viernes, 19 de junio de 2015

El Destripador Del Orinoco. (Asesino serial, suspenso, acción)

El Destripador Del Orinoco.

La venganza de la Selva.




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Dedicado a toda la Selva del Estado Bolívar, a sus originarios habitantes y a nuestro Río Padre, “El Orinoco”

  
PRIMERA ENTREGA.

  C
uentan las leyendas del antiguo Orinoco, que hace más de doscientos años, existió un indio  traído de las entrañas de la selva Guayanesa por su enorme fuerza, para liderar los trabajos de construcción de la fundación de “Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco” (Ciudad Bolívar). Se llamaba Turémayka, era un hombre guerrero, pero que sentía debilidad por la piel clara de las españolas, así  que en vez de rebelarse contra los usurpadores europeos, se hizo amigo de ellos, solo para cumplir sus más siniestras fantasías para con las Damas Españolas. Siempre llevó un monstruo dentro de sus malditas entrañas. Esperando el mejor momento para darse a conocer sin ser visto, para darse a ver, sin ser conocido. Y así mantener en secreto la consumación de sus oscuros designios, cargados de una asesina  y febril concupiscencia.
Turémayka después de los trabajos agotadores de la ciudad, se escapaba todas las noches para ver a las Damas de piel clara bañarse en los patios de aquellas casas coloniales en construcción,  codiciaba a esas mujeres por sus encantos  sensuales, y sentía un desgarrador deseo por descubrir que había debajo de esa bonita piel clara, quería conocer su misterio, quería ver el rojo que palpitaba dentro de ellas.
Hasta que una noche logró lo que tanto ansiaba. Turémayka había escogido una noche muy oscura, donde la luna había sido velada por la espesura de las nubes tropicales. Esa noche, el indio llevaba botas, que le había robado a un soldado español, con las cuales despistaría, porque los indios siempre andaban descalzos.
Turémayka había escogido a la joven y tierna esposa del Capitán de la Guarnición, el hombre más temido por los colonos y los esclavos, era un oficial al que apodaban “El Dragón del Dorado”.
Allí estaba su esposa, en el patio de su casa en construcción, para tomar su baño de las nueve de la noche, ni un minuto más, ni un minuto menos, nunca faltaba a ese baño. La joven y tierna esposa del Capitán, se quitaba la ropa como si fuese un ritual, pieza por pieza, hasta dejar que su blanca y hermosa piel hiciera contacto con el sereno de la noche y con las brisas que venían del Atlántico. Solo el Capitán y las Brisas de la Antigua Ciudad Bolívar tenían el  permiso para tocar esa piel. Turémayka, ese día también la tocaría, pero yendo  más lejos que solo tocarla, porque quería conocer el rojo palpitar debajo de ella, deseaba descubrir “el secreto”, lo carcomía una oscura obsesión.
La joven esposa se empieza a quitar la ropa, después su ropa interior, que consistía en un cubre corsé,  un corsé de seda, ligas, bragas, corpiños y el bloomer de algodón que escondía el sagrado sexo de la joven esposa. Ella doblaba su ropa, pieza por pieza, con imperturbable calma. Turémayka observaba todo, con su corazón latiendo a mil por segundos, acariciaba el filo de su cuchillo, la herramienta del demonio. La esposa empieza a bañarse con una tapara, y el agua empieza a llenar de frescura su piel, su cabello mojado se pegaba a su espalda ondulada y al mismo tiempo Turémayka se acercaba a la joven y bella mujer española. Sus pasos eran como de gato que se acerca a su presa.
La joven española acariciaba su cuerpo con agua y jabón, limpiándolo del calor sofocante de la ciudad que estaba naciendo, limpiando su piel para entregarla al amor de su esposo. El indio estaba a solo dos metros de aquella mujer. La noche se empezaba a despejar, las nubes le dieron una pequeña oportunidad a la luna para que brillara sobre aquella piel de la hermosa mujer. La española recogía agua con una tapara y se empezaba a quitar el jabón, tenía los ojos cerrados, para evitar que el jabón entrara en sus ojos.
Ya aquel asesino estaba justo detrás de ella, respirándole a solo treinta centímetros. Dos fuertes y musculosos brazos del color del cobre atenazaron a la mujer y una mano tapó su boca y nariz. La joven española, entró en pánico, no podía gritar, no podía respirar, usaba todas las fuerzas de su frágil ser para zafarse; pero era inútil. Lágrimas recorrían sus mejillas, cada vez necesitaba más aire. Su esposo, el Capitán, esperaba en su habitación, a su bella mujer, sin saber que ella  estaba siendo engullida por un ser siniestro, traído del vientre de la selva, un demonio de los que se cuelan en este mundo, quizás un error de la vida.
La joven esposa empezó a perder sus fuerzas, se empezaba apagar, dejaba de resistir. Hasta que…

SEGUNDA ENTREGA.

  H
asta que las energías vitales se rindieron, entregándose a aquel monstruo. Turémayka sacó a la muchacha del baño y empezó a acariciar aquella piel blanca, lo extraño era, que no lo hacía con lujuria, sino que lo hacía como si estuviese examinando la piel, empezó a examinar la parte superior de aquel inerte cuerpo, pechos, brazos, hombros y manos. Trataba de encontrar algo, siguió examinado, pero esta vez la parte de abajo, palpó su sexo y sus muslos, como si fuese un médico de nuestros tiempos.
De pronto el indio cierra los ojos, levanta la cabeza hacia el firmamento de la noche, señala la luna con el cuchillo, empieza a decir algo en su legendario dialecto precolombino. Aquel afilado cuchillo recogía el brillo de la luna. Hasta que sucedió, Santo Tomé de Angostura era testigo de cómo aquel siniestro indio con la fuerza de un búfalo empezó a atravesar las entrañas de aquella inocente mujer que estaba sin vida. Cortes quirúrgicos realizaba, con la mayor delicadeza posible, ya Turémayka había entrado en un oscuro trance, presa de su diabólica concupiscencia. Parecía en un estado de delirio y excitación, sus ojos estaban perdidos en toda aquella sangre que fluía a cantaros, llegando hasta sus rodillas y botas, porque estaba arrodillado.
Sacó casi todos los órganos, y los examinaba uno a uno, oliéndolos, buscando el misterio, “buscando el secreto” que no podía encontrar. El Capitán ya no aguantaba esperar tanto en su habitación, se levantó de su cama, encendió una lámpara y la llevó al patio.
— ¡Alicia! ¿Por qué te tardas tanto? Sabes que solo tengo pocas horas libres—dijo el Capitán, gritando primero su nombre, pero Alicia no respondía, estaba ella siendo despojada de todas sus entrañas, de todos sus órganos.
— ¡Alicia!... ¡Alicia!—empezó a gritar con extrema preocupación, su piel palidecía, su corazón empujaba su sangre con mucha fuerza, empezó a imaginar lo peor.
Se fue acercando poco a poco hacia el baño, iba descalzo. Turémayka de todos esos órganos que arrancó de la mujer inocente, se llevaba consigo el corazón y una parte de los órganos reproductivos de la mujer, los metió en una bolsa de cuero de caimán y se empezó a alejar del baño, como un gato, tal como se acercó a Alicia, él se iba alejando, y al mismo tiempo el esposo, se iba acercando, sin imaginar lo que vería  a continuación.
Turémayka tenía las suelas de las botas empapadas en sangre y fue dejando huellas al irse. Pero ya se había perdido en la espesura del monte, con el mayor misterioso sigilo, donde la brisa movía más el monte, de lo que lo hacía él. Aquel Indio no era un ser común, conocía la naturaleza, sabía ser parte de ella, sabía convertirse en ella.
De pronto se hicieron las diez de la noche en punto y se escucha por todo Santo Tomé de Angostura un grito de dragón. “¡Noooooooooooooooo! ¡Maldiiiiiii-ta-seaaaaaaaaaaaa!”… Era el Capitán, acababa de encontrar a su Alicia, a su bella Alicia que había sido atacada por un animal de la noche, era lo que había supuesto él, que había sido atacada por una terrible fiera  nocturna. Soldados que estaban de vigilia por las calles de aquella ciudad en construcción, acudieron a aquel terrible grito.
No podían creer lo que estaban viendo, su Capitán estaba arrodillado, llorando sin consolación ante los restos de su bella y joven esposa. Los soldados pusieron de pie a su oficial, éste se resistía a pararse, hasta que pudo volver en si, porque se percató de unas huellas rojas hechas por botas,  que se dirigían hacia la espesura del monte.
— ¡Tú Cabo! Sigue esas huellas, y tu soldado anda y me despiertas a la Guarnición entera, quiero los perros aquí también y me llamas al médico, ¡apúrate nojod...!
—Si mi Capitán—el soldado salió como bala de cañón hacia la Guarnición.
El Dragón del Dorado mordió y aguantó su dolor, buscó una sábana y la tendió sobre los restos de  su esposa. Al rato llegaron el médico de la naciente ciudad y uno de los curas de la misión. Era el Padre Mateo, un hombre odiado por el Capitán, por ser un fiel defensor de los indios y por siempre decirle la verdad a quién sea en su cara, por más dura que esta fuese.
—No es bienvenido aquí Padre—Dijo el Capitán García Del Toro, El Dragón del Dorado, El Fiel Soldado del Rey.
—Vine por  Alicia, no por usted García—habló el cura, fijando su vista en el Capitán.
El Capitán en los ojos del cura, veía la advertencia que él hace un tiempo había pronunciado sobre él, “No importa cuánto corras y cuanto te escondas detrás de tus riquezas, al final tus pecados te alcanzarán”. Allí estaban dos dragones, frente a frente, uno, un Dragón Conquistador; el otro, un Dragón al servicio de Dios.
— ¡Pues carajo! ¿Qué os pasa a ustedes? ¡jod_rrr!—interrumpió el Médico de la Ciudad que acababa de llegar, Don Sebastián De Altagracia, refinado y estudioso doctor, encomendado por el mismo Rey para formar médicos en la Provincia de Guayana.
En eso llegaron las tropas a cargo del Sargento de guardia, más los perros sabuesos.
El Capitán se había colocado solamente el pantalón de su uniforme y la camisa, tomó su espada y pistola, y se adentró con sus hombres hacia el monte, por donde se dirigían las huellas, junto a los perros que seguían el rastro.
Aquella comisión dirigida por el Capitán, iba rumbo a lo que se conoce hoy como la Laguna del Porvenir, ubicada en el Jardín botánico de Ciudad Bolívar. Los enormes perros iban corriendo, ladrando con energía y jadiando sin parar, arrastrando a los soldados que los llevaban atados a correas  largas de cuero. Llegaron a la laguna, y a su orilla estaba un hombre tendido  sin camisa, con botas, parecía que estaba muerto. Todos se fueron acercando cautelosamente, ya la luna se empezaba a ocultarse nuevamente detrás de las espesas nubes del trópico, hasta que se acercaron por completo.

TERCERA ENTREGA.

  E
s el Cabo Sánchez, indicó el Sargento González, y al mismo tiempo revisaba al Cabo, el cual no parecía respirar, pero sudaba profusamente y su cuerpo estaba caliente. El Capitán García Del Toro se acercó y presenció aquella extraña escena. El Cabo a quién él dio la orden de perseguir al asesino, estaba allí tendido a la orilla de la Laguna del Porvenir, sin respirar, pero parecía vivo, como si estuviese durmiendo. Se fijó que en el pecho tenía un número, hecho con un tizón de carbón, estaba escrito “22”. Notó que las aguas de la laguna estaban apacibles. Los perros dejaron de ladrar, pero estaban olfateando muy cerca de la laguna. El rastro del asesino terminaba allí, como si estuviese escondido debajo de las aguas.
—Sargento, tome ocho hombres con usted, se llevan dos perros—ordenó García Del Toro, su cara estaba llena de una profunda ira, pero estaba en todos sus cabales y agregó: —Ese maldito tuvo que haber salido por  el otro extremo, vamos a rodear la laguna, busca más huellas.
—Sí mi Capitán—dijo el Sargento González, que tomó a los ocho hombres y los dos perros, dando la vuelta a la laguna, en el sentido de las agujas del reloj.
El Capitán dejó ocho soldados en el lugar donde estaba tendido el Cabo Sánchez y con un puñado de hombres y el resto de los perros bordearon la laguna en el sentido contrario. Pero no encontraron nada, ni rastros de huellas de botas, ni de pies descalzos. Aquel misterioso asesino parece que se lo hubiese tragado la laguna, los perros no encontraron más nada. El Capitán y el Sargento se encontraron nuevamente y ambos regresaron a donde estaba el Cabo Sánchez, él cual parecía seguir sudando, pero sin respirar. El Sargento se persignó ante aquel acontecimiento antinatural que se estaba dando ante sus ojos y meditó “Esto es obra del Príncipe de Las Tinieblas, que El Señor nos ampare”.
—Sargento se queda aquí con la mitad de la tropa y la mitad de los perros, nos llevábamos al Cabo. Al romper el alba quiero que vuelvan a revisar toda la zona, y luego me dan parte.
—Entendido mi Señor, así será—contestó enérgicamente el Sargento, cuadrándosele con el saludo de las Tropas Reales de España.
El Sargento González era el perro fiel del Capitán, su brazo ejecutor para cualquier orden que diese, ya sea mala o buena, eso no importaba, Gonzáles cumpliría la orden.
El dolor volvió al Capitán al emprender la marcha nuevamente hacia su casa, su bella esposa ya no estaría más con él, y había sido asesinada de la manera más horrible. De seguro la noticia no tardaría en llegar al Virrey; por otro lado, las palabras del Padre Mateo le volvían una y otra vez a su mente, “No importa cuánto corras y cuanto te escondas detrás de tus riquezas, al final tus pecados te alcanzarán”.  “Maldito cura de mier…” pensó el Capitán.
El cuerpo de su esposa ya estaba en casa del doctor Don Sebastián, los soldados llevaron el cuerpo del Cabo Sánchez a casa del doctor también, que todavía seguía sudando, pero esta vez levemente; pero aún sin respirar. Don Sebastián nunca había visto algo semejante, revisó las pupilas del Cabo, increíblemente no estaban dilatadas, sino totalmente contraídas.
— ¡Ostias, me cag… en la put… madre, este hombre está vivo! ¿Y qué demonios significa este número?—expresó el doctor, quién estaba con su ayudante y con la compañía de tres soldados. –Esta Ciudad ha venido huyendo de los Piratas,  de los Indios Caribes y de los Corsarios y ahora esto, ¡Jod-r!!!—agregó Don Sebastián.
Ya había amanecido, el Río Orinoco empezaba a recoger el brillo del Astro Rey, la creciente y joven ciudad había sido estremecida con aquel asesinato. El Dragón del Dorado se encontraba en el lugar donde habían asesinado a su esposa, la sangre se había oscurecido y coagulado; pero allí estaban las huellas intactas, y fue allí donde reconoció que las botas de las huellas eran de alguien del ejército; pero le resultaba imposible que alguien de las tropas hubiese cometido ese asesinato.
Afuera de la casa de Capitán empezaron a tocar la puerta, García del Toro salió a abrirla.
—Capitán lamentamos su pérdida—expresó el Gobernador, que estaba con su escolta personal, más el Teniente Coronel que le acompañaba.
El Gobernador y su comitiva entraron en la casa y fueron hasta el lugar donde ocurrió todo.
—Capitán, ¿Quién cree que haya hecho esto?—preguntó el Teniente Coronel Del Monte y a la vez estaba viendo cada detalle de la escena en el baño.
—Aparentemente alguien de las tropas Señor. Porque estas huellas son de nuestras botas—expresó el Capitán señalando las huellas.
—Eso no tiene sentido Capitán, ¿Qué motivos tendría un soldado u oficial para hacer esto?—cuestionó Del Monte.
—Seguro fue un hijo de put_ de los Corsarios, o uno de esos malditos Piratas Ingleses. Ellos nos han perseguido por toda Guayana y usted les ha matado muchos hombres Capitán—intervino el Gobernador, fijando su vista en el Capitán.
—Tendremos que patrullar con nuestros barcos, Orinoco arriba, es posible que se estén infiltrando de manera furtiva hacia acá—habló Del Monte, con su mano derecha en su barbilla y continuó.—Sin embargo debemos revisar todas las tallas de botas de nuestras tropas, no podemos descartar que tengamos un asesino dentro de nuestras propias filas.
—Capitán, cuente con mi apoyo personal, daremos con el culpable y haremos que pague—dijo el Gobernador, colocando una mano en el hombro de García Del Toro.
Mientras aquellos hombres deliberaban sobre las medidas que llevarían a cabo en los próximos minutos, el Sargento González hacía acto de presencia para dar parte al Capitán sobre la orden que recibió para ejecutar al amanecer.
—Buenos días mi Excelencia, buenos días mi Teniente Coronel, con permiso—dijo el Sargento, mostrando los saludos marciales correspondientes
—Adelante, lo tiene Sargento—dijo el Gobernador.
—Mi Capitán, hemos barrido toda la zona de la laguna, y no hemos encontrado nada, los perros no siguieron más rastros. El rastro terminó allí, donde encontramos al Cabo Sánchez.
—Está bien Sargento, informe inmediatamente a todos los puestos de guardia y al “Fuerte San Gabriel” que habrá una inspección de todas las tropas y suboficiales, a las ocho en punto—Ordenó el Capitán a su Sargento.
—Entendido mi Capitán—dijo el Sargento, y procedió a retirare con los pertinentes saludos.
Toda Angostura estaba conmovida por lo ocurrido y estaban llenos de miedo todos sus habitantes, en especial las mujeres, las cuales temían con correr la misma suerte de la víctima. El funeral de la esposa del Capitán comenzaría a las una de la tarde. Los curas junto a las monjas empezaron a coordinar las exequias de la Señora Alicia de García Del Toro.
Los indios junto a los albañiles estaban en sus duras faenas, pero harían una pausa de sus actividades a partir de la una de la tarde, sin embargo estaban trabajando con rigor, como de costumbre, bajo el sol abrazador de Angostura, acompañado de la humedad empalagosa que produce el Orinoco. Y entre los indios estaba Turémayka, mezclando adobe y fabricando  ladrillos, como si no hubiese pasado nada anoche. Las mismas manos que se ensuciaban con barro, arcilla y cal, hace tan solo pocas horas, se habían manchado con sangre inocente. Aquel hombre con la fuerza de un búfalo estaba imperturbable, tan sereno como la Laguna del Porvenir, y mientras trabajaba, una joven mujer de tan solo diecinueve años le brindaba un vaso de agua. Era Diana, la hermana del Sargento González, quién acostumbraba a colaborar con la “Misiones de Guayana” para ayudar a los indios, a fin de hacerles la vida más fácil, aun en su condición  misma de esclavos.
Pero Diana no se imaginaba que le estaba brindando agua a un monstruo, no sabía que tenía al frente suyo “al Destripador del Orinoco”, un ser maldito, que desde que la vio, empezó a codiciar su piel clara de porcelana, con ganas de conocer el rojo que palpitaba dentro de ella.

CUARTA ENTREGA.

  E
l Capitán personalmente, junto al Sargento González y dos soldados más, empezaron a revisar todo el personal militar de la joven Angostura, comenzando por unos pocos que estaban de permiso. Pero ninguno tenía la talla de la huella de la bota, así que fueron hacia la Guarnición o Fuerte San Gabriel, el cual está apuntando con sus cañones hacia el Orinoco, (el actual Mirador Angostura, se encuentra sobre las base de aquel Fuerte). Dentro de la Guarnición encontró dos soldados y un Sargento con la misma talla de bota. El Capitán estaba indignado, empezó a cegarse por su ira, mandó a arrodillar  a aquellos hombres y desenvainó su espada con intensión de decapitarlos.
—Mi Capitán espere, no sabemos si fue uno ellos, tenemos que seguir investigando, faltan las tropas que vigilan a los esclavos—intervino González.
Pero el Capitán hizo caso omiso a sus palabras, así que el Sargento González, que es un hombre muy fuerte, tanto como el Capitán, logró contener a García Del Toro, que en medio de su cólera, iba a cometer un grave error, que pagaría con el fusilamiento, por asesinar a  Tropas del Rey.
—Tienes razón González—El Capitán envainó  su espada y mandó a levantar la tropa que estaba arrodillada frente a él, y preguntó a González. — ¿De cuánto pares de botas es la dotación de un soldado?
—De dos pares mi capitán.
—Dígale a estos soldados que traigan su segunda dotación—ordenó García al Sargento.
—Pues ya oyeron a mi Capitán, ¡vamos, vamos!
Al instante los soldados y el sargento trajeron su segunda dotación de botas, las cuales estaban extremadamente pulidas y nuevas. El Capitán descartó que fuesen ellos, también les interrogó sobre donde estaban la noche del asesinato, todos tenían una cuartada que pudieron demostrar, incluso, uno de los soldados había ayudado en la persecución de anoche.
—Esto tiene muy mala pinta mi Capitán, yo no creo que haya sido uno de nuestros propios hombres, tampoco creo que fueron los corsarios—comentó el Sargento González.
—Es probable, es muy probable—dijo el Capitán el cual tenía grandes ojeras y bien profundas, no había pegado una pestaña desde todo lo ocurrido y menos su fiel sargento.
Luego de inspeccionar el Fuerte San Gabriel se dirigieron hacia donde estaban los indios trabajando, para revisar a las tropas que les custodiaban. Al llegar al sitio de trabajo, Turémayka estaba haciendo ladrillos, como de costumbre y ayudando a transportarlo con su enorme fuerza. Empezaron a revisar la tropa y solo había uno que tenía la talla requerida, fue interrogado, también se le preguntó que dónde estaba su segunda dotación de botas. El soldado palideció ante el Dragón del Dorado, quién le clavaba su aterradora y penetrante mirada.
—No la tengo mi Capitán—respondió el soldado y continuó con un nudo en la garganta—Me las han robado hace una semana.
García  volvió a entrar en cólera, sus ojos desprendían rayos y centellas, desenvainó su espada y cuando la iba a enterrar sobre aquel soldado, su sargento lo impediría, dándole una fuerte patada en el brazo donde sostenía la espada. La espada salió volando y fue a clavarse  en el suelo donde estaba Turémayka trabajando.
El Capitán sacó su pistola y la apuntó contra la frente de González, éste levantó los brazos y quedó estático.
—No te metas Sargento, éste maldito asesinó a mi mujer—dijo  García Del Toro, en tono amenazante.
—Mi Capitán, el soldado tiene derecho a un juicio, aún no sabemos si sea culpable—dijo González, que luchaba con sus palabras para tratar de convencer a su Capitán, y siguió diciendo. –Puede tratarse de una trampa hacia este soldado, quizás sea verdad que le hayan robado sus botas, a fin de confundirnos y agarrar a la persona equivocada.
El soldado que estaba frente al Capitán vio una luz en el túnel, al escuchar las palabras de su sargento, tenía una esperanza.
— ¡Cállese González!, que no fue usted quien perdió a su esposa, le ordeno que se calle Sargento y no intervenga.
—No Cometa un error del que más tarde se pueda arrepentir mi capitán—dijo González y al mismo tiempo recibía un golpe contundente en la cabeza con el arma del Capitán, quedando noqueado.
El Capitán, apuntaba ahora su arma hacia la cara del soldado, éste solo cerró sus ojos y se preparó valientemente para partir de éste mundo, sin pedir piedad, solo se encomendó a su Dios y le pidió que cuidara a su familia.
— ¡Baje esa arma Capitán! ¡Es una orden! Y no me haga repetirla dos veces—gritó el Teniente Coronel Del Monte y su escolta que apuntaba sus fusiles hacia García.
El soldado abrió los ojos, aún estaba vivo; pero la pistola no dejaba de apuntarlo, y aquellos ojos de dragón seguían encendidos. El Sargento González se reponía del golpe y se colocaba de pie.
—Baje el arma mi Capitán, venga, vamos a solucionar esto—intervino nuevamente González, ayudando a bajar despacio el arma de García, él cual empezó a ceder y finalmente se calmó.
Del Monte, había llegado por todo el alboroto que se formó en la Guarnición, sabía que se repetiría lo mismo en el lugar donde estaban trabajando los indios.
— ¡Pero qué cojones le pasa Capitán!, ha perdido usted el control. No lo arresto porque hoy es el funeral de su esposa, le ruego que se comporte ¡Jod_r! Me entrega su pistola y su espada.
El Capitán entregó su pistola a Del Monte y el Sargento González, fue a buscar la espada clavada en el suelo, muy cerca de donde estaba El Destripador del Orinoco trabajando. González saca la espada y se queda mirando a Turémayka, que cargaba muchos ladrillos encima de su lomo, Turémayka también le devolvía la mirada.
— ¿Qué me ves indio?—le preguntó el Sargento.
— ¡Sargento apúrese, No tengo todo el día!—gritó Del Monte que estaba echando chispas.
El soldado sospechoso fue puesto bajo arresto, por prevención, al igual que los soldados y el sargento del Fuerte San Gabriel, que tenían la misma talla, todo esto con la finalidad de descartar dudas.
Los servicios funerales se dieron con sagrada solemnidad. El Padre Mateo dirigió todo, muy a pesar que García Del Toro estuvo en contra que él fuese quién dirigiese los actos fúnebres. El Gobernador junto a Del Monte se inventaban una excusa para mandar  de comisión varios días al Capitán García, hacia El Pao de Barcelona, con el propósito que se calmara y que no fuese acabar con media Angostura, tratando de conseguir al culpable. Así que al día siguiente, el Capitán viajaría  con una caravana con destino al Pao de Barcelona.
Los días fueron transcurriendo, la ciudad empezaba a recuperar la calma, se seguía con las investigaciones. Se patrullaba Orinoco arriba y Orinoco abajo, no había rastros de piratas por ninguna parte. Los soldados y el sargento seguían detenidos. El Cabo Sánchez, el soldado que había sido encontrado a la orilla de La Laguna del Porvenir, seguía sin respirar, pero con la temperatura corporal normal, estaba vivo y el Doctor Don Sebastián no se explicaba cómo, llevaba diez días así.
Turémayka seguía al acecho, tenía siete días vigilando a la joven hermana del Sargento González. Aquel monstruo tenía la habilidad de no ser visto durante las noches de Angostura. Conocía la rutina de la hermana de González, a qué hora se bañaba, a qué hora leía y cuando partía a la cama. También vigilaba a la esposa del Teniente Coronel, que a pesar de estar fuertemente custodiada, Turémayka lograba infiltrarse de manera sigilosa.
Los curas de la Ciudad llevaban siente días en prerrogativas. Afirmaban ellos, que lo ocurrido era obra directa del mismo Demonio, así que ellos empezaron sus luchas espirituales, bendiciendo al pueblo, aumentando la asistencia a las misas, y cualquier otra cosa que pudiera neutralizar las fuerzas del infierno.
Pero las fuerzas del infierno se volverían a desbordar. Turémayka ya estaba acechando con su afilado cuchillo, para conocer el rojo palpitar dentro de la entrañas de otra joven e inocente mujer. Diana, la hermana del Sargento González, parecía tener sus minutos contados. Aquella muchacha, fiel a su religión y dedicada a aliviar el sufrimiento de los indios, iba a ser engullida por un despiadado ser, al que ella había aliviado sus cargas en varias ocasiones.
Diana, luego de bañarse y secar el agua de su hermosa piel blanca, se disponía a salir del baño. Su hermano estaba vigilante, cerca del baño, esa noche no estaba en la Guarnición y cuidaba de su hermana. El Sargento González saca un gran tabaco y empieza a fumar, esperando que su hermana salga del baño, (el baño estaba también afuera de la casa). Turémayka estaba a solo dos metros de ella, llevaba las mismas botas que la primera vez, se fue acercando en un absoluto silencio. Diana se disponía a colocarse su ropa interior y ya a escasos centímetros le respiraba su victimario.
  
QUINTA ENTREGA.

-¡D
iana! ¿Estás bien?—preguntó el Sargento González a su hermana, que estaba a unos veinte metros de ella.
…Silencio, solo la brisa se escuchaba…
Ya su hermana había sido atenazada por aquella bestia de la selva, y el Sargento tendría solo escasos segundos para salvarla. Diana luchaba por zafarse, una enorme mano le impedía llevar el preciado oxígeno a sus pulmones. Sus piernas luchaban por empujar al monstruo hacia atrás, pero los pies se les resbalaban.
— ¡Diana! ¡DIANA!—gritó González, pero esta vez iba corriendo hacia el baño con su espada desenvainada y con la pistola en la mano izquierda, apuntando hacia arriba.
Dispara su pistola, y el silencio se estremeció por un grave “¡BANG!”, lo cual hizo a manera de alarma y como disuasivo contra el asesino.
González enmudece y sus piernas flaquean ante lo que estaba viendo, su hermanita estaba tendida sobre el suelo del baño. Pero un destello de esperanza pasó por su alma, porque su hermana no había sido abierta en su cuerpo, como lo fue la esposa del Capitán.
— ¡Diana, Corazón!, responde, dime algo Dianita—hablaba de manera desesperada a su hermanita, acariciando su cabeza.
Diana estaba completamente desnuda, un poco arriba de sus senos tenía el mismo número 22 que tenía el Cabo Sánchez; a diferencia que este, estaba marcado en sangre, parecía haber sido dibujado con un cuchillo, la sangre corría levemente hacia abajo. Diana no respiraba, parecía correr con la misma suerte que el Cabo, al menos esa era la esperanza de González, que estuviese viva.
“¡SARGENTO, MI SARGENTO!”, gritaba una voz afuera de la casa de González, eran los soldados de la vigilia. “¡SARGENTO!”, volvieron a gritar y un gran “¡PLAM!” hizo salir al Sargento de su estado de Shock, los soldados había derrumbado la puerta. Y lograron llegar hasta el baño. González le puso algo  de ropa a su hermana.
—Ayúdenme a llevarla rápidamente a casa del Doctor—ordenó el Sargento a los soldados.
Diana fue llevada a donde Don Sebastián, el cuál se había recién levantando por el disparo. Ya la pequeña Ciudad estaba despierta toda, estaban todos paranoicos. El mismo Teniente Coronel que no logró colocarse su uniforme ni parte de este, sino que salió en pijama de su casa, con espada empuñada y pistola montada, junto a su escolta personal. Dio la orden de que saliera una escuadra de tropa en busca del asesino.
Mientras tanto, en casa del Doctor, Diana estaba siendo revisada por Don Sebastián, estaba viva, pero igual no respiraba, su temperatura era como de una fiebre leve. Fue puesta en la misma habitación del Cabo Sánchez que aún no se levantaba de aquel estado entre la muerte y la vida. El Doctor estaba todo desconcertado, frustrado, no sabía qué hacer, aun con todos sus conocimientos científicos no pudo dar con la causa de aquello y menos podía dar con la cura, para levantarlos de ese estado.
Al breve instante, hace acto de presencia Del Monte, en casa del doctor.
—Buenas noches Caballeros, disculpen ustedes mi facha, pero tuve que salir echando leches—dijo Del Monte al entrar a la habitación donde estaban todos reunidos.
—Descuide usted Del Monte, esto es para locos, esta ciudad me va a volver loco ¡Jod_r!—dijo Don Sebastián y al  mismo tiempo se secaba el sudor de la frente con un pañuelo
—Sargento, ¿Cómo está su hermana?, ¿está viva?—preguntó Del Monte.
—Pues… Mi Coronel, está viva de milagro, aunque pienso, que ese maldito no quiso matarla, porque tuvo la oportunidad de hacerlo, quizás tenía intenciones de violarla, pero he llegado tiempo—contestó González.
            El Teniente Coronel se llevó la mano a su barbilla, quedándose pensativo y añade.
—Hay que liberar a los tres soldados y a al sargento, ya no hay dudas que ninguno de ellos fueron. Aquel soldado tenía razón, le robaron sus botas—hizo otra pausa Del Monte, llevándose nuevamente la mano a la barbilla y continuó. —Tampoco creo que sea unos de los parásitos Corsarios…uhmm…todo apunta a un civil… ¿Había huellas de botas, igual que en la noche del asesinato de la Señora García Del Toro?—preguntó Del Monte.
—Si mi Coronel, botas de militares, de la misma talla y afortunadamente las huellas no fueron impresas con sangre.
—Compañeros, hay un asesino serial entre nuestros pobladores, ordenaré ahora mismo una inspección en todas las casas y caseríos.
— ¡Jod_r Del Monte!, va a ser la media  noche y tienes que tener la aprobación del Gobernador—le advirtió Don Sebastián.
—¡Ya tiene mi permiso Doctor!—interrumpió el mismo Gobernador que acababa de llegar junto a su escolta.
—Disculpe su excelencia, usted entenderá—dijo Don Sebastián, que estaba sorprendido como todos, al ver entrar al mismísimo Gobernador.
—Descuide Doctor, no hay problema. Me he enterado de todo y no iba a esperar  que amaneciera—añadió el Gobernador, que se quitaba sus guantes y sombrero, y se los entregaba a unos de los soldados de su escolta. —Bueno Del Monte, proceda usted ya, no permitiré que un solo hombre me esté jodi_ndo  la ciudad. Espero en las próximas horas tener a ese loco frente a un pelotón de fusilamiento, ahh… y una última cosa… ¡vístase Jod_r…!
—Entendido su Excelencia—se cuadró Del Monte y se retiró.
En el campamento de los indios estaba Turémayka durmiendo en su chinchorro, de la manera más relajada, ni sus compañeros de trabajo, ni los soldados que custodiaban  el lugar, se habían fijado siquiera que había salido del campamento. Dormía tan tranquilo como la mansedumbre de las aguas del río Orinoco, Esperando otro momento para darse a conocer sin ser visto, para darse a ver, sin ser conocido.

SEXTA ENTREGA.

  S
e empezó con la revisión de todas las casas de la ciudad, eran las doce de la noche, los soldados tocaban cada puerta y al abrirle los ciudadanos ellos sencillamente entraban, “Por orden del Gobernador debemos revisar cada casa de Angostura” decían los soldados. Realmente esos militares no sabían a quién buscar, no tenían nada, no tenían pistas, simplemente tenían una huella de bota militar, eso era todo. En realidad aquella pesquisa era vacía, solo demostraba cuan aterrado estaba el Gobernador de Angostura, él cual quería solamente dar una sensación de seguridad a los habitantes y una sensación de seguridad para él mismo.
Pero estaban cometiendo un error, dedicar tanto esfuerzo, en la búsqueda del asesino, supondría descuidar las defensas de la ciudad ante un posible ataque de los Corsarios. El Teniente Coronel comprendió esto, y se esforzó por convencer al Gobernador en cambiar los planes, la búsquela tenía que darse de manera inteligente y de forma selectiva, buscando indicios. Del Monte sabía que el único que podía llevar esa tarea a cabo, con solo un par de hombres, era el Capitán García Del Toro, después de todo el Capitán tenía experiencia infiltrándose entre Corsarios y Piratas, en las minas de oro más adentradas de la selva de Guayana.
—Su Excelencia, con permiso, no hemos encontrado nada—dijo Del Monte al entrar al despacho del Gobernador.
— ¡Carajo Del Monte! , no me diga que toda una Compañía, no puede con un solo hombre—dijo de manera muy enérgica el Gobernador y al mismo tiempo hacía una pausa en la redacción de una carta para el Virrey.
—Señor Gobernador, propongo que mandemos a llamar al Capitán García, ya debe estar calmado, estoy seguro que él, con un puñado de hombres, daría con el culpable—propuso Del Monte al Gobernador, mientras colocaba su mano dentro de la asolapa de su uniforme y le miraba a los ojos.
— ¿Quiere una copa de Brandy, Coronel?—preguntó el Gobernador, quien agarraba una lujosa botella de brandy y vertía su contenido en dos copitas.
—Por su puesto Excelencia.
El Gobernador se acerca hasta Del Monte y le ofrece la copa. El Coronel bebe y comenta mirando la copita de cerca “Los franceses pudieran conquistar el mundo entero tan solo con el buqué de sus bebidas”.
—Coronel, ya sabe lo métodos del Capitán, me espantaría a todos los colonos, y sin colonos no hay conquista y sin conquista, no hay poder ni riquezas—indicó el Gobernador, quien procedía a servir dos copitas más de ese brandy francés.
—Pero… el Capitán debe estar  calmado su Excelencia, yo le ruego a usted que lo traiga de vuelta lo más rápido posible—dijo Del Monte quien degustaba otra copita de brandy.
—Haré como usted diga Coronel, llame a mi ayudante, que venga acá inmediatamente—dijo el Gobernador y tomó el brandy de un solo trago.
Un correo salió inmediatamente para El Pao de Barcelona, el  cual rezaba “Asunto: Urgente. Capitán García Del Toro, presentarse en el Fuerte San Gabriel lo más pronto posible. El Destripador del Orinoco volvió a atacar, se le ordena a usted, su más pronta captura”
Cuando se cumplieron exactamente 22 días, desde el asesinato de la esposa del Capitán, El Cabo Sánchez despertó de aquella especie de estado de coma, pero no hablaba, parecía estar perdido en el limbo, pero respiraba con normalidad. La hermana del Sargento González seguía sin respirar y no despertaba. Para el Doctor, que ya había dejado de creer en ciencias médicas, supuso que Diana despertaría a los 22 días también. Pero junto a ellos había otras víctimas, estaba un cura de la ciudad; pero no el Padre Mateo, un sargento; el mismo que estuvo detenido por tener la misma talla de la huella, y un hombre acaudalado de la ciudad junto su esposa. Todos fueron marcados con el número 22 en el pecho, unos fueron marcados con tizón, y otros con cuchillo. Todo daba a entender que las víctimas seguirían llegando.
Al siguiente día, luego que despertase el Cabo Sánchez, el Capitán García Del Toro estaba presentándose durante la mañana, en el “Fuerte San Gabriel”. Venía lleno de sed de venganza, pero al mismo tiempo venía con la cabeza serena, porque concluyó, que de su calma, dependía el éxito de la captura de aquel monstruo que apagó la vida de su bella esposa.
—Capitán, bienvenido sea usted. Tiene la orden directa del Gobernador de capturar a “El Destripador del Orinoco”—comunicó Del Monte, quién recibía al Capitán.
¿El...Destripador…del Orinoco?, ¿Ya tiene nombre el perro ese?—expresó el Capitán, y añadió. —Yo también pudiera volverme destripador.
— ¡Cuide sus palabras Capitán! y póngase a trabajar, no quiero desastres, esto no es Las Minas. En sus manos está la calma de Angostura—dijo Del Monte, quién sabía que el Capitán podría volverse un destripador, eso y mucho más. El Dragón del Dorado era el hombre más temido de La Provincia de Guayana.
—No se hable más mi Coronel, deme un par de soldados y al Sargento González—solicitó el Capitán—Y descuide usted mi Coronel, que a Angostura se la dejaré calmadita y sin ese maldito zorro que está acabando con nuestras gallinas.

Mientras el Capitán García del Toro se preparaba para dar de una vez por todas, con aquel Destripador, a más de cien millas náuticas, Orinoco Arriba, estaba el Capitán Míster Owen, Ex Capitán de la Real Armada de Holanda, pero quien trabajaba como Corsario del Imperio Inglés, su trabajo consistía en hundir cualquier barco Español, que buscase salir hacia el Atlántico, a través del Gigante río Orinoco, con la finalidad de sabotear la exportación de recursos hacia España, a fin de debilitar la economía de ese país. Así era la guerra silenciosa entre España e Inglaterra. Ambos imperios, por cuidar sus intereses, se negaban a declararse la guerra oficialmente, pero detrás de cortinas, se dañaban unos a otros.
Míster Owen, o el Capitán Owen, apodado “Dientes Negros”, había jurado cortar la cabeza del Capitán García del Toro, porque hace unos dos años, García del Toro se había cargado con todo el oro de  uno de sus pequeños navíos, para luego empalar a toda la tripulación y dejar el pequeño barco a la deriva, con aquellos cadáveres descomponiéndose a flor de piel.
Pero en el fondo, al Capitán Owen, no le importaba mucho la afrenta que sufrió su tripulación, sino que fue su “oro”, lo que más le dolió, y poseía la esperanza de recuperar parte de aquel cargamento, porque tenía la firme convicción que García Del Toro conservaba la mayoría de ese tesoro.
Así que, un ataque a Angostura era inminente, lo que aún no se decidía era, si se atacaría a la ciudad de frente, tratando de tomar su Fuerte, o un ataque de infiltración por tierra durante la noche. La compañía del Teniente Coronel Del Monte, estaba acostumbrada a lidiar con ataques como esos, sabían que siempre estaban en guerra, y por tal razón, lograban repeler muchos ataques, aunque no todo el tiempo tenían éxito.

El Capitán García Del Toro empezó su investigación, y lo primero que hizo fue dirigirse a donde estaban los indios trabajando, quería interrogar al soldado que le robaron las botas y de las que presuntamente estaban siendo usadas por el asesino.
—Llame al Soldado Gutiérrez—ordenó García a unos de los soldados de guardia.
            Alrededor del Capitán, estaban los indios y los albañiles, construyendo lo que se conoce hoy, como “La Plaza Bolívar”. Eran las nueve de la mañana y el sol estaba bastante brillante. Turémayka estaba trabajando duro, como de costumbre. Él Sabía que esa mañana El Dragón del Dorado se acercaría al lugar en busca de él.
—Ordene mi Capitán, ¿para qué soy bueno?—expresó Gutiérrez, cuadrándose marcialmente.
—Gutiérrez, quiero saber ¿Cómo a usted le robaron sus botas?, ¿en qué lugar fue? y ¿cuándo?—inquirió García, mientras observaba a su alrededor, a todos los trabajadores y a los esclavos indígenas.
—Mi Capitán esas botas me la robaron unas tres semanas antes de lo ocurrido…con…su…su…—dijo el soldado, a quien le costaba decir “esposa”, por el terrible respeto y miedo que le tenía a García Del Toro
—Esposa… Prosiga Soldado. Por favor—completó el Capitán.
—Disculpe mi Capitán, prosigo. Esas botas me las robaron en mi casa, tres semanas antes del asesinato de su esposa. Estaban empapadas en agua, así que las dejé secando al sol y al día siguiente ya no estaban.
—Entiendo—dijo García y a la vez se quedaba viendo a un gran indio que cargaba con una gran cantidad  de ladrillos, como si fuese algodón lo que llevase encima. Se fijó que la estatura de aquel indio era como la de un europeo, al igual que su volumen físico.
García se queda pensativo, “siempre habíamos buscado entre los colonos y nuestras tropas, pero nunca llegamos a buscar entre los indios. ¿Y si?… ¿Será posible?”. Pensó García.
—Soldado, ¿Quién es ese indio?—preguntó García, que ahora se quedaba viendo los pies descalzos del indio
—Es Turémayka mi Capitán, es nuestro indio más fuerte, llegó con su tribu cuatro semanas después de la ceremonia de la fundación de la Ciudad.
—Uhmm…bien… ¿Ese indio fue de los que llegaron en mi barco, para aumentar la mano de obra de los esclavos?—indagó García.
—Si mi capitán.
García recordó la matanza de una tribu, matanza que fue ejecutada bajo su orden, donde sus soldados violaron a todas las mujeres de esa misma tribu, la cual se resistió a entregarse para ser esclavos. También recordó al Padre Mateo, a quién tuvo que atar de un árbol para que no interviniese en aquella sangría. Sangría que García estaba acostumbrado a ejecutar, cuando alguna tribu ponía resistencia. El día de aquella obra siniestra, fue un 22 de Mayo de 1764, el mismo día de la ceremonia de la Fundación de la nueva Ciudad.
—Quiero que me traiga inmediatamente a ese indio—ordenó el Capitán.
Turémayka sabía que sería descubierto en cuestiones de segundos, en el mejor de los casos lo pondrían bajo arresto, para descartar que él fuese el asesino. Por primera vez Turémayka se sintió preocupado, no por él, sino que tenía temor que tomasen represalias contra los miembros de su tribu.
Turémayka se paró frente al Dragón del Dorado,  el Capitán le sorprende lo imperturbable que era aquel indio, le sostenía la mirada, lo cual ya era una falta de respeto, que él no iba a tolerar. Turémayka era de la misma estatura del Capitán, él cual medía más de 1,80 metros. García le lanza una cachetada a Turémayka con todas sus fuerzas, llegando a romperle la boca levemente.
— ¿Por qué me miras así indio?—preguntó el Capitán, luego de darle semejante cachetada. Turémayka bajó la vista, lo que hizo que el Capitán se tranquilizase un poco. —Soldado quítese sus botas, para que este indio se las pruebe.
Turémayka empezó a llenarse de una inmensa energía colérica, lo que hizo que levantase la cara nuevamente para mirar de frente al Capitán. García le volvió a dar otra cachetada, esta vez más duro que la anterior.
— ¡No me mires así esclavo de mierd_!… ¡Jod_r soldado! apúrese con esas botas.
Gutiérrez se quitó las botas, el Capitán las tomó y se las tiró a los pies de Turémayka y al mismo tiempo desenvainaba su espada, y con ella señalaba las botas y amenazó diciendo:
—Indio, póngase esas botas o le juro que le abro en dos partes.
García, ahora colocaba la punta de su espada cerca del torso desnudo de Turémayka. El indio empezó a colocarse las botas, le calzaban perfectamente.
— ¡Soldados! ¡ARRESTEN A ESE ESCLAVO!
            Pero los soldados subestimaron a Turémayka, pensaron que sería dócil y que se dejaría arrestar, por un breve instante olvidaron que aquel indio tenía la fuerza de un búfalo. Cuando iban a tomar a Turémayka, éste se echó hacia atrás, para evitar que el Capitán enterrara su espada, y lo que ocurrió a continuación, fue la fuerza de la Selva depositada en un solo hombre.

SÉPTIMA ENTREGA.

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urémayka en medio de su ira, agarró  a el soldado que se había quitado las botas y lo levantó con las dos manos, como si el soldado pesara solamente treinta kilos, García Del Toro empujó su espada hacia delante, para enterrarla en el torso del indio; pero no pudo, porque Turémayka le lanzó el soldado hacia él, derrumbándolo al piso. El Sargento González sacó su pistola y la apuntó inmediatamente hacia el indio.
Los Otros  dos Soldados lo rodearon con bayoneta calada.
— ¡NO TE MUEVAS INDIO! O te juro que disparo. SOLDADOS, ÁTENLO. —ordenó González.
El Capitán se reincorporó, estaba aturdido, el soldado que voló por los aires no se levantaba, había pegado su cabeza en un montón de ladrillos que estaban en el piso.
— ¡DESGRACIADO! No voy a permitir que te fusilen, yo mismo te sacaré las vísceras con un cuchillo, que esté amellado y oxidado—rugió El Dragón del Dorado.
Pero los soldados aún no lo habían atado, tenía miedo. Gonzáles lo apuntaba, estaba a solo tres metros de él. Los soldados se dispusieron a atarlo, lo mandaron a arrodillarse. El indio se arrodilló y los dos soldados se acercaron para amarrarle las manos y los pies. Pero fue en vano. Turémayka tomó a un soldado y lo puso de escudo. González disparó y el soldado recibió el tiro. De pronto Turémayka siente una punzada muy dolorosa, el  otro soldado acababa de enterrar su bayoneta en un costado del indio, pero este se saca la bayoneta y le arrebata el fusil al soldado. Y le da un fuerte golpe con la culata en la cabeza, la cual crujió de manera horrenda.
González y el Capitán empuñan sus espadas, y se dirigen como centellas hacia aquel monstruo de indio. Turémayka decide correr, otros soldados vienen corriendo hacia el lugar. Turémayka iba corriendo como el diablo. Los soldados abrieron fuego, pero no lograron darle. El Indio iba dejando un rastro de sangre tras de si, por la herida con la bayoneta. Todos le persiguen, el indio se dirige hacia el río Orinoco.
Cuando Turémayka llegó a la orilla del río, se lanza hacia el Orinoco, sumergiéndose hacia lo más profundo.
Tres soldados se sumergen también, hasta el mismo García Del Toro, pero ninguno de los cuatros logran ver al indio, suben a la superficie en busca de oxígeno, miran por todas partes, miran hacia el horizonte del río y nada, ni un mero movimiento. Regresaron hacia la orilla llenos de frustración.
—Sargento, avise al Coronel y al Gobernador, que hemos dado con el asesino—ordenó García que estaba todo empapado. —Les dice que se nos ha escapado nuevamente, pero que tengo un plan para acabar con esa maldita plaga, pero que voy a necesitar la aprobación de ellos.

Orinoco arriba, seguía acercándose un barco.
El Corsario “Dientes Negros”, se aproximaba cada vez más hacia Angostura, había decidido de manera definitiva como atacar la ciudad. Acariciaba la idea de tener su oro de vuelta, y también se llevaría consigo la cabeza del “Dragón del Dorado”, costase lo que le costase.

El Sargento González informó primero al Teniente Coronel, y éste salió disparado a informar al Gobernador, quien realmente ya se había enterado por todo el escándalo que ocurrió en la plaza, y también porque había dos soldados muertos y uno herido.
—Así que un Indio es “El Destripador del Orinoco”—dijo el Gobernador quién caminaba de un lado para el otro en su despacho, con una copa de brandy en su mano derecha.
—Correcto su Excelencia. El Capitán dice que tiene un plan para atraparlo—dijo Del Monte, que también sostenía una copa de brandy en la mano derecha.
—Entonces mande a llamar a García a mi despacho—ordenó el Gobernador, mientras seguía caminando de un lado para el otro, sopesando todo el grave asunto.
Pero no hizo falta mandar a llamar a García, ya que al instante, abría él mismo la puerta del despacho del Gobernador. Se había cambiado el uniforme en su casa.
— ¿Cuál es su plan su plan García?—preguntó el Gobernador y esta vez paró de caminar por todas partes y se sentó en su lujosa silla de caoba.
—Su excelencia, he mandado a detener a todos los integrantes de la tribu de ese indio, hay seis mujeres, diez niños y cuatro hombres—contestó García.
— ¿Y qué piensa hacer con todos ellos Capitán?—volvió a preguntar el Gobernador, quien se servía otra copa de brandy. — ¿Quiere una copa capitán?
—No Su Excelencia, gracias—rechazó la copa el Capitán, quien no tenía ánimos de beber.—Bien, he mandado a capturarlos para chantajear a ese hombre, le mataremos a cada uno de su tribu si no se entrega. Incluyendo los niños.
—Pero Capitán, ¿Cómo sabemos que ese indio no se ha largado para su tierra, o para otra parte?—intervino esta vez Del Monte, quien le pedía otro trago de brandy a el Gobernador.
—Simple mi Coronel, creo que todo esto se trata de una venganza. Ese indio y el resto de su tribu, fueron traídos selva adentro. Tuvimos un combate con ellos y murieron la mayoría, así que, ese indio, no se irá de aquí hasta consumar su venganza, tampoco se irá sin los miembros de su tribu. De eso estoy  seguro.
El Capitán mintió, no hubo tal combate, hubo fue una masacre y la violación de todas las mujeres. Él mandó a pasar por la espada a casi todo el mundo.
—Capitán, usted sabe cuan valioso es una esclavo para la ciudad, incluyendo sus mujeres e hijos. Sus mujeres nos paren esclavos para construir esta  ciudad, y sus hijos son el relevo de los padres, no nos podemos quedar sin esclavos, porque ni usted, ni yo, vamos a hacer ladrillos. —comunicó el Gobernador.
—Entonces su Excelencia… con ese asesino vivo, nos quedaremos sin colonos y sin colonos, no va a ver población, y no quiero imaginar su futuro cuando el Virrey se entere que no pudo mantener una ciudad—replicó García.
— ¡CUIDE SU PALBRAS CAPITÁN!—advirtió el Teniente Coronel, quien ya iba por la cuarta copa de brandy.
—Está bien Coronel, descuide, el Capitán tiene razón después de todo. Muy bien García, está bien… proceda con su plan, sacrifique esas vidas si es necesario, pero ni se le ocurra ponerle un dedos a los otros indios de la otras tribus, porque yo mismo estaré en el pelotón de fusilamiento disparándole—expresó el Gobernador de manera tajante.
—Así será su Excelencia—agregó García Del Toro, que sin más tiempo que perder se retiró del despacho con los respectivos saludos marciales.
Al llegar la noche, García Del Toro, estaba  con una escuadra de soldados y el Sargento González en la misma orilla del Orinoco, por donde había huido Turémayka.
— ¡Turémayka…! ¿ASÍ TE LLAMAS, NO?—gritó García a la lejanía. – ¡Donde quieras que estés!, si no te entregas, mataré a cada miembro de tu maldita tribu. Que lo que me ha traído es… problemas.
Casi silencio absoluto, solo la brisa se escuchaba y el leve oleaje del río que terminaba en la orilla.
—Para que veas MALDITO, que yo no estoy jugando. ¡MATARÉ A ESTA INDIECITA DE MIERD_ CON SU MADRE!
El Capitán sacó su espada, y la enterró sobre la pobre y frágil niña indígena, la cual emitió un llanto ahogado de dolor. Su madre gritó fuerte, con el dolor maternal que le desgarraba sus entrañas. Los cuatro indios trataron de zafarse de las cuerdas para impedir todo aquello, pero fue inútil, solo recibieron culetazos en la cabeza. Mientras la madre lloraba arrodillada, sosteniendo a su linda e inocente niña, que había exhalado su último aliento de vida, el Capitán haló fuertemente a la madre por los cabellos y pasó su filosa espada por su cuello, degollándola.
La madre quedó allí, desangrándose junto a su pequeñita. El silencio seguía reinando.
— ¡TURÉMAYKA, SI MAÑANA NO TE ENTREGAS, OTRA NIÑA CON SU MADRE MORIRÁ!—volvió a gritar el Capitán. — ¡TIENES HASTA LAS SEIS DE LA MAÑANA!
La madre y su niña quedaron abandonadas a la orilla del río Orinoco. García había dado la orden de retirarse todos. Las demás mujeres y los otros niños y niñas, no paraban de llorar, los hombres indígenas iban todos aporreados, de tantos golpes que recibieron.
Cuando se hicieron la una de la madrugada y ya no había nadie alrededor, Turémayka salió de las aguas. Aquel monstruo tomó entre si, los fríos cuerpos de la madre y su hija, y empezó a llorar amargamente de dolor, por aquellas vidas inocentes que se habían ido.
El indio se empezó a recobrar del dolor, nuevamente se cargó de ira, y se dirigió hacia la ciudad. Llevaba el Demonio dentro. Aquel monstruo estaba al acecho nuevamente. La ciudad tendría un sacudón esa madrugada.

OCTAVA ENTREGA.

  T
urémayka logra fácilmente infiltrarse por la ciudad, a pesar que la Vigilia se había mandado a doblar. El indio pudo llegar hasta la casa del Gobernador. Aquella casa estaba custodiada por tres soldados al frente de la puerta principal y dos soldados en la parte de atrás. Sin embargo, aquel aborigen, logró confundirse con la oscuridad, internándose dentro de las paredes del hogar del Gobernador, llegando a su habitación, en donde dormía plácidamente por todo el brandy que había ingerido durante casi todo el día.
La habitación estaba iluminada por un pequeño haz de luz que provenía de una vela, en una mesita de noche, del lado de la esposa. Turémayka colocó en la nariz de la esposa, una sustancia en forma de polvo, de color grisáceo, la cual inhaló mientras dormía. La mujer no se pudo despertar a pesar que aquel gigante la tomaba como sino pesara nada, llevando su cuerpo a su hombro derecho.
El indio salió de la casa sin ser visto, se infiltró por los montes y escondió a la mujer detrás de la iglesia provisional de la ciudad. El aborigen entró en la iglesia y despertó al Padre Mateo.
—Padre…Padre…—decía Turémayka, tratando de despertar al Padre Mateo que estaba en un sueño profundo.
El Padre despertó y dio un brinco en su propia cama, estaba todo espantado, el corazón le latía con rapidez, no podía distinguir lo que estaba frente a él.
—Padre, no tener miedo, yo venir a decirle condición, usted hablar mañana. —el indio se esforzó por no asustar al cura, pero éste seguía todo aterrado.
—Turé…Turé… ¿Eres tú?—preguntó el Padre Mateo.
—Sí Padre, yo Turé, Turé amigo suyo. Padre yo ser Destripador del Orinoco.
El Padre no podía creer lo que acababa de escuchar, aquel noble ser, aquel humano tan excepcional que es Turémayka, no podía creerlo. Tomó una cerilla y prendió las velas de la habitación.
—Hijo mío, ¿En qué te has metido?—preguntó el cura, y a la vez tocaba con su mano, el rostro de Turémayka.
—Padre, no tener mucho tiempo, usted conocer toda la verdad sobre mí. Mañana si yo no entregarme, morir lo que queda de mi tribu. Yo querer irme con ellos a casa. La Selva mi casa, la Selva nuestra madre.
—Pero yo no puedo hacer nada hijo mío, el diablo manda aquí, en esta ciudad.
—Usted Padre, decir mañana a Capitán, si él matar otro miembro de mi tribu, yo matar mujer de Gobernador y si él quiere mujer de Gobernador, que libere a mi tribu y nos deje ir a nuestra Selva—sentenció Turémayka, y después de decir eso, la habitación se llenó de un frío muy incómodo y el Padre Mateo se llevó una mano a su rasurada cabeza de franciscano.
—Hijo, ¿En qué problema me has metido?, ese Capitán me matará, desde hace tiempo me tiene ganas. Mínimo, me entregará a la Santa Inquisición, por apoyar a un “hereje”, porque de eso te acusarán, y a mí también—dijo el cura, pero a la vez empezó a recordar todos los pecados cometidos por ese verdadero hereje de García Del Toro.
Ya eran las tres de la madrugada, solo quedaban tres horas para que se venciera el plazo que había dado García Del Toro. Después de todo, el Padre Mateo no tenía opción para salirse de eso, al menos no con la conciencia limpia, si no ayudaba al indio, morirían más inocentes, y si lo ayudaba, quizás moría él… Se encomendó a su Dios. Tomaría la decisión de ayudar a Turémayka.
Turémayka salió de la iglesia, buscó a la esposa del Gobernador y se fue a esconder hacia La Laguna del Porvenir. Todo esto lo realizaba en la espesura de la noche, con un sigilo que no era normal para un ser humano común y corriente. Pareciese que no fue una mujer quién parió a aquel misterioso ser, sino, que fue la Selva misma que lo parió, parecía encarnar dentro de su humanidad toda la magia y la sabiduría de la Selva.
Cuando se hicieron las cinco de la madrugada, a una hora de vencerse el plazo, el Gobernador se levantó de su cama para tomar agua, producto de la fuerte resaca que empezaba a sentir. Se percató que su esposa no estaba en la cama; pero no se alarmó en absoluto, era algo normal, quizás estaría en el baño, o quizás se paró temprano para ayudar a las sirvientas en la preparación del desayuno. No obstante, no la vio con las sirvientas y tampoco la vio en el baño, así que preguntó por ella, a las sirvientas.
— ¿Dónde está María?—preguntó el Gobernador a unas de las cocineras.
—Mi Señor, tiene que estar en su habitación, ella no se ha levantado—respondió la cocinera.
El Gobernador entró en alarma, y mandó a revisar toda la casa, no estaba por ninguna parte en aquella amplia vivienda. Mandó a llamar su guardia personal, los cuales le aseguraron que la Señora María no había salido.
— ¡Soldados de Mier…! Se han llevado a mi esposa—vociferó con fuerza el Gobernador y entró en pánico, estaba casi seguro que había sido El Destripador.
El Gobernador se vistió rápidamente, y se dirigió a la casa de Del Monte.
— ¡Coronel Del Monte!, han secuestrado mi mujer—gruñó el Gobernador en la cara de Del Monte, que estaba recién levantándose. Decenas de gotitas de saliva caían sobre la cara del Coronel, por los gritos a su cara  por parte del Gobernador.
En el Fuerte San Gabriel, ya  estaba el Padre Mateo frente a frente con García Del Toro.
— ¿Qué hace aquí Padre?, ¿vino a proteger a los indiecitos?—preguntó García con profundo tono irónico en cada una de sus palabras.
—No Capitán, solo vengo a dar un mensaje que recibí hace unas horas.
— ¿Y cuál es ese mensaje Padrecito?—preguntó García con una sonrisa malvada en sus labios.
—Turémayka ha capturado a la Esposa del Gobernador, y me ha dicho, que informarle a usted, que si mata a otro miembro de su tribu; entonces asesinará a su secuestrada.
El Capitán dejó caer una taza, en donde estaba tomando un fuerte café sin azúcar. Subestimó por completo a aquel indio. Turémayka lo tenía agarrado por los testículos, le tenía en jaque mate. Cualquier movimiento estúpido, lo pagaría con su vida.
—Así es la cosa curita, ¿Y qué más te dijo el indio ese?
En eso se escucha un gran ¡Plamm! Era Del Monte que tiraba la puerta y venía con el Gobernador a sus espaldas.
—No me importa si te has tomado esto como algo personal Capitán, por lo de la muerte de tu esposa—dijo el Gobernador al entrar en el despacho del Capitán y continuó. –Solo quiero a mi esposa de vuelta, de lo contrario, si le pasase algo a ella, le juro por mi honor que me encargaré que lo pague bien caro, lo mismo se lo digo a usted Coronel. Esto se les ha salido completamente de las manos.
—Lo entiendo su Excelencia, pero sepa usted, que en el futuro, pudiéramos tener otro asesino que use el chantaje para salirse con la suya—comentó García, quién se sentía arrinconado por todas partes, pero aun así no se rendiría fácilmente.
— ¡ME IMPORTA UN CARAJO EL FUTURO CAPITÁN! Quiero a mi esposa de vuelta—vociferó el Gobernador, quién ya había perdido toda la compostura.
—Estará hoy de vuelta Su Excelencia, lo prometo, esta noche dormirá con ella y todo esto será un mal sueño—intervino Del Monte para calmar un poco los ánimos del Gobernador.
—Aquí está el Padre Mateo su Excelencia, quien trae un mensaje con las condiciones del asesino—dijo García señalando al cura.
— ¿Y cuáles son esas condiciones Padre?—preguntó el Gobernador.
—Su excelencia, el indio solamente quiere que se le garantice que no muera más nadie del resto de su tribu—señaló el Padre Mateo. —Y además de eso, se quiere ir con ellos a la Selva, que lo dejen marchar con su tribu.
—Estoy de acuerdo Padre, así será, no se hable más. Y usted Capitán, cumplirá las demandas de ese indio, no quiero más errores. No quiero que invente nada, dele a ese indio lo que quiere, y si se quiere ir lejos de aquí, pues que se vaya para el carajo.
García aceptó la orden de mala gana, pero tenía un plan oculto, con el objeto que Turémayka no se escapara, para darle muerte a él y a toda su tribu, para exterminarlos de una vez por todas. Porque El Dragón del Dorado, simplemente no iba a perdonar que el asesino de su esposa se saliera con la suya. Lo perseguiría hasta las puertas del Hades, si fuese necesario. Así que por lo pronto era necesario traer de vuelta a la esposa del Gobernador. 
  
NOVENA ENTREGA.

-¿Y
 Cómo se hará el cambio Padre?—preguntó el Gobernador.
—Pues bien, yo me llevaré a la tribu del indio hacia un lugar oculto, le entregaré su gente y él me entregará a su esposa. Yo pongo mi vida como garantía su Excelencia—contestó el Padre Mateo.
—Confío en usted Padre, no tengo razones para dudar de su palabra—dijo el Gobernador y continuó dirigiéndose a Del Monte y a García. —Señores, ya han escuchado, no quiero cartas bajo la manga, no quiero trucos, procedan con la demanda.
García cuando emitió la orden de soltar a la tribu de Turémayka, le hizo una señal  al Sargento González, él cuál no necesitó explicaciones al respecto, sabía que tenía que seguir al cura sin ser visto. El Padre Mateo salió del Fuerte San Gabriel con la tribu, iba a efectuar el cambio. Se dirigía hacia los lugares de La Laguna del Porvenir.
Después de una larga caminata, el Padre Mateo llegó al lugar del cambio, el cual estaba bastante emboscado, por plantas de muchas especies. Cuando Turémayka ve a su tribu, se extasió de felicidad, al igual que ellos. La esposa del Gobernador seguí dormida, Turémayka frotó en su nariz unas plantas extrañas y la mujer se levantó. Estaba totalmente desorientada y decía cosas sin sentido. Pero podía caminar. El Padre Mateo se despidió de Turémayka, fue una despedida emotiva.
—Si todos los blancos ser como Padre Mateo, mi familia estar viva—dijo Turémayka, quien no podía impedir que las lágrimas le corrieran por las mejillas.
—Si todos los hombres fuesen como Turémayka, tendríamos el Reino de Dios en la Tierra—señaló el cura, quién bendecía al indio antes de partir con su tribu.

¿Quién era realmente Turémayka? Porque una cosa es lo que dice la Leyenda y otra es la “VERDAD”. Turémayka viene de una pequeña tribu cerca de lo que se conoce hoy como el Dorado. Era el hijo del Chamán, y estaba siendo entrenado por su padre en todos los misterios y poder de la Selva, para que algún día tomase su lugar. Turémayka, aparte de ser el futuro Chamán de la Tribu, también era su protector, a quién otras tribus le tenían el mayor de los respetos, porque decían que había sido engendrado por la Selva misma.
Un día salió a cazar, como de costumbre. Se había ido sólo esa vez, porque aparte de cazar, se retiraría a hablar con la Madre Selva. En busca de respuestas, por ciertas pesadillas que lo atormentaban. Turémayka no halló respuestas, pero si traía cacería. En el hombro derecho traía un enorme báquiro y en el otro hombro, una formidable danta. Le encantaba proveer para los suyos. Su tribu a pesar de ser pequeña, era una tribu muy laboriosa, sumamente solidarios entre si. Cuando Turémayka llegó a la aldea, se percata de un escenario espelúznate y aterrador. Había sangre por todas partes. Cuerpos tirados y abandonados a flor de piel, entre esos cuerpos estaba su amada esposa y su pequeño hijo, aún entre los brazos de ella.
Turémayka, no entendía todo aquello, no tenían enemigos, las otras tribus le respetaban. Su padre “El Chamán” también estaba muerto, así como el resto de los acianos y ancianas. 22 miembros de su tribus estaban allí tirados. Aquel hércules indígena, estaba desecho, su dolor era indescriptible. “¿Qué monstruo hizo esto?”, se preguntó, La Selva no era capaz de todo aquello, se fijó que habían huellas extrañas, nunca antes vistas por él, pensó que eran seres del más allá, dioses que bajaron, también habían unas huellas como de animales extraños. Decidió seguir aquellas huellas, estaba lleno de dolor, odio, rencor, nostalgia y cólera. Todos esos sentimientos revueltos.
Las huellas fueron a parar a “el río Cuyuní”, vio animales más altos que un hombre, vio hombres blancos con cabello en el rostro y en los brazos. Se fijó que no eran dioses, sino tribus de algún lugar lejano. Veía como los miembros de su tribu y de otras tribus subían a una casa gigante que flotaba  en el agua. Decidió salir del monte y dejase ver, lo hizo de manera dócil para que no lo matasen, logró entrar a aquella casa gigante, sin saber hacia dónde iría, pero tenía la certeza, que en su debido tiempo, regresaría a su Madre Selva nuevamente y lo haría con su gente.
Cuando ocurrió la matanza de su tribu, era un 22 de Mayo de 1764, el mismo día que fue refundada “Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco” o “Angostura”. Así que la fecha coincidió con la cantidad de personas masacradas. Por otra parte, quería conocer por dentro a la mujer que paría aquellos monstruos, quería ver si la mujer de ellos, era igual que la de los aborígenes. Por eso quería conocer el rojo palpitar dentro de ellas, con la esperanza de la lanzar un hechizo sobre ellas y curarlas de parir monstruos que pudieran matar a otras tribus. Elegiría a la mujer del Cacique de esos hombres con cabello en la cara. Sería también su venganza, que su Cacique sintiese lo que el sintió.
Sumado a esto, también haría que 21 personas tuviesen el sueño profundo de la Selva, para que la misma Selva les contara a ellos todo lo sucedido, para que sintiesen el mismo horror que él vivió, a fin de que fuesen testigos y comunicasen a otras personas lo que García Del Toro mandó a hacer a aquellos seres inocentes. Fueron 21 personas, incluyendo la esposa del Gobernador, más el sacrificio de la esposa del Capitán, contarían 22 en total. 22 por 22, la diferencia que Turémayka fue misericordioso, porqué él tuvo la oportunidad, no solo de acabar con la vida de esas 21 personas, sino que también pudo acabar con toda la ciudad entera, usando los poderes que le enseñó su padre y los poderes que le regaló La Selva.
La Leyenda habla de un hombre cargado de una asesina  y febril concupiscencia hacia la mujer blanca española. La leyenda cuenta de un hombre diabólico, un asesino. Pues… “eso es lo que cuenta la Leyenda”, leyenda que muchos se encargaron de transmitir, para tapar la verdadera historia de todo. Turémayka era un hombre guerrero, de una enorme fuerza y agilidad, sumamente espiritual, que respetaba lo sagrado, incluyendo a la Madre Selva. Un hombre tan virtuoso y lleno de justicia, que haría que los poderes de las tinieblas se estremeciesen para siempre. Un hombre que nace “uno entre millones”, que nace cada cientos de años. Un hombre que es traído a este mundo para brindar equilibrio entre las fuerzas del bien y  las del mal.

—Adiós Turémayka, Adiós hijo mío—dijo para si el Padre Mateo, mientras veía como aquella tribu se iba caminando hacia su LIBERTAD y hacia su verdadero hogar, de donde nunca debieron salir.
El cura se regresó hacia la ciudad, con la esposa del Gobernador a salvo, que aún iba caminando de manera desorientada. Cuando el cura llega a la ciudad, la estaba esperando el Gobernador, y a su lado estaba Del Monte y el Capitán.
El Gobernador se dirige a su casa, escoltado por soldados y hasta el mismo Del Monte. El Capitán estaba montado en su caballo, más diez jinetes y un caballo sin nadie encima.
A los quince minutos sale del bosque, el Sargento González.
— ¡Van rumbo hacia la Laguna de Los Francos!—gritó el Sargento González.
— ¡Móntese Sargento! ¡Suelten a los perros!—ordenó el Capitán. –Vamos detrás de ese Maldito, los quiero vivos a todos. “Los voy a matar delante de los otros indios”, pensó el Capitán.
  
DÉCIMA ENTREGA.

  L
os caballos iban a todo galope. Finalmente el Gobernador traicionó a Turémayka, se dejó convencer por García Del Toro, pero no lo iba a dejar proceder, no sin antes tener a su esposa sana y salva entre sus manos.
Turémayka y los suyos iban a paso rápido, porque presentían que los perseguirían; pero, ¿quién puede ir más rápido que los caballos? ¿Quién puede eludir el olfato de los perros?, si Turémayka estuviese solo, habría podido escapar. Al final solo era cuestión de tiempo, él y toda su tribu fueron capturados, fueron atados todos a un largo palo, iban en columna y Turémayka iba de primero.
Sería el final después de todo, al final ganó El Dragón del Dorado, un hombre terriblemente malo, pero con un espíritu inquebrantable, jamás se daba por vencido. Un fiel soldado al Rey de España, un digno ejemplo para todas las tropas. Era un hombre al que temían todos los enemigos del Rey. Pero más grande era Turémayka, que no necesitó de caballos, ni de armas, ni de soldados, para derrotar en varias batallas al Capitán. Pero al final de cuentas, ¿Qué puede hacer un solo aborigen contra toda la fuerza de un reino que lo abarca casi todo?, por toda la fuerza que tuviese, por toda la sabiduría y magia que poseía, al final del camino, sería vencido por su mayor fortaleza, la cual era la nobleza de su corazón.
Allí iban ellos como tribu, como corderos al matadero, iban a ser asesinados delante de los otros indios esclavos, para que tuviesen como ejemplo o como escarmiento, por si a ellos se les ocurría querer ser libres también. Se les iba a demostrar, que ellos estaban allí para cumplir la “voluntad de Dios”, que solo vinieron a este mundo para ser castigados por algún pecado del pasado, se les iba a demostrar que eran menos que los humanos. Que solo estaban allí para darles el pan y el oro a “sus amos”.
Otros grandes guerreros, al final también fueron vencidos, como Guaicaipuro, Guaicamacuto, Tamanaco, Arichuna, Maracay, Yaracuy, Tiuna, Baruta, Yare, Chacao, Catia y muchos otros más. Al final todos perdieron, pero fueron en toda América, los verdaderos americanos que más resistieron, causando enormes bajas a los conquistadores españoles. Esos eran los Indios Caribes de la tierra que hoy se conoce como Venezuela. Estos Caribes resistieron más que los propios Aztecas, Incas y Mayas. Ellos llegaron a resistir más de 60 años continuos de lucha, a fuerza de flecha y lanza. De hecho, el 12 de diciembre de 1574, los aguerridos e indomables  Indios Caribes, acabaron con toda una expedición española, comandada por Pedro Maraver de Silva, en las costas del río Orinoco, testigo éste, de tanta sangre derramada.

—Sargento, convoque a todos los esclavos en la Plaza, incluso a la servidumbre de las casas. Llévese un par de hombres. ¡Pero rápido! Que no tengo todo el día. —ordenó García a González.
A casi el término de una hora, estaban todos los esclavos aborígenes en la plaza, incluyendo a los hijos e hijas de estos, para que fuesen testigos de cómo García Del Toro degollaría a Turémayka y su tribu.
 Los apresados fueron colocados en fila. Empezaría con los niños y de último Turémayka, porque quería que sufriese lo más posible, hasta el último momento.
—Ustedes, indios e indias, tenéis que mostrar lealtad eterna a nuestro Rey, porque nuestro Rey fue escogido por Dios para gobernarnos. Si no obráis de conformidad con los designios y voluntad de nuestro Dios y la de nuestro Rey, correréis con la misma suerte que vuestros hermanos hoy—estaba dando un discurso García Del Toro antes de empezar aquella sangría. —Seréis testigos, de lo que les pasa a los rebeldes, a los que deciden fugarse, o quebrantar alguna de nuestras  leyes.
García al fin cumpliría su venganza, saboreando a todo gusto su sabor a sangre. Tomó un niño de apenas nueve años, lo arrodilló frente a él, el niño lloraba sin parar. Había un silencio sepulcral en la Plaza, el Gobernador ni Del Monte estaban presentes. Habían adoptado la actitud de Poncio Pilato, lavándose las manos de todo lo que iba acontecer. Turémayka quería romper las cuerdas, podía hacerlo si quería, pero tenía dos fusiles cargados apuntándole y con bayonetas caladas.
Cuando repentinamente el silencio es roto por un gran ¡BUMMM! Y otro ¡BUMMM!, y otro, y otro. El Capitán queda paralizado, no degolló al niño. Un soldado llegó en caballo  a la plaza, estaba pálido y gritó: — ¡NOS ATACAN LOS CORSARIOS! —Los soldados que custodiaban a Turémayka se descuidaron por un instante. El indio rompió las cuerdas y arrebató el fusil a uno de los soldados y a la vez lo empujó con extrema violencia hacia un costado, dejándolo  aturdido. El otro disparó, pero falló y Turémayka le atraviesa el torso con la bayoneta, luego, con el fusil, dispara a otro soldado que venía corriendo hacia él. Algunos indígenas que trabajaban en la construcción de la plaza, rodearon con martillos y piedras al Capitán. Pero El Capitán  y algunos de sus soldados se abrieron paso a fuerza de espada, pistola y bayoneta.
Turémayka aprovechó la oportunidad y soltó a los hombres se su tribu y estos a su vez soltaron al resto. Turémayka les dio la orden de huir, que luego él los alcanzaría. En el ambiente se sigue escuchando fuertes cañonazos de manera continua. De los indios que intentaron rodear al Capitán, murieron todos, un total de cuatro valientes que se atrevieron a combatir, y de los soldados que estaban con el Capitán  murieron dos a martillazos y piedras.
Turémayka se fue acercando de manera fría hacia el Capitán, iba con el fusil descargado pero con la bayoneta calada. García Del Toro lo esperaba con su espada. Dos Gigantes se enfrentarían cuerpo a cuerpo sin la ayuda de nadie y en iguales condiciones de armas. El Nuevo Mundo contra El Viejo mundo, La Selva contra La Esgrima Europea.
  
DÉCIMA PRIMERA ENTREGA.

  D
ientes Negros atacaba con todo al Fuerte San Gabriel, sin embargo Dientes Negros, no estaba en su barco, se había infiltrado por toda la ciudad con un par de hombres, iba en busca de la casa del Capitán García, iba en busca de su oro. El ataque al Fuerte San Gabriel era meramente una distracción para que todas las fuerzas de la ciudad, estuviesen concentradas en el Fuerte. Míster Owen iba por el pueblo, con espada empuñada y pistola montada. Al encontrarse con el primer colono, lo detuvo  para interrogarlo.
—Oye basura española, no tengo todo el día para esto, así que solo te pediré algo, y si no me das lo que te pido, te arranco tu maldita cabeza—amenazó de manera psicópata Dientes Negros a aquel desafortunado colono que no llegó a encerrarse en su casa.—Llévame donde vive el Capitán García Del Toro.
El colono había mojado sus pantalones, aquel terrorífico ser que tenía los dientes negros, y la mirada de diablo, lo hizo descender a lo más profundo del miedo. Así que no esperó que se lo pidieran otra vez y guió a aquel aterrador hombre, hacia la casa del Capitán.
Llegaron a la casa y derrumbaron la puerta. Empezaron a revisar toda la casa, alborotándola de pies a cabeza. No encontraban nada y no contaban con mucho tiempo para seguir buscando. Así que Owen se detuvo a pensar un instante. “Revisemos si hay una pared falsa”, ordenó Míster Owen a sus hombres. “Mi Señor, aquí” gritó uno de sus hombres, “Pues, derríbela marinero”, dijo el Capitán Owen.
El Marinero con una mediana mandarria empezó a abrir un boquete en la pared. Y efectivamente, allí estaba su oro, o lo que quedaba de este, calculaba que era la mitad lo que estaba. “Nos largamos marineros, nos vamos”. Dientes Negro había ordenado que el ataque durase no más de media hora. Que después que se cumpliese el tiempo, debían marcharse Orinoco abajo.
— ¿Qué hacemos con este hombre Capitán?—preguntó uno de sus hombres por el colono que los había guiado.
—Pues lo que hacemos con todos los españoles que caen en nuestras manos.
—Sí mi Señor—dijo el marinero, y hundió su espada en el estómago de aquel desafortunado hombre, que estaba en el lugar incorrecto y en el momento incorrecto.
La filosofía de guerra, de Míster  Owen era, “un español muerto, un peligro menos”.
  
DÉCIMA SEGUNDA ENTREGA.

  T
urémayka tenía la fuerza, el Capitán García tenía la técnica, el combate empezó. El Capitán con espada en frente, en posición de esgrima, arremetió contra Turémayka para dar una estocada, el indio esquivó y se abalanzó con la bayoneta hacia el Capitán, García consiguió esquivarlo. Turémayka había investido con tanta fuerza que se fue hacia adelante sin parar, el Capitán aprovecha esto y logró cortar superficialmente al indio por la espalda, la sangre empezaba a correr.
Turémayka se volteó rápidamente, con bayoneta en frente, caminado en círculos alrededor del Capitán, y éste siguiéndolo, sin perder el frente. El Capitán hace amagues de ataque, Turémayka reacciona a todos los amagues, el Capitán aprovecha eso y logró hacer otro corte, esta vez en el brazo derecho del indio. Turémayka no reaccionó a la cortada, sigue concentrado. García vuelve a intentar hacer una estocada, directa al estómago del indio, pero éste hábilmente, y de manera muy fuerte logra atajar con el fusil.
—Indio, te he subestimado, pero de hoy no pasas perro—dijo el capitán de manera burlona.
El combate sigue, García se conserva, no ataca, solo espera un error de su adversario, sigue usando palabras para provocar a su enemigo. Turémayka se abalanzó otra vez, pero se frenó, fue un amague. García Del Toro se hace un lado para esquivar, pero el indio no pasa hacia adelante, sino que lo espera, García cae en el engaño y ya la bayoneta venía hacia él. Intentó hacer un atajo con su espada, pero ya era tarde, la bayoneta es enterrada en su antebrazo, lo cual hace que suelte su espada y grite de dolor. Turémayka saca rápidamente la bayoneta del antebrazo, para enterrarla en el cuerpo del Capitán,
Ya no se escuchaba  disparos de cañones en el ambiente, el combate en el Orinoco había cesado.
Turémayka estaba a punto de poner final a la vida del Dragón del Dorado. Pero el Capitán García sacó una pequeña pistola detrás de su espalda, que estaba sujetada con su cinturón. Turémayka se paralizó, un ¡BANG! Se escuchó. Turémayka bajó la vista…y miró su cuerpo…no vio sangre. El Capitán puso los ojos como dos tortas de casabe, y empezó a botar sangre por la boca. Soltó la pistola y cayó de rodillas. Un horrible hombre con dientes manchados en negro se ríe, está a solo cuatro metros de García.
Turémayka no se mueve, los tres hombres se acercan.
—Así te quería agarrar, Dragón del Dorado—sentenció el horrible hombre y aprovechó que García estaba de rodilla, y sin mediar más palabras le cortó la cabeza.
El Capitán Owen, luego de decapitar a García, mandó a uno de sus hombres a que tomara la cabeza y se la llevara. La pondría de trofeo en el mástil de su barco.
— ¿Y tú indio? ¿Quién eres?—preguntó Dientes Negros.
—Yo Turémayka.
—Pues vete indio, vete, eres libre.
Míster Owen le perdonaba la vida a todo aquel que pelease contra los españoles, cumpliendo así el antiguo proverbio: “Los enemigos de mis enemigos, son mis amigos”.
Turémayka corrió, corrió hacia su libertad, finalmente aquel noble Hijo de La Selva había triunfado. Nunca pudo comprender, por qué mujeres tan blancas y lindas, pudieran parir a demonios y dragones. Tampoco pudo cambiar la maldad interior de aquellas personas que los consideraban a ellos, “los nativos”, bestias salvajes.
Nuestro Turémayka se encontró con su tribu, y se adentraron a lo más profundo de la selva, donde dragones y demonios no los pudieran encontrar jamás. Llegaron a la cima de una gran montaña, tan grande y tan majestuosa como el río Orinoco. Una montaña que se conoce hoy como AUYANTEPUI (Montaña del Diablo). Y allá, en la fría cima, crecieron como tribu. La montaña era tan alta, que les parecía tocar la luna con su mano.
Él se convirtió en el Chamán de su tribu, y cuando se retiraba a orar a la Selva, lo hacía en un lugar, donde las aguas parecen caer desde el cielo, KEREPAKUPAIMERÚ (Hoy Salto Ángel), allí se comunicaba con la Selva y con su padre.
Hoy en día, muchos turistas que llegan hasta la cima de esa montaña, en helicóptero o en avioneta. Cuentan que han visto un gran indio, con el cuerpo de un hércules, que aparece y desaparece de repente. Cuentan que han sido salvados de la muerte por ese misterioso indio. Le llaman Turémayka, “El Hijo de La Selva”.
…Fin…

Ciudad Bolívar, Antigua Angostura.
   

GRACIAS por leer esta historia, espero que Dios me permita poder seguir escribiendo más, para que ustedes y yo, podamos seguir viajando por nuevos mundos llenos de aventura. Pedro Suárez Ochoa, 11/07/2015.



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