuestros servicios, el cual consistía en darles “dinero, sexo, bebidas, comidas exquisitas y distinción social,”, en fin, exaltar todos sus egos, trabajar a nivel de sus instintos básicos.

        Nosotros los vampiros, somos como los  psicólogos, grandes estudiosos de la mente humana, y tenemos que serlo, mejor dicho, estamos obligados a serlo. Si queremos reinar sobre la Tierra, tenemos que conquistar las mentes de los humanos

        Ahora, ¿Quién soy yo? ¿Por qué cuento todo esto? ¿Y de qué se trata esta historia? Soy un vampiro y eso ya lo saben, pero esta historia no es mía, esta historia es de un hermano vampiro, una historia que no debo contar, o al menos no debo ser descubierto, porque me costaría la vida, pero algo dentro de mí me obliga a hacerlo y verdaderamente no sé qué es ese algo, pero es real.



Capítulo I. Tatiana.


         Tatiana, una hermosa mulata de cabello negro y rebelde, que al arreglárselo se convierte en hermosos rulos. Su cabello siempre está impregnado de la fragancia de frutas del champú que acostumbra a usar, y esta fragancia se mezcla con el olor natural de su cabello convirtiéndose en algo muy delicioso para los hombres. Resulta difícil no detenerse para oler ese cabello que va acompañado siempre de una sonrisa llena de carisma. Sus ojos son negros y brillantes como el azabache recién pulido. Su piel es clara y sus facciones son ligeramente afro, dónde destacan unos labios carnosos que siempre invitan a mirarlos aunque sea unos segundos. Ella estudia para ser docente de preescolar en la Universidad Pedagógica (UPEL), llevándole la contraria a sus queridos padres, quienes siempre soñaron con que su hija estudiase ingeniería civil en la Universidad de Oriente (UDO) de Ciudad Bolívar.
        Tatiana además asiste con mucha regularidad a una iglesia cristiana denominada “La Iglesia del Maestro”. Su vida es tan casta y pura que solo se concentra en las actividades de su religión y su universidad, el tiempo que le resta es para su familia, sus padres y sus dos hermanos menores.
         Cada mañana le dedica veinte minutos a la lectura de la biblia, en especial a los libros de los evangelios. Ella sueña con casarse y formar una familia al lado de un hombre digno de su religión. No le importa tanto cuánto dinero vaya a tener su futuro esposo, solo le interesa que la ame a ella y sólo a ella, que la quiera con todas las fuerzas de su corazón, tanto como Jesús, quien amó a su iglesia, hasta el punto de dar la vida por ella. Así que el dinero es solo algo secundario para ella.

         Los jóvenes de La Iglesia del Maestro sueñan con ser novios de Tatiana, desde los que tienen quince hasta los que llegan a veinticinco años de edad y, entre esos muchachos quien más lleva la delantera es José, un chico de veintitrés años que cursa el quinto semestre de Ingeniería en Informática en el IUTEB, a quien los padres de Tatiana se lo han puesto entre ceja y ceja a ella. Y bueno, ¿por qué no casarse con José? Después de todo es atractivo, fiel a su religión y estudia informática, quien además ya está trabajando en su propia empresa en este campo gozando de buenas referencias por parte de sus clientes.
Tatiana, esta hermosa mulata está a punto de cumplir veinte años, pero también está por conocer a un apuesto hombre de treinta y dos años de edad que lleva una vida apartada de Dios y quien ostenta una gran fortuna que se pierde de vista. Así que, una tarde cálida de mediados de febrero del 2016, José se encontraba con Tatiana comiendo helados de yogurt en una heladería de Vista Hermosa cerca del Estadio Heres. Allí José escuchaba a Tatiana con mucha atención, claro, su atención no se enfocaba en las palabras que ella emitía, sino en sus labios carnosos y en el olor a frutas que desprendía su cabello. Él solo movía levemente su cabeza en señal de afirmación, y ella sólo se dedicaba a conversar acerca de la próxima actividad para los jóvenes de la iglesia que sería en un campo cerca de Ciudad Bolívar vía Puerto Ordaz.
—Creo que el pastor García quiere lo mejor para los jóvenes. Esa actividad promete mucho y creo que debemos asegurar que todos asistan—dijo Tatiana, mientras comía su helado favorito de yogur con fresas y melocotón.
—Claro, estoy de acuerdo contigo Tati, hay que invitar a todos y todas—comentó José. Eran las primeras palabras que decía en diez minutos de estar oyendo a su interlocutora. — ¿Te ordeno otro helado Tati?
—Sí por favor, dile que le ponga doble ración de fresas—respondió Tati, que no es chica de comer mucho, a menos que sean helados de yogurt o comida italiana, allí la cosa cambia.
         José, quien conoce a la perfección los gustos de Tatiana por los helados, siempre está dispuesto a complacerla. Cuando José traía el helado con doble ración de fresas, alguien tropezó con él, e hizo que el helado cayera por completo en el brazo derecho de Tatiana, las fresas fueron a parar en el suelo de la heladería. El culpable de este incidente era un hombre alto, de cabello negro y perfectamente cuidado, tenía unos ojos amarillos como el sol, con algunas leves tonalidades de verde y marrón, pero principalmente amarillos y penetrantes. Aquel hombre de ojos de gato se quitó rápidamente su corbata y la usó como pañuelo para limpiar el brazo de Tatiana.
—Señor, no se preocupe. Yo lo arreglo todo—comunicó de manera seca y tajante José.
—Por favor, déjeme reparar el daño—agregó el misterioso y atractivo hombre, mientras seguía limpiando el brazo de Tatiana con su corbata.

         Tatiana no hallaba que decir, nunca en su vida había visto un hombre tan atractivo, al menos no en persona. El perfume del hombre penetraba hasta su alma misma, su voz pastosa era envolvente y el cuidado excelso de su vestimenta la tenía en otra dimensión desconocida para ella. Algo había en ese hombre que le despertaba sensaciones no conocidas por ella, como algo prohibido y atractivo al mismo tiempo
—Está bien señor, no ha pasado nada, además ya me ha limpiado—alcanzó a decir Tatiana con timidez.
         El hombre de los ojos amarillos andaba acompañado de una sensual mujer rubia, con una ropa casual muy ajustada a su cuerpo. La atractiva rubia se sentía algo fastidiada por la insistencia de Iván, su acompañante.
—Déjenme pagar otro helado por favor—dijo Iván, mientras enrollaba su corbata y al mismo tiempo sus manos se tornaban pegajosas por el helado que limpió de la hermosa mulata.
—No señor, está bien—intervino José, y su rostro empezaba a mostrar molestia.
—Dejemos que el señor compre el helado José, todos tenemos derecho a enmendar un error—comentó Tatiana, y al instante se puso de pie para para ir al baño de mujeres y quitarse con agua el pegoste del helado.
—Cariño, busca una mesa. En segundos estoy contigo—expresó Iván a su acompañante y después fue por unos helados.
A José no le quedó más remedio que quedarse sentado solo a la mesa.
         Cuando Tatiana salía del baño, tropezó esta vez ella con Iván, quién hizo un gran esfuerzo para que la bandeja de los helados no cayera encima de Tatiana.
—Hermosa señorita, creo que con este nuevo tropiezo estamos a manos.
         Tatiana estaba muy cerca de Iván, sus ojos estaban a la altura del pecho de este singular hombre. Ella lo vio directamente a sus penetrantes ojos amarillos y él sintió la fragancia de su hermoso cabello negro lleno de rulos el cual era frondoso como un bosque lleno de árboles del valle de Caracas.
—Entiendo que le gusta yogurt con melocotón y muchas fresas—habló Iván y le extendió el helado de ella.
—Sí, es mi favorito, me gustan mucho las frutas, en especial las fresas.
—Como el olor de su cabello señorita, el cual es de frutas.
         Tatiana se ruborizó.
—Bueno, con permiso hermosa señorita—dijo Iván y luego se fue a sentar con la mujer rubia.
         Tatiana se fue con su helado a sentarse con José y ya no hablaba más como antes; pero José tomó el relevo de la conversación en lo que quedaba de tarde. Ella solo miraba de reojo a Iván y éste le devolvía las miradas ya que estaba sentado frente a ella a una distancia de seis metros. José volteaba preocupado hacia dónde Tati dirigía la vista. Los celos se apoderaron de él, nunca se había sentido bajo amenaza por otro hombre  con respecto a Tatiana. Pero siempre hay una primera vez para todo.




Capítulo II, Iván.
  
         El vampiro Iván, siervo de Zeor, luchador contra Dios y contra Lucifer; había quedado anonadado esa tarde en la heladería. Aún podía sentir la fragancia del cabello de Tatiana y el de su cálida y tierna sangre, a pesar que andaba acompañado con una de sus amantes llamada Verónica, una sensual y espigada rubia casi del tamaño de él cuando llevaba tacones.
         Los pensamientos de Iván estaban concentrados en esa interesante joven mulata que sentía debilidad por los helados de yogurt con fresas y melocotones. No obstante, le parecía una joven sumamente inocente, sin duda era virgen y, con seguridad nunca había conocido el amor. El hecho de ser pura y virgen le atraía sobremanera, la empezó a codiciar, deseaba hacerle el amor y probar su sangre.
         Cuando Iván y Verónica dejaron la heladería, se dirigieron hacia uno de los edificios de su propiedad. Ese edificio era realmente un santuario para nuestro Padre Zeor. Allí solemos hacer rituales, beber sangre, fornicar y esforzarnos por tener una fiel membresía de mujeres y hombres dispuestos a compartir su sangre con nosotros, sus amos.
         Esa noche, en nuestro templo oculto, Verónica se preparaba para entregarse a Iván de la manera más lasciva. Primero, ella misma sacaría 200 cc de sangre de su cuerpo a través de una gran jeringa de oro y luego ofrecería la sangre en una fina copa de cristal a su amo Iván. Ellos orarían ante el altar de Zeor sin ningún tipo de prenda de ropa, solo la piel desnuda de sus cuerpos. Luego, él bebería la sangre de ella para después tener relaciones sexuales frente al altar.
         “La sangre nos produce una singular excitación carnal, en especial la de las mujeres”, como vampiros, entramos en un oscuro trance sexual. Pero Iván, a pesar de haber tomado la sangre de Verónica, no pudo alcanzar su estado viril para consumar el acto lascivo, aun con la danza sensual que ejecutaba su compañera.
— ¿Qué tienes Iván? ¿Te sientes bien?
—No sé que tengo. Déjame solo por favor y llama a “Patricia”, dile que la quiero en una hora en mi oficina.
—Okey, está bien—dijo Verónica y se empezó a vestir frente al altar de Zeor, dónde estaban unas gruesas sábanas sobre el piso de lino y de seda, color blanco y rojo.

         Patricia era la secretaria y la mano derecha de Iván, éste le pagaba una gran suma de dinero como sueldo, pero a cambio debería estar a disposición de él las 24 horas. Patricia nunca supo que su jefe era un vampiro, y si se lo contaban, jamás lo creería, para ella, como la mayoría de las personas, los vampiros no existen.
    Su secretaria era una excepcional profesional, había cursado estudios de administración de empresas aquí en Venezuela y en Europa, también contaba con cuatro años de experiencia en una trasnacional encargada del entretenimiento nocturno en distintas ciudades del país. Siempre conservaba una conducta intachable combinado con un profesionalismo excelso.
         Iván fue a bañar su ser en su amplio baño privado en el templo  Zeor, allí él tenía espejos por todas partes, ya que su reflejo era una de las cosas que más le gustaba. Era un ser vanidoso y estaba muy orgulloso de su esculpido cuerpo a los David de Miguel Ángel. En su baño tenía una nevera especial con una temperatura constante de 4 ºC  con un ordenado almacenamiento de sangre en bolsas adecuadas con anticoagulante  para conservar el vital líquido. Tomó una bolsa y la vació en una copa de plata con incrustaciones de piedras preciosas que era de la época colonial en Venezuela. Se metió en su yacusi, y se relajó un poco en la tibia agua llena de burbujas. Su mano derecha sostenía la copa de plata y le daba pequeños sorbos a la sangre. Prefería la sangre recién salida de las personas, porque era cálida y tenía todos sus componentes; pero no todo el tiempo podía conseguirla en el estado ideal. Iván se relajaría solo unos minutos dentro del agua. Había puesto música, le encantaba el género “new age”, en especial Enya y Kitaro.  
         Luego de unos quince minutos de relajación salió del yacusi, se secó el agua del cuerpo y el cabello. Después perfumó su cuerpo con una fina fragancia importada de Turquía. Cuando ya estaba seco, terminó de tomar el contenido de la copa y fue a su vestuario para colocarse una ropa deportiva.
       Al ya estar listo para salir, le preguntó a  Verónica si quería quedarse en el Templo o si quería irse a su casa. Ella decidió irse a su hogar. Se montaron en uno de los lujosos rústicos de Iván. Verónica vivía en la Sabanita, a la altura de la estación de bomberos, y cerca de allí, Iván tenía su oficina, o mejor dicho, sus oficinas, ya que todo el amplio edificio de tres pisos  cerca de los bomberos le pertenecía en su totalidad.
—Cuídate linda y discúlpame por lo de esta noche. No sé qué me pasó—dijo Iván al estacionar la camioneta frente a la casa de Verónica, después se inclinó ligeramente hacia la rubia y le dio un beso carente de pasión en la boca.
       En quince minutos Patricia estaría en su oficina; eran casi las doce de la noche. Iván estacionó la camioneta frente al edificio. Se bajó y a su encuentro salieron dos oficiales de seguridad armados con escopetas de cañones cortos. En  la acera más próxima al edificio estaban dos hombres que rayaban en la indigencia, ambos estaban consumiendo piedra (crack) y habían alcanzado un estado de alucinaciones. Iván dejó algunos billetes a los pies de estos hombres que terminaron de extasiarse por la cantidad de dinero recibido.
        Al instante un vehículo se detuvo, eran tres delincuentes armados con pistolas 9 mm.
— ¿Todo bien jefe?—preguntó uno de los delincuentes que iba de copiloto.
—Todo está bien y mejor que nunca, amigos.
— ¡Así es patrón!—exclamó el copiloto enseñando su gran arma.
        Luego el carro siguió su camino, jamás pondrían un dedo sobre Iván, ya que este pagaba por protección a un hombre apodado El Venado, quien era una pequeña persona de estatura y un afrodescendiente al que todos temían en toda la Sabanita y quien recibía vacunas (pagos por protección) de todos los grandes y medianos negocios de la zona, en especial de las empresas de Iván, las cuales le arroja más dividendos que las otras.
       Iván, de manera muy cordial, mantenía una pequeña conversación con sus oficiales de seguridad mientras esperaba por su secretaria.
— ¿Comieron muchachos?—preguntó Iván.
—Sí jefe, pero quedamos fallos, usted sabe, la vaina está un poco jodida.
—La vaina siempre va a estar jodida, si tú crees que está jodida, Mario—contestó Iván.
—Jefe, pero…
—Pero nada, Mario. Toma, compra dos hamburguesas  y dos refrescos allí en la “calle del hambre”.
—Gracias patrón, muchas gracias—dijo Mario y fue a comprar las hamburguesas y los refrescos; la calle del hambre le quedaba a solo una cuadra del edificio que protegían.
       En breve se estacionó el vehículo de Patricia, la muchacha vestía de lo más casual, unos jeans y una blusita blanca de algodón, pero la ropa le quedaba ajustada, en especial en sus caderas. El vigilante que quedó en el edificio, le arrojó “con disimulo”, una mirada lasciva cunado ella le dio la espalda.
—Bueno Iván, estoy aquí. Dime, ¿en qué te puedo servir?—preguntó Patricia y después besó a su jefe en la mejilla.
—Ven, pasemos, te lo diré adentro. Por cierto, espero no haberte molestado.
—Ya sabes Iván que puedes contar conmigo a cualquier hora.
         Iván y su secretaria entraron al edificio, dirigiéndose a su oficina principal que quedaba en el tercer piso donde el clima estaba perfectamente climatizado en una temperatura primaveral. Ambos tomaron asiento en los cómodos muebles de cuero negro de la oficina.
— ¿Te sirvo una copa de vino, Iván?
—No, gracias. Sí tú quieres sírvete una para ti.
—Con gusto.
         Patricia se sirvió generosamente una copa de fino vino tinto importado de Francia. Luego se volvió a sentar en uno de los muebles de cuero negro, quedando frente a frente con Iván.
—Bien Patricia, esta mañana he recibido este mensaje de texto por parte del dueño de “Repuestos El Guayanés” (empresa de ventas de autopartes).
         Patricia extendió su brazo para tomar el celular de su jefe para leer el siguiente mensaje: “Lo siento señor Iván, pero no estoy interesado en vender mis negocios ni asociarme con usted. Esta empresa fue fundada por mi padre hace cuarenta años y fue su sueño y su vida, y  no pienso acabar con ello por ninguna cantidad de dinero que me ofrezca, ni en dólares ni en euros”.
         Patricia se quedó algo pensativa, sintió algo de lástima por el señor dueño de la empresa antes mencionada, pero su trabajo era su trabajo, sus intereses estaban primero.
— ¿Procedemos con el plan de “siete vacas flacas”?—preguntó la joven secretaria, que más que una secretaria, era una administradora.
—Inmediatamente. Quiero que hagas un descuento de 20% en todos nuestros repuestos para carros y motos—ordenó Iván, y al mismo tiempo colocó su pierna derecha encima de su rodilla izquierda, dándole un aire de elegancia y de tranquilidad al mismo tiempo, muy a pesar de la dura decisión que estaba tomando.
—Está bien Iván, será hecho ¿Coloco publicidad al respecto?—preguntó Patricia y al mismo tiempo tomaba de su copa de vino tinto.
—Sí, en todos los medios. Prensa, radio, televisión regional e internet. Y quiero que se reparta volantes por toda La Sabanita sobre nuestras nuevas ofertas. Quiero que cada cliente tenga acceso a tomarse una taza de café en los locales, no quiero vasos desechables para servirlo, quiero que sea en tazas, para que se sientan en sus hogares. La mejor atención para ellos.
—Hecho—contestó Patricia.
— ¿Por cuánto tiempo podemos sostener esta oferta sin generar pérdidas?
         Patricia sacó su mini laptop de su cartera.
—Un momento…a ver, a ver…Ocho meses Iván.
—Bien, mantendremos esta oferta por ocho meses; siempre y cuando quiebre por completo Repuestos El Guayanés, o nos venda toda su empresa. Recuerda que siempre hay que brindarle la oportunidad de asociarse con nosotros.
         Los días de Repuestos El Guayanés estaban contados, perdería en pocos meses el cuarenta por ciento de sus clientes. Iván no se rendiría hasta acabar con la arrogancia del dueño de esa empresa de autopartes y con todo su poderío económico en toda La Sabanita. Iván solo tenía tres años en Ciudad Bolívar y tenía como objetivo establecer su pequeño reinado económico y religioso en esta antigua y mística ciudad. Los vampiros ya estábamos aquí, Gloria eterna a Zeor.




Capítulo III. Hermano Smith
*
En algún lugar de Londres, Reino Unido:
         El hermano o agente Smith, estaba en su casa hojeando “Historia de dos Ciudades” de Charles Dickens mientras degustaba de un té cien por ciento puro traído  de China de una cosecha de los monjes shoalin , no le gustaba beber su té con azúcar, ni con ninguna otra cosa que alterara el sabor original de esta infusión.
Eran las tres de la tarde y estaba por recibir un mensaje de texto para presentarse en el cuartel general de su secreta organización. Por otro lado, había pasado catorce días de vacaciones, cada día en su hogar. No había pisado su lujoso departamento en un año, así que no le importaba prescindir de una cálida playa del Caribe, ni tampoco en alguna urbe de los Estados Unidos o de España. Prefería su departamento ante que cualquier otra cosa, se refugiaba en su amplia biblioteca con sus casi cinco mil títulos perfectamente ordenados.
         Smith, durante sus dos semanas de vacaciones, las dedicó entrenar su cuerpo en una rutina variada de pesas, trote y artes marciales. El resto del tiempo lo dedicó a sus libros y a su lujoso  y exclusivo té. Cuando terminó de leer el libro de Charles Dickens, se dispuso  a colocarlo en su lugar y en eso sonó el alerta de mensaje de su celular:
         “Presentarse en el Santuario a las 18:00. Asunto: Caracas-Venezuela, su nueva misión será descrita con detalles en persona”.
         El Agente terminó de colocar el libro en la biblioteca, en la sección de novelas inglesas del siglo XIX. Luego se fue a duchar para empezar a prepararse para su nueva misión, no sabe cuándo volvería a su amado departamento, ni cuando volvería a disfrutar de su biblioteca personal. Pero Dios y la hermandad estaban por encima de cualquier placer.
Acabar con los vampiros sobre la faz de la Tierra no era tarea fácil; se llevaba cuatro largos siglos luchando contra estos seres, que durante las últimas cuatros décadas tomaron un poder económico muy fuerte, aumentando considerablemente la población de vampiros. La organización estimaba que había por todo el planeta unos cien mil vampiros, sin mencionar los hombres lobos que podrían llegar fácilmente a uno treinta mil o un poco más.


**
         Santuario de LA ORDEN DE LA LUZ (cuartel general en Manchester-Inglaterra).
         Smith estaba sentado frente al Padre Superior, un hombre de avanzada edad, de casi noventa años. Era la cabeza de toda la organización la cual estaba por cumplir cuatro siglos de existencia. Al lado del Padre Superior estaba la Hermana Sánchez y el Hermano Brown, ambos manos derechas del Padre.
— ¿Cómo fueron sus días de reposo (vacaciones), Hermano Smith?—preguntó el Padre Superior, también conocido como Hermano Fernández, un español de Málaga con aspecto de quijote.
—Excelente Padre, he reposado mi cuerpo y alimentado mi espíritu para seguir estando al servicio de Dios y de La Orden.
—Me alegra mucho escuchar eso hijo—comentó el Hermano Fernández con su rostro lleno de regocijo. —Como ya sabe, Hermano Smith, tiene que viajar a Latinoamérica, esta vez a Venezuela. Según entiendo no le gusta a usted el calor ni  la alta humedad.
—No Padre, es verdad; pero por la Orden y Dios estoy dispuesto a cumplir una misión dentro de las llamas del Seol.
—Lo sé hijo, lo sé. La Hermana Sánchez procederá a explicarte su misión.
         Cuando el Padre Superior terminó de hablar  la Hermana en cuestión se paró de su silla y se dirigió hacia el centro de la mesa que era rectangular, allí desplegó un holograma de avanzada tecnología no disponible aún para el público ni para entes gubernamentales.
—Agente Smith—dijo la Hermana Sánchez, quién prefería usar el término moderno “agente”. —Cómo ya sabe, nuestra organización en los últimos cuarenta años se ha visto obligada a ejecutar misiones para el Reino Unido y otros gobiernos del mundo, o quien así lo solicitase, siempre y cuando la misión a cumplir sea para el beneficio de la humanidad y no para las ambiciones de poderosas corporaciones ni de intereses particulares. Por tal razón, deberá usted cumplir con dos misiones en Venezuela.
         La Hermana Sánchez, quien llevaba un elegante y conservador traje femenino de color oscuro con camisa blanca, empezó a manipular el holograma para mostrar la primera misión asignada al agente Smith y continuó diciendo:
—Tenemos información que desde Caracas está operando la organización terrorista y pro fascista “Milenio”. Como ya sabe, esta organización reúne a un grupo de ex militares de los gobiernos de Rusia, Argentina, Alemania y Estados Unidos, que tienen como propósito iniciar lo que nunca se pudo durante la Guerra Fría.
— El Holocausto Nuclear—dijo Smith a manera de afirmación.
—Desde luego, y Venezuela es un país rico en plutonio, con una amazonia casi virgen y desprotegida. Nuestros informantes aseguran que es muy probable que ya hayan extraído un kilogramo de este material radioactivo. Aquí le muestro cabecillas principales que operan desde Caracas y el Estado Bolívar, específicamente desde el “Parque Nacional Canaima”.
— ¿Tenemos agentes nuestros allá?
—No Hermano Smith, pero sí tenemos cuatro colaboradores de nuestra organización, dos de ellos venezolanos y el resto británicos, quienes trabajarán a su lado para cumplir con el objetivo.
— ¿Y el objetivo es…?
— El ex general del ejército  norteamericano Jhon Rice—dijo Sánchez, señalando una foto actual del ex general proyectada desde el holograma, quien parecía estar en algún lugar turístico de la selva venezolana.
— ¿Y qué hay que hacer con él?
—Acabar con su vida, llevarlo directamente a juicio en los Cielos; pero no será tarea fácil, su seguridad es casi impenetrable, es custodiado por una docena de mercenarios altamente entrenados de Centroamérica; pero primero deberá comprobar que realmente está extrayendo plutonio y de qué lugar de la selva en Canaima lo está haciendo. También debe hacerse con algún dispositivo de su pertenencia que pueda contener información que comprometa a los líderes de Milenio.
—Sí lo que está extrayendo es oro, diamantes o coltán, procederá a recolectar pruebas y entregarlo a las autoridades venezolanas.

[ Hace cincuenta años, el Vaticano y la Iglesia Anglicana, redujeron sus donativos hacia la organización de “La Orden de la Luz”  en casi el setenta por ciento; por lo que el Padre Superior de aquel entonces, se vio obligado a prestar sus servicios a gobiernos del mundo, en especial al Reino Unido, a fin de recibir cuantiosos pagos por los trabajos realizados por dicha orden, pero esa organización no participó en la invasión a Irak porque nunca hubo pruebas de “la posesión de armas de destrucción masiva”, ya que como bien se supo después, fue una invasión para apoderarse de petróleo.  Tampoco la organización ha trabajado en la desestabilización de ningún gobierno progresista. Sus misiones asignadas eran contra poderosas organizaciones criminales y gobiernos tiránicos; misiones que eran casi imposibles de ejecutar para los gobiernos debido a la corrupción interna de sus funcionarios. “Cuando nadie más puede, La Organización lo hace”, ese era su lema, y eran conocidos simplemente como La Organización, solo el Vaticano y La Iglesia Anglicana les conocían como La Orden de la Luz y conocían todo lo concerniente a su creación].





Capítulo IV.

Lo que sintió Smith al bajar del avión en el aeropuerto de Maiquetía-Venezuela, fue una sensación de ahogamiento por la gran cantidad de humedad en el ambiente, eran las diez de la mañana cuando su avión aterrizó en Laguaira. Así que lo primero que hizo fue desabrocharse la corbata y empezar a buscar el contacto que lo llevaría a Caracas. Después de estar observando a todas partes en el enorme aeropuerto, alguien se le acercó a sus espaldas diciendo en una voz pastosa y grave, lo siguiente:
—Cuando nadie más puede…
—La Organización lo hace—contestó Smith en perfecto español luego de girar para ver quien había dicho la seña.
Smith tuvo que dirigir su vista hacia arriba, la persona que comenzaba la frase de su organización era un hombre de 1,96 metros de estatura en comparación con sus 1,78 metros.
—Soy Carlos—se presentó su interlocutor que de seguro no era su verdadero nombre.
Carlos era un mercenario venezolano que trabajaba para cualquier bando, siempre y cuando paguen muy bien, y quien pagaba, estaba pagando su lealtad absoluta el tiempo que durase el contrato. Éste mercenario es un hombre de tez blanca y cabello largo lacio que le llega hasta sus anchos hombros, su fisonomía es corpulenta y tiene el aspecto de un turista europeo visitando las hermosas costas de Venezuela. Casi siempre está vestido con pantalones cortos de colores claros y una camisa blanca tipo guayabera.
Carlos intentó tomar la maleta de cuero negro del agente Smith quien tenía el aspecto de un importante hombre de negocios.
—Descuida—le dijo Smith, quitando la mano de Carlos de su maleta, lo cual hizo con tanta sutileza que el mercenario no se sintió ofendido.
Los dos hombres salieron del aeropuerto de Maiquetía para ir hacia el estacionamiento donde estaba el carro de Carlos, un viejo jeep bien conservado y capotado el cual tenía una poderosa máquina con tracción 4x4—aunque el vehículo daba más bien la impresión de ser un jeep de ciudad—, pero en realidad era una portentosa máquina que podía avanzar casi por cualquier terreno de Venezuela.
Cuando ambos abordaron el jeep, Carlos colocó música caribeña—salsa—, el cantante era Oscar D´ León  con la Dimensión Latina. Smith que solo le gustaba la música clásica y algunas del género pop rock de la Gran Bretaña, le pareció muy interesante aquella música que empezaba a recorrer sus venas de caballero inglés.
Finalmente llegaron a Caracas donde el clima era fresco y primaveral, Smith ya no se sintió sofocado. A su alrededor empezaba a observar la gran urbe de Venezuela, todo le parecía tan variado y colorido como la salsa que escuchaba en el Jeep de Carlos. Le parecía una ciudad hermosamente caótica, donde la modernidad de sus edificios se mezclaba con una gente que parecía estar siempre apurada y alegre al mismo tiempo. Podía ver partes de la ciudad excelsamente limpias y cincuenta metros después, calles sucias que daban el aspecto del tercer mundo. Veía con asombro como los motorizados se colaban dentro del tráfico con maestría y a alta velocidad, algo que jamás se vería en la ordenada Londres. Él no sabía si criticar lo caótico que presenciaba, o aplaudir tanta libertad o tal vez libertinaje.
El Jeep llegó a un hermoso y lujoso hotel de cinco estrellas que tenía una altura de doce pisos. En ese lugar y sin perder más tiempo, el agente Smith fue recibido por los demás contactos en Venezuela.
— ¿No se queda usted señor Carlos?—preguntó Smith, viendo que aquel hombre de dos metros lo dejaba en la habitación y se marchaba.
—Sí, mi trabajo terminó por hoy. Yo solo soy un chofer y un piloto—contestó el corpulento hombre con aspecto de turista europeo en el Caribe.
— ¿Cuándo nadie más puede…?—preguntó otro ciudadano británico acercándose a Smith y éste contestó.
—La Organización lo hace.
—Bienvenido a Venezuela, my dear—expresó el mismo hombre que había hecho la pregunta, era un rubio puro, sus ojos azules eran del color del océano, era pequeño y esbelto, pero su mirada traslucía mucha energía y vigor. Su nombre, Peter, simplemente Peter y con él lo acompañaba un venezolano trigueño de aspecto atlético con una cara que inspiraba extrema seriedad, era Trujillo, un ex militar venezolano quien estuvo diez años con los boinas verdes de Venezuela (Cazadores), experto en explosivo, sabotaje y contrainteligencia. El otro británico era un versado en informática, capaz de hackear muchas cosas, un hombre que tiene la habilidad de conseguir con facilidad cualquier información del objetivo en el contrato, su nombre, o mejor dicho, su apodo, Ben, por el Big Ben. Es un hombre afro, ciudadano inglés con origen de Trinidad y Tobago.
—Entiendo que solo bebe su propio té—comentó Peter. —Ben, el té por favor.
Ben trajo una bandeja con cuatro tazas de porcelana, una jarra con agua caliente y otra con té, y las puso sobre la mesa de la sala principal. Trujillo que de tanto convivir con los ingleses también había agarrado gusto por la singular bebida.
—Esta jarra tiene agua caliente, míster—dijo Ben, señalando la respectiva jarra de porcelana.
Smith abrió su maleta y de allí sacó una carterita negra de cuero con botones, la abrió y sacó un sobrecito de su propio té, el cual era el mismo que tomaban en La Orden, solo ese y el té del Tíbet, eran los que podía tolerar.
La conversación sobre el objetivo empezaba.
—Jhon Rice, ex general de dos estrellas, participó en la operación Tormenta del Desierto, brindó protección a la logística industrial petrolera de Kuwait durante dicha operación y fue agente de la CIA durante la guerra Irán-Irak, siendo muy cercano para aquel entonces de Saddam Husein para el suministro de armas para su régimen a fin de poder frenar el avance de la revolución persa que amenazaba con propagarse por toda la región árabe—informaba Ben mostrando imágenes desde su laptop satelital.
El agente Smith al igual que todos los presentes, daban sorbos a su té y estaban muy atentos al afrodescendiente inglés.
—Como ya debe saber, gentleman—continuó Ben dirigiéndose a Smith. —Rice pertenece a Milenio. Me ahorro las explicaciones al respecto de esa organización. Este señor se encuentra ahora mismo en Canaima, haciéndose pasar por investigador botánico de una prestigiosa marca farmacéutica internacional. Se cree que está extrayendo plutonio a doce kilómetros noroeste de la Isla Ratón, isla que se encuentra muy cerca de esta famosa catarata que ya usted debe conocer—Ben mostró una foto del Salto Ángel, la caída de agua más alta del mundo.
—Al grano Ben, al grano—interrumpió Peter.
—Pues bien, nuestros clientes quieren que se obtenga el plutonio extraído y se asesine al general Rice.
— ¿De qué manera?—preguntó Smith.
—Ellos quieren que la selva se encargue de él—contestó Ben.
En ese instante Trujillo abrió una jaula de serpiente que estaba debajo de la mesa y sin ningún miedo y con la mayor tranquilidad, el ex cazador venezolano sacó una mapanare, una de las serpientes más mortíferas de Venezuela.
Smith tampoco se inmutó al ver aquella serpiente, tenía los nervios de acero al igual que Trujillo.
—Esa es Cecilia, míster—comentó Peter, con una maquiavélica sonrisa dibujada en su rostro, refiriéndose a la serpiente.
—Usted y míster Trujillo se infiltrarán en la zona dónde se encuentra Rice y van hacer que esta señorita, le le… ¿Cómo dicen aquí?—preguntó Ben a Trujillo y éste contestó.
—Le pique.
—Correcto. Le pique. Pero también tienen que garantizar que el veneno de la mapanare lo mate, para eso tienen que inyectar una dosis adicional de ese mismo veneno—añadió Ben.
Peter abrió una pequeña maleta de acero con una jeringa de veneno adicional.
— ¿Cuándo partimos para Canaima?—preguntó Smith.
—Pasado mañana, my dear—contestó Peter. —Carlos, a quién ya conoce nos llevará en su avioneta. Somos documentalistas de la National Geographic, aquí están sus identificaciones, míster Smith.
Por ahora, el agente de La Orden de la Luz descansaría y haría un plan junto a Trujillo para infiltrarse hasta el lugar del objetivo.
Cuando se hizo la noche, Peter, Trujillo y Ben decidieron salir a la Caracas nocturna para relajarse. Carlos los llevaría a dónde quisieran ir. Smith prefirió quedarse en la lujosa habitación del hotel, porque no solo tenía que cumplir con el objetivo de acabar con los días del ex general norteamericano, sino que tendría que empezar su búsqueda para lo cual estaba realmente en Venezuela, y esto era: cazar vampiros.





Capítulo V, Canaima.


Eran casi las nueve de la mañana cuando la avioneta de Carlos aterrizaba sobre la pista del pequeño aeropuerto de Canaima. Era comienzo de marzo, así que el agradable clima decembrino que suele llegar hasta los primeros días del mes de febrero ya se había marchado. El primero en bajarse de la avioneta fue Carlos, sus casi dos metros hacía lucir la nave más pequeña de lo que era. Él había decorado el aparato de vuelo con una pintura verde selva con trazados color banco, tenía un logo pintado que decía EcoTours con un fondo de una silueta de la gran catarata del parque Nacional Canaima.
Cuando el agente Smith se bajó de la avioneta sitió el ambiente más húmedo que en Maiquetía, pero no más caliente. Su impresión fue: ¿Esto es Canaima?, pensó, porque solo veía una pequeña pista de aterrizaje, un terreno lleno de monte o maleza a su derecha y unos pequeños cerros a su izquierda, nada extraordinario. Sin embargo, notaba que había mucho movimiento de turistas que iban y salían de unos pequeños locales de madera donde sin duda era el terminal. Trujillo, Peter, Ben y el agente Smith empezaron a seguir a Carlos quien había tomado casi todo el equipaje él solo. El resto llevaban pequeñas maletas y un carnet colgando sobre sus pechos que rezaba: “National Geography, Documentalista”.
Cuando llegaron a los locales del terminal dónde estaban los turistas sentados con cara de cansancio y untándose repelente contra mosquitos, un aborigen con carisma contagioso de baja estatura y de cabeza grande; se acercó a ellos hablando en un perfecto inglés con ligero acento británico. Su nombre era Andrés, y aquel aborigen sería su guía asignado por la empresa turística donde se iban a alojar.
Andrés estaba orgulloso de servir de guía a profesionales de la National Geography, uno de sus canales favoritos, él ,que se viste de lo más casual, una sudadera y unos vaqueros, ese día trató de estar lo más autóctono posible, pero sin exagerar. Así que no llevaba zapatos, solo sus pies descalzos, un pequeño short, una sudadera con el logo de la empresa para la cual trabajaba y una pequeña corona de palma y plumas de agallo. También llevaba diversos collares indígenas sobre su cuello hecho principalmente de pionías y azabaches con un gran colmillo de báquiro en el centro, también se había untado pintura roja en sus pómulos. Sus amigos se burlaron de él, pero él sabía que a la National Geography le gustaba filmar a los nativos en tradicional indumentaria. Lamentablemente, el orgulloso Andrés no sabía que jamás saldría en el más famoso canal de documentales, al menos no con el grupo que iba a guiar, el cual solo consistía en mercenarios y de un agente encubierto de La Orden, un cazavampiros, pero quién en ese momento solo venía tras un terrorista.
—Wellcome to the National Park Canaima—dijo Andrés lleno de carisma y emoción.
Carlos quien estaba al frente no dijo ni una palabra, Trujillo tampoco, ambos tenían cara de pocos amigos. Solo los ingleses se mostraron cordiales y entablaron conversación con el entusiasta camaracoto[1] el cual  los condujo hasta un viejo jeep descapotado. Carlos puso la maraña de equipaje detrás del Jeep, luego todos abordaron al vehículo para ser llevados hasta el hotel o posada donde se alojarían. Al llegar a la posada, Smith había quedado perplejo sobre lo que sus ojos estaban presenciando. Frente  a él estaba la Laguna de Canaima con sus tres impresionantes saltos de agua, Hacha, Ukaima y Uraima; también se mostraban los Tepuyes, entre ellos el Tepuy Venado. Al agente Smith le pareció haber entrado a otra dimensión, a algo que estaba en secreto por millones  de años, imaginó estar en el famoso jardín de la Biblia, el Edén.
La posada donde se hospedarían era de lo más exquisita, tenía una fusión de lujo inglés, con un agradable ambiente indígena y selvático. El fino y exótico arte de los aborígenes de la zona hacía una perfecta sinergia con toda la comodidad que un hotel puede ofrecer. Carlos ya se estaba instalando, él sabía que su misión era llevarlos y traerlos en los medios de transporte de los cuales disponía. Así que esperaría en la posada hasta que la misión fuese cumplida. Los dos británicos, Peter y Ben se encargarían de hacer una parodia de filmación en el Salto Ángel, Andrés el guía, no se despegaría de ellos. En cuanto a Trujillo, quien ya conocía aquella indómita zona selvática muy bien y quien tenía un perfecto sentido de la orientación, se adentraría con Smith para que éste hiciese su trabajo. Estimaban que podían ejecutar la misión en 48 horas, tal vez 60.
— ¿A qué hora salimos?—preguntó Peter a su guía.
—Mañana, a las 4:30 am—contestó Andrés que se sorprendió por el perfecto español que hablaba el ciudadano británico.
Saldrían en una espaciosa curiara con motor fuera de borda, navegando río arriba contra una respetable corriente. El tiempo de recorrido sería entre dos horas y media a tres.
Mientras tanto el grupo se acomodaba y planificaba la misión, Carlos ya estaba en el bar tomando un ron añejo de la más alta calidad. Carlos parecía alguien irresponsable, pero realmente no lo era en absoluto, era un hombre puntual, nunca se retrasaba como transportador, era capaz de pilotear o manejar cualquier cosa que se moviera, ya sea en el agua, en tierra o por aire. Estaba un poco enojado porque no lo dejarían navegar la curiara, y en efecto no podría, no era de él sino que era alquilada por un piloto de la zona a quién se le había pagado muy bien. “Pues aquí los espero”, fue lo único que dijo el gigante de los casi dos metros con cabello largo tipo hippie. Carlos haría lo que mejor sabe hacer después de ser piloto, pasarla bien como un turista en pleno uso de añoradas vacaciones y con dinero de sobra  para ello.
**
Así como el venezolano Carlos era un gran piloto, Trujillo lo era como explorador y combatiente. Tantos años en el cuerpo de los boinas verdes de Venezuela o Cazadores, lo habían convertido en un perfecto sabueso de caza.
El grupo iba ya río arriba por el hermoso río Carrao, sus aguas de un color entre negro y marrón, que invitaban a bañarse en ellas con maligna atracción. El sol apenas estaba saliendo y con sus rayos empezaba a dibujar un paisaje Jurásico. Aquel lugar era el más antiguo del planeta Tierra con cuatro mil millones de años quese dicen fácil, pero hay que ver por todo lo que ha pasado ese lugar para convertirse en lo que es. A los lados del río Carrao solo se podía ver una impresionante selva verde, muy espesa e impenetrable, al menos esa era la sensación, y arriba, a la derecha, empezaba a descubrirse la increíble Montaña del Diablo o Auyantepuy en el dialecto de los extintos indios canaimas y de los existentes camaracotos.
Ben, quien hacía el papel del camarógrafo no dejaba de grabar aquel gigante Auyantepuy. Smith  tenía el papel de fotógrafo y daba gracias por ello, tal majestuosidad lo habían hecho olvidar por un instante de la misión, pero aún no había visto la cascada Salto Ángel o Churú Merú.
***
El General John Rice había logrado extraer de la selva la increíble cantidad de 500 gramos de en estado de pureza. El grupo de indígenas y mercenarios trabajando para él, eran un total de veinte personas. Al principio Rice logró seducirlos con la idea de sacar oro a flor de piel de la tierra. Se había presentado como agente desertor del gobierno de Israel con información valiosa de un yacimiento de oro que mostró los estudios de un satélite de investigación geológica de su gobierno. A los indígenas se les pagó mil dólares por el mero hecho de trabajar en la exploración, a los mercenarios tres mil dólares. Él, por solo entregar el plutonio, 100 mil dólares sin contar los 20 mil dólares que usaría para los gastos operativos y de provisiones, trasporte y personal. Aunque el dinero era solo un medio para él, su mayor sueño era acabar con el “nuevo orden” existente y preservado por oriente y occidente; y Milenio sería el arma, el plutonio conseguido por él y sus compañeros, sería el gatillo a halar, lo demás sería caos y el fin del nuevo orden establecido.
Canaima estaba preñada de oro y de diamantes, eso no era un secreto para nadie, pero el séptimo parque natural más grande del mundo era más valioso por su fauna, agua dulce y su producción de oxígeno para la humanidad, más que por la riqueza de sus suelos. Eso lo supo cada gobierno de Venezuela, por eso este parque es intocable, salvo algunos mineros furtivos que han logrado rasgar sus tierras en busca de oro y diamantes, pero no han tenido mucho éxito debido a la fuerte vigilancia de los helicópteros y aviones de reconocimiento de la Fuerza Aérea venezolana. Por eso Rice estaba luchando contra el tiempo, sabía que podía ser detectado muy pronto con facilidad desde el aire, pero ya con el plutonio en sus manos todo estaba consumado. En cuanto a los indígenas y mercenarios, ellos ya estaban pagados, aparte que Rice prometió todo el ron añejo del mundo de cumplir con la meta, pero el oro no se encontró, sino un extraño mineral que para Rice valía más que el metal dorado. Su grupo se relajó, ya tenían la mitad del dinero y la otra se les daría al llegar a la población de Canaima, así que se dedicaron a tomar cachire mezclado con ron hasta quedarse profundamente dormidos. Nadie podría hacerles daño en medio de la más tupida selva, nadie salvo Trujillo y el agente Smith.




Capítulo VI.

“Muere importante botánico estadunidense dentro de la selva de Canaima”. Así titulaba la prensa regional y nacional luego de dos días que Smith introdujo el veneno de la mapanare y hubo dejado la serpiente a su lado para que fuese ella acusada del homicidio.
Trujillo quedó impresionado del avanzado sigilo con que trabajaba Smith, siempre lo había subestimado por el hecho de ser rubio y europeo, pensó que la selva lo quebraría, pero resultó todo lo contrario, de hecho, él aprendió mucho con el  agente inglés, pero muy probablemente jamás volvería a trabajar nuevamente con él.
Smith degustaba su té puro mientras veía como el cadáver del ex general Rice era introducido en una avioneta-ambulancia para ser transportado hacia la capital del estado Bolívar. Era otra misión más para la Orden, traducida en dos millones de dólares, de los cuales 150 mil eran para él. Se preguntaba qué haría con tanto dinero cuando ya estuviese retirado, si es que lo dejaban retirar. Eso a él no le importaba, amaba su labor en el mundo, su propósito, los vampiros no debían tomar el control, el reino de Zeor jamás debería establecerse.
Al día siguiente Smith y todos los mercenarios partirían. Tenían en su poder el plutonio y una muy importante información en el teléfono del ex general, información que muy pronto sería desencriptada, lo que pudiera valer más que el plutonio y la misma muerte de Rice.
Carlos dejaría al agente Smith en el estado Carabobo, específicamente en su capital, Valencia. Desde allí el agente de la Orden empezaría su investigación alternando con viajes a Caracas, su objetivo era dar con un  vampiro llamado Gabriel, quien se presume que lleva un seudónimo como Iván o Roberto. Gabriel es todo un gran adversario, ha dado muerta  a dos hermanos o agentes de la Orden, sabe esconderse y actúa con mucha inteligencia, pero tiene una debilidad, y esa es la ambición por el poder económico y la posesión absoluta del monopolio. Por otra parte, tiene un gran poder de convencimiento, haría dudar hasta al mismo Papa Francisco sobre sus principios cristianos. Ese poder de convencimiento, sumado a su carisma hace que, con muchas gente joven se conviertan a su religión, llegándose a fanatizar por su doctrina y ellos a su vez dan con mucho gusto su sangre, todo por amor al “gran Zeor”.
Smith iría a Valencia para verificar ciertos movimientos muy activos de diferentes sectas extrañas, algunas satánicas y otras extravagantes, que son para la juventud un simple capricho y que molesta a la sociedad tradicional. También investigará el nacimiento de dos poderosas nuevas empresas que lo están absorbiendo todo en determinados productos y servicios.
Pero por ahora solo queda degustar de un té puro y de la grata sensación de haber recibido un depósito a su cuenta de ciento cicuenta mil dólares. El agente se relajará algunas horas en aquel paraíso llamado Canaima, porque a partir de mañana ya no sabe cuándo tendrá otra vez algunas horas de placer y reposo.





Capítulo VII.

Tatiana era la consentida de su padre, ella tenía una gracia y una belleza que lo hacía doblegar ante casi cualquier exigencia que le hacía ella, aunque Tati—como le llama él—es el calco de su madre en lo físico, y firme de carácter como lo es su padre don Fernando o el pastor Fernando. Ella tiene el privilegio de ser hija de un hombre próspero económicamente y además también es el pastor o líder de la iglesia donde asiste.
—Papi, necesito comprar una nueva Tablet—le comunicó Tatiana a su padre mientras éste tomaba su habitual taza de café con leche durante la mañana antes de irse al trabajo.
Don Fernando quien leía en el periódico regional la curiosa noticia sobre la muerte de un importante botánico de Estados Unidos en el parque nacional Canaima, hizo una pausa para responder con su voz grave y llena de energía:
—Tati, si mal no recuerdo, hace seis meses te compré una Tablet nueva.
—Un año, papi. Fue hace un año. Además, ésta ya casi no me funciona y necesito investigar cosas en la universidad.
—Entonces debes mandarla a reparar.
—Pero no tengo dinero y también sabes que nunca reparan bien una Tablet. Y a veces terminas pagando más por una reparación que por una nueva. Y de aquí que la reparen yo tengo que estar pidiendo una Tablet prestada…y
—Okey, bien Tati. Tú ganas. ¿Cuánto cuesta esa Tablet nueva?
Tatiana que por dentro disimulaba su emoción porque pronto tendría un nuevo dispositivo de mejor marca y más actualizado.
—Bueno, si la compramos por internet son 100 dólares y si la compramos aquí en Venezuela serían unos 300 mil bolívares.
—Vaya, solo puedo escoger entre dos venenos. ¿Y si escojo la opción de no comprar?
—Papi, ¡ya! No seas así.
—Está bien, eres igual a tu madre. Quiero que hables con Nasser, él debe tener en su tienda la Tablet que necesitas, le dices que me haga llegar la cuenta a mi despacho.
—Gracias papi. Eres el mejor padre—dijo Tatiana y abrazó a su padre de tal manera que casi le derramó el café en la camisa.
“No debo darle todo lo que me pide, algún día me arruinará”, pensó don Fernando: “pero es igual a su madre, además es mi tesoro”. Fernando contemplaba a su bella hija mientras ésta tomaba su desayuno.

Cuando Tatiana estaba en la universidad recibiendo una clase de Historia de Venezuela, su teléfono que estaba en modo reunión, le mostraba un mensaje de parte de José:
“Te invito a almorzar hoy, pizza o pasticho, tú eliges Tatiana”.
Ella respondió:
“Que sea pastichoJ”.
José siempre trataba de ocupar los espacios vacíos de Tatiana, lo hacía con tal sutileza que la muchacha no lo tomaba como un acoso, para otras chicas tal comportamiento las hacía sentirse asfixiada. Pero cómo rechazar a José, era tan bueno, tan correcto y además era el favorito de su padre, sin embargo ella le veía como un agradable amigo.
Después de almorzar con José le pediría que la acompañase a la tienda de Nasser para comprar su nueva tableta, estaba ansiosa. Nasser tenía de sobra de la marca que ella quería y en diferentes colores, ella desde luego elegiría una rosada o fucsia. La marca que ella iba a comprar le ofrecía una velocidad mayor que la que tenía, la superaba en rapidez dos a uno, y la definición de la pantalla era de muy alta definición sin mencionar su gran capacidad de almacenamiento y de expansión. Pero ella sabía que si el año siguiente salía una mejor, desecharía esa y se compraría la nueva, no podía evitar siempre estar a la vanguardia.
La clase de Historia de Venezuela no fue tan aburrida como lo solía ser, y fue debido a que había un profesor suplente que hizo de la cátedra algo más atractiva que el otro docente, pero al final a ella igualmente le parecía aburrido tantas fechas de tanta gente que ya había muerto, para ella era una materia más que tenía que ver para obtener su título, ansiaba mucho poder enseñar en un preescolar. “Que los semestres pasen rápido”, se solía decir.
Ella estaba parada frente a la cantina cuando llegó José para recogerla y llevarla un viejo automóvil usado de sus padres.
—Allí viene el guapo de tu novio—comentó una compañera refiriéndose a José, el cual era un muchacho de un metro setenta, ancho de espalda, piel blanca, cabello liso y un rostro agradable y con unos ojos negros de aspecto triste.
—No es mi novio, es un amigo de la iglesia—contestó  Tatiana.
—Sí, pero siempre está detrás de ti. Se nota que está loco por ti.
Para José siempre era un verdadero placer ver cada día a aquella mulata tan radiante y bella. Su cabello de rulos tan voluminosos y hermosos con su fuerte aroma a frutas hacía que siempre se le dilatara las pupilas de los ojos y se mostraba algo tonto cuando la saludaba. Él no la veía como su amiga, ni como su novia, sino cómo su esposa y hacía todo a su alcance para ser digno de ella. Él sabía que no estaba enamorada de él, pero  lo estaría, era su firme esperanza. Cuando se acercó a ella le dio un beso en su fresca mejilla y cerró un instante sus ojos para disfrutar del aroma de su cabello.
Las compañeras de Tatiana sonreían de manera pícara entre ellas.
—Bueno muchachas, nos vemos mañana. Ya saben, yo hago el trabajo de Filosofía y la lámina para la exposición de Desarrollo Cognoscitivo.
Las compañeras asintieron con la cabeza sin dejar de sonreír. José sentía cierta timidez pero ya no se preocupó más por ello ya que en breve se montarían en el carro para ir a almorzar.
— ¿Y a dónde iremos, a La Casa Italiana?
—Pues claro Tati, es allí donde hacen los mejores pastichos y las mejores pizzas—respondió José --deseando que ella ya fuese su esposa y que lo amara como la amaba él--. La llevaría a todos los lugares que ella pidiese. La consentiría todos los días de su vida.
—Ese restaurante algún día será mi perdición. Si sigo comiendo allí perderé mi figura y no seré más bella.
—Tú siempre serás bella, Tati…tú
— ¿Y qué me cuentas de los muchachos de la iglesia? ¿Cuándo nos reunimos?
La brisa cálida de Ciudad Bolívar se metía por las ventanas de aquel carro viejo mientras ellos conversaban de camino a La Casa de Italia.
—Bueno, tú padre dice que podemos hacer la actividad recreativa el último sábado de éste mes. Pero vamos a necesitar los permisos firmados por sus padres, ya sabes que la mayoría son menores de edad y…
—Sí claro, entiendo. Pero eso no será ningún problema—comentó Tatiana quien empezaba a sentir calor cuando el auto se detuvo con el tráfico. Ya faltaba poco para llegar al restaurante y allí había un delicioso aire acondicionado.
—Tatiana, este, yo quiero decirte algo…
—Mira José, sabes que mi papá me dio el dinero para comprarme mi nueva tableta. Bueno, no me dio el dinero, me dijo que se la pidiera a Nasser y después que enviase la cuenta a mi padre. ¿Será que me puedes llevar a su tienda después de comer?
—Claro Tati, será un placer, sabes que siempre puedes contar conmigo.
Cuando Tatiana entró al restaurante de comida italiana, diversos ricos olores de la gastronomía italiana le llegaban a su olfato. El ajo sofrito, el orégano en salsa de tomate, el queso parmesano y el mozzarella, todo esto avivado por el frío del aire acondicionado. Siempre era muy agradable comer allí, la atención, las mesas limpias y bien puestas con manteles de cuadros rojos y blancos, la música suave con voces italianas. Ella sabía que eso era caro, aunque también conocía sobre el oficio de José, quien se dedicaba a reparar computadoras y a programarlas, era un chico muy solicitado y era tan eficiente y confiable que podía darse el lujo de cobrar altos precios por sus buenos servicios, además estaba en la mitad de la carrera en Ingeniería de Informática. Era un gran partido, de eso no había duda y si al final le tocaba casarse con él de seguro no sería infeliz y desdichada, tal vez se podría enamorar de él durante el camino del matrimonio. Pero ella también quería estar enamorada, sentir pasión, si sintiese eso por José todo sería perfecto todo, empezando por el hecho que le caía bien a su padre y a su madre,  y además era de su misma religión.
— ¿Qué desean los jóvenes para almorzar?
—Yo quiero ese pasticho con doble queso y de pollo, ¿cómo es que se llama?—solicitó saber Tatiana, mostrando sin timidez su gran deseo de comer.
—El Márquez de Nápoles—respondió el cortés mesonero.
—Sí, ese mismo. El Márquez—añadió Tatiana que iluminaba el lugar con su presencia.
— ¿Y el joven que desea?
—Me da una pasta a la carbonera con extra de tocineta—contestó José.
—Así será mi estimado joven. Tenemos un buen vino para acompañar sus comida, es un tinto de Chile que nos llegó hace dos semanas y…
—No señor, pero gracias. Nosotros no tomamos alcohol, somos cristianos. Dos refrescos cola estarán bien—dijo con cortesía José.
—Okey. Desean un entremés. Tenemos panes de centeno sofritos con margarina, perejil, orégano y un toque de queso crema.
—Sí, tráigalos, señor—contestó con impaciencia Tatiana, quien tenía mucha hambre.
José adoraba el hecho de que Tatiana era una chica que se preocupaba por su figura, pero a la hora de comer no estaba con hipocresía en sus gustos. Pero siempre que podía se cuidaba de no comer tantas calorías, a menos claro, que estuviese en La Casa Italiana o frente a helados de yogurt con fresas y melocotones.
Los platos principales fueron llevados a la mesa, estaban humeantes y su vista era fantástica. Los cocineros de ese lugar cuidaban mucho de la presentación. Aunque José no tenía mucho apetito, realmente lo que deseaba era decirle algo íntimo a Tatiana, pero ella siempre le interrumpía y él no tenía el valor para terminar lo que quería decir cada vez que ella cambiaba el tema de manera tan radical.
El aire acondicionado refrescaba los cuerpos de la pareja que hace minutos habían llegado del exterior donde la temperatura estaba en 33 grados. Los ricos olores de comida italiana estimulaban el apetito de Tatiana quien comía con mucho gusto y lo hacía de manera lenta, tratando de degustar al máximo cada pedazo de su pasticho de pollo.
—Tatiana, he querido decirte algo en todo el camino, y…me gustaría que me escucharas.
—Adelante José—contestó ella, llevándose un pedacito de pasticho a su boca y viendo directamente a los ojos de José.
Tatiana sabía lo que le iba a decir, y no quería que se lo dijera, ella no quería que se apresuraran las cosas, además, si le proponía ser novios no sabría dar un no por respuesta, él era tan especial con ella que se sentiría horrible si su amigo sufriese un rechazo por parte de ella. Si al menos encontrara la forma de cambiar el tema sin ser maleducada, o si ocurriese algo, algo que dilatara aquello que tendría que decirle, o si al menos no fuese eso lo que ella pensaba. De pronto el deleite por el pasticho se había perdido por las miles de ideas conflictivas que pasaban por su mente.
—Tatiana, a mí me gustaría que…
—A los jóvenes se les ofrece otra cosa, ¿van a desear un postre?—interrumpió el mesonero de manera oportuna para ella.
—Oh sí, señor. ¿Qué tienen de postres?
Mientras el mesonero daba una larga lista a la muchacha y recomendaba los mejores dulces, José se impacientaba y le pasaba por la mente que a lo mejor tendría que buscar otro momento para decir aquello íntimo de lo que tenía necesidad de contar a Tatiana. A los dos minutos Tatiana se decidió por una torta fría tres leches. Cuando el mesonero se marchó luego de recoger las nuevas órdenes, José intentó continuar:
—Lo que quería decirte es que yo…
De pronto Tatiana se inmovilizó, su vista estaba fija en algo que estaba detrás de José. Ese algo era aquel mismo hombre alto, de ojos amarillos como el sol y su cabello negro perfectamente peinado y sedoso.





Capítulo VIII.

Tatiana sintió las mismas emociones que sintió en la heladería, pero sobre todo, sitió esa extraña sensación de lo prohibido y atractivo al mismo tiempo. José, quien nuevamente fue interrumpido en lo que quería decir desde hace rato, volteó a sus espaldas para ver qué era lo que había captado la atención de su chica. “Vaya, si es el mismo tipo”, pensó con mucha molestia José.
Rápidamente, Tatiana, que se sintió descubierta, intentó seguir actuando de lo más normal.
— ¿Qué me ibas a decir, José? Aún estoy esperando.
—Olvídalo Tati, te lo digo en el carro de camina a la tienda de Nasser.
—Jóvenes, aquí les traigo estos deliciosos postres, que les aprovechen—dijo el mesonero quien acababa de legar con sendos y ricos pedazos de tortas frías.
—Gracias amigo—le dijo José al mesonero.
—No José, tienes que decirme—expresó Tatiana ya con la cucharilla en la mano para arrancarle un pedacito a la torta. —Parece que es muy importante lo que me tienes que decir.
Tatiana trataba de enfocarse al máximo en su torta y en su amigo, pero se le hacía muy difícil, ya que aquel hombre de los ojos de sol estaba sentado con el frente hacia ella y le miraba a cada rato. Ella tenía ahora que escuchar aquello que hace rato  le querían contar. Sin embargo, sus pensamientos estaban desordenados o tal vez se los habían desordenado, ella tenía que enfocarse o haría que José se enojara.
—Bien Tatiana, tú me…
—Ya va José, déjame ir un momento para el baño. Cosas de mujeres. Te prometo que te voy a escuchar—le dijo y tocó su mano de manera especial, nunca lo había tocado así. Él se suavizó instantáneamente olvidando por completo su molestia.
Tatiana necesitaba respirar, ordenar sus pensamientos. También quería cambiar su asiento en la mesa para no ver más a los ojos de aquel hombre y no quiso cambiar de silla  en ese momento porque sería obvio que José se iba a dar cuenta que ella  se había cambiado tan solo por no ver más a esa misteriosa persona.
Una vez en el baño respiró con calma, se veía en el espejo, y mientras lo hacía no pudo evitar arreglar sus rulos para que quedasen más frondosos y libres, también retocó sus labios con una pintura de más brillo que de color. Lamentó no llevar maquillaje, “Bueno, yo nunca llevo maquillaje, qué me pasa”, se preguntó. Y si eso era enamorarse, y si esa era la sensación que ella estaba buscando. No, no podía ser, eso que sentía era algo muy extraño, como cosa de pecado. De pronto todas las enseñanzas de su padre, don Fernando García, el pastor de la iglesia, las empezó a recordar, esas enseñanzas que hablan sobre conseguir la pareja correcta, con los mismos principios, la misma religión, la castidad hasta el matrimonio. Era curioso que pensase en la castidad. José, el amigo perfecto también le vino a la mente, era el indicado, quien la llevaría de la mano hasta el paraíso prometido, el hombre correcto. Todo era tan agitado en ese momento, los pensamientos eran como fuertes torbellinos que llegan de repente, sin previo aviso. Tatiana deseaba escapar de allí, si hubiese otra puerta en el baño, si tan solo estuviese en su casa, con su padre, su madre. Todo sería distinto. Finalmente se calmó o al menos se comportó como si se hubiese calmado. Tomó fuerzas y se fue a la mesa, tenía que escuchar a José.
Al salir del baño y sin darse cuenta, se volvió a tropezar con el hombre de los ojos amarillos, y lo primero que sintió fue ese interesante perfume, y era eso lo que ella quería sentir, algo que extrañaba pero que ella no admitiría que extrañaba.
—Parece que estamos destinados a tropezar uno a otro—dijo él sintiendo la fragancia de aquel frondoso cabello parecido al de la famosa actriz “Rudi Rodríguez”. –Al menos a nadie se le ha llenado la ropa de comida o de helado en este tropiezo.
Sus ojos amarillos, su perfume, su cuerpo y su elegancia la traían, le gusta pero también le angustiaba. Ella no sabía que responder, tenía que irse a la mesa con José, se ha tardado mucho.



[1] Tribu autóctona de Canaima, también se les conoce más popularmente como Pemones. 

"...Continuará en los próximos días...no te vayas sin comentar y compartir..."

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