domingo, 10 de mayo de 2015

Música del Más Allá (Romance, drama)


MÚSICA DEL MÁS ALLÁ.
La Vitrola Maldita.




Por: Pedro Suárez Ochoa.
ISBN: 978-980-12-8064-4
Depósito Legal;   If08520158001666

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Capítulo I. Alfredo.

         En cada barrio y en cada urbanización de Ciudad Bolívar los muchachos aprenden a temprana edad a jugar Truco, un popular juego de cartas de origen árabe-español. Es un juego tan divertido que se puede jugar apostando dinero o simplemente por amor al arte; aunque muchos chicos lo juegan a lepes (La pareja que pierde recibe  una  especie de latigazos que se dan con dos dedos sobre la muñeca de los perdedores).
Una cálida noche como la mayoría de las noches en Ciudad Bolívar, Alfredo; de veintiún años, se reunía con sus amigos para jugar Truco  en “El Brasil” una urbanización populosa de la ciudad. Esa noche no jugarían apostando ni tampoco a lepes. Simplemente habían comprado una botella de un litro de ron llamada “Gran Indio”. Alfredo no tomaba porque era un deportista que se dedicaba al fútbol de salón donde se destacaba de manera prodigiosa; pero esa cálida noche había decidido tomar, sin saber que estaba tomando un tren que no tiene retorno, aquella botella de Gran Indio se convertiría en su licor favorito y esa misma botella sacaría de su individualidad humana un ser que estaba escondido, un ser tenebroso, ser que llevaba años dormido, en donde un Gran Indio vino a despertarlo.
--Alfredo, ¿Hoy te atreves a tomarte unos palitos?--Le preguntó su amigo Juan, mientras llenaba generosamente un vasito desechable con ron.
--¡Dale! Igual ya no voy a ser un profesional, ni tampoco saldré por televisión—Alfredo se tomó ese vasito que estaba lleno por la mitad de una bebida con cuarenta grados de alcohol y lo llevó hasta su boca tomándolo todo. Arrugó la cara como si se hubiese chupado un limón, aquella bebida no le pareció agradable, pero seguiría tomando para no quedarles mal a sus amigos.
Luis y Octavio que jugaban Truco en contra de Alfredo y Juan, también se tomaron medio vasito de ron. Así la partida empezó. Octavio, todo un zorro viejo jugando Truco, conociendo miles de trampas para ganar una partida, se esforzaría por no perder ni una ronda. Aunque Alfredo, de gran espíritu competitivo que lo ha llevado a ganar bastante dentro de las canchas, no se daría el lujo de ser derrotado. Aquella amistosa partida, sería una batalla campal. Donde cuatro astutos muchachos desplegarían sus mejores técnicas de este Juego.
--Hoy te vas a ir llorando pa` tu casa Juan, no vas a ganar ni una   partida—dijo Octavio mientras le pasaba el as de espadilla a Luis.--Vas a perder tanto que desearás que Margarita te vuelva a parir.
--¡Ja, ja! Eso veremos Cabeza e` Motor--agregó Alfredo y al mismo tiempo le pasaba el diez de oro a Juan donde la vira era precisamente oro. El medio vasito de ron había empezado a liberar endorfinas en su cerebro, así que pidió otro vasito que  a pesar de no gustarle el sabor le empezó a gustar la sensación. Alfredo tenía más confianza para ganar.
--Dale suave Alfredo, piano a piano. Advertía Juan a su amigo, pero éste hizo caso omiso y solía tomar más que sus compañeros de juego.

--¡TRUCO A TÍ! Guarapo de asfalto--Gritó Luis a Juan. --¿Qué, tas asustado jeba?
--Quieeeero…--Con tono suave expresó Juan.
         Luis colocó el as de espadilla, era tercera. Faltaba por jugar Alfredo y Octavio. Alfredo de manera pensativa se quedó mirando la espadilla.
--Eso no es una espadilla, eso es un machete—apuntó Octavio, con una sonrisa burlona en su rostro.
--¡Quiero y reeetruco muerto parao!—gritó Alfredo y al instante golpeaba energéticamente con su puño la mesa de madera.
         No le quedaba nada a Alfredo, solo la carta más baja del Truco, un simple cuatro y este era un cuatro de bastos. Su compañero hizo segunda con el diez de oro que era la Perica, aunque sus contrincantes no sabían quién había ganado la segunda. La partida iba 5 a 3, a favor de Juan y Alfredo, jugaban solo a 12 puntos. Octavio se quedó pensando, esta vez lo hacía él y solo le quedaba un dos de oro. Decidió recogerse, no quiso el retruco.
--¡Ayyyy, arrugaste!—se burlaba Alfredo de Octavio, sin este saber nunca que su adversario le ganó con un carro, una partida donde solo tenían la Perica como carta más alta. Pero así es este juego, por eso se llama truco, porque es el arte del engaño.
         Así siguieron las partidas de Truco, casi toda la noche. La botella de Gran Indio se había acabado, compraron otra. Alfredo tenías los ojos bastante rojos, estaba enojado, no echaba broma, no se reía, solo le importaba ganar, pero llevaba rato sin hacerlo. Le pidió otro vasito de ron a Juan, éste se negó diciendo:
 --Compadre, vamos a darle suave, te acabas de tomar uno.
--¡Sirve la vaina esa! Que yo fui el que compró la segunda botella—Se expresó de manera fuerte Alfredo, todos se le quedaron viendo y se sintieron intimidados.
         Alfredo era negro de cabello liso, con facciones guyanesas, su cuerpo estaba lleno de fibra y medía casi 1,80 de estatura. Entre otras cosas era popular porque su zurda era muy poderosa, como si llevase un bloque en la mano cuando pegaba. Al rato siguieron jugando y Alfredo empezó a bromear nuevamente, lo que hizo que sus compañeros se relajaran nuevamente y siguieron las partidas. Luis empezó a jugar mal en algunas rondas, para dejar ganar a Alfredo, para que se relajara; sin embargo, Octavio regañaba a Luis por jugar mal, no le gustaba regalar nada. Octavio empezó a hacer sus trampas sutilmente cuando le tocaba barajear, era un experto montando cartas, pero Alfredo se dio cuenta en una de esas barajeadas.
         Alfredo se levanta y con los ojos llenos de ira y rojos como los ojos de un diablo, le da una gran patada a la mesa. Las cartas volaron por el aire. Todos se paran y se quedan mudos.
--¿Cómo no vas ganar? Así quien no pues—dijo Alfredo dirigiendo una espantosa mirada a Octavio.
         Octavio se llenó de orgullo, de valor y le respondió:
--Eres un mal perdedor mamita, no sabes perder, te gano hasta con los ojos cerrados—Octavio le sostuvo la mirada a Alfredo.
--Mal perdedor será tu madre—respondió Alfredo acercándose a Octavio con su cuerpo, como invitando a pelear.
Juan y Luis se interponen entre ellos, para evitar una pelea.
--Dame mi botella, me la llevo—habló Alfredo de manera autoritaria y agarró la botella de Gran indio para marcharse.
--Llévate tu botella y te la metes por donde mejor te entre “MAL PERDERDOR”—sentenció Octavio.
         Alfredo se voltea, coloca la botella en el piso, se dirige lentamente hacia Octavio de la manera más fría pero con la mirada puesta en quien acababa de insultarlo. De repente empuja a Juan que estaba en el medio y lo tira al piso. Alfredo se movió a la velocidad de la luz y conectó su zurda en la quijada de Octavio la cual crujió como un hueso de pollo, lo que hizo derrumbarlo al piso, Octavio se desmayó. Pero Alfredo no conforme con esto se abalanzó sobre el pobre muchacho Noqueado y empezó a propinarle más golpes. Luis y Juan  trataron de tomar entre los dos a Alfredo y pudieron medio pararlo, pero casi no podían con él. Unos vecinos intervinieron y lograron inmovilizar aquel salvaje muchacho.
         Octavio no se levantaba, estaba lleno de sangre con el rostro bastante inflamado, parecía muerto, lo que levantó mucha preocupación, pero el muchacho respiraba y de repente empezó a balbucear cosas sin sentido: “ No la encuen…trooo, no la en-cuen-tro”.




CAPÍTULO II. Clarita.

        Clarita… así le llama su mamá desde pequeñita, que también se llama Clara, ambas son blancas como la espuma que sale de la batea al lavar la ropa. Clarita tiene el cabello castaño claro que combina con el precioso color de sus ojos, casi del mismo tono que su pelo.
         Clarita había sido formada por su madre para que se casara con un hombre adinerado y blanco, pero sobre todo  tenía que ser blanco; a fin de, como decía ella,  preservar lo más precioso que había heredado de sus padres. Aunque la Señora Clara nunca se enteró que su tátara abuelo había sido un negro de las Antillas que vino hacer fortuna en las minas del Callao y tampoco supo que por el lado de su esposo, la bisabuela de éste, era una hermosa india Kariña que había atrapado con sus encantos a su bisabuelo, quien era un inmigrante Español.  Así que dentro de las venas de su hija y de todos sus hijos, corría un Africano de las Antillas y una doncella Kariña. Quizás por eso el cabello de clarita era tan hermoso y tal vez por eso su cuerpo parecía esculpido por Miguel Ángel.
--Clarita, mi vida. Ya casi vas a entrar a la universidad y tienes que tener cuidado con los hombres, con un embarazo, ya sabes, hemos hablado de eso—dijo la madre a su hija mientras las dos estaban tendiendo la ropa al sol. —Tú sabes que quiero lo mejor para ti, ojalá mi hija se case con un catire buenmozo, un muchacho emprendedor.
--¡Si mami ya se!, un catire ojos azules o un blanco ojos claros.
--Pero no le hables así a tu madre, tú sabes que quiero lo mejor para ti y que puedas lograr lo que yo no logré—La señora Clara no paraba de hablar, mientras exprimía y tendía la ropa. —Y cuidado con enamorarte de un negro, mira que negro es lo que nos rodea en este barrio y tú padre no ha podido sacarnos de aquí y llevarnos a un lugar mejor, porqué él se gasta casi todo en caballos y loterías. Ya me lo dijo mi mamá, que no me casara con él, pero yo no, yo fui pa` allá directamente.
--Mami no hables mal de papá—Clarita la interrumpió a su madre—mira que él trabaja con un burro para mantenernos.
--¡Pero déjame desahogarme Clarita!, hazme el favor muchacha. Yo te digo todo esto porque no te voy a durar toda la vida y mira que madre hay una sola y si hablo así de tu padre es porque es verdad, él tiene que dejarse de esos vicios y ahorrar.
--Pero tú no ahorras tanto mami, cada semana quiere ir a la peluquería, más todo lo que gastas en tinte para verte catira ¿Y quién te paga eso? Mi papá.
         Así siguió la conversación, hasta que ya no había más ropa en la ponchera, ni más ánimos por parte de Clarita para seguir escuchando a su madre. “Uno de estos días me escapo de la casa y me caso con el negro más negro de todos y el más pobre, así tenga que comer piedras”. Así pensó Clarita y aunque sus gustos realmente no se inclinaba hacia los morenos, pero con tal de llevarle la contraria a su madre, que la había atormentado toda la vida con el jarabe de con quien tiene que casarse, pero en el fondo amaba a su madre y a pesar de su absurdo racismo y desprecio por el lugar donde vivían, era una ama de casa dedica a cal y canto de su hogar, vigilando siempre por el bienestar de sus hijos y el de su esposo, quien gastaba parte de su sueldo los fines de semana en caballos y lotería, y a quién  Clarita le justificaba el vicio porque veía como su padre se rompía el lomo como mecánico para darle todo a su familia y encima tenía que calarse los berrinches de Clara. Clarita veía el vicio de la ludopatía como la única válvula de escape de “Papito”, como le llamaba ella con tanto cariño.




Capítulo III, El Calabozo.

         Alfredo esa noche, después de darle semejante paliza a su amigo Octavio, se había dirigido a su casa, bebiendo directamente del pico de la botella de Gran Indio, que ya solo le quedaba cuatro dedos. Al llegar a su casa, se aventó  a su cama, a pasar la borrachera, sin tener conciencia de lo que le esperaba al otro día.
        A las siete en punto de la mañana, la madre de Alfredo, que realmente era tía y que más adelante les daré detalles al respecto, se había dirigido hacia la puerta de su casa para abrirla, porque quien tocaba lo hacía con mucha energía, como si quisiera echar abajo la pobre puerta. Al abrirla, la madre de Alfredo  había quedado estupefacta.
--¿Es usted la Señora Martha Fernández?
--Sí.
--Traemos una orden de arresto para el Ciudadano Alfredo Fernández.
         Un corpulento hombre, que llevaba lentes oscuros mostraba la orden de arresto, el cual estaba acompañado de otros cinco funcionarios, todos con chaquetas de cuero negras, y con el logo bordado de la policía científica.
--Tenga la bondad de colaborar señora. Volvió a hablar el corpulento funcionario.
--¡Perooo…! , ¿Por qué? Mi hijo no es ningún malandro.
Lágrimas y angustia se apoderaba de la pobre señora Martha, quién era costurera y con ese oficio daba de comer a su hijo y le había brindado una educación. El dolor emocional recorría su ser, pero a la vez no dejaba de orar a su Dios dentro de su corazón.
           Los policías sin mediar más palabras entraron en la casa y empezaron a revisar las habitaciones, hasta que dieron con la habitación de Alfredo, quien se encontraba durmiendo con la boca abierta y digiriendo todo el alcohol que intoxicaba su cuerpo. Hasta que le dan una patada en la cama y uno de los funcionarios grita: ¡ALFREDO!
          Alfredo abre los ojos y empieza a despertarse, sin saber que pasa a su alrededor, donde un fuerte dolor invadía su cabeza y un amargo sabor se paseaba por su boca, empezaba a sentir los efectos de la resaca, mejor conocido como “el ratón”.
--Ciudadano vístase, está arrestado por la agresión física contra Octavio Sánchez.
         Alfredo estaba todo desconcertado, no entendía que hacían todos esos hombres adentro de su cuarto. Hasta que empezó a recordar que había peleado contra su Amigo anoche. Un pensamiento llegó a él: “¿Qué carajo hice?, ¿en qué problema me metí?
         De su casa salió esposado, bajo la mirada de todos los vecinos y los que no eran vecinos también estaban allí y comentaban que había matado a alguien, otros decían que se había acostado con la mujer del policía y había desaparecido a éste para quedarse con la mujer, algunos otros comentaban que ese era el asesino del comerciante de la ferretería del centro. Así fue viajando el chisme, haciendo estrago en la reputación de un muchacho y divirtiendo aquellos que disfrutaban de la miseria sobrevenida algún individuo. La peor era la Señora Victoria con sus hijos, que eran los primeros en estar en frente de la casa de Alfredo y fueron ellos los primeros en dictar las más aberrantes especulaciones, que luego pasaban de lengua en lengua a la velocidad del sonido.
         La señora Martha vio como salía su hijo esposado, siendo escoltado por dos gorilones con placa para ser introducido dentro de una camioneta Bronco. Ella, la madre que no es su madre sino su tía  como dije hace rato, empezó acordarse de que el Cura de la Iglesia del Barrio, que había dado un discurso sobre las pruebas sobrevenidas a los fieles, también  habló de un tal Job, un hombre justo y casi perfecto en rectitud que le sobrevino las pruebas más difíciles que algún mortal pueda vivir. Martha recordó también como éste Job, nunca perdió su fe en Dios y posteriormente fue bendecido hasta con tres veces más de lo que le había sido quitado. Así que ella; Martha, no perdería su fe y lucharía por sacar a su hijito de aquel problemón en donde se había metido.
         Alfredo lo consumía una sed abrazadora y su cabeza no dejaba de dolerle, incluso le parecía que este dolor aumentaba más y más. Pero no estaba en su casa para tomar agua ni tomarse una pastillita. Al llegar a los Calabozos de la Policía Científica, le impresionó aquel paisaje de hombres encerrados en celdas, donde el aire que impregnaba el ambiente estaba cargado de humedad, calor y la mezcla de olores y fluidos corporales de personas cuando no reciben el aseo correspondiente. El lugar era repulsivo y él  se sumaría a ese coro de mal olor porque él tampoco se había bañado. Fue afortunado Alfredo, porque llegando a los Calabozos, cuando aún estaban dentro la camioneta, un policía le dio una botella de agua de litro y medio que estaba por la mitad, Alfredo que tenía las manos esposadas pero al frente, tomó la botella y bebió de ella como si fuese la última botella de agua del desierto. Sus células empezaron a hidratarse instantáneamente, los poros de su cuerpo se abrieron para empezar a regular la temperatura corporal, empezó a sudar levemente. Alfredo sintió un refrescamiento, un alivio y el dolor de cabeza empezó a disminuir.
         Al entrar en el calabozo, las miradas de todos aquellos hombres se posaron sobre Alfredo, codiciando una franela del Real Madrid con rayas doradas que llevaba, que su madre siempre mantenía blanquita, también le codiciaban una sandalias de cuero que llevaba, porque uno de los policías en su casa le prohibió que llevase zapatos con trenzas y mucho menos debería llevar correa. Así que Alfredo se vistió de lo más cómodo, un mono negro, sandalias y una franela de fútbol.
         El líder de aquellas personas que estaban detenidas, solo se dedicó a observar con cuidado al nuevo detenido, le impresionó que la mirada de ese negro de  cabello liso, no transmitía temor, sino la más completa frialdad, sin dejar de estar alerta. Chivo; el líder de los detenidos, y delincuente de renombre en la ciudad, mostró interés en el nuevo detenido y había decidido probarlo, quería comprobar si debajo de esa mirada se encontraba una verdadera fiera. Así que dio la orden a dos de sus hombres, para que le robaran su franela del Real Madrid con rayas doradas y sus sandalias de cuero.
         Al pasar unos quince minutos desde que entró Alfredo, éste se encontraba sentado en un banco de concreto, pegado a la pared, a su lado estaba un señor leyendo la prensa, que quizás no era el periódico de ese día, pero es algo para leer y entretenerse. Alfredo estaba cabizbajo, con sus brazos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el piso mugriento de la prisión.
         Alguien le da una patada en su sandalia izquierda, mientras otra persona le colocaba una mano en el hombro derecho. Levanta el rostro y el que le tenía la mano en el hombro, era un afrodescendiente obeso con su rostro lleno de una barba desigual y toda enrollada, el otro era un flaco de piel clara, con los ojos rojos y hundidos, que tenía una horrible cicatriz en el cuello.
--Mira Moreno, quítate las sandalias y esa bicha del Real Madrid—dijo el flaco con su cadavérica mirada clavada en Alfredo, mientras el obeso arropaba con su respiración y su cercana presencia al joven deportista.
         Alfredo se levanta del banco, de la manera más fría y sin miedo alguno, lleno de frustración, sosteniéndole la mirada al flaco de la horrible cicatriz y preguntándole:
--¿La franela y mis Sandalias?
--Si marico, eso mismo—respondió el flaco.
         Alfredo levanta sus brazos con las manos abiertas en forma de cruz y acerca su rostro a su amenazante interlocutor y le dirige la siguiente palabra: ¡GANATELAS!




Capítulo IV, La zurda otra vez.

         Chivo desde una esquina, a una distancia de veinte metros sentado en su litera, estaba viendo con claridad lo que estaba ocurriendo, le preocupaba que sus hombres fuesen derrotados por aquel muchacho que acababa de entrar, lo que ponía en peligro su liderazgo, así que empezó a sacar el chuzo que llevaba dentro de su mono.
         No obstante, también veía en el nuevo recluso un aliado potencial,  para reforzar su liderazgo, todo dependería como él manejase la situación.
         “GANATELAS” fue la palabra que dejó impregnado cada oído de los que estaban en esa celda, era una palabra que desafiaba la muerte misma.
--¡GANATELAS!
         --Ahh, con que eres machito—Dijo el flaco de los ojos hundidos y al mismo tiempo lanzó su derecha hacia la quijada de Alfredo, el cual esquivó con impresionante rapidez. Alfredo luego de esquivar esa derecha, lanza un golpe certero sobre en la oquedad del ojo izquierdo del cadavérico hombre, dejándolo aturdido por un breve instante. Seguidamente, el repugnante obeso que estaba detrás, logra abrazar a Alfredo con unos descomunales brazos, simulando un abrazo de oso, consiguiendo inmovilizar al atlético joven, lo que toma como ventaja el flaco y empieza a golpear a su víctima en el rostro, pero Alfredo resistía con impresionante gallardía cada puñetazo.
Los custodios del calabozo empiezan a sacar una manguera de alta presión para disipar la pelea. Chivo solo observa a la distancia, hasta ahora no cree necesario intervenir, los reclusos llenan de alboroto y gritos el lugar, el agua aún no sale de la manguera y Alfredo le hierven los ojos y los clava sobre su agresor, a pesar que su rostro empieza a sangrar. El flaco en medio d su frustración de no poder noquear al muchacho de la camisa del Real Madrid, decide lanzar un golpe con todas sus fuerzas, una última derecha, y cuando esta viene con enorme rapidez, Alfredo logra esquivarla bajando la cabeza. La derecha fue a parar en el tabique del obeso, el cual crujió e hizo que aquel gorila soltara a su presa.
Alfredo con su rostro lleno de sangre, logra contraatacar lanzando una fuerte patada directa a los genitales del flaco, lo que hace que éste caiga de rodillas y decide lanzar otra patada al rostro de ese hombre que se retorcía de dolor, pero en ese instante, siente dos cosas… un gran chorro de agua con mucha presión y una fuerte hincada, algo que entró en su costilla y luego salió con mucha rapidez, se toca y su mano se tiñe con sangre mezclada con el agua que lo baña con extrema presión. Alfredo no siente dolor, pero si un frío que empieza a recorrer su cuerpo, lo que hace que su adrenalina empiece a bajar rápidamente. La multitud se dispersa, logran entrar los custodios y se percatan que uno de los peleadores ha recibido una puñalada, otro, el obeso tiene el tabique roto y no para de botar sangre, el flaco aún está en el piso y Chivo… Chivo solo vuelve a su litera de la que hace rato se había levantado, como si no hubiese pasado nada, logrando reafirmar su liderazgo después de ser derrotado.

Alfredo fue llevado de emergencia para el Hospital, está consiente de todo, no se ha desmayado, el obeso afrodescendiente va en la misma ambulancia que él, ambos custodiados.
La ambulancia se dirigía con mucha prisa, esquivando el tráfico. Uno de los paramédicos ejercía presión con gazas sobre la herida, la hemorragia no paraba, la franela blanca del Real Madrid estaba tirada a un lado, ya no era blanca, era roja. Alfredo sentía que su vista se perdía, parecía ver todo nublado y el sonido de la ambulancia y las voces de los paramédicos se escuchaban lejanas, sintió miedo… sintió miedo de partir a la otra vida, su bella Madre Martha invadía sus pensamientos.
--¡Chamo  no te duermas, abre los ojos, no jod….s, vamos pana mantente despierto--. Gritaba el paramédico, que apretaba con fuerza la herida.
         Alfredo hacía un gran esfuerzo por no dormirse, faltaban unos cinco minutos para llegar al Hospital Ruiz y Páez, pero cinco minutos para una hemorragia, parecían para los paramédicos un año de distancia.
--¡Abran paso, abran paso! Gritaba el mismo paramédico, mientras corría por el pasillo de emergencia, luego de llegar al hospital y bajar de la ambulancia al herido.
Alfredo cerró los ojos, en un sueño que lo envolvió por completo, separándolo de la realidad.
En otro lugar, en el Brasil, una taza caía al piso quebrándose en varias partes y el café caliente que contenía, teñía el piso de la cocina y al mismo tiempo dos rodillas tocaban el suelo. Martha perdió toda su fuerza, lágrimas fluían de su rostro, y un llanto ahogado empezaba a emerger, su hijito había sido apuñalado.
Ella, católica de nacimiento, pedía a su Dios que no se lo llevara y al mismo tiempo pedía a su hermana que estaba en el cielo que no permitiera que Alfredo se fuese. “Que no se vaya Alicia, que no se vaya nuestro hijo, habla con Dios hermanita”, Pidió Martha, y aunque estaba consciente, las piernas no le respondían para poder pararse y salir hacia el hospital.




Capítulo V, El Más Allá.

“No puedo encontrarla, no puedo encontrarla”, eran las palabras que emitía Alfredo, mientras era atendido por los médicos intensivistas. Él estaba delirando, su mirada se perdía en las lámparas cialíticas  del quirófano. La puñalada había lastimado levemente su hígado, pero los médicos que lo atendían eran de los mejores intensivistas de la Ciudad. Alfredo se salvaría, y a pesar de no haber sido una herida grave, se habría muerto por la hemorragia interna de no haber sido intervenido a tiempo.
Las sangre ORH positivo que estaba en las bolsas de pvc, recorrían el sistema circulatorio de Alfredo, empezando a reponer  la sangre perdida; pero el joven estaba en  otro mundo, estaba en algún lugar del Más Allá, buscaba con desesperación a una persona o a un objeto valioso, pero no podía encontrarlo, en su búsqueda frenética siempre estaba una música que se escuchaba de fondo, una música tenebrosa que le hacía helar de miedo, sin saber por qué. También lloraba con amargura, gritando al mismo tiempo: “¡No puedo encontrarla, no puedo encontrarla!”.
Martha había conseguido ponerse de pie y paradójicamente quién la llevó al hospital era el padre de Octavio, que a pesar que su hijo tenía la quijada fracturada por culpa de Alfredo, se pudo condoler de la Señora Martha, ya que él era el vecino más cercano con carro, el señor Pedro que así se llama, había sacado de manera apresurada su viejo Malibú del garaje, ante los ruegos de la madre de Alfredo.
Martha entretanto, iba de copiloto en el Malibú, no dejaba de orar a Dios por la vida de su hijo, había sufrido ella, muchos años atrás, la muerte de sus padres cuando apenas tenía dieciséis  años y Alicia; su hermana mayor de veintidós años, se había encargado de ella; sin saber que  su hermana, diez años después, también le tocaba partir junto a su esposo, en una lancha que naufragó cerca de la Piedra del Medio, en donde sus cuerpos jamás fueron encontrados, como si el Orinoco mismo se los hubiese tragado por unas de sus tantas bocas que yacen en sus turbias profundidades.
Así que a ella, sólo le quedaba a Alfredo, que gracias a Dios, el día del naufragio, se había quedado en casa bajo el cuidado de su tía, porque tenía diarrea y los padres dejándolo con Martha se fueron para una fiesta del trabajo de su esposo que era en Soledad. El niño solamente tenía cinco años cuando ocurrió aquel fatídico acontecimiento. Pero Martha era una mujer fuerte, de fe inquebrantable, que asistía casi todos los domingos a misa, nunca se alejó de Dios a pesar que sus seres queridos; excepto Alfredo, les habían sido arrancados.
--Señora, su hijo sufrió una herida punzo-penetrante en la parte derecha del cuerpo, por la costilla, el objeto cortó levemente su hígado, pero está a salvo…se pondrá bien—.Fue lo que dijo uno de los médicos que atendió Alfredo. La señora Martha se persignaba  y daba gracias a su Dios por el milagro, el padre de Octavio estaba con ella, aquel acontecimiento le había tocado las fibras de su ser, había visto crecer a Alfredo; pensó en retirar la denuncia, después de todo. Si quería justicia por lo que le hicieron a su hijo, ya la tenía, además no soportaba la idea de que ese muchacho después de recuperase fuese trasladado otra vez a ese calabozo, donde quizás ya no habría otra segunda oportunidad.
--Martha… vecina, lo siento por lo de tu chamo—dijo Pedro mientras tomaba las manos de su vecina que estaban frías y que con el apuro no le había dado tiempo de darle una palabra de calma por lo ocurrido.
--Gracias Pedro y yo te pido perdón por lo de Octavio, ¿Cómo sigue él?
--Noo…bueno, reposo, tiene que guardar reposo y tiene que tener la mandíbula inmovilizada con un soporte allí que no recuerdo como se llama, ingerir todo con pitillo por tres semanas. Pero ese se recupera rápido, ese carajito es fuerte.
--Así es vecino, así será, primeramente Dios.
--Martha…eeesteee… voy a retirar la denuncia hacia Alfredo, vamos a pasar la página de todo esto--. Un fuerte abrazo recibía el Señor Pedro por parte de su vecina, después de mencionar que retiraría la denuncia.

Pero en la sala de cuidados intensivos, mientras la enfermera reponía la última bolsa de sangre que necesitaba Alfredo; éste, sin despertarse, pronunciaba otras palabras que se perdían dentro de la fría sala: “Vi-tro…la…mal-di…taa…




CAPÍTULO VI, Mapurite.

En el sector 3, de la urbanización populosa “El Brasil” reside un hombre que tiene sesenta y tres años, aunque muchos afirman que tiene más de ochenta. Su nombre es Vinicio, pero nadie lo conoce con ese nombre, excepto su hija y su nieta. Todos lo conocen como Mapurite, debido a su peculiar mal olor corporal que impregna el sentido del olfato de todos aquellos que pasan por su lado. Mapurite tiene otra cosa peculiar que lo distingue, pues el lleva botas de seguridad para albañil, pero estas botas de cuero tostado por el sol, no tienen el hierro de seguridad que va en las puntas para proteger los pies contra la caída de un objeto pesado, ni tampoco tienen el pedazo de cuero en esa zona, porque él se lo picó; así que sus curtidos dedos están al aire libre, lo que garantiza un sistema de ventilación permanente, si no fuese por la estética se pudiera considerar ese corte en las botas, como una gran idea de ingeniería ergonómica.
Mapurite siempre está con una vieja carretilla, la cual casi siempre está cargada de abono de ganado que vende a las vecinas que deseen comprar (por cierto, el olor del abono suaviza un poco su fuerte hedor corporal a mapurite). Debajo de los sacos de estiércol siempre está una botella de ron blanco la que él llama “La Por Si Acaso”, porque la otra botella de ron blanco que siempre está por la mitad o con al menos un cuarto de su contenido, pero nunca vacía, se encuentra en unos de sus amplios bolsillos laterales del pantalón que él en un tiempo mandó a ampliar con la señora Martha. Por lo que ven Vinicio o Mapurite no es tan loco, como parece ser, todo lo contrario es un hombre muy prudente a pesar que no lo aparenta. Él cobra una pensión, o mejor dicho, la cobra su hija con un “poder”, ya que su padre fue diagnosticado  enfermo mental con grados leves de esquizofrenia. Pero muchos cuentan que se hace el loco, que solo quiso escapar de la dura realidad de la vida y vivir como solo él quiere y desea hacerlo.
Mapurite, un día antes del arresto de Alfredo, estaba vendiendo abono en la agencia de loterías “Apuesta” que está en la avenida principal de “El Brasil”, en dicha agencia también hacen apuestas de caballos y si pudieran tener un espacio para peleas de gallos, no dudarían en ofrecer apuesta de gallos igualmente. Pues bien, Vinicio después de vender un par de sacos, se sentó arriba de su carretilla y se dedicó solo a beber su ron blanco, allí frente a la agencia, perfumando a todos con su olor, pero la gente del barrio no lo despreciaba por ello, más bien aprendieron a aceptarlo. Algo interesante de este personaje es que es rubio de ojos verdes y a veces pareciera que los ojos le cambiaban a azul, tenía una barba desaliñada y su piel estaba tostada y agrietada por el sol. Su cabello era blanco pero con algunos mechones rubios que le quedaban.
--¡Mapurite hermano!, mira lo que te traje—se dirigió a él, el padre de Clarita, que le entregaba una botella nueva de ron blanco, la cual Mapurite agarró con una sonrisa que le dejaba ver los cuatro dientes que le quedaban y la metió debajo de los sacos de estiércol.
--Gracia, Gracia Tavo, muy-muy-muy amabe—respondió Mapurite que no pronunciaba bien las palabras y que hablaba con nervios siempre, como si lo estuviesen persiguiendo. –Mira Tavo, toy pendiente con i barrete el monte e tu casa.
--Tranquilo Mapurite, allá te esperamos—Dijo el señor Gustavo, padre de Clarita, que tenía una botella de cerveza en la mano y la gaceta hípica en la otra y dentro de la gaceta cuadraba el caballo que iba apostar y la permuta del próximo triple a jugar.
--¿Cómo ta Claiita y Claara?
--Bien, bien, gracias vale. Mira Mapurite liga con migo que aposté a una buena yegua, a “Linda Star”
En eso se empiezan a escuchar los chasquidos de los dedos índices que golpeaban contra los dedos pulgares y el del medio. La radio subía de volumen y un hombre con suma energía y gran rapidez elocuente narraba la carrera que acontecía en ese momento, los presentes no solo sonaban sus dedos índices, sino también hacían bulla con sus labios como especies de besos sonoros y rápidos, uniéndose a un coro de voces  y alboroto febril. Cada quien ligando a su caballo para llevarse el premio y el Narrador Hípico de la radio: “Por allí viene Rayo Veloz metiéndose con fuerza y ganando posiciones, pero Linda Star se mantiene  en el  segundo puesto, tratando de arrebatarle el primer lugar a  Gran Sol, pero Gran Sol no lo permite. Rayo Veloz entra por fuera y alcanza  a Linda Star, Linda Star baja a la cuarta posición, Gran Sol arrecia su velocidad pero Rayo Veloz se afinca con suprema velocidad y se pone a medio cuerpo de Gran Sol, Torpedo lucha contra Linda Star por el tercer lugar. Cuando entran en la recta final y Linda Star empieza a coger cuerpo y se lleva a Torpedo, Gran Sol va cabeza a cabeza contra Rayo Veloz, cuando Linda Star se mete por el medio, Gran Sol baja a la tercera posición, la yegua Linda Star quiere pasar a Rayo Veloz, pero Rayo Veloz no se deja, cuando faltan 100 metros de la carrera, Linda Star se pone palmo a palmo con Rayo Veloz, Rayo Veloz mantiene medio cuerpo, pero Linda Star se acerca con mucho ímpetu….Ganó Linda Star…en… segundo lugar Rayo Veloz… seguido de Gran Sol en la tercera posición…cuarto Torpedo…”
--¡Nojommbreee esa es mi Yegua! Anótate otra botella Mapurite, que hoy es nuestro día--.Mapurite con una sonrisa de oreja a oreja y sus cuatro dientes pelados celebra la victoria de su amigo y también celebra la llegada de su nueva botella de ron blanco, ese día contaría con más de un “Por Si Acaso”
         En casa de Gustavo, Clara y Clarita preparaban el almuerzo, clarita picaba los aliños y su madre pelaba y picaba las papas, ese día comerían carne guisada con papas, arroz blanco, ensalada verde con tomates  y tajadas fritas.
--Yo aquí cocinando como la misma cachifa y tu padre, allá gastando el dinero en ese vicio del carajo, un hombre de cincuenta años…no chica, ese hombre nunca va a madurar y nunca nos va a sacar de este barrio de negros y gente marginal, gastando todo el dinero. ¡Quién se ha creído él!
--Ay mami déjalo tranquilo, mira que el siempre que trae dinero del taller te trae la plata de la comida y nos da a nosotros la mesada y lo que le queda lo juega para divertirse un rato. Vale mami déjalo, seguro que ganó hoy y te paga la peluquería para que te pongas linda para él—dijo clarita después de picar el ají dulce y se disponía a pisar el ajo.
--No Clarita, ese no gana y si ganase no iría para ninguna peluquería, no le voy a justificar más su vicio—Clara pelaba y picaba las papas con violencia mientras seguía hablando--. Siempre lo mismo, que si yo juego loterías por esto, que si los caballos por lo otro, no, ¡ya basta! Un Día de esto me le voy. Mira que no me voy por ustedes.
--Mami Cálmate, ten cuidado que te vas a cortar—dijo Clarita y al mismo tiempo tocaba la mano de su madre donde sostenía el cuchillo, porque realmente le preocupaba que se cortara.
Al instante se escucha el portón del patio abrirse.
--¡BUENAS!—gritó Gustavo al entrar en la casa—Clara te traje un regalo--.
         Clara dejó de pelar y picar las papas tan pronto escuchó la palabra “regalo” y su semblante cambió, pasando de un estado de molestia a un estado de alegría y fue corriendo a recibir a su esposo, quien le traía una caja de bombones de chocolates y le avisaba que fuese a las cuatro de la tarde para la peluquería que ya estaba todo pago. Clara se le guindó del cuello a Gustavo, dándole besos por todas partes. Clarita  veía todo desde la cocina mientras adobaba la carne y sonreía por el cambio tan repentino de su madre “siempre es igual”, pensó.
Clarita desde la cocina, pensaba en lo felices que eran sus padres, le parecía que el vicio de su padre le permitía a ella tener una excusa con la cual entretenerse y ejercer su autoridad de esposa protectora sobre Gustavo y a él parecía que le gustaba tener siempre a Clara peleándole por lo mismo, para buscar constantemente como alegrarla y recibir de ella el mejor cariño posible, era sin duda un círculo vicioso, una manera de amarse, una manera de no aburrirse en una relación monótona. Así lo veía Clarita, según ella afirmaba que cada pareja busca sus métodos para mantenerse felices. “Cuando yo me case, ¿Cuál será mi tema? A lo mejor seré como mi tía, que le pelea a mi tío porque casi siempre anda descalzo en  casa y hasta   una vez le amarró las chancletas a los pies mientras dormía”,  así pensó Clarita y suspiraba por tener la bendición  de algún día poder casarse y ser feliz a su manera. Era sin duda una muy buena muchacha y sería una gran esposa.




Capítulo VII,  De Alta.

Alfredo pasó tres semanas hospitalizado, se había recuperado de la mejor manera, estaba muy bien, pero tendría que guardar reposo por un mes y mantener una estricta dieta por seis semanas. Durante el tiempo que estuvo hospitalizado el señor Pedro y su madre hicieron las diligencias correspondientes para retirar la denuncia y hacer otros trámites de rutina judicial, para liberar a Alfredo. Así que, al momento de recibir de alta ya estaba libre.
Veinte  minutos fue lo que estuvo encerrado Alfredo en aquel calabozo de la Policía Judicial de Ciudad Bolívar, sumado a los veinte minutos está: la puñalada, una fea cicatriz, un susto de muerte y el sufrimiento de su madre. Eso fue lo que le costó a aquel joven atleta, jugador de futbolito, por probar el  licor de un Gran Indio. Y a pesar de todo aquello Alfredo volvería a tomar, volvería entrar en ese agujero negro que le causaba un inmenso placer, placer del cual solo se  privó por seis meses, hasta que por la invitación y la insistencia de otro amigo, que no sería esta vez Luis, sino el mismo Octavio, que pareció también olvidar su quijada rota.
Alfredo se justificó diciéndose a si mismo que tomaría con moderación, que no mezclaría juego de cartas con alcohol, ni ningún otro juego mientras bebía y Octavio se justificó a su manera, diciéndose que no insultaría a nadie ni se burlaría de nadie cuando bebiese. Así concluyeron ellos, siguiendo con sus vidas y tomando religiosamente cada viernes, sin meter claro está, “los viernes chiquitos”, los sábados, las fiestas y reuniones, los días feriados, durante los juegos de Caracas-Magallanes, los juegos del Real Madrid-Barcelona y cualquier otra excusa que sirviese para comprar unas cajitas o unas botellas.
         Una noche después de ver un juego Caracas-Magallanes, los muchachos se quedaron sin licor y ya “los motores estaban prendidos” y querían seguir colocando gasolina para mantenerlos así, era media noche, las licorerías estaban cerradas, la única opción para comprar más licor, era ir a la casa de del señor Chucho, quien vendía ron clandestinamente.
--Alfredo mi pana, hay que bajar para donde Chucho, ya no tenemos gasolina—dijo Octavio, colocando  su mano sobre el hombro derecho de Alfredo.
--Bueno vamos, ¿Pero te queda plata?
--Allí, una fuercita, ¿Cuánto tienes tú?—le preguntó Octavio, mientras contaba los billeticos que tenía, todos amontonados en forma de una bola de papeles arrugados.
--30 bolos, ¿Son buenos?
--Son buenos compadre, vamos que pa´ luego es tarde.
         Allí iban los amigos, uno con una quijada que había sido fracturada y otro con una puñalada encima, tal como “Piratas del Caribe”, que nunca dejan de hacer el mal y andan todo remendados, con patas de palo, garfios y ojos de vidrio.
         La casa de Chucho estaba en una de las partes más bajas de “El Brasil”, porque esta Urbanización estaba rodeada en un noventa por ciento por dos grandes farallones o  cárcavas, que avanzan lentamente a través de los años, engullendo a la urbanización. Esta casa de Chucho no era parte del urbanismo, sino de un conglomerado de casas que fue creciendo a las periferias. La casa quedaba en el corazón mismo de la bestia que engullía a El Brasil, en el mismo farallón, lo que es una ventaja para la casa de Chucho, porque no tiene que preocuparse de ser engullida, porque ya la casa forma parte de la bestia, protegiéndola dentro de sus entrañas.
         Como siempre estaba oscuro para llegar allá. Una vez que bajaron el primer tramo del farallón, les quedaba bajar un segundo tramo, uno con una inclinación casi de cuarenta y cinco grados, de donde, en ese momento venía subiendo Mapurite con su peculiar olor y con su inseparable carretilla, surtida de estiércol las 24 horas y los 7 días a la semana.
--Ahh Mapurite, ¿recargando el tanque?
--Si, si, recagando tanque, recagando.
         Octavio y Alfredo soltaron la risa y se burlaron de Mapurite, haciendo bromas con su pronunciación.
--Oooséa, ¿Qué tu RECAGAS Mapurite?
--Si, si, yo recago muto.
--Y las vacas RECAGAN mucho también, para que puedas seguir vendiendo, mi amigo Mapurite—expresó Alfredo, mientras Octavio estaba privado de risa.
         Mapurite, que se hacía el que no entendía, se despidió y se retiró rapidito, con su carretilla bien equipada cuesta arriba. Los muchachos se despidieron también y empezaban a discutir para ver quien tenía que bajar a casa de Chucho y comprar la botella. Alfredo logró convencer a su amigo de que le tocaba bajar a él (Octavio), porque la última vez, fue él (Alfredo) quien bajó, recordándole que se había caído y raspado las manos. Alfredo mostraba sus manos como último alegato.
--Ta bién, yo bajo—dijo Octavio y pensó: “El problema no es bajar, sino la subida, uno queda todo mamado”.
         Alfredo se quedó arriba, se sentó en un bloque que estaba allí, vio algo que le pareció muy extraño, el clima cambió repentinamente, una brisa fría lo cubría e hizo que él mismo se abrasase para darse calor, cosa que no pasa muy a menudo en Ciudad Bolívar. Lo que vio Alfredo o lo que le pareció ver fue a un hombre sentado en la acera como a treinta metros de él, parecía que el hombre estaba tomando, porque se llevaba algo a la boca. De pronto aquel hombre se levanta y empieza hacer gesto con su mano derecha en señal de que lo acompañara, que viniese hacia él. Pero Alfredo no distinguía bien, le parecía una silueta tenue y borrosa. “¿Quién será ese tipo?”, se preguntó Alfredo. El hombre no para de invitar a Alfredo, con la diferencia que levantó la otra mano donde parecía tener una botella y con la mano con que lo invitaba, ahora señalaba la supuesta botella.
         Alfredo sintió mucha curiosidad, aunque estaba un poco asustado, pero él era como un gato, lleno de curiosidad. Decidió acercarse a ese hombre, y cuando se disponía a ir para allá, sintió una mano en su hombro derecho, que le hizo dar un respingo.
--¿Qué pasó compadre? ¿Qué mira?—le preguntó Octavio.
         Alfredo voltea hacia su amigo y le dice:
--Un tipo que está allí debajo de la mata de níspero.
--¿Cuál tipo Alfredo?
Alfredo voltea hacia la mata de níspero y aquel hombre ya no estaba, la brisa fría cesó y el calor húmedo de Ciudad Bolívar volvió.
--Versia, si allí estaba alguien hace unos segundos y me estaba invitando tomarme uno palos con él.
--Bueno a lo mejor se metió para su casa. Vámonos Alfredo, toma, tómate un palo.
         Alfredo agarró el vasito y se tomó todo el contenido de Gran Indio que tenía, pero quedó extrañado. Sabía que no estaba tan tomado para imaginar cosas. ¿Quién será ese tipo?, se preguntó Alfredo.
--Compadre, ¿no sentiste un frío extraño ahorita?—preguntó Octavio y Añadió—cuando iba bajando a comprar la botella donde Chucho, hizo un frío bien raro mi pana, ¿no lo sentiste?
--Si Octavio, fue bien raro esa vaina.
         Alfredo recordó que el frío vino en el mismo instante que el señor aquel, le hacía señas para que viniese a tomar con él.

Allí, donde está la mata de níspero, detrás, vive una doña de ochenta años de edad, Doña Luisa, pero muchos vecinos le dicen  La Bruja Luisa, aunque no tienen prueba de que sea bruja, pero sacan esa conclusión porque casi nunca sale y el decorado de la casa es anticuado, como que si los años cincuenta se quedaron allí para siempre. Doña Luisa tiene la nariz grande y en su nariz hay una verruga de buen tamaño. Su piel está arrugadita pero sus ojos están intactos y a pesar de su edad, no tiene catarata ni ninguna otra enfermedad degenerativa de los ojos. Ella es todo un misterio, nadie conoce nada de Doña Luisa, solo saben que llegó allí, a la casa detrás del Níspero, treinta y siete años atrás, cuando el Orinoco corría a la gente de sus casas.





Capítulo VIII, Doña Luisa y La Vitrola.

Al otro día, Alfredo bajó como a las diez de la mañana hacia la mata de níspero, donde había visto aquel hombre que lo invitaba a estar con él. La curiosidad le carcomía, no estaría tranquilo hasta saber quién era ese fulano que lo invitaba. Llegó a la casa detrás del Níspero, se asomó con la mayor discreción que pudo, pero Doña Luisa lo veía a través de su ventana basculante, escondidita entre las cortinas. Alfredo se acercó más a la casa, esta vez ya no lo hacía con discreción, Doña Luisa le preocupó, pensó que era un malandro que le quería robar las pocas gallinitas que tiene en el patio, por lo que decide abrir su ventana y decirle:
--Joven, ¿Qué desea?
Alfredo se sorprende, tratando de ver de dónde viene aquella voz carrasposa y penetrante, hasta que logra ver una silueta de una viejita entre la ventana y la cortina. El improvisa, se da cuenta que hay una mata de guanábano dentro del patio y recuerda que sus hojas sirven para calmar los nervios y ayudar a dormir.
--Hola, buenos días mi doñita, ¿quería saber si usted me puede regalar unas hojas de guanábano?
Doña Luisa estaba a punto de decirle que no y de ser maleducada; pero recordó que a ella nadie la visita, ni le piden nada. La única persona que la visitaba, era otra doñita vecina del ella, “Doña Graciela”, que venía casi todas las tardes a tomarse un guarapo de café en pocillo de peltre, pero murió hace dos años. Doña Luisa meditó un instante, aguantó el “no” y lo cambió por un “¡Cómo no hijo!”. Algunos vecinos que pasaban por allí se quedaron viendo a Alfredo, chismeando entre sí,  “que ese era el muchacho que estuvo preso y ahora está visitando a la bruja, algo se está tramando”.
Doña Luisa abrió la vieja puerta de madera que crujió como sino la hubiesen abierto en años, salió al patio y las gallinas empezaron a rodearla, creyendo que su dueña les daría maíz con arroz cocido. Luego Doña Luisa abrió el portón del patio para recibir al primer invitado luego de dos años, Alfredo no esperaba entrar, pensó que solo le darían las hojas de guanábano por las rejas del patio.
--Adelante hijo, agarre las hojas que desee, también tengo hojas de toronjil, que también sirven para calmar los nervios y ayudan con esos malestares de gripe que están dando—dijo Doña Luisa  con su voz carrasposa, pero en un tono más ligero que el de hace rato.
--Si mi Doña, estas hojas son buenísimas para dormir, es que a veces que no puedo cerrar ni un ojo—mintió Alfredo, realmente cuando toca la cama allí queda, en especial si tomó esa noche.
--¿Te quieres tomar una taza de guarapo hijo?
--Sí, cómo no mi doñita—respondió Alfredo después de tomar las hojas de guanábano y las de toronjil.
Doña Luisa lo invitó a pasar a la sala, le pidió disculpa por el polvo, le mencionó que esa semana no había limpiado, aunque en realidad no había limpiado hace un mes, pero a pesar del polvo que se notaba bastante en los muebles, la sala estaba impecablemente ordenada, meticulosamente cada cosa en su lugar y todo lo que estaba allí, por lo menos tendría sesenta años de antigüedad, incluso hasta los aparatos electrónicos como la radio y el televisor eran antiquísimos.
Pero entre todos esos muebles y aparatos, estaba uno que captó por completo la atención de Alfredo, el objeto o aparato era una Vitrola, nunca había visto una. Aquel aparato era un tocadiscos con su propia corneta, pero no era una corneta sino una bocina en forma de embudo con apariencia de flor.
--Es una Vitrola hijo—dijo Doña Luisa,  porque el muchacho estaba lelo viendo aquella reliquia.
--¿Funciona?—preguntó Alfredo.
--Sí, todavía funciona. Todo lo que hay aquí funciona, excepto yo hijo—añadió Doña Luisa y al mismo tiempo no dejaba de reír.
 Vitrola o Gramófono, tenía un gran rosario de madera colgado en la base de la bocina. La bocina tenía un color de cobre opaco y la otra parte, donde se colaba el disco, era una caja de madera de un color marrón oscuro y barnizada.
--¿Quieres escucharla?—preguntó Doña Luisa.
--Sí por favor—respondió Alfredo, con cara de ansiedad.
--Bueno ya va, déjame buscar el guarapo de café.
Doña Luisa fue a su cocina, a buscar un pocillo con guarapo. Al llegar a la sala nuevamente, le ofrece el pocillo al muchacho y éste lo toma y al probarlo comenta, “está muy bueno el guarapo”. Doña Luisa se acerca a la Vitrola, saca un disco bien grande, que llevaba por título “Tango, Alberto Gómez”  y empieza a darle vueltas a una manilla que está del lado derecho de la caja caoba. Alfredo percibió que ese aparato no tenía cables eléctricos. El Disco empieza a girar y sale el sonido. Aquel Artista y aquel aparato lo cautivaron, se preguntaba a si mismo “¿por qué una antigüedad funcionaba sin electricidad y los reproductores de hoy en día funcionan con ella?” Le parecía ecológico aquel aparato, su sonido le daba la sensación de sentir al artista cantando allí mismo, sin tecnologías, sin cornetas ni nada, solo la voz y los instrumentos musicales.
Alfredo se llevaba pequeños sorbos del pocillo con guarapo y saboreaba cada trago de café como cada segundo del sonido de aquel aparato. Cuando termina la canción, Doña Luisa coloca otro disco, uno que decía “Diamante Negro, Alfredo Sadel”. Ese Artista lo enganchó, gran voz. Le preguntó a Doña Luisa “¿De dónde es ese cantante?” Doña Luisa le extrañó aquella pregunta, “es venezolano” respondió ella, Alfredo sintió vergüenza, se sintió ignorante, pero igual siguió escuchando aquel aparato.
Sin darse cuenta, ya tenía más de una hora en casa de Doña Luisa, escuchando otros discos, pero esta vez sentados en unos muebles de madera con cuero de ganado y de aspecto colonial. El tiempo seguía transcurriendo, escuchando música y tomando guarapo, pero esta vez acompañado con unas galletitas caseras de vainilla. Hablaron de muchas cosas, entre esas cosas que charlaron, estaba el retrato en blanco y negro de un hombre que tenía unos bigotes muy elegantes, cortados perfectamente, que permitía ver los labios. Un cabello oscuro con patillas moderadas y bien cuidadas, era un hombre de aspecto muy distinguido.
Doña Luisa le dijo que era su esposo, le contó que había sido administrador de un importante hotel en Caracas, que era un hombre muy próspero, pero que la bebida le hizo perder todo, incluyendo su trabajo. Perdió mucha de su moderada fortuna. Lo poco que les quedó, fue gracias a ella, a su estricto celo por cuidar las cosas.
A Doña Luisa le había cambiado su semblante cuando había empezado hablar de aquel hombre de los bigotes elegantes. Entre otras cosas le mencionó a Alfredo que su esposo había tenido problema con su carácter y que la bebida había terminado de sacar ese monstruo que llevaba por dentro. Alfredo después de escuchar eso, se vio a si mismo y sabía él que tenía ese mismo problema, eso le preocupó mucho, en especial por la manera de contarle Doña Luisa algunas de sus tristes experiencias.
Después la conversación se desvió a  otros temas. Alfredo le preguntó que “¿Cómo es que ha logrado conservar todos sus aparatos en perfecto estado? Porque el radio que era tan grande como un estante, al igual que  el televisor, funcionaban perfectamente. Ella solo le respondió que trató a esos aparatos y a sus muebles, como miembros más de la familia, que nunca los vio como muebles, sino como seres llenos de vida, y algo que tiene vida debe ser tratado con mucho amor y cuidado. Pero le mencionó que la Vitrola estaba encantada, y que Ella “La Vitrola”, tenía un poder que venía del más allá, un poder que brindaba salud y prosperidad o de desdichas. Eso le pareció ridículo a Alfredo, pero le seguía la corriente a su interlocutora para no ofenderle. Doña Luisa le contó que esa Vitrola se la regaló un señor francés a su esposo, como retribución a la atención especial que le ofreció su esposo en el hotel.
Aquel francés le mencionó a su esposo, que el aparato le traería suerte a su vida; pero le advirtió que la Vitrola siempre debía llevar el rosario de madera que estaba en la base de su bocina; de lo contrario, le traería desgracias.  También le había referido una breve historia de esa Vitrola, que había pertenecido a una señora gitana y que él, la había recibido como parte del pago de una deuda.
--¿Y siempre ha llevado el rosario?—preguntó Alfredo.
--No—respondió la doñita y su mirada se perdió, quedando brevemente lela, como recordando algo muy malo.
 Alfredo sabía que eso eran supersticiones, que un aparato no puede regir el destino de las personas. “La gente cosecha de acuerdo a lo que siembra”, pensó
--Hijo si quieres te puedo prestar La Vitrola, pero debes cuidarla, es muy valiosa para mí.
Doña Luisa nunca prestaba a sus hijos, “sus aparatos”, pero sabía que pronto tenía que partir y sintió que ese muchacho la valoraría y la cuidaría, realmente no se la estaba prestando sino regalando. Alfredo aceptó que se la prestaran, ya imaginaba él la cara que pondría su mamá al verla y escucharla. Pero lo que desconocía Alfredo, era que aquella Vitrola realmente si estaba encantada y de perder su rosario, se le volvería en su contra, trayendo desgracias a su vida en vez de música.

Mientras salía Alfredo de aquella misteriosa casa , con la Vitrola guardada cuidadosamente en una caja, junto a unos viejos discos, Doña Luisa le advertía “Recuerda hijo, que La Vitrola nunca debe dejar de llevar ese rosario”.



Capítulo IX, El encuentro.

Alfredo llegó casi corriendo a su casa, como si fuese un niño de seis años que recibió el juguete que pidió para navidad. Al entrar a su hogar, lo primero que hizo fue colocar la caja donde estaba guardado el gramófono, arriba de la mesa principal de su sala.
Martha veía con curiosidad todo lo que hacía su hijo, se quedó perpleja por lo que estaba viendo, ni aún ella, en toda su vida, había visto un gramófono, sus padres le hablaron al respecto, pero dicho aparato se había convertido en leyenda. Alfredo saca un disco del bulto que traía aparte, un tal “Carlos Gardel”. Le da vueltas a la manilla, el disco empieza a girar y la música junto a la magia se empieza a escuchar. Y aunque Alfredo ni Martha, no saben el Tango bailar, por el ritmo, madre e hijo se dejaron llevar.
Aquel sonido enamoró a Martha, de alguna manera  La Vitrola la conectaba a su familia, recordaba con claridad cuando ella era tan solo una niña y estaba bajo el cobijo de sus padres amorosos y de una linda hermana protectora. Disfrutaba cada segundo de baile con su hijo, la voz de aquel Gardel era mágica, parecía envolverle dentro de una “época dorada”, época, que por décadas se ha resistido a morir. Martha en silencio, mientras bailaba, también le pedía a Dios que alejara a su hijo del alcohol, ella sabe y reconoce, que el mal carácter de su hijo es una bomba de tiempo y su detonador es esa siniestra botella de ron, o cualquier otra cosa que tenga etanol.
Siguieron bailando al son de Gardel, el tema parecía ser “Por una Cabeza”. Durante una hora estuvieron bailando tango, aunque lo hacían como si fuese un Vals. Martha ya se había cansado y hasta del almuerzo, por completo, se había olvidado. Ella mientras bailaba, se había fijado en el rosario de madera que estaba puesto en la bocina y cuando ya Alfredo para la música, le pregunta ella.
--Hijo, ¿y de donde sacaste este coroto de música?
--Vitrola mami, se llama Vitrola—respondió Alfredo, muy orgulloso de su corrección.
--Bueno está bien, VI-TRO-LA. ¿De dónde la sacaste?
--Me la prestó una viejita, de la cual me hice amigo. Doña Luisa, ¿tú la conoces?
--Sí hijo, no mucho en realidad—respondió Martha con aire de preocupación.
--Mami, ¿no creerás que ella es bruja, como piensa la mayoría de las personas?
--Como te dije, no sé mucho de ella en realidad—esta vez cambió su cara de preocupación a un poco de molestia--¿Y ese rosario?
--Es un recuerdo de su esposo, se lo trajo de Francia o algo así, es para la suerte y para contar con protección—respondió Alfredo, no quiso dar mucha explicación, porque si la daba y contaba toda aquella fantástica historia, terminaría por hacer creer a su madre, que realmente Doña Luisa era una bruja, así que optó por ser más prudente en su respuesta.
         Luego de escuchar la Vitrola, Alfredo la guardó con sumo cuidado, como si fuese la cosa más frágil del mundo. Su madre en ese momento le pidió a Alfredo que fuese a comprar pan, para acompañar la comida. Pero Alfredo no solo iba a comprar pan, también en la panadería vería una joven que lo flecharía de por vida y aunque él la había visto en otras ocasiones, no la  vio como en esa ocasión en la panadería.
--¡Portu, dame cuatro canillas ahí!—gritó Alfredo, golpeando enérgicamente el mostrador de la panadería, siempre bromeaba con el Señor Rivaldo.
--Buenas Señor Rivaldo, me da un refresco grande de Cola y dos panes canillas-dijo Clarita, que acababa de llegar, con una tierna y melodiosa voz que penetró cada fibra del cuerpo de Alfredo.
         Alfredo no hallaba que decir, solo se dedicó a ver a Clarita. Estaba vestida con una franela de algodón azul marino y unos jeans descolorados, que resaltaban su cadera. El Perfume de su cabello castaño claro que le llegaba casi a la cintura, viajó a través del sentido del gusto del joven moreno, de tal manera que casi se le caía la baba. Clarita que sintió que no le quitaban la vista de encima, volteó para ver  a la persona que no dejaba de observarla.
--Buenas—dijo Clarita a Alfredo, sonriéndole levemente, aunque más que una sonrisa, fue una mueca  llena de pena.
 --Toma tus caneillas Alfredinho el Negrinho—interrumpió el Señor Rivaldo, con tono burlón hacia Alfredo y su típico acento portugués (siempre se jugaban entre si) —Dime Clareita, ¿Qué queire você?
--Un refresco de Cola grande y dos canillas—respondió la hermosa muchacha.
--Clarita, ¿te llamas Clarita?—preguntó Alfredo con la voz  un poco temblorosa.
--Bueno Clara, me llamo Clara, pero me dicen Clarita.
 --Bueno Alfredeinho, yo atendí a você, vamo circulando—dijo el señor Rivaldo.
         Alfredo se queda afuera de la panadería, cerca de la entrada, esperando que saliera la muchacha. Al instante sale Clarita con una bolsa de papel que contenía dos panes canillas y el refresco grande a parte, aguantado con su mano derecha. Estaba todo incomoda por lo grande del refresco.
--¿Te ayudo con algo?—le preguntó Alfredo, y lo hizo con tanta caballerosidad en sus palabras, que ha Clarita se le hizo imposible rechazar tal propuesta.
--Sí Claro, bueno toma el refresco, que es más pesado—Clarita se sintió cómoda; pero a la vez se sentía ella un poco extraña, porque no actuaba así con alguien que no conociese.
         Alfredo realmente no esperaba que aquella linda muchacha le dijera que sí. Le vino a la mente que quizás la Vitrola daba buena suerte, “Escucharé su música más a menudo”, pensó.
         Caminaron desde el  Sector 5 del Brasil hasta el otro extremo del Sector 3. Los dos iban callados, nadie hablaba. Alfredo pensó que todo lo que dijera parecería estúpido y ella no decía nada porque le daba pena. “El hielo”, los dos, no pudieron romper; pero el silencio, misteriosamente les dio mucho placer, porqué a veces el silencio, hace al “amor” florecer y ellos sin duda, lo empezaron a reconocer (al amor).
         Llegaron hasta casa de Clarita, el padre de ella tenía medio cuerpo metido en la parte delantera de un viejo carro de un amigo, le estaba ajustando el arranque. Ni siquiera vio con quien llegó su hija, cosa que a él lo tenía sin cuidado, por la gran confianza que le tenía a ella; no obstante, en el patio de aquella casa, estaba la Señora Clara, que había clavado su mirada llena de racismo, en el muchacho que cargaba el refresco que a su hija mandó a comprar, y desde ese mismo momento, ella, su armas iba a tomar, contra cualquier negro, que a su Clarita pretendiese conquistar.




Capítulo X.

--¿Quién es ese negro Clarita?—preguntó la madre  tomando a la vez el refresco y los panes que había ido a comprar su hija.
--Un muchacho mamá, un muchacho, ¿no ves?, me quiso ayudar con ese refresco grandísimo y pesado, eso es todo.
--Ay Clarita, Ay Clarita, cuidao con una cosa.
--Por favor mamá—dijo la muchacha y pensó  “ya viene mi mamá con su racismo”, “es lindo el moreno, tan amable él”…
Suspiros y mirada perdida por parte de Clarita.  Dialogo interminable de la madre: “Bla, bla, bla…”
--¡Mira muchacha!, te estoy hablando, ahora sí, lo que  me faltaba, que te guste el negro ése—habló fuerte la Señora Clara, para sacar de los suspiros a su hija.
En eso llegó el padre de Clarita, con las manos llenas de grasa de motor.
--¿Qué está pasando aquí?—preguntó el Señor Gustavo, mientras con un paño humedecido en gasolina intentaba limpiar las manos.
--¡Nooo…! que tu hija llegó ahorita con un negro, ¿Tú lo viste Tavo?
--Pero bueno Clara, nos iremos a mudar para Noruega o para Suecia, para que estés tranquila—dijo el Señor Gustavo, mientras seguía limpiándose las manos con el paño y viendo directamente a su esposa.
--Bueno vamos a comer, discutimos otro día de razas y colores—agregó Clarita, dirigiéndose a la cocina para servir las pasta con salsa boloñesa que su madre había preparado. También en su casa, ese día, comerían después de la hora del almuerzo. La Señora Clara se tranquilizó un poco, pero solo un poco y por ahora.
         Mientras que en el Sector 5 Alfredo picaba un pan canilla por la mitad, para mojarlo en la salsa del “pollo a la campesina” que había preparado Martha y que tuvo que calentar otra vez.
--Alfredo te noto pensativo—dijo Martha  y al mismo tiempo ella, picaba un pedacito de pechuga de pollo para llevárselo a la boca.
--Mamá, vi hace rato a una muchacha bien linda, que está bien buena y me permitió acompañarla a su casa, por eso me tardé.
--Pero bueno Alfredo, ¿Tú no respetas a tú mamá y a las mujeres? ¿Qué es eso de “que está bien buena”—dijo Martha, haciendo una breve pausa en picar el siguiente pedacito de pechuga de pollo bañado en aquella jugosa salsa sazonada en ají dulce, ajo y cilantro.
--Ay si mamá, gran vaina, es la verdad, está buena y listo—dijo Alfredo mientras seguía picando más trozos de pan canilla para seguir mojándolo en la plácida salsa que había preparado su mamá.
         Siguieron conversando madre e hijo. Alfredo le dio los “por menores” de Clarita, y se dio cuenta que en medio de su miedo de hablarle  a la bella joven, había olvidado pedirle su número, al menos sabía donde vivía y del Sector 5 al Sector 3 solo era un paso. Por otro lado, Martha se sintió aliviada, Dios empezaba a responder sus plegarias. Porque parte de sus oraciones eran que su hijo se enamorara de una buena muchacha, así no pensaría en beber y así no sacaría más a flote ese terrible monstruo que lleva dormido dentro de si. Anhelaba que “el amor de muchachos”, mantuviera ese monstruo dormido por siempre. A ella también le vino a la mente, “La Vitrola y el rosario de madera” que estaba colgado en la bocina, quizás después de todo era cierto lo que le mencionó su hijo, quizás después de todo, Doña Luisa no era la bruja malévola, como la habían pintado los vecinos.
         Sin embargo, aquella Vitrola no era un aparato de música común y corriente. Había pertenecido a una gitana en Francia, de la que no se supo casi nada.
         Algo que no contó Doña Luisa a Alfredo fue, que en un tiempo, el rosario de madera fue extraviado y ella (Luisa) estuvo perdida días y días. Nunca se supo donde estuvo perdida, ni ella ni nadie. Muchos afirmaban que su esposo la había mandado a matar y a desaparecer su cuerpo, otros afirmaban que la había abandonado en alguna carretera del país, y unos pocos, los más audaces, decían que la había asesinado y picado en pedazos para luego enterrarla en el patio de su casa.
         Al final se encontró el rosario y fue colocado en su lugar. Doña Luisa solo apareció al siguiente día preparando café en su casa, como si nada hubiese pasado, como si los días no hubiesen transcurrido, como si ella hubiese salido del Más Allá. Su esposo solo lloró al encontrarla en la cocina colando café.
--Toma tu cafecito mi amor, como te gusta—le dijo Luisa a su esposo, y éste, solo cayó de rodillas dándole gracias a Dios, con el rostro bañado en lágrimas.


[El rosario, junto a un viejo collar de plata,  había sido cambiado por su esposo, por una botella de “whisky barato”, todo en medio de una borrachera. El señor dejó un tiempo el licor, pero al final, el whisky lo volvió a vencer.]




Capítulo XI, Segundo encuentro.

Nota del autor: A partir de ahora empiezo a sustituir  a "El Brasil", lugar ficticio, por "El Perú" urbanización que si existe en Ciudad Bolívar.

Los días transcurrían para el Sector 3 y el 5 del “El Perú”. Allá en el Sector 3, estaba una catira suspirando por un moreno, y en el otro extremo, estaba el moreno suspirando por la catira. Había una sola diferencia entre suspiro y suspiro. Y era que Alfredo maquinaba en su cabeza como encontrarse otra vez con la joven blanquita, y Clarita maquinaba como haría el moreno para encontrarse con ella.
Pero no hubo ideas fantásticas por parte del moreno para lograr tal cometido, simplemente, Alfredo iría a su casa a visitarla y listo, aunque le aterraba ir y presentarse sin ninguna excusa. “De todas maneras no tengo nada que perder”, pensó Alfredo. Pero antes de partir, primero escucharía La Vitrola en su habitación, “por si acaso es verdad que da suerte”, afirmó el muchacho. Esta vez sacó un disco raro, estaba en inglés, un tal “Frank Sinatra”, con una canción que Alfredo no pudo ni entender una jota, “Strangers in the Night”. El Tal Frank Sinatra le pareció genial, una gran voz melodiosa y pastosa. Aquella canción, de la que no entendía ni una papa, la colocó nuevamente y nuevamente y nuevamente, hasta que estuvo satisfecho y hasta llegó a medio tararearla. Se sintió motivado, practicó lo que le diría a Clarita y se fue de camino al Sector 3, a las cinco de la tarde emprendió el camino y aunque tenía un partido de futbolito a las cinco y media, no le importaría faltar al juego, porque ese día necesitaba muncho más ver a los ojos de Clarita; que sentir la adrenalina de anotar un gol.
Alfredo llegó a la casa de la bella joven, al frente estaba un señor con una braga azul marino y lleno de grasa de motor por todas partes, estaba reparando otro carro, solo que esta vez no tenía medio cuerpo metido en el vehículo.
--Buenas tardes, ¿se encuentra Clarita?—preguntó Alfredo, disimulando al máximo su miedo, cualquiera creería que estaba lleno de seguridad.
--Si está hijo, Llámala ahí—Gustavo siguió reparando el carro, se recordó de su esposa, que le había mencionado sobre un muchacho negro que parecía gustar de su hija, “Seguro éste es el muchacho” pensó y no vio motivo para estar alarmado, se veía un buen muchacho.
--¡Clarita!, ¡Clarita!—empezó a llamar Alfredo a la muchacha desde el portón del patio.
          Clarita salió para ver quién era, Gustavo seguía bañándose en grasa tratando de reparar el carro, no estaba pendiente de vigilar a su hija. Clarita vio a su joven pretendiente. Ella estaba vestida de la manera más informal y cómoda, después de todo estaba en su casa y no esperaba visita. Llevaba un short de blue jeans, que le llegaba casi a las rodillas con una viejita franela blanca de algodón.
         Alfredo veía todo en cámara lenta, cada paso de clarita acercándose a él, tenía el cabello suelto y estaba descalza. Le parecía igual de bella, los rayos del sol hacían ver su cabello castaño claro en un cabello rubio. Su piel blanca y lozana parecía de porcelana.
--Hola, ¿Vas a pasar?—le preguntó Clarita a Alfredo y éste solo estaba lelo viendo los ojos color miel de Clarita, que combinaba perfectamente con sus delicados labios rosaditos y su cabellos suelto. –Hola, ¿vas a pasar?—volvió a preguntar Clarita y esta vez si reaccionó el muchacho.
--Si Clarita—respondió Alfredo can cara de timidez.
--Bueno vamos a sentarnos aquí—dijo Clarita, conduciendo al muchacho hacia unas sillas de mimbre azul con blanco que estaban bajo la sombra de una mata de mango en el mismo patio.
        Alfredo estaba sorprendido como le atendía Clarita, como si le estuviera esperando aquel día, la muchacha transmitía mucha seguridad, todo lo contrario de él. Alfredo le parecía que había entrado a otra dimensión, quizás era la “dimensión del amor”, donde quién entra no quiere salir.
         Afortunadamente la Señora Clara no estaba, y quizás era por La Vitrola o por la vida misma, que Alfredo no tuvo ninguna oposición ese día. Lo cierto es, que Clarita y Alfredo se conocieron mejor, allí bajo la sombra de una mata de mango, sentados en humildes sillas de mimbre azul con blanco, con su padre en frente de la casa, que seguía luchando con aquel carro que trataba de reparar y la Señora Clara que no parecía llegar, porque en casa de una prima, en “La Sabanita”, “sobre negros y blancos”, toda la tarde iba hablar, sin saber que un valiente e intrépido moreno, a su hija, con su sencillez, empezó a conquistar, y la bella Clarita, su tierno corazón empezó a entregar.



Capítulo XII, El acecho del Indio.

Alfredo llegó tarde al juego de futbolito, pero se encontró con Octavio y con Juan, quienes lo invitaron a tomar. Cargaban una botella de “Gran Indio”. Alfredo llevaba varios días sin tomar, lo cual era fuera de lo común, él no se había dado cuenta de aquello; pero sus amigos si, quienes le sirvieron un vasito de ron, de donde se desprendía un olor a tentación que le llegó hasta su cerebro, su boca se le hizo agua, pero había una voz en su interior que le decía que no tomara, la voz era acompañada con una extraña melodía, parecida a una de las canciones de “Alfredo Sadel”. El muchacho tomó el vasito y se detuvo, su mirada estaba ida, pensó en Clarita y en su madre.
--Pero bueno Pajuo, ¿vas tomarte la vaina o qué?—le dijo su amigo Juan.
         Alfredo volvió en si, empezó a llevar el vasito hacia su boca, sentía que lo que iba a hacer estaba mal, se frenó al rozar sus labios con el vasito, el olor del Gran Indio le volvió a llegar al cerebro.
Pausa…Silencio…Amigos a la expectativa.
         Volvió a ganar el Indio…, empezó a bajar por su esófago, se depositó en el estomagó y de allí subió como el rayo a su cabeza.
--¡Dame Otro!—gritó Alfredo y le llenaron otro vasito; pero esta vez de manera más generosa que el primero.
Siguieron tomando, estaban viendo el segundo juego programado de futbolito, allí en la cancha principal de El Perú, una cancha techada con una grada amplia. Y así pasó el segundo juego, el tercero y el cuarto, hasta que eran más de las nueve y la botella se había terminado, pero irían en busca de otra, así como va el cazador hacia su presa, solo que la presa eran ellos, y el cazador era El Gran Indio, que usaba como método a el de las arañas, tejiendo un fina, potente y casi invisible red, donde las víctimas llegaban a la araña y no ésta a sus víctimas,  para luego inyectar su letal veneno.
Pudieron comprar otra botella a tiempo, la licorería estaba cerrando. Alfredo seguía tomando, pero esta vez no disfrutaba tanto como otras veces, se estaba sintiendo mal, su humor empezaba a transformarse.
--¡Mira negro!, dame un palo ahí—dijo un borracho que estaba frente a la licorería, dirigiéndose a Alfredo con aire ofensivo en su solicitud.
--¡Compra tu vaina!—respondió Alfredo y ya el monstruo había despertado.
--¡Bueno negro, dame los reales pues!—dijo el borracho que se empezó a acercar hacia Alfredo.
         Alfredo empezó a apretar el puño de su zurda, aquella zurda capaz de quebrar una quijada, capaz también de mandarlo a él, directamente a la cárcel. Sus amigos que veían con detenimiento lo que estaba ocurriendo, empezaron a tomar acciones para evitar una desgracia, Octavio le cortó el paso al borracho y le ofreció un palo de ron. Juan estaba detrás de Alfredo, listo para agarrarlo con todas sus  fuerzas, en caso que decidiera investir al pobre borracho, que ni imaginaba lo que sería de él si seguía buscando problemas.
         El borracho bebió un palo, se calmó, dio la espalda y fue a sentarse en una escalera contigua a la licorería. Alfredo también se calmó levemente, el monstruo se ocultó tan solo un poquito. De allí partieron a tomar cerca de la casa de Chucho para cuando se terminara la botella y así tendrían donde comprar otra, para no caminar tanto.
      Los minutos fueron transcurriendo y al mismo tiempo la botella entregaba todo su contenido, hasta que no quedó ni una gota. Octavio y Juan deciden ir a comprar otra botella de Gran Indio y algunas chucherías saladas como pasapalos. Dejan sólo a Alfredo, que se negó a bajar. Alfredo ya estaba ebrio, no había cenado, se seguía sintiendo mal, diferente a muchas ocasiones cuando había tomado. Empezó a recordar a Clarita, esa tarde había sido muy especial, no entendía como había ido a terminar allí, cerca de la casa de Chucho, de donde se puede ver la Casa de Doña Luisa.
         La brisa fría y fuerte volvió a llegar, Alfredo decidió irse sólo a su casa, no quería seguir tomando; pero antes de irse, se fijó que se repetía la misma escena de aquella noche, un hombre bajo la mata de níspero, frente a la casa de Doña Luisa, lo invitaba a tomar y a sentarse con él. Alfredo escoge no irse a su hogar; por el contrario se dirige hacia ese misterioso hombre, la brisa empezó a pegar más fuerte, sus amigos no se ven por ninguna parte.
         Mientras camina, distingue con más claridad a aquel hombre. Alfredo no podía creer lo que estaba viendo, era el hombre del retrato en blanco y negro de la casa de Doña Luisa, tenía los mismos bigotes elegantes, solo que su cara tenía un aspecto de maltratada por el estado embriaguez en el que se encontraba.
--Hola Alfredo, te estaba esperando—dijo aquel hombre con cara de borracho, pero que emitía palabras con total lucidez.
         La brisa no dejaba de pegar fuerte, las hojas de la mata de níspero se movían al ritmo de la enérgica ventolera.
--¿Usted es el esposo de Doña Luisa?—preguntó Alfredo.
--No perdamos tiempo averiguando quién soy yo, tomate un trago compadre, acompáñame en este friíto que está haciendo.
       Alfredo tomó aquel palo, no era ron sino whisky, del más fuerte que había probado jamás, le hizo arrugar la cara en extremo. La cabeza le empezó a dar vueltas, la cara del hombre empezó a distorsionarse y a volverse cadavérica, la ropa se iba desgastando y desgarrando, el hombre se volvía más y cadavérico. Una aterradora melodía lo empezó a envolver, se mezclaban muchos tipos música, un “bajo” retumbaba sus oídos, era como un bajo de minitecas, pero con un ritmo mucho más lento, sentía que su corazón se le iba a salir por el fuerte sonido del bajo, se agotaban sus fuerzas, iba perdiendo conocimiento. Finalmente se desmayó.
         --¡MI VIDA, MI VIDA!--escuchaba esas palabras, eran las de una mujer angustiada, como pidiendo ayuda.
         Veía a su madre llorando, y esa imagen se mezclaba con un bullicio, barrotes de prisión y el sonido de una sirena de ambulancia.
--“SANGRE, SANGRE”, “no puedo encontrarla” “ERES NEGRO, ERES UN NEGRO”, “CORRE, CORRE”, “¿dónde está?  “¿dónde está?”—Palabras sin sentido le llegaban casi todas juntas a Alfredo, al coro de muchas voces que las pronunciaban—“Tú pagarás”, “no puedo encontrarla”.
         Alfredo se sentía aprisionado, le faltaba el aire, sentía que algo le acechaba, cada vez el aire le faltaba más, --“¡MI VIDA, MI VIDA!”—era la voz de una mujer.  La botella de Gran Indio adquirió un tamaño descomunal, un hombre cadavérico le da una patada, sangre empieza a derramarse de la botella, sangre empieza a salir del cuerpo de una mujer, llantos de su madre. Alfredo no podía respirar durante aquella loca pesadilla, buscaba aire y no podía, luchaba por despertarse; pero inútil era esa lucha.
--¡ALFREDO!, ¡ALFREDO!, hermano, ¿Qué tienes?—le gritaban Juan y Octavio y la daban leves cachetadas para que se despertara.

         Alfredo se despierta de la manera más alarmada, buscando todo el aire del mundo, como si llevase siglos sin respirar, como si terminara de correr cuatrocientos metros a toda velocidad.  Bocanadas y bocanadas de aire se llevaba a sus pulmones, estaba sudando a cantaros. Y Aunque ya estaba despierto, no terminaba de salir de todo ese estado de angustia en el que se encontraba hace segundos.


CAPÍTULO XIII, Adiós Doña Luisa.

A la mañana siguiente, Alfredo se levantó con una fuerte resaca, se bebió más de un litro de agua fría sin parar. Sus amigos hace unas horas lo habían acompañado a  casa. “¿Qué es todo esto que me está pasando?  Mejor entrego La Vitrola a su dueña”, pensó Alfredo, y efectivamente llevaría La Vitrola a su propietaria, porque empezó a asociar la pesadilla de anoche con el aparato de música. No obstante, en el fondo no quería dejar ese objeto, le encantaba, amaba el sonido único que salía de allí, era como escuchar a los artistas cantar dentro de su cuarto, con su voz natural y sin ayuda de la tecnología.
Sin embargo, Alfredo empezó a preparar La Vitrola en la caja, con la finalidad de llevársela a su dueña “Doña Luisa”. Ya eran casi las once de la mañana. Martha observaba que su hijo estaba guardando La Vitrola.
--¿Vas a entregar ese coroto?—preguntó su mamá, con una cara melancólica. A Martha también le encantaba aquel aparato, en especial porque le recordaba a su familia.
--Sí mamá, la dueña había dicho que solo me la prestaría un tiempito—mintió Alfredo.
--Bueno mejor así, porque si se echa a perder eso, no tendremos el dinero para repararla y mucho menos podremos conseguir los repuestos.
         Alfredo salió de su casa, de camino hacia donde Doña Luisa. También aprovecharía la oportunidad de hablar con ella con respecto a la visión que tuvo anoche con su finado esposo.
Pero algo estaba aconteciendo en la casa  de Doña Luisa, había un alboroto de gente en ese lugar, gente saliendo y entrando, como si se tratara de una mudanza.
--Buenas, ¿qué está pasando aquí?—preguntó Alfredo a una muchacha que estaba viendo hacia adentro de la casa con ojos de chismosa.
--Se murió Doña Luisa, la encontraron en el patio muerta, respondió la muchacha y arrojó más detalles de lo acontecido, sin preguntárselo. –A la pobre mujer la encontraron  temprano tendida en el patio, con el rastrillo todavía empuñado y las gallinas montadas arriba de ella, parece que le dio un infarto, “aunque las malas lenguas y la mía que no es muy santa” dicen que se murió por bruja, y que le salió mal un trabajo o algo así.
--¿Y estas personas quiénes son?—preguntó Alfredo.
--Son y que familiares, se están llevando todo. Y déjame decirte que para mí no son familia nada, y si lo son, parece que estarían esperando que se muriese la pobre bruja para desmantelarle la casa.
--Los propios Zamuros—comentó Alfredo.
--¿Y tú qué traes allí en esa caja?—preguntó la muchacha chismosa, con una mirada que quería atravesar la caja para ver que contenía.
         Alfredo sabía que no podía decir la verdad, no entregaría La Vitrola a esas aves de rapiña, que nunca visitaron a su pariente Doña Luisa, pero que en su muerte, vinieron para acabar con la poca riqueza de ella.
--Son unas cortinas que le mandó mi mamá, pero bueno, mejor me las llevo—dijo Alfredo sin agregar más nada.
         Aquella casa fue desvalijada, esos preciosos y antiguos artefactos eran tomados por manos indignas. Pero al menos no se pudieron llevar La Vitrola, porque así lo había dispuesto Doña Luisa, quien había prestado La Vitrola a Alfredo con esa intención, para que se quedase con ella, porque sabía que sus días de vida estaban contados, sabía que iría al “más allá”. Alfredo lamentó mucho no poder compartir más con aquella doñita que fue tan amable con él, le dolía la actitud de sus supuestos familiares, pero más le dolía era, la actitud de los vecinos hacia ella. La discriminaron completamente, tratándola como una bruja maléfica.
Así trabaja el chisme, los rumores y los comentarios malsanos. Llegan a destruir el honor de cualquier persona y lo peor es, que quienes esparcen los rumores nunca llegan a verificarlos o a constatarlos, porque quizás el trasfondo de todo, es el odio, el egoísmo y el miedo dentro de ellos, quizás le temen profundamente a la verdad, quizás el monstruo más temido por muchos no es la pobreza ni las enfermedades o la muerte misma, tal vez el monstruo más temido es “LA VERDAD”, pura y sencilla. “La verdad” es un ser despiadado que no usa ningún tipo de anestesia, puede desbaratar creencias y fanatismos en milésimas de segundos. La verdad puede mostrarnos cuan miserables somos, o cuan miserables fuimos, la verdad puede llenarnos de una incómoda y cegadora luz, y arrancar de nuestros ojos la cómoda y espesa tiniebla que nos acompaña sutilmente.
         Después de todo, los vecinos prefirieron poner a Doña Luisa como una bruja maléfica, que conocerla de verdad, porque conociéndola se darían cuenta cuan egoístas y discriminadores habían sido con una mujer de la “tercera edad”. Nunca tuvieron las agallas o el valor de conocer a aquella buena mujer; pero peor aún, nunca tuvieron las agallas de conocerse a ellos mismos, simplemente porque LA VERDAD ES INCÓMODA.
         Alfredo se quedó un rato viendo las matas de Doña Luisa, recordaba las hojas de guanábano y de toronjil que ella le había regalado. También se fijó en sus gallinitas, sus fieles compañeras. Dentro de su mente Alfredo dijo: ADIÓS DOÑA LUISA”.




Capítulo XIV, La Oscuridad de la Señora Clara.


         La mamá de Clarita no pudo estar tranquila cuando se enteró que aquel negro había visitado a su hija, primero comenzó con formarle un escándalo a Gustavo.
--¿Cómo tú vas a permitir que ese negro visite a nuestra hija?, ¿es qué acaso tú quieres que nuestros nietos salgan negros?, como estos marginales que nos rodean—le reprochó Clara a su esposo.
         Pero Gustavo no respondía, no quería echar más leña al asunto, y empezó a contar dinero para ir a jugar caballos y tomar cervezas con los amigos.
--¡No me vas a responder nojod_! Esto es culpa tuya Tavo, porque pudiéramos estar viviendo en la “Avenida Táchira”, pero tú lo que haces es gastar todo en caballos y loterías, porque debe ser que tus amigotes te vienen a dar dinero cuando tú no tienes ni una locha en el bolsillo—siguió Clara formándole un lió de proporciones apocalípticas a su esposo.
         Gustavo se mordía la lengua, empezó a enojarse, pero se dijo a si mismo que con unas cervecitas se le pasaría y si tenía algo de suerte podía traer dinero extra a la casa. Clarita no estaba en la casa, pero no dilataba en llegar, la cual lamentablemente tomaría el relevo de su padre para recibir insultos.
--Te vas claro, me ignoras, razón tenía mi madre, que Dios la tenga en su santísima gloria, NO TE CASES CON ESE VAGO, pero yo de pendeja me dejé enamorar y mira donde vine a parar, yo que vivía en una fina urbanización. Ahora estoy rodeada de negros y malandros—seguía rabiando Clara, vomitando palabras hirientes, no era dueña de si.
         Gustavo la dejó sola y llegó a la agencia de loterías, jugó una serie de números permutados y pidió dos cervezas grandes, de las que tenían más grados de alcohol. Se empinó la primera, como si fuese un jugo de naranja, luego tomó la otra, bebiéndose la mitad del contenido. Sacó su gaceta de caballos y empezó a analizar las siguientes carreras, el alcohol le relajó el cerebro, pero quién lo sacó realmente del estrés fue Mapurite.
--¡Hola Tavito! Hoy, hoy vamo a gana, hoy vamo a gana ota vez—habló Mapurite, expresándose en su acostumbrado estilo de hablar.
--¡Claro Mapurite!, hoy van dos botellas de ron blanco a orden mía si ganamos—dijo Gustavo, que ya se había desconectado del ambiente hostil de hace rato que vivió en casa.
         Mapurite se sentó en su carretilla llena de abono, sacó la botella de ron de su bolsillo especial y empezó a tomar, sin apartarse ni un momento de donde estaba Gustavo. Mapurite impregnaba a todos con su única y fuerte fragancia de mapurite. Y allí se iban los minutos, entre Gustavo y Mapurite, uno olvidando el escándalo que le formó su esposa y el otro manteniéndose despegado de la dura realidad.
         Clarita acababa de llegar a su casa, venía de ver a Alfredo en el Paseo Orinoco, se lo había encontrado por casualidad y él la había invitado al Mirador de Angostura, para  tomarse un guarapo frío de caña y comerse un “envuelto” chorreado en papelón con abundante queso blanco rallado. Una bonita tarde compartieron, con sus miradas puestas en el majestuoso Orinoco y su enigmática Piedra del Medio, las toninas saliendo de vez en cuando, para cautivar a los que observan desde El Mirador.
--Contigo quería hablar carajita—comunicó Clara a su hija Clarita, que traía unas bolsas de compra y colocaba el primer pie dentro de la casa.
--¿Qué tienes mamá?  ¿Peleaste con mi papá y ahora quieres pagar conmigo?—replicó Clarita, sin quedársele amedrentada a su madre.
--Me haces el favor y me respetas Clarita.
--Yo también te exijo respeto mamá, tú no tienes porque hablarme así.
--¡Mira señorita! Le voy a dar una orden y quiero que se cumpla. Que yo no vuelva a ver a ese negro aquí en la casa, ni me quiero enterar que te estás viendo con él—exclamó Clara en tono amenazante, con la mano derecha  levantada y con el dedo índice señalando a Clarita.
--¿Y si no qué mamá,  y si no qué?—le inquirió Carita a su madre.
         La Señora Clara se llenó de una ira que le oscureció la razón, y agarró una pequeña pimpina de gasolina con la que Gustavo se limpia las manos después de reparar  los carros. Todo empezó a pasar en cámara lenta, lo que Clarita empezó a presenciar no lo podía creer, su madre empezó a echarse todo el contenido de aquella pimpina de gasolina, y empapó su cuerpo de pies a cabeza. La gasolina le destilaba por el cabello y la ropa, yendo a parar a el piso, formando un pozo a su alrededor.
--¡O si no me prendo en candela!, ¡y tú y ése negro de mierd_ serán los culpables de que yo me mate!—rugió Clara, con su rostro rojo como un tomate, por el ardor de la gasolina y por la rabia. Había gritado tan fuerte  a Clara, que quedó afónica  y empezó llorar.
         Clarita empezó a llorar también, y fue envuelta en la manipulación de su madre. Los ojos de Clarita parecían salir de sus órbitas, su reacción fue arrodillarse ante su madre y pedirle perdón.
--¡No hagas eso mami, nosotros te amamos, ni se te ocurra!—empezó a sollozar la jovencita, y se empezó a sentir culpable por el romance con Alfredo.
         Clara se calmó un  poco y se dejó guiar por su hija hacia el baño, las dos estaban llorando, madre e hija. Clarita la metió en la ducha y abrió la regadera  y fue en busca de jabón en polvo para lavar ropa, para poder arrancar toda esa gasolina del cuerpo. Clarita que tiene asma alérgica, empezó a tener dificultad para respirar y Clara al notarlo le pidió que se fuese para su cuarto y se acostara, que se calmara. La muchacha se fue a su cuarto llorando, prendió el aire acondicionado en intentó dormir, había adoptando una posición fetal en su cama, como buscando un consuelo que no podía recibir.
         Contrariamente en el sector 5 de El Perú, estaba Alfredo compartiendo con Martha la bonita tarde que vivió con Clarita en el Paseo Orinoco. Su madre lo escuchaba, esperanzada que el amor pudiera vencer su adición por el alcohol y también lo hiciese sentar cabeza. Martha fantaseaba con dos nietos, una hembra y un varón, los consentiría mucho con el amor infinito de una abuela.
--Y cuéntame Alfredo, ¿qué hicieron allá en el Mirador?-preguntó Martha, que estaba amasando una masa de trigo para hacer torrejas fritas con azúcar, acompañadas con chocolate caliente y queso blanco rallado.
--Bueno mami, me la encontré allá en el Paseo Orinoco por casualidad.
--Hijo, no existen las casualidades—hizo una pausa Martha en amasar y miró a su hijo para decirle eso.
--Bueno ok, la vaina es que me la encontré, y le dije que si quería tomarse un guarapo de caña conmigo, y aceptó. Y bueno mamá nos quedamos hablando un buen rato allí en el Mirador…sabes… no me había fijado cuan bonito es el río Orinoco—indicó Alfredo que se quedó levemente lelo.
--Tú lo que estás es enamorado muchacho y cuando estamos enamorados vemos todo bonito—agregó Martha y empezó a estirar la masa con un gran rodillo de madera.--¿Y qué más pasó? Cuéntame.
--Bueno después pasó un chamito vendiendo cagaleras y le compré dos.
--¿No es mejor si dices envueltos; en vez de “cagaleras”?
--Okey, está bien, CA-GA-LE-RAS no, EN-VUEL-TOS si—aclaró Alfredo con jocosidad, arrancando una sonrisa de su madre. —Bueno mamá, mañana voy a ir a su casa, para invitarla a salir—añadió el joven.
--Pero muchacho déjala respirar.


--Repito, Igual mañana voy a pasar por su casa, creo que no es pecado visitar a una muchacha—dijo Alfredo, sin saber que a él por ser negro, se le había prohibido a su bella doncella no recibirle más; de lo contrario, la Señora Clara se convertiría en una antorcha humana, que en vez de traer luz, traería “oscuridad”.



Capítulo XV. A escondidas.

 Alfredo, al día siguiente, se disponía a visitar a su preciosa, estaba bastante entusiasmado, pero antes de salir, recibió un mensaje de texto, donde Clarita le informaba que no lo podía ver más, que le perdonara. También le explicó que su mamá no lo quiere, que piensa que es malandro. Alfredo le respondió, que igual iría a su casa, aunque sea para hablar con su mamá y aclarar todo. Pero ella le rogó que no se acercara, que por favor no lo hiciera. Alfredo notó la angustia en los mensajes de textos, así que no insistió más al respecto. Sin embargo le preguntó que si podían verse una vez más, ella le respondió “Déjame pensarlo y buscar el momento, pero por favor, te pido que no me visites más a la casa”.
El joven moreno, no tuvo más remedio que quedarse tranquilo, se regresó a su habitación, se echó sobre su cama, y allí se quedó, en estado inerte, horas y horas, pensando en su Clarita. Deseaba con todas sus fuerzas ir hasta donde estaba ella y acariciar su lindo cabello, besar sus labios y pasar toda la tarde riéndose junto a ella. “No me importa, voy a luchar por ella, la mamá que se vaya para el carajo”, pensó Alfredo y se le ocurrió la descabellada idea de robársela e irse juntos a cualquier lugar,  si fuese necesario.
Alfredo, en los próximos días, se consumió tanto pensando en Clarita, que empezó a perder peso, a medida que iban pasando el tiempo, se olvidó por completo del alcohol y empezó a maquinar como obtener dinero, para en caso de irse con ella, tener como sostenerla, empezó a fantasear con casarse y tener un hijito con su enamorada, quería verla embarazada, seguro se vería más bella con una barriga.
Los días siguieron pasando y Clarita no le respondía los mensajes de texto, parecía que se le había olvidado su promesa de verse una vez más con él. Hasta que una tarde por casualidad, la vio por el Paseo Orinoco; pero andaba con su mamá, él la siguió sin dejarse ver. Notó que la madre se paró en frente al banco y luego entró a este, junto con su hija.
Él se dispuso a mandarle un mensaje, “Hola te estoy viendo, estás en el banco con tu mamá, quiero verte, hablar contigo”, “No puedo”, respondió ella. Pero a Clarita le latía el corazón, sabía que estaba a metros del muchacho por él cual ella suspiraba todas las noches. “No me importa, te quiero ver, invéntale algo a tu mamá, que te estás haciendo pipí, que vas a ir un ratico al baño del centro comercial, yo te voy a esperar cerca del baño, no vayas a faltar”. Clarita no respondió, la cola del banco estaba larga, empezó a fantasear con Alfredo, que la tomaba a escondidas y le daba un largo beso sin dejar de abrazarla, quería sentirlo, sentir sus brazos fuertes protegiéndola, quería ver su ojos marrones y sentir lo rústico de su cara, de su barba incipiente.
Los minutos pasaban y Alfredo no recibía respuesta, pero igual no se iría de allí, sabía que era una gran oportunidad y no la dejaría pasar. Clarita por su parte seguía pensando, le parecía que el destino jugaba a su favor, su mamá le pidió que le comprase una bebida deportiva bien fría. --Mami me estoy haciendo pipí, dame para pagar el baño del centro comercial—le rogó su hija, con gesto de no aguantar más. --Okey, pero después me traes la bebida, no te tardes por favor Clarita.

La muchacha se llenó de emoción, iba a toda marcha hacia el centro comercial que está al lado del banco. Cuando estaba llegando al baño, divisó  a su enamorado, a su noble caballero. El muchacho no se había dado cuenta todavía, estaba escribiendo en el celular, ella se iba acercando, el seguía escribiendo.
Cuando Alfredo levanta la cara después de mandar un mensaje, justamente para ella, para recordarle que la estaba esperando; aparece ante su vista la mujer más linda de Ciudad Bolívar, él la toma del brazo y la lleva hacia un lugar con algo de privacidad, que estaba al lado del baño, era la sala donde guardan los implementos de limpieza y sin mediar palabras, la empieza a besar, empieza a sacar el néctar de su boca, ella se empina, para poderlo besar con comodidad, él la atenaza entre si, con sus fuertes y atléticos abrazos.
Entran en otra dimensión, millones de endorfinas recorren sus cerebros, la felicidad se desborda a cantaros. Se besan, hacen pausas, se miran un ratito a los ojos, se vuelven a besar y se vuelven a parar,  para verse nuevamente a los ojos, como si también estuviesen besándose con las miradas, como si los ojos también se quisieran fundir en una sola alma.
Allí estaban, dos jóvenes enamorados, besándose y abrazándose, como si llevasen siglos o milenios sin verse. Pero al ratito los interrumpió uno de los obreros del centro comercial, y le dijo: “¡Epa epa!, esto no es un hotel, se me van de aquí”, los jóvenes se miraron sonrojados, él la tomó de la mano y la acompañó a comprarle la bebida  a su mamá, iban hablando de todo, a Clarita se le olvidó las amenazas de su madre y Alfredo parecía estar en otro mundo, saboreaban cada instante, cada segundo, el tiempo se iba rápido para ellos. La chica compró la bebida deportiva bien fría,  y se dejó tomar la mano nuevamente por Alfredo, como si fuesen novios de toda la vida o como si fuesen esposos. Él se compromete de acompañarla hasta la entrada del centro comercial y cuando llegan a la entrada, ella le da a Alfredo un beso breve en la boca, luego se voltea para irse al banco; pero se fija que su madre está parada en la entrada, del lado de afuera, se pone pálida, sus labios perdieron el color rosadito a cambio de uno blanco, la Señora Clara le penetra con la mirada, y también le lanza una mirada de miles de infiernos a Alfredo.
La mujer se acerca hacia Alfredo para amenazarlo. --No me importa quién seas, pero te voy a denunciar a la policía por acoso a mi hija, para que te metan preso otra vez, no te quiero ver más al lado de ella—le dijo la Señora Clara, quién dirigía su mirada llena de rabia hacia Alfredo. –Haga lo que usted quiera Señora, no le tengo miedo a la cárcel, su hija me gusta y no me trate usted como un malandro.
La señora Clara no siguió discutiendo y tomó fuertemente por la mano a su hija; pero Clarita la sorprendió, zafándose de la tenaza de su madre. –A mí me respetas madre, yo tengo diecinueve años, soy una mujer mayor de edad y si quieres prenderte en candela, avísame para llevarte el yesquero la próxima vez—le habló fuerte Clarita, que de pálida había pasado a roja.
Había una gran multitud de personas curiosas, entreteniéndose con aquel espectáculo gratis, en vivo y directo. La Señora Clara levantó la mano para darle una cachetada a su hija, pero se vio impedida en hacerlo, porque una fuerte mano se la imposibilitaba. Era Alfredo. –No le ponga una mano a su hija, aquí la que hay que denunciar por maltrato físico y psicológico, es a usted, para que la metan presa.

Clarita decide irse corriendo de aquel lugar, había entrado en crisis, no escuchaba ni a Alfredo ni a su madre, quienes le pedían que regresara. Alfredo la alcanzó, pero le rogó ella que la dejara ir, quería  irse para su casa, para estar con su padre. Ella deseaba estar con su papito, para llorar en su pecho y ser consolada por él. Alfredo la dejó montarse en un taxi para irse al Perú. La Señora Clara se veía a lo lejos, venía dirigiéndose ellos.



Capítulo XVI. Delirando de amor.

  La Señora Clara no llegó a tiempo para impedir que Clarita se montara en el taxi, la muchacha no tenía dinero para pagar la carrera hacia El Perú, le pediría a su padre que se la pagara cuando llegase. Alfredo estaba a dos escasos metros de la Señora Clara.
--¡Esto es por culpa tuya negro malandro! ¿Es que no hay más mujeres allá en el Perú? ¿Por qué no te buscas una negra como tú?—vomitaba palabras hirientes la Señora Clara.
--Soy negro, es verdad señora…eso no lo puedo cambiar…la pregunta es ¿tiene usted el alma blanca?—preguntó serenamente, sin perder la calma. Luego dijo --Permiso señora, debo irme. Asista a la iglesia—agregó Alfredo y se volteó para irse hacia otra parada, para alejarse de aquella señora.
  Y mientras Alfredo iba caminando, alejándose, la Señora  Clara empezó a botar chispas de indignación, especialmente con la sugerencia que le dio Alfredo de asistir a la iglesia.
--¡SIEMPRE VOY A LA IGLESIA negro, cada domingo, y los miércoles también, soy de las escogidas!, asiste tú malandro!—gritó Clara
  Clara seguía gritando, mencionando todos sus logros dentro de la iglesia de la Parroquia. Las personas de la parada se le quedaban viendo, ella estaba tan colérica que ignoró a toda la gente que le rodeaba. Alfredo seguía caminando, esforzándose por ignorar todo aquello.
   Clarita cuando llegó a su casa, se encontró con su padre que estaba en la calle del frente, reparando un camión cisterna. Gustavo notó a su hija con los ojos rojos, ya podía adivinar que pasó. Le pagó al taxi y le pidió a su hija que le comprase una botella de refresco bien fría, y le dijo que después que comprase el refresco, se fuese para casa de sus primas, que más tarde cuando él se desocupara hablaría con ella.
  Alfredo por su parte fue a casa de un padrino, que trabaja en SIDOR. Alfredo le pediría a su padrino que lo ayudase a entrar a la siderúrgica. Estaba decidido  a tener un buen trabajo, para llevarse a  Clarita y casarse a escondidas.
 Alfredo hace tiempo había recibido una oferta para trabajar en SIDOR, debido a su enorme talento en el fútbol de salón. La empresa lo quería para que reforzara el equipo, y participar en todas las competencias durante el año. El rechazó aquella oferta, por inmadurez, porque tenía que cumplir un horario laboral estricto, en un cargo de mantenimiento de áreas verdes.
  SIDOR  paga muy bien, seis veces más que el salario mínimo, sin contar con todos los beneficios laborales.
--Hola Padrino, ¿bendición?—saludó Alfredo a su Padrino, cruzando los brazos en demanda de su bendición.
--¡CARAMBA! PÁJARO DE MAR POR TIERRA! Dios te bendiga ahijado, ¿que hay por allí? —expresó su padrino, quién estaba haciendo un empalme de cables en el porche de su casa.
--Bueno Padrino, disculpe usted que estaba perdido…bueno…vine por aquí por aquella oferta de trabajo, que me hizo el Profesor de fútbol de SIDOR—dijo Alfredo con timidez, sabía que había cometido un error en aquel momento, cuando rechazó aquella oferta.
--¿A quién dejaste preñada, Alfredo? Dime la verdad—cuestionó su Padrino, que empezaba a colocar cinta adhesiva negra en el empalme de cables.
--A nadie Padrino… (Risas por parte de Alfredo)… es que necesito el trabajo, para ayudar a mi mamá, usted sabe que la economía está ruda ahorita.
--¿Ruda la economía? Yo te aviso chirulí, eso me huele a mujer, estás empepado ahijado, se te nota a kilómetros en tu cara—comentó su padrino, con una risa pícara en su rostro y a la vez metía el cable por un tubo aislante de electricidad. —Ahijado…mira…te salva “tu talento” carajito, el profesor todavía está interesado, pero ahorita… ahorita no puedes entrar. Tienes que hacer “Portón” un tiempo y jugar con el equipo de SIDOR en todos los partidos amistosos que salgan, eso fue lo que me dijo él… en caso de que cambiaras de opinión. Lo del Portón es “por la vaina del Sindicato”.
--Claro tío, yo le echo bolas a eso, cuenta conmigo.
--Bueno, pero ya que estás aquí, ayúdame con esta instalación del carajo, que me tiene todo enredado. Y mira ¿cómo está la comadre?
  Padrino y ahijado siguieron compartiendo, y en el Perú, en la iglesia de la Parroquia, irónicamente estaba la Señora Clara, arrodillada ante sus Santos y ante su Cristo, pidiendo por su hija, para que se alejara de aquel negro. Ella tenía que estar esa tarde en  la iglesia, para una actividad dedicada a “orar por la paz” de la Urbanización el Perú. El problema era que ella no consideraba a los negros “prójimo”, sino seres inferiores, que vinieron a la tierra para servir a los de la raza blanca, porque la misión de ellos, según Clara, era prestar su fuerza de trabajo y que solo debían buscar “El Paraíso” allá en el Cielo, cuando les tocase la muerte.

…Los días pasaron…

 Clara aumentó la presión hacia su hija, la vigilaba permanentemente. Alfredo dejó de visitarla, solo se dedicó a jugar con el equipo de SIDOR y hacer “Portón” los días miércoles y jueves, frente a la empresa, para cumplir “con el Sindicato”. No le mandaba mensajes a Clarita y mucho menos buscaba encontrarse con ella, estaba dispuesto a esperar que su ENEMIGA se confiara, le concedería el triunfo temporalmente, con la finalidad de que su amada Clarita pudiera tener un poco de sosiego.
     Pero su amor por ella le roía a diario, así que para drenar toda aquella fuerza del amor, le empezó a escribir cartas, para luego entregársela en el momento oportuno. A continuación se cita una de sus hermosas cartas.
   Clarita, mi bonita, mi bella amada. Cada día sueño con estar a tu lado. Te siento tan cerca, siento tus besos que recorren por mis venas y acarician mi corazón con su dulce néctar, y lo hacen palpitar de una manera que no puedo explicar, solo se, que el néctar de tus besos es la cosa más dulce que he probado.
 Me encantan  tus ojos, tu piel, tus labios rosaditos. Me encanta tu cuerpo mi vida, y discúlpame si soy grosero al mencionarlo; pero no hay mala intención en mis palabras. Y pues si, me encanta tu cuerpo, es muy lindo y atractivo, se siente calentito cuando estoy abrazado a ti y siento que el tiempo se detiene.
Ahora entiendo porque muchos hablan de “amor eterno”, y tienen razón. ¿Quién, que siente esto, quiere que termine este sentimiento? Pues nadie, no creo que exista alguien que al sentir lo que yo siento por ti, desee que esto termine, no, quieren “amor eterno”. Y deseo que lo nuestro sea eterno mi Clarita, mi bella amada.
  Y te confieso algo… me gustaría verte embarazada, te debes ver bella con una barriga, llevando un hijito o una hijita mía dentro de ti. Por tal razón deseo unirme a ti en Matrimonio Eterno”

  En medio de todos esos “delirios del amor”, quién era mucho más feliz, era la Señora Martha, porque su hijo llevaba semanas y semanas sin tomar, con lo de hacer “Portón” cada semana frente a SIDOR, más los juegos de fútbol y su amor, no tenía ni tiempo para estar con sus amigos, no tenía ni tiempo para pensar en la botella de ron “Gran Indio”. Pero el Indio nunca descansaba, nunca dejaba de trabajar, siempre estaba al acecho, esperando por una señal de debilidad de su víctima, un descuido, un exceso de confianza.

  ¿Y la Vitrola? , pues  nadie sabía a ciencia cierta, si la Vitrola era “La Vitrola Maldita” o “La Vitrola Bendita” o tal vez “La Vitrola de la Suerte”. Lo cierto es, que Alfredo la escuchaba casi diario, siempre cuidando que el Rosario estuviese siempre atado a Ella, como una pareja que juró para siempre estar perpetuamente atados, bajo cualquier circunstancia. 



Capítulo XVII, Trabajando en SIDOR.

Alfredo religiosamente iba a hacer Portón todos los miércoles y jueves, excepto cuando tenía un juego con SIDOR. Así estuvo poco más de seis meses. Pagó su error por rechazar la oferta de trabajo en aquella ocasión y no hubiese aguantado tener que ir desde Ciudad Bolívar  hasta Puerto Ordaz todos los miércoles y jueves, de no haber sido por el amor que llevaba dentro de su pecho. La esperanza de casarse con Clarita y tener una familia con ella. Eso le brindaba una esperanza tan grande, que podía hacer Portón en el Desierto del Sahara, si fuese necesario.
Durante ese periodo llegó a tomar licor solamente en tres ocasiones y cada vez sentía menos deseos de beber. La motivación intrínseca con que contaba le era más agradable que el ron.
Fue un mes de octubre del 2007, cuando  Alfredo logró entrar en SIDOR. Su puesto de trabajo era de “mantenimiento de las áreas verdes” y todo lo que tenía que ver con el oficio de jardinería. Tuvo suerte de contar con la ayuda de un señor que estaba por cumplir sus veinticinco años dentro de la empresa. Este señor le enseñó todo lo necesario, pero además le enseñó a cuidar su trabajo, como si fuese “la niña de sus ojos”, porque de su trabajo comerían muchos, y allá afuera hay miles y miles que “matarían” por tener el puesto trabajo que él tiene (metáfora). El salario mínimo para aquel entonces era poco más de 500 BsF al mes. Alfredo empezó a ganar en SIDOR 4.000 BsF mensuales. La felicidad de Martha se perdía de vista, sus oraciones habían sido escuchadas.
Clarita por su parte, estaba estudiando Enfermería  en la UDO. Su madre como era de esperar no estaba conforme, quería que su catira estudiase Medicina, constantemente le recordaba que debía cambiarse de carrera. “Hija mía, tú pareces una doctora, eres blanquita, no vayas a ser enfermera, no tendrás el mismo estatus social de un médico. Cámbiate de carrera”. Así trataba la Señora Clara de convencer a su hija, y sabía que al final la convencería, se sentía victoriosa por haber alejado “al negro malandro” de su vida, quien le impediría su progreso.
Pero resulta, que al que ella llamaba “negro malandro”, estaba conspirando contra ella en las sombras. Era una guerra, y el negro esperaba su momento para dar su estocada perfecta.





Capítulo XVIII, Oasis de amor.

 Alfredo llevaba más de tres meses trabajando, ahorrando exactamente la mitad de su salario, se abstenía de cualquier actividad que le pudiera quitar su sueldo, especialmente fiestas y reuniones con los amigos, evitaba entrar en centros comerciales, sus costumbres eran austeramente “espartanas”.
En algunos de sus momentos libres, escribía una carta para clarita, llevaba treinta cartas en total, algunas de una sola página, otras de hasta cuatro páginas, y todas las guardaba en una  gran carpeta. A veces escribía en las cartas las letras de las canciones que escuchaba en La Vitrola. Le gustaba una canción de Carlos Gardel que decía así y que escribió en una de sus cartas.

YO NO SE QUE ME HAN HECHO TUS OJOS.
“Yo no sé si es cariño el que siento,
yo no sé si será una pasión,
solo sé que al no verte una pena
va rondando por mi corazón...
Yo no sé qué me han hecho tus ojos
que al mirarme me matan de amor,
yo no sé qué me han hecho tus labios
que al besar mis labios, se olvida el dolor.

Tus ojos para mí
son luces de ilusión,
que alumbra la pasión
que albergo para ti.
Tus ojos son destellos
que van reflejando
ternura y amor.
Tus ojos son divinos
y me tienen preso
en su alrededor…”

 Ahora, había una canción en especial, que le gustaba mucho a Alfredo, pero que era muy triste y por eso no la escribía; pero le movía el centro de todo  su ser. Tuvo que exigirse para no ponerla tanto en La Vitrola, porque podía rayar el disco. La canción es de Alfredo Sadel.

MADRIGAL.
Estando contigo me olvido de todo y de mí.
Parece que todo lo tengo teniéndote a ti.
Y no siento este mal que me agobia y que llevo conmigo,
arruinando esta vida que tengo y no puedo vivir.
Eres luz que iluminas las noches en mi largo camino,
y es por eso que frente al destino no quiero vivir.
Una rosa en tu pelo parece una estrella en el cielo.
Y en el viento parece un acento tu voz musical.
Y parece un destello de luz la medalla en tu cuello,
al menor movimiento de tu cuerpo al andar.

Yo a tu lado no siento las horas que van con el tiempo
ni me acuerdo que llevo en mi pecho una herida mortal.
Yo contigo no siento el sonar de la lluvia ni el viento,
porque llevo tu amor en mi pecho como un madrigal.

 Como le encantaba esa canción, se la sabía de manera perfecta, lo único que no podía hacer perfecto, era cantar como su tocayo “Alfredo Sadel”. Parece que pasarán muchos años, antes que Venezuela  vuelva a parir otro tenor sin igual, como aquel Alfredo, que hizo a Venezuela artísticamente visible ante el mundo.

Un día, que Alfredo venía de un juego de futbolito con SIDOR, recibió un inesperado mensaje por teléfono que lo llenó de regocijo. Un mensaje que nunca se esperaba y que fue sumamente contundente para que el decidiera irse con Clarita de una buena vez.

Mensaje de texto:
         “Hola Alfredo, han pasado tantos meses y no he podido olvidarte, será porque no quiero olvidarte mi bello amor. Extraño mucho tus besos y abrazos. Dicen que una mujer no debe buscar a un hombre, pero es que yo no aguanto más. Quiero verte”.

Respuesta de Alfredo:
Yo también te extraño mi Clarita, cada día que pasa, mi amor por ti crece más, siento que voy a morir de sed de tus besos. El aroma de tu lindo cabello lo llevo conmigo y el calor de tu abrazo me cobija en tiempos difíciles. Vamos a vernos en mi casa el domingo o el sábado, inventa algo, ¡escápate!”.

Clarita pudo ir el sábado para la casa de Alfredo. Al fin Martha conocería al ángel que le trajo tanta felicidad a su hogar. Ese sábado, Clarita tenía una jornada de la UDO en el “Hospital Ruíz y Páez”. La actividad valía nota, pero Clarita era tan excelente estudiante, que se podía dar el lujo de faltar ese día, inclusive, su intachable conducta y promedio de notas, pesaba tanto en la conciencia de los profesores, que ellos no se atreverían a ponerle un cero en sus notas. Clarita tomó un taxi frente a su casa y preguntó por cuanto la llevaba al Hospital, “cuarenta bolívares”, le dijo el taxista, y la Señora Clara pagó el Taxi, sumamente confiada de que su hija iba a la jornada en el Hospital.
Clarita se montó en el taxi, cuando el carro estaba cerca de la redoma de retorno de El Perú, ella le pidió al Chofer que se regresara y con el teléfono en su oído simulaba una conversación. “Si pero ya me pagaron el taxi, ¿Cómo?, ¿Tú papá nos va a llevar?, bueno está bien yo hablo con el señor”, simuló Clarita con el celular. –Señor, disculpe me voy a ir con una amiga, ¿usted se puede regresar? Le doy la mitad del dinero y disculpe por favor, ¿Si?—dijo astutamente Clarita. El taxista no tuvo más remedio que decir que sí, después de todo salía ganando porque no recorrió ni dos kilómetros y recibía la mitad del pago.
El Taxista se desvió, eran las ocho de la mañana, cuando Clarita se bajó del taxi, frente a la casa de Alfredo. El joven enamorado estaba frente a su casa esperándola. La muchacha se bajó del taxi y no aguantó, fue directamente a abrazar a Alfredo, besándolo allí en plena calle, con los vecinos y vecinas echando ojo desde las ventanas de su casa. ¿Y el Taxista?, bueno… al ver todo ese espectáculo de amor, solo expresó para sus adentros  “¿Te vas a ir con una amiga?...yo te aviso chirulí” y se fue, pero iba recordando cuando él era pavo y tuvo el amor de su vida, con la cual nunca se pudo casar, el taxista se iba  invadido por la nostalgia; pero luego se dijo a si mismo “déjate de pendejadas ridículo, ponte a trabajar”.
Luego que Clarita y Alfredo se besaran y abrazaron con mucha pasión, por llevar siglos y siglos sin encontrarse, pasaron a la casa y la Señora Martha al ver a la muchacha, la abraza como si fuese su hija, unas lágrimas corrieron por la mejilla de Martha, quien seguía abrazando a Clarita, y ésta sin saber qué hacer, se dejó abrazar, con una sonrisa de timidez por tal recibimiento, y pensó “¿Por qué mi mamá no puede ser así?”.
—Bienvenida hija, esta es tu casa—dijo Martha tomando a la muchacha de las manos y mirándola con sus ojos aguados por lo conmovida que estaba.
—Gracias Señora Martha, gracias—expresó Clarita que ya sabía su nombre, conservando aún la misma sonrisa de timidez.
— ¿Desayunaste Clarita?
—No Señora Martha.
—Bueno, vamos a comer. Alfredo, hijo, anda a comprar un jugo de naranja en la bodega—ordenó Martha, sintiéndose la mejor anfitriona del mundo.
 Al breve instante llegó Alfredo con una garrafa de jugo de naranja. Martha había preparado el desayuno, arepas fritas, revoltillo de huevos con jamón, queso blanco y tajadas de aguacate.
—Mami no le vayas a servir mucho a Clarita, que ella cuida su peso—dijo Alfredo de manera seria, porque su mamá acostumbra a rebosarle el plato a la visita.
— ¿Y a ti hijo? ¿Cómo te sirvo a ti?—preguntó Martha, que ya sabía qué respuesta le daría su hijo.
—A mí me sirve con todos los hierros mamá, “desayuno de jugador campeón”.
Clarita sonrió al conocer el apetito de quién sería su futuro esposo, y del que ella tendría el privilegio de hacerle los más suculentos desayunos cargados con fuertes dosis de amor.
Martha y Clarita conversaron bastante, Alfredo lo permitió, a pesar que quería tener a Clarita para él sólo; no obstante, sabía la importancia de que creciera una bonita amistad entre ella y su madre.
Después del desayuno, Clarita ayudó a Martha a fregar los corotos y a limpiar la cocina. Alfredo solamente se dedicaba a ver a su Clarita, estaba sentado a la mesa, no podía creer que la tenía allí en su casa, con su largo cabello castaño claro, con unos jeans descolorados que resaltaban sus caderas, y una chemise rosada, ajustada a su cuerpo, con un bordado en blanco que estaba casi tapado por su cabello, pero que decía ENFERMERÍA.
 Martha fue comprensivo con su hijo, después de todo entendía que ellos necesitaban tiempo para estar solos. 
—Alfredo, hijo, ¿por qué no le enseñas La Vitrola a Clarita?
Alfredo en su mente dijo un gran “¡AAALELUYA!”
—Si claro mamá, como no. Ven Clarita—dijo Alfredo con una mueca de victoria.
—Pero eso si, les voy a pedir que dejen la puerta del cuarto abierta—señaló Martha, sin echar broma.
—Siiiiii mamá, está bien—respondió con ligera molestia Alfredo.
Clarita le da un pellizco por el brazo a Alfredo y le dice “no seas así con tu mamá, has caso”.
Entraron en la habitación, y se podrán imaginar ustedes que están leyendo estas líneas, cuán felices eran esos muchachos en ese momento, al fin un momento para compartir juntos, para hablar, para conocerse, para reírse, para besarse, para abrazarse. Esos son actos sencillos, nada del otro mundo; pero sin embargo, ustedes sabrán, que cuando se está verdaderamente enamorado y el amor es correspondido, esos actos tan sencillos, hacen que la pareja toque el firmamento con sus manos.
 Al entrar en la habitación, Alfredo la tomó entre sus brazos y la besó tiernamente, se sentaron en su cama y se siguieron besando, los ánimos fueron subiendo, las sangre le subió a ambos a la cabeza y comprendieron que debían parar, eso duró no más de dos minutos, se calmaron y dejaron la puerta abierta, para sentirse vigilados y a la vez respetarse a ellos mismos.
— ¿Sabes lo que es una Vitrola?—preguntó Alfredo.
—Ni idea mi vida, ¿qué es?
—Pues es esto—respondió Alfredo, y descubrió el aparato de música que estaba cubierto con una pequeña manta, para evitar que se llenara de polvo.
— ¡Guau!...Cómo en las películas antiguas, no sabía que eso todavía pudiera existir—dijo Clarita que estaba maravillada. —¿Y funciona?
—Pues Claro mi vida, pásame ese disco que dice Pedro Infante.
 Clarita tomó el disco y se lo pasó. Alfredo colocó el disco y le empezó a dar vueltas a la manija, para darle cuerda. Al breve instante empieza a salir la magia, bajo la soberbia voz de Pedro Infante.
— ¿Bailamos señorita?—invitó Alfredo a Clarita, comportándose como un Romeo y extendiendo su mano derecha.
—Si señorito—respondió Clarita, tomando la mano de su enamorado.
  Empezaron a bailar Alfredo y Clarita, la rubia y el moreno, con diferencia de color de piel, pero ambos con el mismo color rojo en sus corazones, que latían bajo la dirección del amor, entrelazándose cada vez más en un indestructible sentimiento.
— ¿Sabes Clarita?—preguntó Alfredo.
— ¿Qué mi vida?
—No somos novios todavía.
—Pero tú no me los has pedido—dijo Clarita que seguía bailando con Alfredo al ritmo de la música, pero limitada de movimiento, ya que la habitación era pequeña.
— ¿Quieres ser mi novia?
—Creo que he sido tu novia antes de venir a este mundo…pero igual te digo SI, si quiero ser tu novia…—respondió la muchacha con intenso brillo en sus ojos.
  Alfredo fue conmovido grandemente por lo que acababa de decir Clarita “Creo que he sido tu novia antes de venir a este mundo”.
—Entonces te tengo que dar nuestro primer beso de novios—agregó Alfredo.
—Dame todos los besos que tú quieras, mi novio bello.
 Se daban pequeñitos besos mientras bailaban y tocaban nariz con nariz, porque hasta la nariz en momentos como estos tienen derecho a besar.
Después que escucharon varios discos se cansaron y se fueron para el chinchorro de la sala, donde estaba el televisor. Alfredo sacó un disco DVD, de una película de cartelera que no había visto y lo colocó, se pusieron a ver la película, ambos dentro de un chinchorro grande de nylon azul marino, él se quitó las chancletas y ella los zapatos, él quedó con sus pies desnudos y ella quedó con sus medias rosadas, que hacían juego con su chemise. Un ventilador de pata los refrescaba. En la cocina se escuchaba un ¡Pop, pop, pop! Y un olor a maíz tostado invadió la casa. Martha se acerca al chichorro con una gran perola de plástico.
—Les traje cotufas, porque ver una película sin cotufas es imperdonable, y más si son un par de tortolitos de enamorados.
—Gracias Señora Martha, voy a tener que mudarme para acá, me siento una princesa aquí—bromeó Clarita.
—De nada hija, esta es tu casa—dijo Martha, entregándole la perola de cotufas. —Bueno, permiso voy a continuar haciendo el almuerzo.
—Mami trae agua fría—comunicó Alfredo.
—Ah no hijo, la princesa es ella, no tú, párese y busque su agua. —señaló Martha.
—Párate Flojito—agregó Clarita.
—Yo me paro ahorita mi amor. ¿Sabes?, cuando te vayas te voy a regalar algo—dijo Alfredo, quien daba suaves caricias  sobre la cabeza de Clarita, lo que parecía encantar a la muchacha.
— ¿Y qué me vas a regalar? ¿Más besos?
—Ya verás mi amor, no te me apresures.
  Así pasaron casi todo el día Alfredo y Clarita. Lo que vivían era como un Oasis en medio del desierto. Cuando se hicieron cerca de las cuatro y media, Alfredo fue a buscar un taxi en la avenida principal del Perú, para llevarlo a su casa, a fin de que recogiera a Clarita y la llevara a su casa. Para no llegar caminando, porque la Señora Clara le había dado a Clarita para que se fuera y viniera en taxi.
El Taxi llegó y Clarita se despidió de la Señora Martha con un fuerte abrazo y le agradeció de manera muy sincera por toda la atención recibida. Se despidió de su novio con un beso en la boca y éste le entregó una gruesa carpeta, “este es mi regalo”, señaló Alfredo. Clarita con cara de curiosidad metió la carpeta en su morral de la universidad y procedió a meterse en el taxi para irse a su casa, la cual estaba cerca si hubiese decidido irse a pie; pero quería despistar a su madre llegando en taxi.
 Iba un poco preocupada, porque parecía que su mamá tenía un radar natural, para detectar cuando ella estaba con Alfredo. Así que en breve tendría que verse con su madre, “ojalá no empiece con su interrogatorio” meditó ella, tratando de ser lo más optimista posible. El taxi  llegó en casi dos minutos a su casa. Clarita se bajó del carro, y vio que su mamá estaba en el patio, con una manguera en la mano, regando sus plantas ornamentales.



Capítulo XIX, La dura decisión.

         Clarita se bajó del taxi, su papá estaba limpiándose las manos con un trapo con gasolina. La muchacha saludó a su papá con un beso en la boca.
—Hija, ¿Cómo te fue en la jornada hoy?—preguntó su padre, de la manera más normal.
—Me fue muy bien papi, mucho trabajo, estoy full  cansada—respondió Clarita. Pasó la primera prueba, porque tendría que saludar a su mamá también, que seguía regando las matas con la manguera.
—Hola mami, ¿Qué preparaste?, tengo bastante hambre.
—Sopa de res con jojoto—contestó su madre, que la miraba de pies a cabeza, con su cara seria, sin la menor intención de sonreír, lo que hizo preocupar a Clarita. —Te noto el semblante feliz, Clarita, ¿Te pasó algo bueno hoy?
—Ah bueno si, la profesora me dio la nota parcial de la materia, voy eximida con diez.
—Ummm…okey, que bueno, me alegro por ti—expresó Clara, que seguía seria.
—Bueno mamá voy a comer, con permiso.
Cuando Clarita se alejaba de su madre para comer, Clara le lanzo algunas palabras con tono irónico. “No debes tener mucha hambre”. Esas palabras preocuparon profundamente a Clarita, “¿Y si mi mamá se enteró?, ¿Cómo lo haría?, no, no es posible, está hablando así para ver que me saca, es una técnica de ella”, se cuestionó Clarita así misma, con su preocupación encima, actuando, o esforzándose por actuar de la manera más natural, como si fuese un día normal de universidad.
Clarita puso a calentar la sopa, realmente no tenía casi hambre; pero tenía que comer cono si tuviese, como si hubiese venido de la jornada en el hospital, porque siempre venía con bastante apetito cada vez que asistía a una larga actividad de esas. Se dio cuenta que cometió una error, hubiese dicho mejor, que no tenía hambre porque sus compañeras llevaron bastante comida para un compartir, luego de la jornada. “No debí aceptarle tantos postres a la señora Martha”, reflexionó.
 Después que la sopa estaba caliente, se sirvió un poquito, apenas una presa de carne, un jojoto y dos pedacitos de yuca, con un tantico de caldo. Su madre la estaba viendo desde el patio y notó que no se sirvió mucho.
 La muchacha se sienta a la mesa y empieza a tomar su sopa. La madre paró de regar las matas y se fue acercando a la cocina. El Señor Gustavo iba de camino al baño, para ducharse y quitarse de encima todo un día de fuerte trabajo. Clara se para frente a Clarita.
—Hija, parece que no tienes mucha hambre, como me dijiste. Ven para servirte más—dijo Clara, con una cara que empezaba a cambiar de seria a molesta.
 Clarita se empezó a molestar también y de manera seca, solo respondió.
—No me sirvas más, por favor.
—Pero tenías hambre, ¿o no?
—Se me quitó.
— ¿No será que te fuiste con alguien por allí a comer?—cuestionó Clara, que ya su rostro estaba evidentemente molesto.
—Sí, es verdad, me fui a comer con alguien por allí, ¡me fui con el negro a tú tanto odias!—contestó Clarita y se levantó de la mesa agarró el plato de sopa para dárselo a los perros.
— ¡A mí no hables así carajita!—gritó Clara y le soltó una cachetada a su hija con mucha fuerza.
 Clarita al recibir la cachetada soltó el plato por reflejo, lo que causó que el plato se rompiera y la sopa se derramase por el piso, haciendo un fuerte ruido.
— ¡A mí no me pegues! MALTRATADORA, voy denunciarte para que te metan presa, hablas de malandros, y te comportas como uno de ellos—gritó también Clarita.
Clara le suelta una segunda cachetada, tan fuerte como la primera. Y le dice:
— ¡Aquí tienes otra cachetada! , para que vayas y me denuncies, para que me denuncies por preocuparme por tu bienestar, le dices a la policía que te di dos cachetadas bien duro, pero también le dices porque te las di, le dices que le mientes a tu madre y en vez de estar estudiando, te vas con un malandro a no sé cuál parte.
         En eso sale el Señor Gustavo mojado, y con la toalla puesta.
—Pero bueno Clara, ¿Vas a matar a la muchacha?—intervino Gustavo, y Clarita le pasó por un lado y se trancó en su habitación.
—Gustavo, tú hija nos mintió, no fue para ninguna jornada nada—expresó Clara de manera histérica.
—Pero bueno mujer, si tú también te escapaste varias veces conmigo cuando éramos chamos.
— ¡Vete para el Carajo Gustavo…!—dijo Clara y se salió para el patio. Lo que le acababa de decir su esposo la avergonzó y evitó seguir discutiendo, no fuese que Tavo le siguiera diciendo cosas incomodas, de las que no quería que escuchara su hija.
   Clarita se encerró en su cuarto, lloró amargamente, a pesar de las horas de felicidad que había vivido hace unos instantes con su novio. Le gustaba esa palabra “novio”, “mi novio”, pero le frustraba enormemente todo el racismo de su mamá y toda la persecución física y psicológica que le tenía montada.
  No supo cómo se enteró su mamá, lo cierto es que si se enteró, pero ya no le importaba averiguar si fue alguna compañera que la traicionó, o algún vecino de ella que pasó por casa de Alfredo. De lo que sí tenía deseo, y era muy fuerte, era de irse de su casa, de irse con su novio a algún lugar de la tierra, donde pudiera ser libre, donde sus decisiones fuesen suyas, sin importar si se equivocase o no. Pronto cumpliría veinte años, y verdaderamente no quería seguir viviendo en toda esa zozobra. Pero le preocupaba una sola cosa, y era su padre, sentía que lo traicionaría si se marchaba de la casa sin su bendición y aprobación. “Al final, él entenderá. Mi Papito, cuánto te quiero”, se dijo para si misma.
 Cuando Clarita se calmó, abrió la carpeta que le había regalado Alfredo, eran cartas de amor “¡Cuántas cartas de amor!, todo este tiempo… me ama, nunca me olvidó” pensó Clarita. Las cartas le brindaron seguridad, para tomar la decisión de irse de su casa, se sentía amada, Aquel muchacho solo tenía ojos para ella.

A las once de la noche, un mensaje de texto llegaba al teléfono de Alfredo:

 “Mi vida, mi mamá c enteró q estuve contigo, m cayó a cachetadas y m gritó. Ya no aguanto más. Quiero ser libre, ayúdame a ser libre, no tengo el valor d hacerlo yo sola. M quisiera ir contigo a cualquier lugar lejos d mi mamá. TE AMO NOVIO.
  A Alfredo se le aguó los ojos, por el maltrato que recibió su amada novia. Se llenó de coraje y tomó la decisión de una vez por todas de llevarse a Clarita, de rescatarla de aquella tirana que la oprimía. Pero él también necesitaba valor para algo, y era que tendría que dejar a su madre sola, “la soledad absoluta”, porque él no tenía hermanos ni hermanas, y su madre no tenía esposo.
Allá en el sector 3 del Perú, había una tirana que oprimía a su hija, y en el sector 5, había una madre que colmaba de amor a su hijo todos los días. Así que en sus manos estaba el destino de una las dos mujeres, amadas por él de diferentes maneras.
En condiciones normales, él podría construir una casita al lado de su madre, y llenarla de nietos, pero esa no era su realidad; ya que si decidía vivir con Clarita, al lado de la casa de su madre, tendría el ataque permanente de la tirana racista. Pero se vio obligado a dar un salto de fe, y muy a ciegas era aquel salto.
 Así que esa noche empezó a maquinar todo, tratando de resolver los conflictos surgidos de la mejor manera. Pensó en irse a Soledad, pequeña ciudad vecina de Ciudad Bolívar, a solo minutos de ésta, y separadas tan solo por El Río Padre (Orinoco). Allí en soledad podría casarse con Clarita, estaría cerca para visitar a su madre y estar pendiente de ella, y a su madre se le haría fácil visitar a su hijo. Clarita podría seguir estudiando en la UDO y él no se alejaría tanto de Puerto Ordaz, porque él transporte de SIDOR también pasaba por Soledad, porque allí había bastante personas laborando en la siderúrgica. Con el tiempo, si se estabilizaban las cosas, él podría regresar a El Perú y construir al lado de su madre, o si no construirle a su mamá allá en Soledad, para que ella se mudase.
El plan parecía sencillo, bueno, realmente él no tenía más opción de ver ese plan de manera sencilla, estaba obligado a llevarse a Clarita o estaría eternamente condenado a ver a su amada una vez cada seis meses y a escondidas; o también existía la posibilidad de perderla. Y ese lujo, él no se lo daría. El Moreno estaba hecho de acero, así como lo estaba hecha la fuerte pegada de su zurda.
        


Capítulo XX. Independencia.

 “Papito, te amo con todo mi corazón. Decidí irme de la casa porque quiero emprender mi propia vida, tengo el sagrado derecho de hacerlo, así como tú lo tuviste en alguna oportunidad de tu vida. No me voy de la casa por ti, Dios sabe cuánto amor me has dado, de lo que te estaré eternamente agradecida. Quisiera que esto no fuese así; pero ya no puedo aguantar el régimen de vida que mi mamá me quiere imponer.
 Yo voy a estar bien, no sabrás donde vivo por un tiempo, pero te mandaré mensajes todos los días y te llamaré, para que sepas que estoy bien. Voy a congelar el semestre en la UDO, pero muy pronto volveré a mis estudios, además, nadie como tú sabe cuánto deseo ser enfermera, para llevar alivio a muchas personas que lo necesitan. Te quiero, TE AMO, te adoro, te extrañaré, pero pronto volveremos a compartir, para que me des tus ricos abrazos llenos a olor de gasolina y aceite quemado.”
 Así se despedía Clarita de su padre a través de una carta, y se marchaba hacia “La Libertad”, algo que por primera vez experimentaría. Finalmente se escaparía de su casa con Alfredo, huyendo del fierro yugo inquisidor de la oscuridad de Clara.
Alfredo no huía de su casa, todo lo contrario, dejaba a su madre en manos de la soledad, pero la dejaba también en las manos de Dios. Él habló con ella, y quizás ustedes esperan que yo les diga que su madre comprendió y fue fuerte, dejando ir a su hijo, dándole ánimos de que siguiera adelante, que él tenía derecho a construir su vida y todo lo demás; pues no, no fue así, fue una desgarradora despedida para ella. Viviría otra separación en su vida y le tocaba estar en las cuatro paredes de su casa acompañada por “La Soledad”, que es una señora fría y sutilmente cruel, que va aprisionando con su imperceptible carga, que con el tiempo logra quebrantar y torcer la felicidad ¡Y qué cosas de la vida!, Alfredo se iba para la “Ciudad de Soledad”; pero Clarita se iba para el “Municipio Independencia”. Así es, así son las cosas, parece que en realidad nada es casual en la vida, y que todo tiene un propósito, y la vida se encarga de mandar las señales, queda de nosotros, el saber identificarlas.
Martha se llamaba la hermana de Lázaro, aquel Lázaro que fue resucitado de entre los muertos por El Salvador de almas. Lázaro era el nombre de la felicidad de la madre de Alfredo, la diferencia era que su felicidad tendía a morir muchas veces, pero siempre lograba de alguna manera resucitar. Por tal razón, Martha no tenía más opción que ser fuerte y tragarse las lágrimas de su llanto, porque su felicidad tenía que levantarse otra vez de entre los muertos, esa era su esperanza.


Capítulo XXI. El Escape.

  Alfredo se llenó de fuerzas, su madre le permitió la partida entre lágrimas y abrazos, otorgándole su bendición. Era la mañana  de un día martes cuando  Alfredo besó y abrazó a su madre, marchándose de El Perú con un gran bolso, iba de camino a la UDO en la Sabanita, allí recogería a su amada novia y se la llevaría para Soledad. Ese día no solamente era el escape de Clarita, sino que también era el matrimonio de ella. Habían decidido casarse a escondidas en la Prefectura de Soledad. La luna de miel, por decisión de Clarita, la pasarían en la casita que su novio había alquilado, y la cual estaba amoblada de la manera más elemental posible. Un conjunto de sillas de mimbre, era lo que adornaba la sala, una mesita de plástico con cuatro sillas en la sala de la cocina, una neverita pequeñita, una cocinita de gas con dos hornillitas, que funcionaba con una pequeña bombona. De corotos, tenían un modesto juego de ollas, cuatro platos, seis vasos de vidrio, cuatro tazas y un juego de cubiertos. En el cuarto de ellos había una gran cama matrimonial, sumamente cómoda, rodeada de un lindo juego de cuarto, era lo único en que Alfredo había invertido bastante dinero. Para el calor, había un pequeño aire acondicionado de 110v y un ventilador de mesa. Un televisor pequeño con su DVD y “La Vitrola”, no podía faltar la Vitrola, la cual colocó en la sala de la casita.
 Eso era todo lo que tenían, pero era de ellos y Clarita estaba sumamente feliz y conforme, su casita era su palacio para ella y Alfredo era su encantador libertador y amado esposo.


Después de recoger a Clarita en un taxi, se fueron rumbo a Soledad, iban en la parte de atrás del carro, agarrados de la mano, una mano morena y una mano blanquita estaban enlazadas, transmitiéndose seguridad y amor. Quizás no se deba mencionar que estaban ansiosos por algo; ¿Pero, para que ocultarlo? Estaban ansiosos por “hacer el amor”, estaban ansiosos por conocerse desnudos, por sentir esa experiencia de la sexualidad, por fundirse en un solo ser.
 Impresionantemente, Alfredo nunca se había propasado con Clarita antes de casarse, aunque ganas no le faltaron, pero se había aguantado como un verdadero varón.
         Llegaron a la Prefectura, Alfredo con su gran bolso en el lomo, ella solo con su morral de la universidad, ambos vestidos de la manera más casual. Necesitaban dos testigos para poder casarse, no fue problema, escogieron a dos trabajadores que estaban por allí, los cuales accedieron. Se pararon frente a la Prefecto, la Licenciada Brown, quién sabía y no tenía dudas, que aquellos jóvenes se estaban casando a escondidas, y sabían que eso era producto de la fuerte represión de alguna madre o algún padre, o tal vez ambos. Pero los casó, no estaba en ella cuestionar la decisión de dos personas mayores de edad, ni dar consejo de lo que está bien o lo que está mal en la vida.
—Por el poder que me otorga El Estado Anzoátegui, los declaro Marido y Mujer—dijo la Licenciada Brown.
 Aquellos jóvenes fueron más felices aun, al saber que su amor estaba cuidado por el sagrado matrimonio. Clarita se sentía en las nubes, se olvidó de todo el trance que estaba viviendo y del trance que viviría su papá y su mamá. Hace una hora le había mandado un mensaje a su padre y había apagado el teléfono “te escribo mañana papito, me voy de luna de miel”, fue una parte del mensaje que le había escrito a su papá.
 Ambos fueron a almorzar pescado frito a la orilla del río Orinoco, del lado de Soledad, en la zona donde están los restaurantes. Era su primera comida como esposos, a partir de allí todo sería primera cosa como esposo. Después de compartir un rato en el restaurante y de tomarse muchas fotos, se fueron en un taxi a su casita. Llegaron a las tres de la tarde. Abrieron la puerta de su hogar y cayeron en un frenesí de amor, se desnudaron en la sala, el tiempo se detuvo y fueron presa de la pasión y del amor.
   De la sala se fueron a su habitación, hicieron el amor muchas veces. Descansaron, se bañaron, hicieron una cena, perros calientes y refresco, era su primera cena de casados y primera comida que prepararon juntos. Vieron televisión en el cuarto, comiendo perros calientes y tomando refresco. El cuarto estaba fresco, aquel pequeñito aire acondicionado hacía bien su trabajo. Después de comer, siguieron viendo televisión, se daban caricias tiernas mientras veían la TV. De las caricias tiernas, pasaron a hacer el amor nuevamente, era de noche, las nueve de la noche, y el cielo estaba despejado, “Las Estrellas” veían a esa casita con singular interés. De pronto se fue la electricidad, fue llegando el calor, y el sudor empezó a cubrirlos; pero igual no pararon de hacer el amor, a pesar que el calor seguía aumentando en la habitación.
   Pero a los esposos no le importó el calor, ni el sudor, ni el vapor de sus cuerpos; pero a “Las Estrellas” si les importó, de hecho, se pusieron celosas y bajaron  hasta aquella habitación, para ver qué estaba pasando, porque el vapor de los cuerpos de aquellos esposos, había llegado hasta las constelaciones más lejanas.

En El Perú estaba la Señora Clara, que en vez de estar muerta de angustia por su hija, como lo estaba Gustavo, estaba llena de ira hacia Alfredo, que finalmente le había ganado. Pero ella no se daría por vencida por la derrota de una batalla. “La guerra no ha terminado, negro marginal” Sentenció Clara.




Capítulo XXII. Otro Ataque fallido.


El primer paso de la Señora clara, ante “el secuestro de su hija por parte del negro malandro”, como ella lo catalogaba, fue denunciar al muchacho a las autoridades policiales conjuntamente con Fiscalía. Así que la policía fue nuevamente a buscar al ciudadano Alfredo Fernández, a la casa de su madre Martha, ya el muchacho tenía un expediente por agresión física, asunto que supo explotar al máximo Clara, que hasta  a la radio fue a denunciar al muchacho, también fue a la prensa regional, pero le rechazaron su denuncia allí,  por carecer de sustento.
La angustia regresó a Martha, volvió a recibir a los policías en su casa, los cuales le hicieron un interrogatorio sobre Clarita. Ella solo respondió que la muchacha se había escapado de su casa para casarse a escondidas con su hijo, porque su madre no se lo permitía. Martha se defendió o mejor dicho defendió a su hijo con sólidos argumentos. Pero aun así, el ciudadano Alfredo tenía que demostrar que realmente estaba casado con la muchacha.
--Señora Martha, hay una denuncia, su hijo tiene antecedentes, debe entender que si el muchacho es inocente tiene que presentarse en fiscalía con la ciudadana en cuestión y demostrar que es su esposa legítima y la muchacha tiene que testificar que no fue secuestrada, esto debe hacerlo mañana a primera hora—dijo el agente policial de la división de antisecuestro de la Policía del Estado Bolívar.
 Martha llamó a su hijo por teléfono quién estaba trabajando en SIDOR. Alfredo comprendió la gravedad del asunto y solicitó un permiso para mañana a su supervisor, explicándole todo los por menores del problema
         Al siguiente día, Alfredo Fernández y Clara de Fernández se estaban presentando ante Fiscalía. La Señora Clara estaba esperando ya en la oficina de la Fiscal, la Doctora María Ochoa.
         La Señora Clara increíblemente, apostaba a que no se presentase Alfredo y si hija, porqué así la policía iría tras él. Pero sus planes se vieron contrariados. El negro entró donde la Doctora María Ochoa, presentando los papeles de su matrimonio.
 Clarita testificó que nunca fue secuestrada, que ella se fue de su casa bajo su voluntad, haciendo uso de su mayoría de edad y que se fue sin avisarle a su madre, porque su mamá era una manipuladora, que quería decidir la vida de ella, de una manera déspota y dictatorial.
--¡Malagradecida!, todo esto tiempo criándote  y me pagas con esto, MALA HIJA—gritó Clara, formando un escándalo dentro de la oficina de la fiscal.
--¡CÁLLESE SEÑORA! Usted vuelve a gritar en este sagrado recinto y la única arrestada será usted—amenazó de manera enérgica la Fiscal y le ordenó a los agentes policiales de la seguridad del edificio, sacar a la señora inmediatamente del recinto.
         Clarita estaba llorando, Alfredo la abrazaba para consolarla.
--Señora Fernández, le voy a aconsejar algo. Su madre está de psiquiatra, y no le digo esto con ánimos de ofenderle,  su madre tiene una actitud muy agresiva contra usted. Tiene usted que cuidarse, al igual que usted Joven. Pudieran ser víctimas de acoso, así que si ustedes se deciden a hacer una denuncia contra la Señora Clara, las puertas de esta Fiscalía están abiertas. Pero nunca resulta fácil hacer una denuncia contra nuestros familiares.
--Está bien Doctora Ochoa, lo tendremos en cuenta—agregó Alfredo, extendiéndole la mano a la Fiscal.
La Señora Clara estaba abajo del edificio, esperando para descargarse con Alfredo. El muchacho al llegar a planta baja con su esposa, empezó a recibir insultos de todos los tipos, pero los ignoró, se montó en un taxi con su Clarita y se dirigieron al supermercado que está en  la Urbanización Vista Hermosa.
 Aprovecharía y haría el mercado de la quincena, también Alfredo pensó en Clarita, quizás haciendo compras se calmaría, luego regresarían a su casa en Soledad y tratar de disfrutar el día libre con su esposa.
 La Señora Clara llegó echando chispas a su casa, Gustavo no le prestó atención, él ni siquiera fue a Fiscalía, sabía que su esposa estaba errada. Clara se descargó con él, formándole una bronca allí en la calle.
--No te extrañe Clara, que un día de estos yo me vaya también—dijo Gustavo y después se inclinó hacia el motor de un carro que estaba reparando, era el arranque que estaba dañado, el carro prendió, cerró el capó y le dijo a su cliente. –Sácame de esta vaina hermano, lo que me vas a dar, me lo pagas en cervezas.
   Gustavo se había perdido de la casa todo el día, llegó a las diez de la noche, con muchas cervezas encima. Clara no le dijo nada, le tenía su cena lista y caliente, empanadas de queso blanco con jamón y refresco Cola. Gustavo devoró la cena sin decir una palabra.
--Tavo, allí está tu almuerzo también, si quedaste con hambre, para calentárlelo—dijo Clara tratando de contentar a su esposo.
--¿Qué hiciste?—preguntó Tavo.
--Carne guisada, arroz, ensalada y tajadas, como te gusta.
--Está bien, sírveme.
Gustavo después de comer el almuerzo también, del cual no dejó ni un granito de arroz, se dirigió a su esposa, con semblante serio y dijo:
--Deja a los carajitos tranquilos, no te metas con ellos, son mayores de edad y están casados.
--Ta bien Tavo, ta bien, no me voy a meter más con ellos—dijo Clara, con cara de ángel, con cara de arrepentimiento, pero que realmente actuaba así porque no se permitiría perder a su esposo por culpa de ese negro.
 La mujer dejó pasar esto, no perdería a Tavo y haría lo imposible para recuperar a Clarita, pero esta vez bajaría la guardia al máximo, fingiendo dejar pasar todo, y si era posible, se haría amiga de Alfredo, para luego meterle una puñalada trapera por la espalda al negro marginal.




CAPÍTULO XXIII. El Arte de la Hipocresía.


Tres meses pasaron desde aquella denuncia, La Señora Clara nunca se volvió a meter con la joven pareja. De hecho le hizo un par de visitas a la mamá de Alfredo, tratando de ganarse la confianza, intento que no tuvo mucho éxito en Martha; pero que si influyó en Clarita, que al enterarse que su madre intentaba enmendar las cosas, se llenó de ilusión “mi mamá está arrepentida, merece ser perdonada”, pensó Clarita y consultó con su esposo:
--Mi vida, mi mamá está arrepentida, ha visitado a tu mamá y mi papá me cuenta que nunca ha tocado más el tema de nosotros, solamente dice que me quiere ver, que tiene tres meses sin ver a su hija.
--Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad—añadió Alfredo, quién estaba limpiando La Vitrola con un paño seco, para quitarle el polvo.
--¿Tú crees que debemos decirle donde queda nuestra casa? Para que nos visite.
--Mejor la visitamos a ella por un tiempo, y vemos como se porta, ¿te parece?
--Bueno está bien Alfredo, vamos hacer así. ¿Sabes? Me hace falta mi madre, extraño su comida.
--Te entiendo Clarita, yo también extraño a mi mamá, su comida, sus atenciones.
--Bueno mi vida, ¿Qué te parece si las visitamos mañana sábado?— consultó Clarita a su esposo, y ya lo tenía abrazado por atrás, dándole besitos en el cuello, mientras Alfredo seguía limpiando la Vitrola.
--Está bien mi vida, vamos a visitarlas, pero antes, le compramos algo a ambas, no nos vamos a aparecer allá con las manos vacías—respondió Alfredo que se había volteado y soltado el paño seco, y empezó a besar a su esposa, con besos sonoros. De esos besos sonoros terminaron en la habitación, donde los cuerpos se fundieron en uno solo, alimentado el amor y la pasión que sentían ellos.

Al llegar el sábado,  Clarita y Alfredo visitaron primero la casa de la Señora Martha. Le llevaban de regalo frutas, chocolates y un par de blusas bien bonitas.
Martha estaba bien feliz, los recibió con sus cuantiosos desayunos,  esa mañana, Martha había preparado DORADO FRITO (un tipo de pez), arepas asadas, tostones y aguacate; el jugo era de parchita. Alfredo comió como si tuvieses dos días sin comer, — ¡Mi vida! Tu mamá va a pensar que te tengo pasando hambre—expresó Clarita, y ya Alfredo llevaba cuarto presas de dorado frito, tres arepas, ocho tostones y seis tajadas de aguacate, sin contar la mantequilla que le colocaba a las arepas, más el queso llanero. Clarita por el contrario se comió una pieza de cada cosa, pero las comió con gusto.
—Mamá  ¿Y cómo está todo por aquí?—preguntó Alfredo a Martha.
 Su madre le mencionó que todo estaba bien, que algunos vecinos echaban vaina con los chismes, pero fuera de eso, todo estaba bien. Pero no era así, Martha se le hacía muy duro sobrellevar la soledad, aunque tenía a “Puyita”, una linda gatita de color negro, dorado y blanco, que tenía de hace unas cuatros semanas y que llegó llorando a su casa con una espina o puya que tenía enterrada en su patica derecha delantera, y qué después que Martha le quitó esa malvada y dolorosa espina, decidió hacer de su hogar la casa de Martha. La gatita era sumamente inteligente y siempre se las arreglaba para amanecer al lado de Martha es su cama, a pesar que Martha siempre la bajaba de la cama, regañándola y corriéndola del cuarto.
Esa mañana, durante el desayuno, a Puyita, le habían dado una presa de dorado frito para ella sola.
 A las dos de la tarde, Clarita y Alfredo se despidieron de Martha, no almorzaron, porque tenían el compromiso de comer una parrilla que le estaba preparando el Señor Gustavo, y su esposa Clara preparaba la ensalada y un papelón con limón.
  Alfredo le prometió a su madre visitarla el próximo sábado, y le pidió que hiciera Dorado Frito otra vez. Clarita abrazó y besó a Martha y se despidió de manera conmovedora.
  Finalmente se fueron, y cuando iban llegando a la casa de la Señora Clara, divisaron una gran humarada de parrilla que ascendía desde el patio de la casa. Gustavo tenía en la parrilla, solomo de res, chorizos de pollo, morcilla, chinchurria y algunas chuletas de cochino. Gustavo tenía una gran botella de cerveza fría en su mano izquierda y con la otra mano tenía un gran tenedor con el que volteaba las presas.
— ¡Hola Papito!—gritó Clarita y fue directo a abrazar a su padre que estaba lleno de humo y de sudor, lo abrazó fuertemente. —Ay Papito, hoy no hueles a grasa de carro, hoy estás ahumadito.
 Gustavo soltó una pequeña lágrima y se esforzaba al colosalmente por no soltar más lágrimas, pero estaba visiblemente afectado por ver a su hija que tenía varios meses sin verla.
—Papito, te presento a mi esposo, Alfredo.
—Mucho gusto Señor Gustavo, un placer conocerle—dijo Alfredo estrechando fuertemente su mano con la de Gustavo. Dos manos sumamente fuertes se apretaban, una la mano de un mecánico de años, y la otra la mano de un aguerrido atleta.
—El placer es mío HIJO, bienvenido a mi hogar, tu hogar—expresó Gustavo de manera muy cordial.
—Gracias Señor Gustavo—añadió Alfredo con brillo en los ojos.
—Bueno entren a la casa, que ya la parrilla está casi lista. ¿Quieres una cerveza Alfredo?
—Alfredo no toma Papito—comentó Clarita con una sonrisa; pero con autoridad evidente en sus palabras.
—Disculpe usted Señora—expresó Gustavo a manera de broma. —Bueno, entren, vayan y saluden a Clara.
 Los muchachos iban con mucho miedo hacia la casa, la Señora Clara estaba en el patio trasero, porque estaba acomodando una basura. Alfredo tenía miedo, más que Clarita, ante ese temible encuentro con aquella villana de telenovela. La Señora Clara volvió a entrar a la casa y observó que su Clarita estaba en la sala con su señor esposo, “señor esposo por ahora… negro marginal”, pensó.
—Hola Mami, ¿Cómo estás?—preguntó Clarita y se fue acercando a Clara para abrazarla y darle su regalo, “una hermosa biblia de cuero”.
—Hola hijita bella, bienvenida a tu casa.
Alfredo contemplaba aquella escena emotiva, de reencuentro entre madre e hija.
—Alfredo, ven, acércate a la cocina—dijo la mismísima Señora Clara, con amabilidad en sus palabras, con una perfecta actuación, con dientes pelados y todo, actuación digna de un premio de películas de  cine.
 El Moreno se acercó a la cocina, mostrando levemente sus dientes, esforzándose por caer bien, “todo por la felicidad de su Clarita”, dijo para si.
  La Señora Clara abrazó a Alfredo y le dijo “HIJO”. Le pidió perdón por todo. Un “perdón hijo” se escuchó de la boca de Clara pero en su mente dijo, “Perdón nada, negro malandro”. Alfredo no le quedó más camino, ante semejante actuación, claudicar sus armas y entregarse ante “la villana”.
  En eso entra el Señor Gustavo con una gran bandeja, donde estaba toda la parrillada.
—Bueno Clara vamos a servir, y vamos a comer afuera, bajo la mata de mango, aquí adentro hace un calor del carajo—expresó Gustavo, con esa humeante y suculenta bandeja, que penetraba el sentido del gusto de todos los presentes, haciéndosele agua la boca.
—Alfredo, ¿nos puedes ayudar a sacar la mesa y las sillas para el patio?—le pidió Clara al muchacho.
Alfredo, con gusto hizo lo que le pidieron y la Señora Clara pensó “Fabuloso, este negro pendejo va hacer todos los favores que le pida, es mejor tenerle de amigo, sin duda alguna”
Pasaron un día muy agradable, Alfredo hasta ayudó a fregar los corotos, Clarita lo permitió, pensando que sería una buena forma de ganarse la voluntad de su madre; y su madre pensaba distinto, probando el límite del “negro” y probando hasta donde lo podía manejar, para darle su esperada puñalada trapera, o mejor dicho, darle varias pequeñas puñaladas traperas al confiado muchacho.
 Su próximo paso, el de “la Señora Clara”, sería visitar la casa de los muchachos, para ir apoderándose de la felicidad de ese lindo y pequeño hogar, para ir llenándolo de oscuridad. Lo haría poco a poco, con falsas señales de amabilidad, con falsas señales de amor.
 Luego de comer la parrilla, de la cual Alfredo y Gustavo repitieron varios platos. Clara sacó a flote el tema de visitarles.
— ¿Y Cuándo le visitamos Alfredo?, mira que ni sabemos dónde viven ustedes—preguntó Clara, con una sonrisa perfecta, mejor que las de las personas buenas.
—Cuando usted quiera suegra, vivimos en Soledad, cerca del río Orinoco en una modesta pero cómoda casita.
—Si mami, cuando tú quieras nos visitas con mi papá.
 Los muchachos le explicaron la dirección a Clara, de la manera más inocente y confiada. Clara quedó de ir sola, el próximo martes en la mañana, Alfredo estaría en el trabajo, y  la Señora Clara con su oscuridad, empezaría a llenar de desdicha a ese hogar. Aquella maquiavélica mujer conocería La Vitrola, y también su Rosario, cuyo Rosario impedía que la Vitrola proyectara su maldición a quienes la poseían. Sólo un milagro impediría que Clara se enterara de la fuerza mística de esos objetos que estaban conectados con el más allá.

 La Señora Clara era una incrédula, ante toda las creencias populares, decía ella, que eso es “mitos de marginales”, “mitos de negros e indios”. Tal incredulidad era un punto a favor del joven matrimonio. Quedaría esperar que llegase el martes y ver que sucedería.



Capítulo XXIV.

—Pero tienen su casita bien bonita hija—dijo la Señora Clara en voz alta, que ya estaba en la sala, sentada en una silla de mimbre, de aquel pequeño y acogedor hogar de la joven pareja.
Clarita se acercó con un platico donde estaban dos tazas de café, una para ella y otra para su madre. Clara extendió la mano, tomó La taza y dio un pequeño sorbo al café.
—Mmmm, que rico te quedó Clarita. Has aprendido a hacer café. Qué bueno.
—Gracias mamá.
— ¿Y cómo están los estudios?—preguntó Clara.
—Bueno mami, tengo que inscribirme dentro de tres semanas, había congelado el semestre, por el asunto del matrimonio.
—Está bien. ¿Y cuándo te vas a cambiar para Medicina?, recuerda que tú tienes madera para doctora—la Señora Clara cruzó las piernas y dio otro sorbo al café.
—Lo estoy pensando mamá, lo más seguro que decida cambiarme para Medicina—agregó Clarita de manera falsa, para seguir la corriente a su madre, para no entrar en discusión sobre ese incomodo tema
  La Vitrola estaba allí en la salita, que con elegancia suprema, adornaba ese humilde hogar, brindando una linda decoración, que ya muchas Quintas quisieran tener.
—UNA VITROLA, años sin ver una, me imagino que no funciona—comentó Clara, dando un tercer sorbo a la taza de café y cruzando las piernas esta vez del lado contrario.
—No mami, si está en perfecto estado. ¿Quieres escucharla?
—Si claro con gusto.
 Clarita se paró de su silla, se acercó al aparato, sacó un disco de Carlos Gardel, lo colocó y empezó a darle vueltas a la manija. La Señora Clara solo maquinaba en su mente, “¿Cómo conseguiría ese maldito negro, ese aparato?, que ni los Ricos tienen uno en su casa, de seguro lo robó”
 La antigua Vitrola mostraba su gran esplendor, a través de su música. El sonido era mágico, único, hermoso, bello, perfecto. Aquel aparato seguía de pie, en pleno funcionamiento gracias a la Señora Luisa, su antigua dueña.
— ¿Te gusta mamá?
—Suena divino Clarita ¿Y cómo consiguieron ese aparato de música?
 Clara estaba más interesada  en saber cómo consiguieron ese aparato; que en escuchar la música que salía de La Vitrola.
—Se lo regalaron a Alfredo, una señora vecina de él.
—Mmmm… un regalo… okey—contestó Clara con una cara llena de dudas y quien ya había terminado su taza de café, así que le pidió otra taza de café a su hija.
Clarita fue a buscarle más  taza de café a su madre. La Señora Clara aprovechó y se levantó de la silla de mimbre, para acercarse a La Vitrola y poder detallarla. Se fijó en el rosario de madera que estaba en la base de la bocina, aquello la llenó de más curiosidad.
—Toma Mami—dijo Clarita, ofreciéndole la segunda taza de café.
Clara agarró la taza, pero no le dio esta vez un sorbo, sino que preguntó a su hija, con la vista fija en el rosario.
— ¿Y este rosario de madera?
—Bueno mami, según Alfredo, ese rosario, es un complemento de La Vitrola, que junto al aparato trae suerte a la persona, o algo así, no recuerdo muy bien cómo es la cosa…tú sabes, supersticiones de la gente, y bueno…según y que el rosario siempre debe estar allí.
— ¿Por qué?— preguntó Clara con gran interés, pero disimulando el tono de su pregunta, cómo si la hiciese por simple curiosidad.
—Porque se acabaría la suerte del dueño de ese aparato y le traería desgracias—respondió Clarita, de la manera más ingenua, llena de incredulidad, como si estuviese contando el mito de la Serpiente de las Siete Cabezas que está debajo de La Piedra del Medio del río Orinoco.
  Clara, que era una mujer libre de creencias de mitos y supersticiones, se sentía en ese momento atraída por aquello que le acababan de contar, “¿Y si fuese verdad? ¿Y si es por eso que a ese negro le ha ido tan bien?, de que vuelan, vuelan”, pensó para si aquella mujer, que empezó a fantasear con la idea de que a Alfredo le fuese muy mal, para que al final su hija lo abandonara y volviese a su casa. “Tendría que llevarme ese Rosario hoy mismo, no sea que mi hija empiece a parir negros, eso sería lo último, mi generación blanca mezclada con negros”.
Mientras tanto, Alfredo estaba en SIDOR, faltaba una hora para terminar su jornada laboral. El muchacho se sentía mal en su interior, lo abordó una extraña tristeza, una rara depresión, parecida a los sueños raros que había tenido un tiempo atrás.
Martha en el Perú también se empezó a sentir mal, sin ninguna explicación, tenía una sensación de vacío parecida a cuando perdió a sus padres y cuando perdió a su amada hermana. Tal sentimiento hizo que llorase sin parar. Concluyó que algo malo se acercaba, se arrodilló en su habitación, pidiéndole al Creador que la protegiese, pero sobre todo, que protegiese a su hijo y a su esposa.
Alfredo, allá en SIDOR, allá en Puerto Ordaz, había recibido una invitación por parte de algunos compañeros para ir a tomar cervezas y ron, junto a una parrillada.
—Duermes en la casa, Alfredo, no te preocupes, hablas con Clarita, esa no te va a decir que no—le dijo uno de sus compañeros.
Alfredo se sintió intensamente atraído por aquella invitación, su boca se le hizo agua, deseaba con ahínco poder tomar ron. Llevaba meses y meses sin tener tal deseo, pero en ese momento, por alguna extraña razón, tenía un fuerte deseo de tomar. “Unos palos no le hacen daño nadie, además, me lo merezco por trabajar tan duro, me voy a dar un premio, un gusto”, pensó.

Mientras tanto, en el Sector 3 del Perú, una señora llamada Clara, llevaba en su cartera un antiguo rosario de madera, el cual escondería en su cuarto, en una de sus gavetas, con el propósito de arruinarle la vida a un muchacho de tez oscura. Lo que no sabía ella, era que también estaría arruinando la vida de su propia hija.


Capítulo XXV.

  Alfredo en la reunión con los compañeros de trabajo en Puerto Ordaz, tomaba ron con desesperación. Se embriagó por completo, sus compañeros estaban arrepentidos de haberlo invitado. Buscó pelear con todo el mundo, algunos respondieron ante su buscadera de pleitos; pero terminaron en el piso, completamente noqueados por la zurda de Alfredo, él cual daba tumbos por todas partes, tropezando con todo, tumbando mesas y rompiendo platos y vasos. Al final lograron agarrarlo entre todos, lo amarraron a una silla y le echaban tobos de agua fría.
— ¡Suéltenme malditos, los voy a matar a todos!—gritó Alfredo, amarrado a la silla, quien daba lástima con toda su actitud deplorable.
   De repente, Alfredo empezó a llorar incontrolablemente, no se explicaba de donde venía aquel dolor, lloró tanto que se desmayó, sumado a todo el ron  que tenía adentro de su organismo, quedó amarrado en la silla como si estuviese muerto.

En Soledad, Clarita estaba sumamente preocupada, porque su esposo no volvió a mandar mensajes, ni tampoco llamó.
Temprano Clarita había recibido un texto, que decía: “Mi vida, voy para una fiesta entre compañeros, ellos me van a llevar a la casa, si se hace muy tarde pasaré la noche en casa de  José y me voy temprano”. 
 Clarita llamó varias veces al teléfono de Alfredo y no contestaba. Lamentablemente no tenía el número de José. Por un instante pensó llamar a la Señora Martha, pero decidió esperar, no quería angustiarla.
  Cuando se hicieron las once de la noche, Clarita recibió un mensaje de texto del teléfono de Alfredo, “aunque no fue él quien lo escribió”, sino su compañero José, el mensaje expresaba lo siguiente: “Mi vida, se nos hizo tarde, me voy a quedar en casa de José, a las 6 am voy saliendo, tengo problemas con la cobertura TQM”. Clarita se sintió un poquito aliviada, pero estaba extrañada por las últimas tres letras  “TQM”, su esposo nunca, pero nunca, le había puesto eso en un mensaje, si quería escribir que la quería, los escribía completo “Te quiero mucho”.
 Con todo y eso, decidió irse a acostar, se dijo “tal vez estoy exagerando, mañana él vendrá muchacha”. Pero las cosas no iban a estar bien, ni para ella, ni para Alfredo. Clarita se quedó dormida, pero con aquel mal sentimiento a cuestas. La muchacha empezó a tener sueños extraños, sentía que caía a un precipicio oscuro y frío, que parecía no tener fondo.
 Cuando se hizo la una de la madrugada, La Vitrola empezó a sonar muy duro, nadie la había accionado, ni tampoco tenía un disco puesto. El sonido de la bocina cada vez sonaba más fuerte, el género de la música era indescifrable, era una como una mezcla sin ritmo entre salsa, bolero y tango, acompañado de un fuerte “bajo” muy grave, que hacía que las paredes de aquella casita vibraran. Clarita se paró con el corazón acelerado, aquel fuerte bajo, acompañado de un ritmo de música desordenado, hacía que vibrara el interior de su cuerpo. Se levantó de la cama, se acercó a la sala y se percató que aquella música, provenía de  La Vitrola, se fue acercando hacia el aparato y la música iba dejando de sonar, cuando se acercó por completo la música cesó. Se sintió aterrada, un frío incomodo le llegó hasta los huesos, trató de calmarse y se fue a su cama nuevamente. Se acostó y se volvió a quedar dormida.

 A los pocos minutos se empieza a repetir aquella música, como si viniese del más allá, como si La Vitrola estuviese maldita. La muchacha al sentir la música junto a las vibraciones del aquel extraño bajo, quiso levantarse otra vez de la cama pero no pudo, se sentía totalmente paralizada, no podía hablar, ni menos gritar, aquel sonido aumentaba de volumen, como si hubiese entrado en otra frecuencia, una frecuencia aterradora. Clarita, la linda muchacha, la joven esposa, la amada de Alfredo, la chica luchadora y brillante estudiante…no se pudo levantar…quedó allí tendida en la cama, con una sábana blanca que la arropaba, con la respiración bajando de intensidad, cada vez más tenue y más y más…



Capítulo XXVI. Un posible femicidio.

   Seis de la mañana en punto, una bota de seguridad pisa el suelo de la pequeña ciudad de Soledad, es la bota de Alfredo, la bota de su trabajo. Se estaba bajando de la camioneta que lo trajo. El ron todavía corría por sus venas y cerebro, pero ya no estaba borracho, estaba calmado.
--¿Seguro que te quieres quedar aquí?, yo te llevo hasta tu casa—le sugirió su compañero de trabajo José, que tenía las dos manos aferradas al volante y el carro detenido, con el aire acondicionado a toda mecha y un joropo de Reinaldo Armas salía de las cornetas del vehículo.
--No te preocupes José, yo llego a mi casa a pie, tengo que pagar una deuda, gracias por todo, disculpa todo lo de anoche—respondió Alfredo y terminó de bajarse de la camioneta, cerró la puerta y se marchó sin despedirse.
  Pero Alfredo le había mentido a José, no iría a pagar ninguna deuda, seguiría tomando en una taguara  de la Avenida Principal de Soledad. Era sábado y aquella taguara trabaja corrido de viernes para sábado. En aquel lugar no había ron, solo cervezas; pero al muchacho solo le importaba meter más alcohol a su organismo, sin importar que tipo de bebida tuviese que ingerir.
--Dame dos cervezas grandes y un vaso—pidió Alfredo en la barra.
  Al instante le trajeron dos cervezas grandes heladas más un vaso grande desechable. El muchacho tomó una botella y se empinó de ella hasta acabar con su contenido en un solo instante. La otra cerveza la vació en el vaso.
--Dame otra, cantinero—pidió por segunda vez.
 El Cantinero trajo la tercera cerveza de la cual también se empinó y acabó con su contenido, y en breve ya aquellas dos cervezas le hicieron sentir bien, y la que tenía en el vaso empezó a tomar a pequeños sorbos, hasta vaciarlo, de allí pediría de una en una, sin parar, sin preocuparse por nadie, ni por Clarita que aún no se levantaba de la cama y quizás estuviese muerta, ni se preocuparía por  su mamá allá en el Perú, sencillamente, Alfredo se había desconectado de la realidad, de responsabilidades, solo se esforzaba por no pelear con nadie, por mantenerse desapercibido en aquella vieja y mal oliente taguara, que era oscura en su interior a pesar que fuese de día, allí las tinieblas de la noche parecían eternas, y la neblina de humo de cigarrillo y de tabacos, reinaban en aquel antro, bañando los pulmones de fumadores y no fumadores.
 Así se fue pasando las horas de Alfredo, entre cervezas y más cervezas, entre humo de tabaco y más humo. Tenía dinero de sobra, para seguir tomando hasta al amanecer, pero al llegar la una de la tarde, el estómago de Alfredo empezó a clamar por comida, estaba ebrio, pero no en el mismo estado en el que se encontraba anoche, quizás fue porque no estaba tomando ron, o quizás se esforzaba por no poner la torta peleando otra vez. A la una con quince minutos salió de aquella taguara, con cada centímetro de tela impregnado de humo de cigarrillo, tomó un taxi y en vez de ir a su casa, se fue a comer pescado frito a la orilla del río Orinoco. Después de comer pescado frito, se quedó un rato viendo al Orinoco, Clarita le pasó por la mente y decidió irse para su casa, pero cuando se iba se fijó en una licorería que estaba frente al restaurante donde comió. Luchó contra si mismo para no seguir tomando.
--Alfredo tómate una—le gritó un vecino desde aquella licorería, que señalaba al mismo tiempo la botella de cerveza.
 El muchacho se le hizo agua la boca, “Al carajo todo, voy a seguir tomando”  se dijo Alfredo y aceptó la invitación de su amigo. Las cajas de cervezas rodaron por aquella licorería, ambos muchachos, (Alfredo y su vecino) tenían dinero de sobra. Cuando se hicieron las seis de la tarde, Alfredo por fin se dignó a irse a su casa, su vecino le ayudó a llegar caminando ya que daba tumbos de aquí para allá. Después de hacer un esfuerzo sobrehumano por introducir la llave en la cerradura de la puerta de su casa, Alfredo entró, posteriormente de haberse despedido  de su vecino con un fuerte abrazo de borrachos.
--¡Clarita! ¡Clarita! Mi amor, llegué, tu…es-po-so llegó carajo, llegué mi vida, ¿dónde estás?—expresó Alfredo tal cual como un borracho de algún programa de televisión de humor.
 Pero no había respuesta por parte de Clarita. Alfredo entró al baño y orinó como un caballo, haciendo un fuerte ruido con su chorro. El muchacho se quitó toda la ropa y logró bañarse, y tuvo suerte de no caerse en el baño. Tomó una toalla, se secó y luego la puso en su cintura, tomó la ropa sucia y la llevó a la lavadora, dando tumbos como cualquier ebrio, por toda la pequeña casita.
--¡Clarita! ¡Mi vida! ¿Estás brava conmigo?
  No hubo respuesta, Alfredo se acercó al cuarto y vio a Clarita en la cama, pensó que estaba dormida, creyó por un momento que era tarde y apenas era las seis y media pm. “Mejor no la despierto, pobrecita mi catira, me pasé…me pasé” alcanzó a pensar Alfredo, y se tiró a la cama, al lado de su esposa, y se quedó profundamente dormido, con su organismo lleno de cerveza.
  Alfredo durmió corrido seis horas de profundo sueño inducido por el alcohol; pero a la una en punto de la madrugada, empezó a sonar La Vitrola, con su aterrador ritmo desordenado, acompañado de un fuerte bajo de minitecas, que hacía vibrar las paredes y puertas de toda aquella casita. Alfredo se paró asustado, su corazón latía fuertemente,  no comprendía lo que pasaba, miró a su alrededor y Clarita no estaba a su lado. Se levantó de la cama y empezó a llamar a su esposa, ya no estaba borracho, pero una fuerte resaca acompañado de un gigantesco dolor de cabeza lo invadía, llamaba a su esposa y nada. Pensó que aquella horrible música venía de afuera, pero al llegar a la sala de la casa, notó que aquel aterrador sonido provenía de La Vitrola, sentía que su cabeza iba a estallar en miles de pedazos.
  Se fue acercando a La Vitrola y esta fue dejando de sonar, hasta quedar muda, le causó impresión que el aparato de música no tenía disco. Volvió a llamar a Clarita, pensó que estaría enojada y le estaba aplicando la ley del hielo, se acercó al baño, tocó la puerta y no hubo respuesta.
--Clarita, mi vida, ¿estás allí?, ¿te sientes mal?
 Nada…no hubo respuesta, silencio absoluto. Alfredo abrió la puerta del baño imaginando lo peor, empezó asociar la depresión que tuvo ayer con que algo le hubiese ocurrido a Clarita; pero Clarita no estaba en el baño, corrió la cortina de la ducha y nada. Fue al cuarto, prendió la luz, y allí estaba su celular y sus llaves de la casa. Ella nunca saldría sin su celular y mucho menos sin sus llaves, empezó a revisar toda la casa, se fijó además que en el cuarto estaban todos sus zapatos. “Clarita no salió ¿Qué está pasando?” pensó Alfredo y una aterradora angustia se apoderó de él, pensó muchas cosas, entre ellas que su esposa había sido secuestrada; pero eso tampoco tenía sentido, no tenía enemigos, no era millonario y por último, y más concluyente era, que las puertas de la casa estaban cerradas con llave, no habían sido violentadas, ni tampoco las ventanas y, las dos llaves estaban dentro de la casa, la de él y la de su esposa.
    Lágrimas recorrían las mejillas de Alfredo, ahora comprendía todo ese depresión que lo atrapó ayer, quizás se dedicó a tomar porque no quería aceptar que algo grave se acercaba, o quizás fue por haber tomado nuevamente que recibió un castigo. Alfredo caminó del baño hasta la sala y en la sala se echó en el piso a llorar por su amor. No solamente lloraba, sino que trataba de comprender porque Clarita no estaba en casa. Esperaría que amaneciera, con la esperanza de que ella llamase, avisando que estaba en casa de la Señora Clara o tal vez  en casa de Martha.
    Alfredo no paraba de llorar, un sentimiento de culpa lo arropó por completo, su vista estaba puesta en La Vitrola, pero no la detallaba, solo tenía los ojos en esa dirección. Empezó a fantasear que aquello era un sueño, una pesadilla. Empezó la auto-negación de aquello, se dijo: “Todavía estoy rascado, es solo eso, estoy rascado”. Sus ojos se fueron cerrando, y mientras se cerraban se fijó que la bocina de La Vitrola no tenía el rosario de madera y en eso  recordó las palabras de la Señora Luisa “Recuerda hijo, que La Vitrola nunca debe dejar de llevar ese rosario, de lo contrariote traerá desgracias”.
   Pero Alfredo se volvió a quedar dormido, esta vez en el piso de la sala de su casa y había entrado en el mismo sueño que tuvo aquella noche cuando se desmayó frente a la casa de la Señora Luisa, cuando se le había aparecido el difunto esposo de ésta. A su mente vinieron exactamente las mismas frases entrecortadas y sin sentido: “SANGRE, SANGRE, no puedo encontrarla, ERES NEGRO, ERES UN NEGRO, CORRE, CORRE, ¿dónde está?  ¿Dónde está?”…
  El cuerpo de Alfredo se retorcía en el piso de la sala, tratando de despertarse, pero no podía, hasta que escuchó un fuerte grito de su esposa “¡Mi vida! ¡Mi vida! Estoy aquí, estoy atrapada… ¡AL-FRE-DO!
 Con el último grito Alfredo pudo despertar, estaba bañado en sudor y los gallos empezaron a cantar, se levantó del piso y salió corriendo a su cuarto, para ver si Clarita estaba; pero ella no estaba allí y el joven se percató que las sábanas estaban manchadas de sangre. “El peor pensamiento recorrió la mente de Alfredo “¿Habré matado a Clarita?, estaba borracho anoche, quizás lo hice y no recuerdo nada”.
 Palpó las sábanas, la sangre todavía estaba fresca. Decidió salir de la casa, controlando su desesperación, y empezó a preguntar a los vecinos sobre su esposa, ellos le mencionaron que la vieron fue el viernes en la mañana.
Alfredo llamó por teléfono a su mamá Martha, Clarita no estaba allí, luego llamó a casa de la Señora Clara.
— ¡Cómo! ¡Que no está!—respondió en tono de angustia la Señora Clara. —Te voy a decir al…no…no, ¡ya va! Déjame hablar…si…pero…yo siempre le advertí a ella que no se casase contigo, tú eres malandro, has estado preso por agresión ¿Cómo?...no, yo si voy a ir a la policía.
Trancó el teléfono la Señora Clara. Alfredo volvió  llamar su mamá, le contó todo. Su madre solo se resignó para lo peor, cerrando sus ojos y enjugando algunas lágrimas con su mano derecha.
A las dos horas, una comisión de la policía científica estaba en Soledad, tocando las puertas de la casa Alfredo y Clarita. También llegaban en un taxi El Señor Gustavo y su esposa. Alfredo abrió la puerta de su casa, la comisión entró, él con educación los recibió, se sentaron en las sillas de mimbre de la sala. Después de la declaración de Alfredo la Señora Clara intervino de manera abrupta, señalando al angustiado muchacho que aún no comprendía lo que pasaba.
— ¡Ese Malandro le hizo algo a mi hija, revisen la casa!
— ¿Podemos revisar la casa joven?—preguntó uno de los agentes.
—Claro señor, si pueden—respondió Alfredo, que ya sabía que estaba perdido, los policías verían las sábanas manchadas de sangre.
Alfredo volvería a los calabozos y peor aún, sería acusado de femicidio.
— ¡Mi Inspector, venga a ver esto!—gritó uno de los agentes que estaba revisando la casa.



Capítulo XXVII. Un olor putrefacto.

—La Señora Clara fue la primera en llegar a la habitación, y pegó un grito aterrador que hizo que las piernas del Señor Gustavo flaquearan e imaginara lo peor.
—Esa sangre no es de ella, yo cuando llegué ayer, eso no estaba allí—dijo Alfredo dirigiéndose a todos los presentes.
Un fuerte brazo de mecánico viajaba por el aire, con el puño cerrado con todas las fuerzas, y  fue a  clavarse en la quijada de Alfredo. Era el puño del Señor Gustavo, que empezó a derramar lágrimas y entró en un estado salvaje, los agentes tuvieron que esposarlo para poder controlarlo. La Señora Clara insultaba con todas sus fuerzas a Alfredo, “¡negro maldito, malandro, asesino!”.
Los vecinos empezaron a rodear la casa, estaban llenos de curiosidad. Y presenciaron cómo su vecino entraba esposado al vehículo de la Policía Científica.
Alfredo ese día volvería al calabozo de la Policía Científica, todo parecido a la primera vez, aquella primera vez cuando tomó licor y se embriagó. La historia se repetía, solo que la víctima esta vez no era un amigo de él, sino que al parecer la víctima era su esposa.
Los laboratorios de la Policía Científica determinaron que la sangre era de Clarita, había tomado otras muestras, como cabello y piel. Todas coincidían con el ADN de la muchacha. Además encontraron pequeñas manchas de sangre en la ropa de Alfredo. Aquel joven deportista y trabajador estaba perdido.
Cuando entró a aterrador y maloliente calabozo sintió deseos de quitarse la vida, empezó a dudar de si diciéndose “¿Y si la maté y no recuerdo nada, y si lo hice producto de mi borrachera?, Dios mío no…perdóname, quítame la vida, condéname”.
Alfredo pasó días sin comer, tumbado en el suelo. No pudo ahorcarse porque los internos no lo permitieron, pero se echó a morir lentamente. Casi siempre estaba dormido, soñando con su Clarita, fantaseando con volverla a ver.
Por otro lado, su mamá Martha estaba haciendo todas las diligencias del mundo para sacar a su hijo, había invertido todo su dinero y hasta había vendido su nevera, su lavadora y su televisor para pagar a los abogados. Nunca se echó a morir, sino que tomó a cuesta su dolor y se puso en acción, sabía que su hijo no era capaz de cometer un asesinato, y menos contra el amor de su vida.
Alfredo en dos semanas se convirtió en un escuálido hombre, se había negado por completo en comer, así que luego de catorce días fue llevado a enfermería donde se le suministraba suero intravenoso, con la finalidad de no dejarlo morir.
Unos días antes de ser llevado a enfermería. Sus vecinos de “Soledad”, llamaron a la policía porque una hedentina invadió sus casas, el olor a descomposición de algún cuerpo era muy fuerte. Aquel hedor provenía de la casa de Alfredo, todos empezaron a sacar conclusiones de que ese muchacho había enterrado a su esposa en su casa. La comisión de la policía llegó, con un grupo especializado en exhumación. Cavaron y cavaron por todo el patio de aquella humilde casita cerca del Playón en Soledad, pero no encontraron nada, los perros parecían desorientados y mientras más cavaban y más buscaban, la hedentina aumentaba, aquellos hombres y mujeres especializados en ese tipo de búsqueda empezaron a vomitar, como si fuesen unos novatos en aquella actividad. Al final del día, el patio de aquella casa parecía una trinchera de la Primera Guerra mundial, hoyos y terraplenes por todas partes.
Aquello se había convertido en la sensación amarillista de la prensa local. La hedentina avanzaba por toda aquella comunidad. Los vecinos más cercanos a aquella casita se mudaron temporalmente de allí, porque aquel olor nauseabundo les penetraba todo, la ropa, la comida, las sábanas. Pero lo extraño era que no había moscas alrededor de la casa de Alfredo, ni se acercaban las ratas y, los zamuros nunca llegaban, aquellas aves de rapiña que tienen el sentido del olfato altamente sensible, no se acercaron. Todo era un misterio.
El Alcalde de Soledad había convertido aquello en una pugna política, al igual que sus opositores, el éxito de su próxima campaña por la Alcaldía dependía de: encontrar el cuerpo de “La Catira de Soledad”; así le llamaba la prensa, por la descripción que había dado los vecinos. Muchos habitantes de Soledad empezaron a convertir a Clarita en una santa, jugaban loterías en su nombre, encomendaban a sus hijos a La  Catira de Soledad contra todo mal. Los más supersticiosos empezaron a regar el rumor de que aquel hedor se debía a una maldición o un castigo de Dios por tantos pecados de los habitantes de Soledad y los habitantes de Ciudad Bolívar.
El hedor de la Catira de Soledad empezó a avanzar por el Orinoco, llegando hasta el Puerto Blohm, donde están las lanchitas que trasladan a las personas de Ciudad Bolívar a Soledad.
Mientras tanto Alfredo había caído en un hondo sueño, el pellejo cada vez se pegaba más a sus huesos y su rostro era cadavérico. Martha derramaba litros de lágrimas cada vez que visitaba a su hijo.
Las autoridades policiales y el fiscal que llevaba el caso Intentaron interrogar a Alfredo, para que confesara donde había enterrado el cuerpo de su esposa, pero fue inútil, apenas podían mantenerlo con vida.
La hedentina seguía avanzando, empezó a recorrer la Avenida del Paseo Orinoco, iba avanzando hacia la Plaza Las Banderas, como si fuese rumbo hacia el lugar donde estaba el rosario de madera, aquel olor putrefacto solamente se mantenía por las avenidas en su recorrido. Así que el parque automotor y los peatones se vieron seriamente afectados. El hedor con el transcurso de los días seguía avanzando, había tomado por completo la avenida Doña Menca de Leoni.
Los Alcaldes del Municipio Independencia y del Municipio Heres (Soledad y Ciudad Bolívar) unieron esfuerzo para encontrar el cuerpo de la joven Clarita, aunque se disputaban el título con el cual llamar a la  muchacha, el alcalde de Soledad sostenía que era “La Catira de Soledad” y el alcalde de Ciudad Bolívar sostenía que era “La Bella de Bolívar”, lo curioso era, que ambos alcaldes siempre fueron adversarios políticos, de diferentes partidos y por primera vez se unieron sin distinción de ideologías. La causa de una bella joven los había unido.          


                   Capítulo XXVIII. El rescate del rosario.                  

Finalmente le hedentina llegó a la Urbanización El Perú, avanzando por su avenida principal, luego empezó a bordear  la manzana donde están Los Bloques (pequeños edificios de tres pisos), y tomó hacia el sector 3 de la urbanización, hasta llegar a la casa donde se encontraba un fuerte hombre reparando un carro en frente de su casa, era el Señor Gustavo.
— ¡Carajo que mier… es este olor!—Expresó Gustavo, llevándose su mano derecha llena de grasa de carro.
Aquel nauseabundo olor se fue internado en la casa, llegó a la sala y dobló a la izquierda, donde es la habitación de la Señora Clara y su esposo. Clara quien estaba preparando unos papeles para entregarlos al Fiscal que llevaba el caso de su hija, empezó a sentir repulsión por la hedentina que penetraba todo su sentido del olfato y del gusto. Ninguna persona que hasta el momento había percibido ese putrefacto olor, lo había sentido tan fuerte como lo sintió la Señora Clara, sus ojos empezaron a lagrimear como si se tratase de un gas lacrimógeno y al igual que en Soledad, no había presencia de moscas ni de zamuros. Clara salió de la casa, como si huyese de avispas, pero era inútil, porque para donde ella iba, la acompañaba aquella hedentina que se había convertido en una maldición para ella.

Mientras tanto, en la enfermería del calabozo, donde se encontraba Alfredo con soluciones fisiológicas de suero para que no se muriese, abría los ojos por primera vez en varios días que llevaba internado allí. Martha se alegró sobremanera al ver los ojos de su hijo nuevamente, a pesar que aquellos ojos carecían de brillo, carecían de vida.
—Ma-mi, el ro-sa-rio de…made-ra…de-be—balbució aquellas palabras Alfredo, usando todas las energías que poseía o las que le quedaba apenas.
— ¿Qué rosario hijo?, dime Alfredo, dime mi amor, ¿qué rosario?
Su hijo se volvía a apagar nuevamente, sus ojos se le iban cerrando con la misma lentitud con que los abrió. Su madre empezó a llorar, “¡hijo, dime, ¿qué me quieres decir!” volvió a expresar Martha y una lágrima gruesa se deslizaba por su mejilla y al mismo tiempo apretaba la mano zurda de su hijo, finalmente aquella lágrima gruesa terminó de recorrer la mejilla de Martha y cayó en dirección del rostro de Alfredo, cayendo en su frente. Esa lágrima parecía que llevaba todo la fuerza del amor de una madre, o quizás de sus dos madres, una que estaba en el cielo y la otra allí al lado suyo de manera incondicional.
  Alfredo volvió a abrir los ojos de manera lenta, esforzándose al máximo por comunicar el mensaje que tenía para su madre y Martha esta vez se acercó lo más que pudo a la boca de su hijo.
—El rosario de…madera fue…robado de La Vitrola—Alfredo hizo una pausa tratando de buscar más aire, tratando de busca más fuerzas. —La mamá de Clarita…robó el rosario…y debe ser…de-vuel-to a La Vitrola…para que aparezca Clarita…recupéralo mami…está en El Perú en la casa de…la mamá de…Clari…
   Alfredo volvió a quedarse dormido, pero al menos había comunicado el mensaje que tenía que dar a su madre.
  Martha comprendió todo, no tendría razones para dudar de su hijo, aunque aquello fuese increíble para muchos. Tomó energías, se llenó de coraje y salió rumbo al Perú. Iba decidida a obtener ese rosario fuese como fuese, iba a rescatar ese rosario de la mujer que se atrevió de arruinar la vida de su amado y único hijo.



Capítulo IXXX.

 La Señora Martha salió del edificio de la Policía Científica, tomó un autobús que iba directo hacia el Perú, no cargaba dinero para pagar un taxi, así que le llevaría una hora y veinte minutos de recorrido para llegar a su destino. Aquella digna y buena mujer iba con una enorme fuerza dentro de su pecho, rescataría ese rosario a como dé lugar, de ello dependía la vida de sus dos seres queridos, no podía darse el lujo de esperar, no podría perdonarse si Alfredo perdía su  vida, de igual manera no dejaría que Clarita quedara atrapada donde estuviese.
  En El Perú, La Señora Clara era atormentada fuertemente por aquel olor, llegó a saber que esa maldición que sufría era por lo que había hecho, pero era tanta su soberbia, era tan grande su orgullo y prepotencia que estaba dispuesta a no perder esa batalla, así tuviese que cargar con aquella hedentina por el resto de sus días; incluso, empezó a culpar a su hija Clarita de todo lo acontecido y tuvo un terrible y siniestro pensamiento, “Prefiero que mi hija muera a que ese maldito negro gane y manche mi sangre de gente blanca”
  El parque automotor que transitaba por El Perú fue seriamente afectado por aquella hedentina que provenía de la tierra de Soledad, los choferes del transporte público empezaron a usar tapabocas y evitaban pasar por la casa de La Señora Clara donde aquel olor era más fuerte.
   La mayoría de todos los habitantes del Perú empezaron a rodear la casa del Señor Gustavo, porque se especulaba que La Bella de Bolívar o La Catira de Soledad estaba enterrada en esa casa y no en Soledad. La Señora Clara se empezó a preocupar seriamente, hasta Mapurite estaba dentro de aquella multitud con su carretilla y sus botellas de ron blanco y por primera vez en la historia de Mapurite, su peculiar tufo no pudo ser percibido por la gente debido a que la hedentina tapaba todos los olores.
   Seguían llegando los vecinos del Perú, ya muchos tenían palas y picos, Gustavo y Clara estaban sumamente preocupados en especial Clara, ya que el monstruo más grande de todos y el más temido, “LA OPINIÓN PÚBLICA” empezaba a apuntar hacia ella.
--¡Gustavo abre el portón!, o si no tumbamos esta vaina hermano, ¡ábrelo!—dijo uno de sus vecinos, que estaba todo enardecido y quién ya estaba loco de tanta hedentina.
--¡Pues tendrás que tumbar esa vaina pendejo; pero esta es mi casa carajo y nadie entra aquí sin mi permiso—espetó Gustavo, mientras sostenía un grueso palo de guayaba que usó como bate de beisbol cuando era chamo y que conservó durante toda su vida.
 Los vecinos al ver semejante decisión y semejante carácter, regularon un poco, como si Gustavo se tratase de un lobo alfa; pero nunca se apartaron del frente de aquella casa, muy a pesar del fuerte olor nauseabundo.
 De pronto una mujer se va colando entre la multitud, que a pesar de ser menudita iba apartando a todos con una fuerza impresionante y con un carácter decidido, muchos voltearon a ver quién era que los apartaba, se dieron de cuenta que solo era una mujer y al ver  su decidida  mirada hasta los más grandes y fuertes bajaron su vista, apartándose  a un lado. Era Martha, la madre de Alfredo, la suegra de Clarita, la última esperanza de la Catira que estaba atrapada en alguna parte del Más Allá, y la única esperanza de Alfredo quien cada vez más, iba agotando todas sus energías vitales, y se aferraba a la vida solamente por el amor a su esposa y por la terrible culpa que pesaba sobre él, porque se culpaba por la desaparición de su amada, por volver a caer en la manos del ron y la cerveza, si tenía que morir, solo aspiraba a que su esposa volviese.
--¡Gustavo!—gritó Martha una vez que llegó al portón de la casa en medio de la gran multitud de manifestantes.
 Gustavo volteó e inmediatamente reconoció a Martha, la madre de Alfredo, a quién consideraba el asesino de su hija. Los ojos de Gustavo ardieron en furia.
--¡Gustavo!, te ruego que me dejes hablar contigo, te ruego que me dejes pasar a tu casa—expresó Martha, una vez que había obtenido la atención de Gustavo. Ambos se quedaron mirando fijamente, pero al final vencieron los ojos de una madre que llevaba la fuerza de todo el río Orinoco.
 Gustavo se fue acercando al portón, al menos estaba dispuesto a escuchar lo que tendría que decir esa mujer.
--¿Qué quiere usted? –preguntó Gustavo al acercarse casi cuerpo a cuerpo con Martha, solo los separaba el portón de su casa.
--Solo quiero que me escuches, TÚ HIJA ESTÁ VIVA.
 Gustavo no pudo contra aquella frase, “Tú hija está viva”, la frase retumbó en su mente y su corazón, aquel lobo alfa se convirtió en un tierno corderito; pero logró como pudo mantener la apariencia de lobo, debido a la multitud, aunque su mirada empezaba a quebrarse y un leve brillo se empezó a dibujar en sus ojos.
--¿Cómo dices Martha?—volvió a preguntar Gustavo, solo para confirmar lo que acababa de escuchar.
--Como lo escuchas, tú hija está viva, nunca fue asesinada, pero tienes que dejarme pasar para explicarte y te ruego en el alma que creas todas mis palabras, así te parezcan fantásticas, de ello depende que vuelvas a ver a tu hija.
  Gustavo abrió el portón, la multitud quiso pasar, pero otra vez el lobo alfa volvió a salir, haciendo lo imposible para que solo entrara Martha por una pequeñita brecha al rodar un poco el gigante portón de cabillas de acero. La Señora Clara estaba encerrada en su habitación, lidiando con la gran hedentina, pero que no era más grande que su orgullo y su enfermedad racial, la causa de toda la tragedia por la que pasaba las dos familias.
--Esa mujer que entró es la madre del esposo de Clarita, el supuesto asesino—dijo alguien dentro de la horda que esperaba fuera del portón.
--No, pero otros dicen que fue la misma madre que mató a la hija y la enterró en su casa como castigo por haberse casado con ese negro malandro…bueno eso dicen la lenguas—añadió otra persona.
  La horda manejaba dos versiones, las cuales no eran ciertas, pero era tan atractivo el chisme que sirvió para calmar a la multitud, empezando un debate entre ellos y así desviaron sus deseos de entrar a la fuerza en la casa de Gustavo.
   Martha se sentó en una silla de mimbre que le ofreció Gustavo cerca de la puerta de la casa. Gustavo también se sentó en una silla de mimbre para escuchar la versión de Martha. Él estaría muy atento, después de todo no tenía nada que perder.
--Gustavo, tú hija está viva, está en el Más Allá. Por favor, te pido que me escuches, porque hasta la vida de mi hijo depende de esto—comenzó Martha la conversación. Tenía los ojos cansados, grandes ojeras se dibujaban en su rostro.
--Continúa Martha, voy a tratar de creerte.

Martha respiró aliviada al escuchar eso de Gustavo, al menos le escucharía con atención, pero deseaba que no se apareciera la Señora Clara, sino lo dañaría todo. Por alguna razón todo estaba saliendo bien, pero ella tendría que comunicar el mensaje lo más pronto posible, de manera muy sencilla y, tenía que comprometer a Gustavo a recuperar el rosario de madera.
—Verás, mi hijo tiene un aparato de música antiguo, una vitrola, ¿Sabes qué es una vitrola?
—Sí, por supuesto, continúa hasta el final, no pares.
—Bien, esa vitrola se la regaló una anciana que vivía cerca de nuestra casa, la cual falleció hace poco más de un año. Esa vitrola está encantada, tiene el poder de traer suerte a quien la posea y también desgracias. Para que no traiga desgracia ese aparato, siempre tiene que llevar un rosario de madera en su bocina. Ese rosario siempre ha estado con esta, por lo que también está encantado.
 Martha hablaba de manera muy suelta y con mucha claridad y sencillez, como si le explicara a un niño de diez años. Gustavo estaba atento, todo lo veía como un cuento de camino, un mito, una leyenda; pero había prometido que escucharía, además, no tenía nada que perder. Martha continuó hablando:
— Gustavo, ese rosario de madera fue retirado de la vitrola con el propósito de arruinar el matrimonio de nuestros hijos, los cuales eran muy felices, se amaban, mejor dicho, se aman. Estaban prosperando económicamente muy rápido. Quiero que escuches con atención lo siguiente Gustavo: La persona que ha retirado ese rosario de madera es…
El señor Gustavo sabía lo que iba a decir, no tenía dudas de las palabras que Martha pronunciaría a continuación.
—…es tu esposa Clara, ella lo retiró para que ese matrimonio se acabara y tú sabes cuánto ella estaba en contra de que ellos se casaran. Seguro ella no se esperaba que la unión de nuestros hijos se acabara de esta manera; pero ella fue, es un hecho.
 Martha después de hablar se quedó mirando a Gustavo, en su corazón le pedía a Dios que su interlocutor le creyese. Gustavo quedó mirando al piso, sopesando toda aquella increíble historia.
 La madre de Alfredo estaba llena de ansiedad, llena de miedo por lo que Gustavo tendría que decir, si decidía no creerle ella entraría a la fuerza en la casa y obligaría a Clara a que le diera el rosario, así tuviese que ponerle un cuchillo en la garganta, estaba dispuesta a todo por su hijo, que cada vez perdía sus fuerzas vitales y estaba al borde de la muerte. Ella no permitiría que otro ser querido se muriese, y menos su hijo y el hijo de su amada hermana.
  Gustavo seguía con la vista fija en el piso, hasta que subió su mirada y la dirigió a los ojos de Martha, el tiempo se hizo más lento, hasta que empezó a abrir su boca para hablar. Martha moría por escuchar las palabras correctas, las que ella deseaba.
—Martha, todo lo que me has dicho es una maldita fantasía tuya, así parece…pero decido creerte. ¿Dices que Clara robó ese rosario?
—Sí.
—Okey, lo voy a recuperar, conozco a mi esposa, se dónde esconde sus cosas valiosas y sus secretos. Pero tienes que irte, ojalá no se haya enterado de que estás aquí.
—Está bien, pero debes recuperar el rosario lo más pronto posible, cada minuto que pasa es valioso para nuestros hijos.
Martha extendió la mano para darle un papel con dos números telefónicos, uno del celular de ella y el otro el teléfono fijo de su casa.
—Aquí están mis teléfonos, me llamas tan pronto tengas el rosario.
—Yo tengo tus números Martha.
—No importa, toma el papel de todas maneras. Nunca se sabe.
Gustavo tomó el papel y despidió a la Señora Martha, que visiblemente estaba más calmada que cuando llegó.
—Te estoy llamando entre 7 y 9 de la noche. Estad pendiente.
Martha se fue para su casa, iba a tomar un baño y comer algo, para luego irse otra vez donde su hijo.
Gustavo tendría que sacar a su esposa de su habitación, la cual no quería salir de allí. El olor era repugnante, pero de cierta manera se estaban acostumbrando a aquella hedentina. La multitud que estaba frente a la casa del Señor Gustavo se empezó a marchar.
 El lugar donde La Señora Clara esconde sus cosas estaba debajo de la cama, en una maleta de cuero antiquísima,  la cual tenía un pequeño candado. Clara guardaba allí entre otras cosas, sus joyas y algunas viejas cartas de amor de varios de sus enamorados de la juventud.
Cuando se hicieron las 7 de la noche, Clara decidió salir del cuarto para darse un baño, llevaba casi  dos días sin bañarse. Era la oportunidad de Gustavo, el cual entró a la habitación con una herramienta, era una pequeña cizalla, no disponía de mucho tiempo.


   
Capítulo XXX.

  Gustavo picó el candado, fue muy fácil hacerlo con la cizalla. Abrió el Baúl. Clara salió del baño, había olvidado un jabón de avena con flores de manzanilla que ella usa.
 Tavo abrió la maleta, no vio el rosario allí, solamente joyas y cartas, decide hurgar entre las cosas…hasta que lo vio…allí estaba, un hermoso rosario de madera. Aquel hombre vio todo con claridad, parece que después de todo Martha tenía razón, pensó cuan despiadada había sido su esposa. Se empezaron a sentir los ruidos de las chancletas de la esposa, Clara se aproximaba hacia la habitación.
   Gustavo se apresura, cierra la maleta, la puerta se abre.
--¡Tavo! ¿Qué tú haces allí?—preguntó la Señora Clara quien estaba sorprendida.
--¡Nojombre! Aquí en esta casa todo se pierde. ¿Dónde carajo está mi otro par de zapato, tengo que salir ahorita a comprar unos repuestos de carro. ¡Todo se pierde en esta vaina!
--De zapato no sé nada, si no sabes tú, ¿qué voy a saber yo dónde están tus cosas.
--Bueno, me tendré que poner las botas de trabajar para ir a comprar esa vaina.
 Gustavo seguí agachado cerca de cama, no se quería parar tenía el rosario en la mano derecha y no se veía porque la mano era tapada por la misma cama. Seguía fingiendo que buscaba un zapato. Claro se quedó pensativa un rato, luego tomó su jabón de avena con flores de manzanilla y se fue al baño nuevamente. Salió da la casa y empezó a marcar el teléfono celular de Martha.

Tono de espera del teléfono…cayó la llamada:
--Aló buenas noches—contestó Martha.
--Aló Martha, es Gustavo.
--Si Gustavo dime.
--Tengo el rosario ¿Dónde estás tú?
--estoy en la enfermería de la Policía Científica—respondió Martha con los ojos aguados de felicidad y a la vez acariciaba el cabello de su hijo, quien estaba dormido como si estuviese en coma.
--Okey voy saliendo para allá en mi carro.
--Okey, cuando llegues me vuelves a llamar para salir al estacionamiento.
Gustavo tenía su catanare estacionado afuera de la casa, era un carro viejo con la latonería hecha un desastre, pero que por dentro estaba todo como nuevo, desde el motor hasta la caja. Prendió su catanare, el poderoso motor rugió. Clara escuchó el carro mientras se bañaba, y se empezó a cuestionar, a unir las cosas que había visto, su esposo debajo de la cama, ir a comprar un repuesto a las siete de la noche cuando todo estaba cerrado. “Y si…”. Salió del baño, se secó el agua con la toalla y se dirigió a la habitación, se agachó debajo de la cama y sacó la maleta…el candado estaba roto “¡Maldita sea!”  Alcanzó a decir y empezó a maquinar que podía hacer para no ser derrotada, algo se le ocurriría, en segundos haría un siniestro plan para impedir que el maldito negro se saliera con la suya.

Mientras tanto, ya el poderoso catanare de Gustavo iba de camino hacia la sede de la Policía científica.



Capítulo XXXI. De camino a Soledad.

Gustavo entró a la enfermería, dónde estaba siendo asistido médicamente su yerno. Tavo no daba crédito a los que sus ojos presenciaban, aquel muchacho atlético y carismático, yacía en una cama y había perdido al menos la mitad de su peso, la piel de su rostro se pegaba  a sus pómulos. Martha se levantó de la silla al lado de la cama de Alfredo.
— ¿Lo tienes, Gustavo?—preguntó Martha, sus ojos brillaban de manera singular.
—Sí, lo tengo, aquí está—Gustavo sacó el rosario del bolsillo derecho de su pantalón.
Martha al ver el Rosario sintió que vio una luz al final de un oscuro túnel del cual no podía salir.
—No perdamos tiempos Gustavo, vámonos a Soledad. Hay que ponerlo en la Vitrola.
El catanare volvió a rugir su gran motor, iba rumbo a la pequeña ciudad de Soledad; pero también a esa ciudad se dirigía otra persona…era la señora Clara que había tomado un taxi, iría por la Vitrola misma, tenía las intenciones de desaparecerla, y así garantizar que rosario y vitrola  nunca se juntaran nuevamente con el fin de acabar con el amor de dos jóvenes.







Capítulo XXXI. El amor vs el racismo.

El catanare frenó de golpe al frente de la casa de Alfredo y produjo un gran derrape en la calle de asfalto la cual estaba cubierto moderadamente de arena. Al mismo tiempo un taxi blanco partía del mismo lugar. Martha y Tavo quedaron pensativos sobre aquel carro blanco; pero desecharon por un instante ese hecho. Martha entró a la casa, la Vitrola no estaba  adentro, sintió sus piernas flaquear. Buscó en cada rincón de la casita, pero no había nada.
—La Vitrola no está Gustavo—dijo sollozando Martha.
— ¡CLARA! En ese taxi iba Clara. ¡Vámonos! Sé a dónde va.
— ¿A dónde?
—No perdamos tiempo, te explico en el camino.
Mientras el catanare arrancaba nuevamente, ya Clara había decidido dónde esconder para siempre la Vitrola para que nadie la encontrara jamás, o al menos para que el rosario de madera no fuese colocado en el aparato. “Voy a lanzar esa vaina por el Puente Angostura, para que las aguas del Orinoco la sepulten para siempre”, pensó Clara al salir de su casa en El Perú.
El taxista que llevaba a Clara, no sospechaba que harían una parada en el Puente Angostura —algo que no estaba permitido—. El chofer de este carro blanco estaba hastiado de la hedentina a muerto que desprendía aquella misteriosa mujer que decidió montar en El Perú y quien le había ofrecido una gran cantidad de dinero para ir a Soledad y volver a Ciudad Bolívar. El dinero que recibiría, equivalía a dos días de trabajo…así que escogió aguantar ese olor nauseabundo, para luego disfrutarse el dinero, como dice el dicho: “sarna con gusto no pica”.
Gustavo iba a la mayor velocidad que podía ir en su carro. Empezó a sudar de pura adrenalina en su cuerpo.
—Martha…mi mujer va al Puente Angostura, la conozco. Allí piensa lanzar la Vitrola, al río.
— ¿Cómo lo sabes?
—Hace años, cuando  discutíamos, siempre me amenazaba con lanzar toda mi ropa y mis herramientas de trabajo al río Orinoco. De hecho, una vez casi lo hizo. Me salvó un compadre…pero esa es otra historia.
— ¡Ay! Apúrate Gustavo.
El taxista decidió parar un rato su carro, con la excusa de orinar. Pero solo quería alejarse de la pútrida señora tan solo un instante y comprar seis latas de cerveza para aguantar el camino.
— ¡Apúrese señor!, sino, no le pago lo acordado—expresó la señora Clara.
—No se preocupe mi señora, eso es rapidito.
Aquella breve parada haría que el catanare se acercase más al taxi blanco.
Finalmente el taxi llegó a la alcabala del puente y luego avanzó hacia éste.
—Señor, quiero que en la mitad del puente haga una parada—dijo Clara, quien empezaba a saborear el triunfo.
— ¿Para qué señora?
— ¿Quiero lanzar esta basura que cargo aquí?—respondió Clara, señalando la Vitrola.
—No puedo, si me ve la Guardia, me multan. Ni lo piense. Si quiere  botar eso, lo botamos en la carretera.
—Mire señor, eso será rápido, sino no le pago completo.
— ¡No me joda señora! Bueno que sea rápido. Se baja y tira esa vaina.
El Taxi se paró en la mitad del puente. Clara se bajó del carro. En eso un gran catanare dio un gran frenazo detrás del taxi.
— ¡No Clara!, no lo hagas. Te lo pido en el alma. Por nuestra hija—gritó Gustavo bajándose rápidamente de su vehículo.
Martha también se bajó del catanare de manera inmediata, estaba llena de lágrimas, pero hacía un gran esfuerzo por controlarse. Tavo no tuvo más dudas que, lo que decía Martha era verdad.
—No Tavo, ese negro maldito solo trajo desgracias a nuestra familia, por culpa de esa maldita mujer, paridora de negros y malandros—contestó Clara señalando a Martha. Clara ya estaba cerca de la baranda del puente.
—Mi vida, pero no puedes hacerle esto a nuestra hija—dijo Gustavo y al mismo tiempo daba pequeños y lentos pasos para acercarse a Clara.
— Bueno, ¡QUÉ VAINA ES ESTA! ¿Una novela o una película? Yo quiero mi dinero—intervino el taxista quien también se acababa de bajar del taxi, pero manteniéndose cerca de su carro.
— ¡Usted no se meta señor!—respondió con firme autoridad Martha al chofer del taxi, y este se sintió intimidado…así que guardó silencio y destapó una lata de sus cervezas y se dedicó a mirar.
Los vehículos que transitaban sobre el puente empezaron a detenerse, el espectáculo que se empezaba a formar los atrajo sobremanera. Los grandes vehículos de carga pesada, como gandolas y camiones, también se detuvieron. Todo el tránsito del gigante Puente Angostura se paralizó. La gente empezó a sacar sus celulares para grabar todo aquello. La Guardia Nacional de las alcabalas hizo rápidamente acto de presencia. “¿Eso no son los padres de la Catira de Soledad?”, dijeron algunos del Municipio Independencia, y los del Municipio Heres expresaron “Mira, son los padres de la Bella de Bolívar”.
La gente en general, pensó que se estaba impidiendo un suicidio. Ya la prensa amarillista de Ciudad Bolívar estaba en camino. Los periodistas y los dueños de los periódicos fantaseaban con que la mujer (Clara) se lanzase al vacío, a fin de vender grandes cantidades de periódicos, sus bocas se les hicieron agua con esa idea—literalmente hablando—.
— ¡No te acerques Gustavo! Un paso más y me lanzo yo también ¡Te lo juro!—amenazó tajantemente Clara.
—Está bien, prometido. No me cerco. Pero no lances esa Vitrola mi vida, te lo pido. Te lo pido por nuestro amor, por el que una vez te juré.
Esas últimas palabras llegaron a lo más profundo de Clara. Ella empezó a recordar sus primeros días de novia con Tavo. Todas las cartas que le escribió él, las serenatas que le cantaba a la una de la madrugada. El Perro "bronco" que desamarraba su padre para que corriera a los serenateros. Los ojos de Gustavo brillaron, al igual que los de su esposa.
La respiración de Clara se empezó a calmar. La gente estaba inmóvil viendo todo aquello, quienes ya sabían que no se trataba de un intento de suicidio,  hasta la Guardia Nacional decidió no intervenir y también se sumaron a los espectadores, solo que ellos estaban en primera fila. Impidiendo que la multitud se acercase mucho. El sonido de una lata de cerveza llena de gas se escuchó en el ambiente, era la tercera lata que abría el chofer del taxi
—Anda Clara, hazlo por amor. Por nuestro matrimonio y por nuestro mayor tesoro, CLARITA.
— ¿Por nuestro amor, Tavo?—preguntó Clara. Sus ojos se aguaron. –Por  nuestro amor un ¡carajo!
Clara lanzó la Vitrola al vacío, todo sucedió en cámara lenta. El aparto iba dando vueltas en el aire, era absorbido por la fuerza de gravedad hacia el gran Orinoco. Gustavo cerró los ojos y se conectó con su dolor nuevamente. Martha, Oh Martha, pobre mujer, parecía destinada a sufrir… la perdida de todos sus seres queridos. Finalmente pudo más el odio que produce el racismo. El amor no venció en esta oportunidad.
En la enfermería de la Policía Científica, un esquelético joven se empezaba a apagar. Exhaló el último respiro de vida. Martha sintió desde el puente dónde estaba que su hijo se marchó. Ya no lo volvería a ver entrar en su casa, ni comerse aquellos grandes platos de comida que ella preparaba, no le cantaría canciones, ni bailaría con ella más nunca. Todas las personas del puente  y la Guardia Nacional, también estaban tristes, aunque no comprendían realmente el porqué de su tristeza, pero lo estaban. Los únicos contentos de todo aquello,  fueron los periodistas de los periódicos amarillistas de Ciudad Bolívar.







Capítulo XXXII.


[Sonido de un despertador de celular]

4:30 Am, Alfredo se levantó, una terrible pesadilla lo había abordado. En breve tenía que alistarse, Clarita no estaba a su lado. Palideció. De pronto el aroma a café recién colado le trajo calma. Se levantó de la cama sin ponerse sus chancletas. En la cocina estaba una mujer rubia, con un cabello hermoso y frondoso. Era su Clarita. Le llegó por la espalda mientras ella rellenaba unas arepas con jamón y queso blanco. La abrazó, olió su cabello. Ella voltio.
— ¿Y a ti qué te pasa?—preguntó Clarita.
—Nada, no me pasa nada…TE AMO MI CLARITA, con todo mi corazón.
—Yo también te amo mi vida—contestó Clarita, mientras Alfredo la Veía de cerca. –Pero vaya a cepillarse y a bañarse, que tiene que trabajar.
—Ah sí claro. Pero dame cafecito primero.
—Toma.
Alfredo tomó la taza con café y dio un sorbo, dirigió la mirada hacia la Vitrola.
— ¿Sabes que mi mamá viene hoy?—preguntó Clarita.
—Sí, lo sé muy bien.
Alfredo se acercó a la Vitrola, allí estaba el rosario de madera, en la bocina del aparato, luego decidió quitarla de la sala y la fue a esconder en el cuarto.
— ¿Qué haces con la Vitrola, mi amor?—preguntó Clarita, estaba extrañada.
—No, es que anoche tenía una fallita, la voy a preparar para que la acomoden.
—Mmm…Bueno apúrate, mira que a las cinco pasa tu transporte.
Alfredo escondió la Vitrola. Pero ese día algo pasó, él recibió exactamente las mismas invitaciones de sus amigos para ir a tomar, las mismas palabras. Era viernes, al otro día estaría libre, deseó tomar ron El Gran Indio y también cervezas. Sin embargo, él rechazó aquellas invitaciones. Regresó a su hogar en vez de irse a tomar. Cuando llegó a la casa, vio a Clarita hablando con una vecina en la sala. El saludó rápidamente y se dirigió con prontitud hacia dónde había escondido la Vitrola. Allí estaba, con su rosario de madera puesto.
Alfredo, al día siguiente decidió enterrar la Vitrola en el patio trasero de su casa, redactó una carta explicando todo sobre el aparato, su origen, sus beneficios y su maldición. Redactó muy bien las advertencias. Enterró también aquellos discos antiguos, de esos grandes artistas inmortales. Más nunca volvió a tomar, con el tiempo se mudaron a Ciudad Bolívar nuevamente, pero esta vez a la urbanización Los Próceres. Convenció a Martha que se mudaran con ellos, le había construido una casa a su mamá, justo al lado a la de él y Clarita, y también Marthica, sí Marthica, la hija de esta feliz joven pareja. La niña heredó el tono de piel de su padre y el cabello y la cara de la madre.

La señora Clara, cumplo con informar que la señora Clara está haciendo terapias para recuperar el habla y la movilidad de su brazo derecho. Pues ella sufrió un ACV al enterarse que su nieta había salido morena. ¿Castigo de Dios? Tal vez. Esperamos que pueda cambiar con el tiempo.




Epílogo.

“Siete años después”:
Allí estaba  Luis, frente a un tesoro que él creía haber encontrado, luego de cavar profundo para sacar un árbol de raíz en su patio trasero que, le impedía ampliar su casa. En ese hoyo encontró una misteriosa caja con unos viejos discos. Al principio creyó haber encontrado morocotas, pero no, no eran morocotas, era un mágico aparato de música que él solo había visto en películas. Cuando abrió la caja, encontró una carta que leyó con mucho detenimiento.
Luis tenía una esposa, una hermosa cimarrona de Barlovento, él…un joven rubio de ojos verdes. Su esposa sería llamada "LA MORENA DE SOLEDAD".

...FIN...